lunes, 31 de octubre de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLIII y CCLIV



Ya que estuve los últimos días en Morelia 2016, no pude revisar la cartelera comercial/cultural de la semana anterior, así que esta entrada es de dos por uno y como sigue:

Operación Escobar (The Infiltrator, GB, 2016), de Brad Furman. Título engañoso: en esta cinta Escobar es un personaje muy secundario que, de hecho, aparece en una sola escena y fugazmente. Estamos ante un entretenido pero convencional thriller basado en las memorias de un policía (Bryan Cranston) infiltrado en el Cartel de Medellín para descubrir y detener millonarias operaciones de lavado de dinero. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes 21 de octubre. (* 1/2)

Todo comenzó por el fin (Colombia, 2015), de Luis Ospina. El más reciente largometraje de Ospina pudo haber sido el último. En efecto, cuando empezó la producción de este monumental tributo documental al Grupo de Cali -o Calliwood, como también se le conoce-, al caleño Ospina (1949-) se le diagnosticó un tumor duodenal que, por principios de cuentas, amenazaba la continuidad de la película que estaba iniciando -de hecho, dejó instrucciones para que otros la terminaran si él no era capaz de hacerlo- y, de pasada, también amenazaba su propia vida.
Según ha comentado en varias entrevistas, ese diagnóstico médico cambió el sentido del filme: del tributo original a Calliwood, a una época y a sus entrañables colegas auto-destructivos Carlos Mayolo (1945-2007) y Andrés Caicedo (1951-1977), Todo comenzó por el fin se transformó en una suerte de autobiografía testamental. He aquí lo que fui, dice Ospina, he aquí lo que fuimos, pero también lo que soy ahora y lo que queda de mí, que es mucho, porque mientras haya vida, hay cine. 
Así pues, a lo largo de tres horas y media de duración, divididas en cinco segmentos -más un prólogo y un epílogo-, Ospina nos lleva de la mano a conocer los orígenes de su propia cinefilia convertida en realización -hizo su primera cinta en 1963,  a los 14 años-, así como el inicio del susodicho Grupo de Cali, una generación de artistas caleños -cineastas, novelistas, poetas, dramaturgos, críticos, editores, promotores- liderada por Ospina, Caicedo y Mayolo, que pondría en el mapa a Cali no solo como la cuna del célebre Cartel de la droga, sino como uno de los baluartes de la cultura cinematográfica -o la cultura a secas, vaya- en la Colombia de los años 70.
Expertamente armada por el propio Ospina y su editor Gustavo Vasco, Todo comenzó por el fin avanza entre las imágenes de época, los fragmentos de las obras tempranas del Grupo y los testimonios de los sobrevivientes en el presente, sean las mujeres del ingobernable Mayolo, los viejos colaboradores de aquellos tiempos o los admiradores del legendario y malogrado Caicedo. Por supuesto, Ospina no se queda en la mera añoranza: ya que él lo vivió -y ya que él sobrevivió-, el documentalista siente el imperativo moral de no rehuir la otra cara de la moneda. Así, la creatividad del grupo estaba aparejada, qué remedio, con una vida dominada por los excesos (drogas, sexo, alcohol, you name it) y destinada -en el caso de Caicedo- a la planeada tragedia de morir joven, cual romántico decimonónico.
Para el lego que no sabe mucho -o de plano, nada- del Grupo de Cali, este documental es invaluable, pues nos presenta información de primera mano de una generación central en el arte popular latinoamericano que, por un lado, decidió enfrentarse al jodidismo/pintorequismo del cine explotador de la miseria (el legendario corto satírico Agarrando pueblo/Ospina y Mayolo/1977) y, por el otro, presentó una opción literaria diferente al realismo magicoso garciamarquiano, tan popular en todo el mundo, a través de la obra del propio Caicedo.
Pero más allá de la cantidad de información que Ospina nos entrega, Todo comenzó por el fin demanda la revisión del cinéfilo porque se trata de una película sobre una vida bien vivida: la del propio cineasta, claro, pero también la de sus amigos, incluyendo la corta -y por mano propia- de Caicedo. Y es que mientras haya vida, habrá cine; mientras haya cine, habrá vida.  Y hay, parcero, que vivirla. (***)

Doctor Strange: Hechicero Supremo (Doctor Strange, EU, 2016), de Scott Derrickson. La nueva aventura del Universo Cinematográfico de la Marvel nos presenta a la versión médica de Tony Stark, un tal Stephen Strange (Benedict Cumberbatch, impecable) que tiene que renunciar a su visión materialista del mundo después de sufrir un accidente que lo incapacita para seguir teniendo la cachetona vida de la que gozaba. Viaja a Katmandú, se encuentra con Tilda Swinton pelona -lo mejor de la película, de lejos- y sale de la experiencia convertido en otro super-héroe más, listo para hacer pareja con Thorito y compañía. Más disfrutable de lo que esperaba. Mi reseña, in extenso, en los próximos días por aquí. (**)

El Jeremías (México, 2015), de Anwar Safa. Filmada en Sonora y hablada en perfecto norteño por, en general, un reparto de caras nuevas -que incluye al niño Martín Castro, ganador del Ariel 2016 a Mejor Revelación-, la opera prima de Safa es una agradable comedia familiar bien anclada en la tradición del cine nacional clásico. Un chamaco genio, el Jeremías del título (Castro), tendrá que elegir entre seguir viviendo con su vulgar familia norteña ignorante y telenovelera o irse a vivir a la Ciudad de México, en donde sus talentos podrían ser bien usados. ¿Qué cree usted que va a elegir el tal Jeremías? Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes 28 de octubre. (* 1/2)

domingo, 30 de octubre de 2016

Morelia 2016... en un vistazo



Ayer terminó Morelia 2016 y acá está todo lo que vi en orden de preferencia. ¿Qué significan los astericos, el guion, las cruces? Acá a la derecha está la explicación:


La la land: una historia de amor (La la land, EU, 2016), de Damien Chazelle. Estrenos internacionales: *** 1/2

El porvenir (L'Avenir, Francia-Alemania, 2016), de Mia Hansen-Love. Berlinale Spotlight: *** 

Tempestad (México, 2016), de Tatiana Huezo. Largometraje documental mexicano: ***

Manchester by the Sea (EU, 2016), de Kenneth Lonnergan. Estrenos internacionales: ***

Bacalaureat (Rumania-Francia-Bélgica, 2016), de Cristian Mungiu. Estrenos internacionales: ***

Nocturnal Animals (EU-GB, 2016), de Tom Ford. Estrenos internacionales: ***

Sully (EU-Australia-GB, 2016), de Clint Eastwood. Estrenos internacionales: ** 1/2

¡Ay, qué tiempos señor don Simón! (México, 1941), de Julio Bracho. Homenaje a Julio Bracho: ** 1/2

