miércoles, 12 de abril de 2017

62 Muestra Internacional de Cine: Yo, Daniel Blake



Hace unos días inició en la Cineteca Nacional de la Ciudad de México la 62 Muestra Internacional de Cine con la exhibición de 14 cintas, algunas de ellas exhibidas y/o premiadas en los más grandes festivales cinematográficos del años pasado. Este es el caso de Yo Daniel Blake (I, Daniel Blake, GB, 2016), ganadora de la Palma de Oro en Cannes 2016, del Premio Ecuménico en ese mismo festival, además de otros muchos galardones –Mejor Película Británica en los BAFTA 2016, Mejor Película Extranjera en los César 2016, Premio del Público en San Sebastián 2016. 
Se trata de la más reciente obra del veteranísimo y prolífico Ken Loach, acaso el más combatiente y militante –y seguramente el mejor- de todos los cineastas de izquierda contemporáneos. En efecto, a lo largo de toda su carrera –iniciada hace 50 años con el clásico Pobre vaca (1967)-, Loach ha estado siempre del lado de las clases populares, de los obreros, los trabajadores, los desprotegidos, los aplastados, los rechazados, pero también de los revolucionarios y en los dos lados del Atlántico, sea en España (Tierra y libertad/1995) o Nicaragua (La canción de Carla/1996). 
Estamos en Newcastle. Mientras los créditos iniciales avanzan, escuchamos la voz de una “profesional de la salud” que interroga a quien será nuestro protagonista, el carpintero viudo Daniel Blake (el comediante Dave Johns en un papel no exento de elementos de comedia) quien como está enfermo del corazón –su médico le ha ordenado dejar de trabajar-, tiene que tramitar su incapacidad laboral ante la burocracia británica. La persona que lo está interrogando le hace toda cantidad de preguntas –que si puede levantar la mano, que si puede mover los dedos, que si puede caminar de aquí para allá- pero ninguna de ellas tiene que ver con sus problemas cardíacos.
Días después, Blake recibe el diagnóstico por escrito: el Estado no puede pagarle la incapacidad porque la “profesional de la salud” que lo atendió –que no era doctora, por supuesto-, ha dictaminado que sí está en condiciones de chambear. Cuando el tipo logra finalmente hablar con alguien en el call-center de los servicios de salud –después de casi dos horas de espera-, se entera que no puede apelar el dictamen respectivo porque oficialmente no ha sido enterado de él. Es decir, se supone que primero alguien debió haberle hablado por teléfono para avisarle del resultado de su petición y después debió haberle llegado la carta respectiva. Cuando Blake le dice al empleado que entonces le pase por favor a la persona que hizo el dictamen para que ella le avise oficialmente de algo que ya sabe -que su solicitud ha sido rechazada-, el “asesor telefónico” le dice que no está autorizado a hacer eso.
El filme de Loach tiene sus mejores momentos cuando somos testigos de la espiral de sinsentido burocrático que tiene que enfrentar el protagonista, una suerte de Catch 22 del siglo XXI en el que no puede trabajar por cuestiones de salud, no le dan la incapacidad porque un burócrata dictaminó que no la debe recibir y tampoco puede solicitar su seguro de desempleo, pues tiene que demostrar que está buscando chamba (pero, ¿cómo va a buscar chamba si su médico le ha dicho que no puede trabajar?).
El guion del colaborador habitual de Loach, Paul Laverty, no rehuye los clichés, pero incluso cuando estos aparecen –en especial, con la historia paralela de la joven madre soltera londinense (guapa Hayley Squire) con sus dos hijitos en ristre- no sirven para el mero chantaje sentimental sino para expandir el ethos en el que se mueve el protagonista, ese tipo decente que no está pidiéndole limosna a nadie. Ni siquiera a nosotros, los espectadores.

2 comentarios:

Champy dijo...

Pareciera que describes la historia de mi vecino...lo conoces acaso?

2046

Ernesto Diezmartínez dijo...

Champy: Creo que sí: a través de esta película.