Viktor und Viktoria (Alemania, 1933), de Reinhold Schünzel. Berlinale Spotlight: ** 1/2

La región salvaje (México-Dinamarca-Francia-Alemania-Noruega-Suiza, 2016), de Amat Escalante. Largometraje mexicano: ** 1/2

Victoria (Ídem, Alemania, 2015), de Sebastian Schipper. Invitado especial: Sebastian Schipper: ** 1/2

La larga noche de Francisco Sanctis (Argentina, 2016), de Francisco Márquez y Andrea Testa: ** 1/2

Bellas de noche (México, 2016), de María José Cuevas. Largometraje documental mexicano: ** 1/2

Mexicanos de bronce (México, 2016), Julio Fenández Talamantes. Largometraje documental mexicano: ** 1/2

Somos lengua (México, 2016), de Kyzza Terrazas. Largometraje documental mexicano: ** 1/2

Resurrección (México, 2016), de Eugenio Polgovsky. Largometraje documental mexicano: ** 1/2

La caja vacía (México-Francia, 2016), de Claudia Saint-Luce. Largometraje mexicano: **

El peluquero romántico (México-España, 2016), de Iván Ávila Dueñas. Largometraje mexicano: **

El sueño del Mara'akame (México, 2016), de Federico Cecchetti. Largometraje mexicano: **

Fuocoammare (Italia-Francia, 2016), de Gianfranco Rosi. Berlinale Spotlight: **

El vigilante (México, 2016), de Diego Ros. Largometraje mexicano: **

El charro de Toluquilla (México, 2016), de José Villalobos Romero. Largometraje documental mexicano: **

El buen cristiano (México, 2016), de Izabel Acevedo. Largometraje documental mexicano: **

Las mimosas (España-Francia-Marruecos-Quatar, 2016), de Oliver Laxe. Semana de la Crítica: **

Los gatos (México, 2016; duración: 9 minutos), de Alejandro Ríos. Cortometraje mexicano. Animación: **

El jardín de las delicias (México, 2016; duración: 7 minutos), de Alejandro García Caballero. Cortometraje mexicano. Animación: **

Elena y las sombras (México, 2016; duración: 8 minutos), de César Cepeda. Cortometraje mexicano. Animación: **

La madrastra (La belle mere, México-Francia, 2016; duración: 10 minutos), de Sergio Tovar Velarde. Cortometraje mexicano. Ficción: **

En el estacionamiento (México, 2016; duración: 15 minutos), de Juliana Orea. Cortometraje mexicano. Ficción: **

Fisuras (México, 2016; duración: 20 minutos), de Roberto Fiesco. Cortometraje mexicano. Ficción: **

Causas corrientes de un caso clínico (México, 2016; duración: 30 minutos), de Julián Hernández. Cortometraje mexicano. Ficción: **

Revoltoso (México, 2016; duración: 30 minutos), de Arturo Ambriz y Roy Ambriz. Cortometraje mexicano. Animación: * 3/4

Anna (Colombia-Francia, 2015), de Jacques Toulemonde Vidal: * 1/2

El remolino (México, 2016), de Laura Herrero Garvín: Largometraje documental mexicano: * 1/2

The Birth of a Nation (EU, 2016), de Nate Parker. Estrenos internacionales: * 1/2

Taller de corazones (México, 2016; duración: 10 minutos), de León Fernández. Cortometraje mexicano. Animación: * 1/2

El ocaso de Juan (México, 2016; duración 17 minutos), de Omar Deneb Juárez. Cortometraje mexicano. Ficción: * 1/2

Tiempo sin pulso (México, 2016), de Bárbara Ochoa Castañeda. Largometraje mexicano: *

Alba (Ecuador-México-Grecia, 2016), de Ana Cristina Barragán. Estrenos internacionales: *

El agujero (México, 2016; duración: 4 minutos), de Maribel Suárez. Cortometraje mexicano. Animación: *

Sangre alba (México, 2016; duración: 14 minutos), de David Zonana. Cortometraje mexicano. Ficción: *

Caminar tanto (Cuba, 2016; duración: 7 minutos), de José Agustín Ortiz Ramírez. Cortometraje mexicano. Ficción: *

El canto del ave (México, 2016; duración: 5 minutos), de Cecilio Vargas. Cortometraje mexicano. Animación: *

La mort de Louis XIV (Francia-Portugal, 2016), de Albert Serra. Premio Jean Vigo: -

Todo lo demás (México, 2016), de Natalia Almada. Largometraje mexicano: -

Zeus (México, 2016), de Miguel Calderón. Largometraje mexicano: -

Las letras (México, 2015), de Pablo Chavarría Gutiérrez. Largometraje documental mexicano: -

Neruda (Chile-Argentina-Francia-España-EU, 2016), de Pablo Larraín. Película de inauguración: -

Esa era Dania (México, 2016), de Dariela Ludlow Deloya. Largometraje mexicano: -

Los niños de la cruz (México, 2016), de Jaime Villa. Largometraje documental mexicano: -

Pacífico (México, 2016), de Fernanda Romandía. Largometraje mexicano:  -

La secta de insectos (México, 2016; duración: 9 minutos), de Pablo Calvillo. Cortometraje mexicano. Animación: -

Ascensión (México, 2016; duración: 9 minutos), de Sam y Davy Giorgy. Cortometraje mexicano. Animación: -

Pigs (México, 2016; duración: 11 minutos), de Diego Cataño Elizondo. Cortometraje mexicano. Ficción: +

El brillo de tus ojos se extinguirá con la oscuridad del mundo (México, 2016; duración: 10 minutos), de Pepe Gutiérrez. Cortometraje mexicano. Ficción: +

Sin muertos no hay carnaval (Ecuador-México-Alemania, 2016), de Sebastián Cordero. Estrenos internacionales: +

Minezota (México, 2016), de Carlos Enderle. Largometraje mexicano: + 1/2

Tenemos la carne (México-Francia, 2016), de Emiliano Rocha Minter. Largometraje mexicano: ++

sábado, 29 de octubre de 2016

Morelia 2016/VII y última





Se entregaron los premios paralelos y oficiales de Morelia 2016, como sigue:


SECCIÓN DE LARGOMETRAJE MEXICANO
Premio Guerrero de la Prensa a Largometraje MexicanoLa región salvaje, de Amat Escalante
Premio del Público para Largometraje Mexicano es para Las Tinieblas de Daniel Castro
Mención especial para Natalia Almada por la dirección de Todo lo demás.
OJO a Mejor Actriz de Largometraje Mexicano para Adriana Barraza por su trabajo en Todo lo demás.
OJO a Mejor Actor de Largometraje Mexicano para Leonardo Alonso por su trabajo en El vigilante.
OJO a Primer o Segundo Largometraje Mexicano para El sueño del Mara’akame de Federico Cecchetti.
OJO a Largometraje Mexicano y el Premio Stella Artois es para El vigilante, de Diego Ros.

SECCIÓN DE LARGOMETRAJE DOCUMENTAL MEXICANO
Premio Guerrero de la Prensa a Largometraje Documental: Bellas de noche, de María José Cuevas.
Premio del Publico para Documental Mexicano es para Tempestad dirigido por Tatiana Huezo
Premio Especial AmbulanteResurrección, de Eugenio Polgovsky.
Mención especial para el documental Tempestad dirigido por Tatiana Huezo.
Premio a Documental Mexicano realizado por una mujer es para Bellas de noche dirigido por María José Cuevas.
OJO a Largometraje Documental es para Bellas de noche dirigido por María José Cuevas.

SECCIÓN DE CORTOMETRAJE MEXICANO
Premio del Público del Programa de Diversidad Sexual para El cisne, de Daniel Enrique Chávez Ontiveros
Mención Especial para Meraqui Pradis por su trabajo en Fuerza bruta y Mariachi nights.
Premio Especial Renta Imagen para Aurelia y Pedro dirigido por Omar Robles y José Permar.
OJO a Cortometraje de Animación para Taller de corazones dirigido por León Fernández.
OJO a Cortometraje Documental para Juan Perros dirigido por Rodrigo Ímaz Alarcón.
OJO a Cortometraje de Ficción para Verde dirigido por Alonso Ruizpalacios.

SELECCIÓN DE CORTOMETRAJE MEXICANO EN LÍNEA
En esta edición, la Selección en Línea fue vista en 94 países de donde se recibieron 5,263 votos: Elena y las sombras, de César Cepeda

Algunos comentarios a bote pronto: para fortuna del festival -y de los jurados que conformaron cada sección- en esta ocasión no hubo mariachazos de ningún tipo (Mariachazo: Mexicanismo, dícese de cuando un jurado en un festival de cine riega el tepache de tal manera que hace quedar mal al festival en cuestión, a sí mismo como jurado y al universo entero de pasada). Es decir, las decisiones tomadas fueron, en el peor de los casos, correctas.
Es cierto que me parece curioso que hayan ninguneado en la premiación oficial a La región salvaje (¿de verdad el jurado consideró que Escalante no merecía ningún reconocimiento ya que había ganado en Venecia?, ¿para acabar pronto, es mejor directora Natalia Almada que Amat Escalante?), pero también es cierto que El vigilante -mejor película- y El sueño del Mara'akame (mejor primera o segunda película) son ganadoras más que aceptables.
En cuanto al documental, creo que es muy superior Tempestad a Bellas de Noche, pero entiendo las razones de votar por la segunda: es un filme más agradable y atractivo. (Por cierto: ¿es necesario conservar el premio a documental dirigido por una mujer? En esta ocasión, todos los premios -a excepción del Ambulante, que recayó en el documental de Polgovsky- fueron a dar mujeres).
En cuanto a los premios en los que participé -el de la prensa para ficción y documental-, yo voté por Tempestad -que no ganó- y La región salvaje -que sí ganó: el único premio  en Morelia 2016, de hecho.
En líneas generales, se trató de un buen festival. Como de costumbre, la ficción nacional es muy dispareja; como siempre, el documental mostró ser más consistente; como ha sido costumbre, algunas decisiones del comité de selección son cuestionables (¿Minezota? ¿En serio?).
Por último, la hojita parroquial: tengo que agradecer a los encargados de lidiar con un servidor -el equipo de Rossana Barro- pues no tuve ningún problemas para entrar a las funciones de cine que quise. Si no vi más películas es porque, de plano, ya no pude. 
Nos vemos, espero, el año próximo. 

jueves, 27 de octubre de 2016

Morelia 2016/VI



El sueño del Mara'akame (México, 2016), opera prima del egresado del CUEC Federico Cecchetti funda su originalidad en la tradición. Déjenme explicar este oxímoron: al lado de una competencia que cuando no es estéticamente estéril está vacía de discurso o, en el peor de los casos, su discurso no pasa del exabrupto dizque provocador, el debut de Cecchetti se presenta como una convencional cinta de género -se trata de una suerte de comedia de crecimiento y maduración juvenil- que funda su novedad en estar ubicada en las "exóticas" tierras wixárikas y hablada casi totalmente en huichol.
Niereme es un joven wixárika que sueña con ser parte de una banda musical de su pueblo llamada "Peligro sierreño". Su papá, que es el Mara'akame del título (un sanador y cantador: un chamán, pues), tiene otros planes para el chamaco, pues desde que estaba en el vientre el señor vio -no sé cómo- que su hijo estaba destinado a seguir sus pasos. Pero, qué remedio, ya sabe usted cómo son de ingratos los hijos -yo no pude convencer a mi hija que fuera crítica de cine-, Niereme lo que quiere es cantar. Cuando papá e hijo viajen a la Ciudad de México a vender artesanías y algo de peyotito (pero como parte de una celebración religiosa, no vaya usted a creer), el adolescente verá la oportunidad de oro para cumplir su sueño... si es que los dioses huicholes lo dejan.
Cecchetti rehuye los folclorismos baratos. Es cierto que Niereme es un wixárika, la mayoría de los diálogos están en huichol, la cinta está ubicada en la tierra huichola y no falta el discurso -no dudo un instante que totalmente justo- sobre la amenaza que se cierne sobre Wirikuta, pero el centro dramático del filme no está en un acercamiento elemental al ethos huichol sino en la universalización del problema presentado en la cinta. Lo que muestra Cecchetti, con buen sentido del humor, es el conflicto/paterno filial más común de la historia: el padre que quiere que sus hijos siga sus pasos, el hijo que quiere crear su propio camino. Y en el cine mexicano, por supuesto, este tipo de historias son legión. Resulta curioso, eso sí, que esta cinta de Ceccheti sea más conservadora que, digamos, Los hijos de Don Venancio (Bustillo Oro, 1942) aunque, claro, de alguna manera se justifica este conservadurismo. Una estimada colega me comentó que esta cinta era algo condescendiente y acaso tenga razón. Pero también es encantadora.
Mucho menos interesante me resultó Zeus (México, 2016), opera prima de Miguel Calderón. La historia, escrita por el propio cineasta debutante, nos presenta otro nini más (Morelia 2016 fue el festival de los personajes ninis) que vive con su castrante madre neurocirujana.
Joel (el escritor Daniel Saldaña París en su debut como actor) ya araña los 30 años y, fuera de hacerle los mandados a su mamá (que si ir a la tintorería, que hacer el mandado, que diseñar las presentaciones de su señora madre para algún congreso) no tiene otra vida más que ir a cazar con el Zeus del título: un imponente halcón que Joel quiere más que a sí mismo. O más bien, el pajarraco es una extensión deseada de sí mismo, pues en sus sueños -simbolazo obliga-, Joel ve cómo Zeus ataca a su madre o cómo, de plano, le hace el amor. 
Dicho de otra manera: madre e hijo comparten una relación enfermiza de mutua dependencia, aunque la (no tan) santa señora tiene en un vecino a su amante de planta y el propio Joel ve la oportunidad de crecer -o, bueno, solamente coger- cuando conoce a Ilse (sensacional Diana Sedano robándose cada escena), una secretaria buenota que parece estar encarnando a La Pelangocha del nuevo siglo.
Hay que decir que la cinta está hecha correctamente -es difícil que una película fotografiada en parte por María Secco se vea mal-, pero no tiene mucho qué ofrecer. La escena final no confirma otra cosa que el estancamiento de Joel, de su mamá y de la película en sí. 

miércoles, 26 de octubre de 2016

Morelia 2016/V



En la alfombra roja de Tenemos la carne (México, 2016), opera prima de Emiliano Rocha Minter, el director y alguien más de su equipo se bajaron los pantalones y enseñaron el trasero. Una provocación extraordinaria, increíble, nunca antes vista... a menos que no hayas pasado por la adolescencia. 
Ese es el nivel del debut del artista plástico metido a cineasta Rocha Minter, causante -según alguna crónica publicada en El País- de una avalancha de huidas en la presentación de esta cinta en el pasado festival de Sitges 2016. Yo había visto la película antes de llegar a Morelia, así que no tuve que pasar por esta retahíla de provocaciones pueriles, en la que el veinteañero Rocha Minter no deja títere con cabeza: que si la Virgen de Guadalupe, que si el himno nacional, que si el incesto, que si el canibalismo, que si un money-shot por si ocupa, que si Juan Gabriel... Ah, no, JuanGa no es nombrado aquí: eso ya lo hizo Nicolás Alvarado.
Lo cierto es que Tenemos la carne solo podría asustar a quienes nunca verían una película como esta. A los demás -bueno, tampoco exageremos: nomás a mí- nos podrá parecer tan solemne como tediosa. La historia -en un mundo postapocalíptico un diabólico Noé Hernández acoge a una pareja de jóvenes hermanos, a quienes somete a una serie de actos bien cochinos- es mero excipiente para las provocaciones antes descritas.
Un colega -a quien respeto mucho- me dijo que se trata de la continuación de la escuela iniciada por Artemio Narro y su Me quedo contigo (2014) pero difiero profundamente: el filme de Narro era una provocación cultural, sexual y, especialmente, cinematográfica. Es decir, es una película. Tenemos la carne es otra cosa. Pero yo que sé: de acuerdo con mi experiencia en Morelia -véase el caso del año pasado con Yo (Meyer, 2015)-, a lo mejor la cinta de Rochar Minter gana el premio a Mejor Película. Si es así, esperen más traseros en la ceremonia de premiación.
En el otro extremo del espectro se encuentra La caja vacía, de Claudia Saint-Luce (México-Francia, 2016). La directora de Los insólitos peces gato (2013) -la mejor cinta mexicana que vi en ese año- ha realizado en su segundo largometraje una suerte de ejercicio contradictorio, pues sigue en lo mismo, pero en otro tono muy diferente. Es decir, como en Los insólitos... hay algo de autobiográfico en la película pero si usted espera sentido del humor, calidez y hasta alegría, olvídelo: La caja vacía es un filme oscuro y hasta sombrío. Y no podría haber sido de otra manera.
Jazmín (la propia Saint-Luce, muy convincente) recibe en su departamento a su papá, el anciano haitiano Toussaint (Jimmy Jean-Louis), con quien nunca tuvo una relación muy cercana. El tipo está muy enfermo -demencia vascular, nada menos- y Jazmín, una muchacha cortante, sarcástica y filosa, que es escritora de teatro y comunity manager  -la verdad, es mesera en un cafetín- tiene que hacerse cargo  de ese viejo en decadencia que se orina en el camión, confunde todo y a todos, sufre de paranoia y delirio de persecución, rasura porque sí a un gato pero, también, demuestra simpatía, carisma y encanto, pues ese viejo haitiano fue, se entiende, un pícaro, conquistador y mujeriego, que tuvo la vida (y luego la muerte) que quiso y como quiso.
La sensible fotografía de la infalible María Secco sigue de cerca a la protagonista -y cineasta/guionista- de espaldas, muy de cerca, sin perderla de vista nunca a ella y a su padre quien, en la medida que avanza el filme, empieza a revivir su propia vida, su pasado infantil, sus aventuras juveniles, su encuentro con la mamá de Jazmín, aunque siempre apareciendo como anciano enfermo, cual homenaje (¿intencionado o no?) al gran Carlos Saura de La prima Angélica (1974).
Un último detalle: es curioso que tanto en Los insólitos... como en La caja vacía, el alter ego de la cineasta/guionista -y ahora actriz- Saint-Luce sea una muchacha hosca, seca, solitaria, desconfiada, que no acepta explicaciones fácilmente -su pregunta favorita es: "¿para...?"- y que no tiene demasiada paciencia. ¿Es así Claudia Saint-Luce de verdad? Por sí o por no, cuando la vean, abrácenla. 
Post-scriptum: una colega -que también respeto mucho, qué caray- me comentó, no con cierta malicia, que La caja vacía es lo que quiso ser Mr. Pig (Luna, 2016). Y sí. Y ni modo. 

martes, 25 de octubre de 2016

Morelia 2016/IV



Sin duda, la cinta mexicana en competencia más esperada en Morelia 2016 fue La región salvaje (México-Francia-Dinamarca-Noruega-Alemania-Suiza, 2016), el más reciente largometraje de Amat Escalante, claramente influido -o inspirado, si se quiere- en la cult-movie Posesión (Zulawski, 1981).
La cinta inicia con la imagen de un meteorito que, luego sabremos, es el medio de transporte de un monstruo informe, tentacular, que una pareja de ancianos hippies aloja en una pequeña cabaña, aislada en alguna zona rural mexicana. Ahí, el monstruo -creado y digitalizado en Noruega, por si ocupan- le da placer sexual y sufrimiento físico -pero, ¿no habrá uno sin lo otro?- a Vero (Simone Bucio).
Lastimada por el último de sus encuentros sexuales, Vero es atendida por el afable enfermero gay Fabián (Edén Villavicencio) quien, a su vez, es uno de los vértices de un tortuoso triángulo amoroso/sexual, pues el muchacho hace el amor clandestinamente con el borracho, violento y homofóbico Ángel (Jésus Meza), casado con la hermana de Fabián, Ale (sensacional Ruth Ramos). A este triángulo de marido-mujer-cuñado entrará el monstruo en cuestión, pues su pareja de cuidadores le pide a Vero que busque a alguien más que satisfaga a este espantoso y calenturiento "ete" que, como dijera "el profeta del nopal", "a las mujeres somete".
¿Un triángulo amoroso/sexual que se convierte en polígono cuando aparece un monstruo alienígena con tentáculos fálicos? ¿Pues qué cochinadas fuma Escalante? Lo que sea que fume, que se las pase al resto de los cineastas en competencia en Morelia 2016 -con un par de excepciones, claro-, pues el Mejor Director en Cannes 2013 (con Heli/2013) y en Venecia 2015 (con esta cinta, precisamente) no teme caer en el ridículo. Y lo mejor: no cae en él.
El riesgo corrido es mayúsculo. Por un lado, Escalante explora los terrenos genéricos del horror y la ciencia ficción con un implacable Alien (Scott y otros/1979-?) que también busca víctimas, pero para otra cosa. Por el otro, el cineasta no renuncia, en ningún momento, a hacer un comentario sobre el México en el que vivimos, un país homofóbico, machista, hipócrita y, qué remedio, violento. Los cadáveres se apiñan y se abandonan por ahí, sabiendo que uno o dos muertitos más a nadie le importan, sean causados por el narco o por un monstruo alienígena.
El eslabón débil de Escalante sigue siendo su dirección de actores: mientras Ruth Ramos está espléndida -¡esa escena en la que espera, ansiosa, que el alien se le acerque!-, otros intérpretes no están igual de sólidos, especialmente Jesús Meza que, en el papel del patético marido homofóbico y gay, no está a la altura de lo que la película lo exige. En todo caso, se trata de una objeción mínima para una cinta genuinamente propositiva, arriesgada y, sobre todo, bien lograda. ¿Qué hará a continuación Escalante? Ánimas que ahora explore otro género... ¿qué tal un musical?

lunes, 24 de octubre de 2016

Morelia 2016/III




La competencia mexicana no mejoró el segundo día. Esa era Dania (México, 2016), segundo largometraje -primero de (más o menos) ficción- de Dariela Ludlow Deloya (Un día menos, 2010) es más un concepto que una buena película.
La cámara de la propia directora sigue de cerca las tribulaciones de la madre adolescente Dania Deloya (¿prima de la cineasta?) que, por lo menos en las imágenes que vemos, resulta ser una ni-ni buena para nada y, por añadidura, pésima madre. 
Dania vive con su mamá, sus hermanos pequeños y una abuela que le cuida a su hijita Ximena cada vez que ella quiere darle vuelo a la hilacha, irse a probar ropa en algún centro comercial o echar la platicada con alguna amiga. ¿El papá de Ximena?: lo vemos en un par de escenas y es un muchacho apenas mayor que la adolescente Dania. Para acabar de rizar el rizo, la protagonista no tiene la prepa terminada, no tiene trabajo, no busca ninguno y ni siquiera ayuda con las tareas de la casa. Para acabar pronto: una güevona con todas las de la ley. 
"Esa era Dania", dice la propia muchacha cuando ve fragmentos de esa misma película que nosotros estamos viendo. Se entiende que ya no es así -que ya maduró, que ya entró a estudiar pedagogía, que ya es mejor madre de Ximena- pero el retrato que aparece en pantalla es no solo deprimente sino, podría alegarse, explotador y abusivo. De hecho, en algún momento, Dania y el padre de Ximena empiezan a hacer el amor enfrente de la chiquilla lloriqueante.
Por supuesto, estamos ante una docu-ficción que mezcla los obvios elementos documentales -Dania está actuando una versión de ella misma, Ximena es su verdadera hija, sus problemas personales/escolares/laborales/existenciales son reales- con otros de  ficción -en un celular ¿robado? que tiene Dania, ella atisba la vida de una muchacha de su misma edad (Cassandra Ludlow, supongo que hermana de la cineasta) que tiene una vida relajada y muy diferente-, con resultados más interesantes si pensamos en el concepto mismo del filme que en la propia ejecución o el resultado final.
Todo lo demás (México, 2016), cuarto largometraje -primero de ficción- de Natalia Almada, presume una puesta en imágenes más acabada, aunque el resultado final no sea, acaso, particularmente mejor.
Doña Flor (Adriana Barraza, espléndida) es una burócrata que trabaja en el INE (en la película es el IME) tramitando la credencial para votar con fotografía. Seguimos la vida rutinaria de Doña Flor durante varios días, casi de forma inalterable: se levanta, se va al metro a su trabajo, se pinta los labios, se quita el exceso de carmín con un klínex, le hace las mismas preguntas a todos los ciudadanos, rechaza o no los papeles que le llevan, regresa a su casa en metro, le hace cariños a su única compañía -su gato Manuelito-, anota los nombres de las personas que atendió en algún libro por alguna razón desconocida, va a una alberca a ver a la gente nadar -ella, al parecer, le tiene fobia al agua-, cena alguna concha y se duerme... para levantarse al día siguiente y empezar todo de nuevo.
El catálogo del festival dice que la cinta está inspirada en Hannah Arendt y su idea de que la burocracia es la peor forma de violencia. No dudo de esa inspiración -cada quien se inspira en lo que quiere-, pero es obvio que estamos ante una especie de versión nacional de la obra maestra de Chantal Akerman Jeanne Dielmann... (1975), solo que sin la contundencia de su desenlace. Es evidente que Almada quiere aburrir al respetable -como en su momento lo hizo Akerman- representando la vida vacía de esa mujer a la que no le pasa nada de nada, a no ser la muerte de su gato.
La fotografía de Lorenzo Hagerman es exquisita, Barraza está extraordinaria en un personaje que le demanda la mayor sutileza posible y el objetivo de Almada se cumple: uno se siente exasperado y aburrido hacia la primera parte del filme. El problema es que la cinta no pasa de ser un ejercicio de estilo que bien podría haber durado tres horas o cuarenta minutos: el loop vacío de la vida de Doña Flor seguramente se prolongará hasta el día que ella se jubile y, luego, muera. Un ejercicio estético notable, sin duda, pero francamente estéril. (Por cierto, ¿y esa obsesión con los pies de la señora Barraza?: si no hay una decena de tomas de ellos, no hay ninguna).
Después de las dos cintas en competencia, pude ver dos estrenos internacionales extraordinarios de los que ya escribiré más extensamente cuando se estrenen: en primer sitio, está Bacalaureat (Rumania-Francia-Bélgica, 2016), de Cristian Mungiu -Mejor Director en Cannes 2016 por esta cinta-, sobre las tribulaciones de un médico que busca por todos los medios posibles -los buenos y los malos- que su hija no pierda la beca que le han dado en Cambridge. 
Sucede que la muchacha sufre un ataque sexual un día antes de presentar un examen clave para conseguir la beca y el papá trata de resolverle la vida a la hija de la única forma que un padre rumano -o cualquier padre mexicano, la verdad- podría hacerlo. No agregaré nada más pero el retrato que hace Mungiu de la sociedad rumana contemporánea es la de una maraña de intereses, amistades y corruptelas difícil de evitar. La cinta podría haber sido una gran película mexicana.
Terminé el día con Nocturnal Animals (GB-EU, 2016), de Tom Ford, otro filme más centrado en un tema recurrente en este año (véase Café Society/Allen/2016 y La la land/Chazelle/2016): esa vida decidida y asumida que termina convertida en un vida frustraa.
La dueña de una reputada galería de arte (Amy Adams) recibe la novela de su exmarido (Jake Gyllenhaal), de quien se había divorciado hace 20 años. Lo que vemos a continuación es un fascinante juego narrativo entre la historia de la novela, el complicado pasado matrimonial de la protagonista con su exesposo escritor y el presente de ella que, al parecer, también va destinado al fracaso.
Las transiciones plásticas creadas por Ford y su editora Joan Sobel son magistrales, Amy Adams lleva toda la película sobre sus hombros y el extenso reparto secundario es intachable -ojo a la única escena en donde aparece Laura Linney: está impresionante. 

domingo, 23 de octubre de 2016

Morelia 2016/II




"¡Pseudo-cineasta!"... El grito se escuchó en cuanto terminó la película. Pero ahí no terminó: cuando el director pasó a discutir la cinta con el público, el "espontáneo" siguió con los reclamos: que por eso la gente no ve cine mexicano, que por películas como esa la gente le hace fuchi al cine nacional, que los que hicieron la cinta eran responsables de eso y mucho más. El equipo del filme -el director, uno de los actores- trató de conversar con el indignado espectador -incluso alguien le ofreció, de plano, unos boletos para que fuera a otra función, ya que esa película le había molestado de tal manera-, pero todo fue inútil. El tipo salió del cine diciendo que no quería nada de los que habían hecho esa película.
Debo confesar que yo no estuve presente en ese zipizape, pero lo que acabo de escribir me lo contaron, por separado, dos personas que estuvieron en esa función. La pregunta, en todo caso, es: ¿de verdad esa película ameritaba tal berrinche? Digamos que sí. Especialmente si uno ha pagado por ver la cinta en cuestión.
El filme del escándalo se llama Minezota (México, 2016), segundo largometraje de Carlos Enderle (Crónicas chilangas/2009), que vi no en esa ya legendaria función con público -y un espontáneo en ristre-, sino en una corrida matutina dirigida a la crítica y a la prensa.
No comparto la indignación del espectador, pero sí la entiendo. Aunque, a decir verdad, el filme de Enderle es una de esas películas tan, pero tan malas, que termina siendo hilarante. Como apunté en twitter cuando terminé de verla: se trata de la comedia mexicana del año... aunque se supone que no es comedia.
Estamos en la Neza del título -o sea, en "Mi Nezota". Ismael (Pablo Abitia) es un músico mediocre que tiene una banda "inspirada" por Depeche Mode. Su mujer, Violeta (Guillermina Campuzano), maestra de pre-escolar, quiere que el tipo ya se estabilice y, de pasada, le haga un hijo. Como Ismael no da color, Guillermina lo corre de la casa, le rompe sus discos, le tira el disco duro en donde guarda la música de "Shambala" -así se llama la banda- y, para acabarla de gozar, seduce a un gringuito mormón "vende quesos" (Evan Lamagna) para que le haga el hijo que ella desea.
¿Por dónde empezar? Minezota es una película amateur en el peor sentido del término aunque, como ya anoté antes, llega a ser genuinamente hilarante por la cantidad de sinsentidos: diálogos sacados directamente de las canciones de Depeche Mode, narración paralela griffithiana que muestra una pelea al mismo tiempo que cierta Marcha Zombie que fue organizada en Neza en el 2013 (es en serio), un efecto Kuleshov de risa loca con un perro callejero y una corretiza, unas vuelta de tuerca ridículas a más no poder y un desenlace que aspira, acaso, a una suerte de azar kieslowskiano.
La función de crítica y prensa a la que asistí fue una delicia: todo mundo carcajeándose, comentando en voz alta y expresando su asombro cada vez que Enderle y su equipo hacían otro despropósito. Por supuesto, si hubiéramos pagado por ver la película, a lo mejor habríamos reclamado de mala manera, como el susodicho "espontáneo".
En todo caso, el misterio es cómo una película de este nivel llegó a la competencia. Aunque al revisar los créditos, descubro que Minezota ganó el premio "Impulso Morelia" del 2015, destinado a apoyar los proyectos o la postproducción de cine en México. Y, bueno, si Minezota había ganado ese premio otorgado por el propio festival el año pasado, es obvio que tenía que ser exhibido en el propio festival. Ahora el misterio es: ¿cómo ganó Minezota "Impulso Morelia"? The plot thickens!
En realidad, el primer día de competencia en Morelia 2016 no fue tan malo. Si bien es cierto que las funciones para crítica cerraron con Minezota, lo bueno es que abrieron con El Vigilante (México, 2016), opera prima de Diego Ros.
El vigilante del título (Leonardo Alonso) trabaja en una obra en construcción y no quiere otra cosa que terminar su turno para ir a su casa, pues su mujer está a punto de parir. El problema es que, cual pesadilla buñueliana, el tipo no puede ir a su casa, por más que lo desee, por más que prometa que ya mero llega, que ahí va, que ya va en camino.
Muy cerca de la obra se ha encontrado una camioneta y, en el interior, aparentemente, un niño muerto, asfixiado. Salvador, el vigilante, había visto la camioneta estacionada en la noche, por lo que tiene que hacer la declaración correspondiente con el policía responsable (espléndido Héctor Holten). Una serie de pequeños detalles empiezan a complicar la noche de Salvador: su compañero en la caseta de vigilancia da una declaración que contradice sus dichos a la autoridad, aparentemente alguien ha robado unos anillos de cobre de la bodega, una jovencita -dizque sobrina de su compañero de trabajo- aparece de la nada para pasar la noche en la obra y así sucesivamente.
Ros es buen director de actores -los diálogos entre el policía y Salvador son espléndidos-, sabe crear suspenso y usa sus referencias cinéfilas de manera eficaz -por ejemplo, la importancia de los objetos en el filme, al estilo de Hitchcock. Una opera prima más que meritoria, por más que algunas decisiones de los personajes no me terminaron de convencer.
En la forma, es bastante mejor Tiempo sin pulso (México, 2016), opera prima de la egresada del CCC Bárbara Ochoa Castañeda. Pos desgracia, el fondo termina por hundir a una película que no es más que un discreto melodrama de crecimiento juvenil.
Bruno (Andrés Lupone) es un adolescente triste que se la lleva tristeando. Está a punto de cumplir 19 años y no sabe qué hacer con su vida: se da de baja en la universidad, su vida en familia es tirante pues su mamá (Carmen Beato) vive en perpetua depresión desde la muerte del hijo mayor Esteban, es hora que no pierde la virginidad y, peor tantito, su antigua novia ha regresado a México y él no se anima a pasar de la primera base.  El asunto es que Bruno tiene un complejo de culpa que viene arrastrando desde hace dos años, cuando murió Esteban, y es hora que no puede solucionarlo. 
La película está impecablemente realizada -hay que hacer notar la fotografía de Sebastián Hiriart- pero la historia escrita por la propia cineasta es, en el mejor de los casos, estéril. Al final de cuentas, resulta que lo que necesitaba Bruno para que se le quitara lo triste es coger. Una buena lección de vida, sin duda alguna. 

sábado, 22 de octubre de 2016

Morelia 2016/I



Siempre he escrito que, para mí, un festival de cine vale la pena cuando te ofrece por lo menos una película que estará en la lista personal de lo mejor del año. En el caso de Morelia 2016 esta regla se cumplió en la primera función a la que asistí. 
No, no me refiero a la muy fallida Neruda (Chile, 2016), sexto largometraje del (otrora) infalible Pablo Larraín, cinta con la que abrió Morelia 2016 y que yo ya había visto antes de llegar al festival.
Entiendo las razones de por qué se eligió Neruda como cinta inaugural, por más que no las comparta: se trata de una película dirigida por un cineasta de prestigio que ha tenido una carrera impecable, es la cinta elegida por Chile para representar a ese país en el Oscar 2017 y, lo más importante, el protagonista del filme es Gael García Bernal, lo que aseguraba a los organizadores una alfombra roja nacional y lucidora, con el siempre simpático Gael dando entrevistas a diestra y siniestra. Tengo entendido que eso sucedió, y todo mundo quedó contento con la presencia de Gael y su co-protagonista Luis Gnecco, quien interpreta a un Neruda más bien bufonesco, perseguido por -en más de un sentido- un ficticio policía político encarnado por García Bernal.
Como uno podría suponer, la cinta está impecablemente producida -¡se trata de Larraín!-, pero la apuesta de hacer una biopic atípica -una suerte de reinterpretación de algunos pasajes de la vida del Pablo Neruda perseguido en Chile a fines de los 40- resulta bastante fallida. No tengo idea qué tan cercano o lejano a la realidad es el Neruda de Larraín/Gnecco pero el que aparece en pantalla es un irritante radical chic decadente, egocéntrico y, a veces, hasta infantil. Por su parte, el policía que lo sigue, el siempre serio Óscar Peluchonneau (Gael), se la pasa reflexionando sobre Neruda y sobre su propio papel en la historia de la búsqueda del poeta fugitivo. En suma, una cansina mise en abyme narrativa: un relato repetitivo que se muerde la cola jugando una y otra vez con sus (dizque) ingeniosas premisas formales.
En fin. Lo cierto es que como ya había visto Neruda -y con una vez es más que suficiente-, decidí revisar La la land: una historia de amor (La la land, EU, 2016), que tuvo su primera función nacional el viernes por la noche en una de las salas del Cinépolis Centro de Morelia -y que, por cierto, ni siquiera estaba llena.
Como anoté antes, después de ver La la land... el objetivo de Morelia 2016 se cumplió para mí: se trata no solo de una de las mejores cintas del año sino, además, en el musical más logrado desde... bueno... quién sabe desde cuándo.
Estamos en Los Ángeles, en un freeway, en un horrendo embotellamiento. No importa: aun en esas condiciones, los angelinos quieren vivir, soñar, ser felices, como lo demuestran al empezar a cantar y bailar entre los automóviles, siempre seguidos por la cámara de Linus Sandgren en un ¿hechizo? pero soberbio campo-secuencia ("Another Day of Sun"). 
Después de este primer número -un auténtico show stopper que, además, ¡es el primero de la película!-, el director Damien Chazelle nos presenta la historia del amor del título en español entre la aspirante a actriz Mia (prodigiosa Emma Stone) y el fracasado jazzista Sebastian (Ryan Gosling). 
Ella sufre en cada audición en la que fracasa por más que sus amigas le tratan de elevarle el ánimo invitándola a salir ("Someone in the Crowd"), mientras que él vive por su propio sueño de tener un bar en el que se toque un jazz verdadero, un jazz puro, música de verdad ("City of Stars"). Por supuesto, de acuerdo con los cánones de la comedia romántica, Mia y Sebastian se conocerán, se caerán mal, chocarán en más de una ocasión pero, qué remedio, terminarán enamorándose ("A Lovely Night").
Chazelle se ha apoderado no solo de la estructura y los tics del musical clásico -la cinta descansa, básicamente, en dos de las fuentes más venerables del género: Cantando bajo la lluvia (Donen y Kelly, 1952) y Los paraguas de Cheburgo (Demy, 1964)- sino, también, de su vitalidad e inventiva visual y formal. 
Por un lado, estamos ante una película energética que no deja descansar un momento la vista ni el oído. Cada número está montado con ingenio, gracia y humor. Si bien es cierto que Gosling no es Gene Kelly -brincos diera- y que Miss Stone no es tan buena bailarina como Debbie Reynolds, la verdad es que sí es mejor actriz. Si no lo cree, vea el número más sencillo de la película, "Audition (The Fools Who Dream"), con Emma Stone, sola y su alma, cantando, bajo una mancha de luz. Ella nada más, con su voz y su mirada, vuelve a detener la película, sin necesidad de los fuegos artificiales del primer número "Another Day of Sun".
Pero si por un lado tenemos esa energía desbordada, por el otro tenemos una corriente melancólica, subterránea pero implacable, que empieza a correr en paralelo a la alegría que se muestra desde el inicio, en un muy complejo tono narrativo que proviene del mejor cine de Jacques Demy. 
Es probable que, a estas alturas del juego, ya sabrá usted en qué sentido va esta historia de amor que presume, por si fuera poco, una secuencia final que resulta tan devastadora como, paradójicamente, esperanzadora. Los sueños se pueden lograr, claro que sí, pero hay que recordar que todo tiene un costo. Y ese costo se llama vivir. 

lunes, 17 de octubre de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLII



Parque Lenin (Cuba-México, 2015), de Itziar Leemans y Carlos Mignon. Yesuán y Karla, hermanos y huérfanos, viven en Cuba. Para efectos prácticos, Yesuán es más que un hermano mayor: es como una especie de joven padre de la adolescente Karla. Un tercer hermano, Antoin, vive en Francia, tratando de convertirse en cantante de opera. 
Esta opera prima documental a cuatro manos de Leemans y Mignon tiene sus mejores momentos cuando logra capturar la intimidad de los tres hermanos -en realidad medios-hermanos, pues solo comparten a la misma madre, recién fallecida- que, en Cuba o en Francia, en medio de la precariedad del primer mundo o la felicidad del tercer mundo, comparten sueños y deseos similares. (* 1/2)

Llévate mis amores (México, 2014), de Arturo González Villaseñor. Desde 1995, un grupo de mujeres -la mayoría, solas- ayudan a los inmigrantes que cruzan su tierra -el pueblo veracruzano La Patrona- montados en el célebre ferrocarril apodado "La Bestia". Las mujeres, alrededor de quince, jóvenes y maduras, les ofrecen agua, comida, apoyo, aliento, a los miles de centroamericanos que buscan llegar a Estados Unidos.
Por supuesto, este documental de González Villaseñor está centrado en "las patronas", esas admirables mujeres que, sin esperar nada a cambio, por mera y simple humanidad, han ayudado a decenas de miles de centroamericanos en su paso por México. 
El documental podrá ser todo lo convencional que usted quiera en la forma, pero el fondo es genuinamente emocionante: después de todo, no es común ver tanta generosidad retratada en la pantalla grande. Nos hace recordar que "las patronas" son, también, México. (**)

Los parecidos (México, 2015), de Isaac Ezban. El segundo largometraje de Ezban es la temprana confirmación de que estamos viendo nacer a un auténtico autor fílmico en un terreno genérico poco habitual en el cine mexicano: el cine fantástico. Mi critica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (**)

La enviada del mal (February, EU, 2015), de Oz Perkins. Estamos en el internado femenil católico Bramford, en invierno, el día del fin de cursos. Mientras todos los padres han llegado a recoger a sus respectivas hijas, la adolescente más crecidita Rose (Lucy Boyton, recién vista en la encantadora Sing Street/Carney/2016) y la más pequeña Kat (Kiernan Shipka, la exSally Draper de la teleserie Mad Men/2007-2015) tienen que quedarse unos días más mientras llegan por ellas. Mientras tanto, muy cerca de ahí, otra jovencita llamada Joan (Emma Roberts) es recogida en la carretera por una pareja madura (reaparecido James Remar y Lauren Holly) que se dirige al pueblo en donde se encuentra, precisamente, Bramford. Está por demás decir que el destino de las tres adolescentes ya mencionadas está íntimamente ligado.
El oscuro actor secundario Oz Perkins -hijo de su señor padre, el mundialmente conocido Anthony Perkins- ha debutado con el pie derecho con este notable filme de horror. Perkins y su equipo logran crear un ambiente de auténtica tensión minimalista en la primera parte, para luego pasar a algunos momentos de sangriento slasher muy bien ejecutados. Además, la dirección de actores -más bien, actrices- es impecable, especialmente en el caso de Miss Shipka, en cuyos pequeños hombros descansa buena parte del peso de la historia.
Por cierto, en lo que respecta a la historia -escrita por el propio director Perkins-, en cuanto menos sepa, mejor. Baste decir que el centro dramático está ocupado por la ausencia de amor: Kat se siente profundamente sola, lo mismo que Rose, que es abandonada por su novio cuando ella le dice que probablemente esté embarazada. En cuanto a Joan, es obvio también que está completamente sola, huyendo de algo, de alguien; buscando algo, a alguien. Ya verá usted al final si lo encuentra. (**)

Los últimos días en el desierto (Last Days in the Desert, EU, 2015), de Rodrigo García. El séptimo largometraje del apreciable artesano García (Con tan solo mirarla/2000, Almas pasajeras/2008, Madre e hija/2009, La increíble historia de Albert Nobbs/2011) es tan arriesgado como, supongo, personal.
Sobre un guion original escrito por él mismo, he aquí que  un "hombre santo" llamado Yeshua se va al desierto a ayunar, meditar y rezar, antes de entrar a Jerusalén, ciudad en la que su padre le ha encargado una tarea importante. Por supuesto, ya se imaginará a que Yeshua me refiero, quién es su exigente papá y qué desierto es. ¿No?: Yeshua es el Jesús, su papá es Dios Padre y el lugar es el desierto de Judea (en realidad, se trata de California, fotografiada de manera prodigiosa por, ¿quién más?, Emmanuel Lubezki).
En el desierto, Yeshua (Ewan McGregor, demasiado blanco y ojoazulado como para ser un pobre carpintero judío) se encontrará con un demonio que continuamente lo cuestiona (el propio McGregor con la misma vestimenta, pero con sonrisa cínica en ristre) y con una familia nuclear (Ciarán Hinds el padre, Ayelet Zurer la madre y Tye Sheridan el hijo) que, de alguna manera, sirve como primera gran prueba de las futuras responsabilidades de Yeshua y, al mismo tiempo, resulta ser un reflejo de su propia historia. Así como Yeshua trata de hacer contacto con su lejano y, según el Demonio, caprichoso Padre ("Háblame", ruega Yeshua en el desierto), el curioso adolescente de 16 años no logra conciliar sus deseos (vivir en Jerusalén, conocer el mar, viajar por el mundo) con los de su hosco padre de pocas palabras, quien quiere que viva como él en ese desierto y, por lo mismo, le está construyendo una casa de piedra para que se quede ahí, en esa tierra en la que seguramente morirá la madre.
La cinta funciona mejor cuando Yeshua y el Demonio confrontan sus ideas: un ir y venir entre el desafío chocarrero del Diablo ("Soy un mentiroso. Es verdad") y las continuas dudas humanas de Yeshua, quien en cierto momento no está seguro de ser capaz de resolver el problema que está frente a sus ojos. Y si no puede salvar a esa pequeña familia, ¿cómo podrá salvar a toda la humanidad? (* 3/4)

Justo ahora, mal entonces (Ji-geum-eun-mat-go-geu-ddae-neun-teul-li-da, Corea del Sur, 2015), de Sang-so Hong. El décimo-séptimo largometraje de Hong es, para variar, otro fascinante juego narrativo formal en la que vemos una misma historia de amor/desamor/seducción/ridículo repetirse frente a nosotros. Para variar, otra cinta valiosa de Hong. Mi crítica, in extenso, por acá. (** 1/2)

domingo, 16 de octubre de 2016

Justo ahora, mal entonces



Justo ahora, mal entonces (Ji-geum-eun-mat-go-geu-ddae-neun-teul-li-da, Corea del Sur, 2015), décimo-séptimo largometraje de Sang-soo Hong -y, según mis cuentas, apenas el tercero en ser estrenado comercialmente en México, después de Hahaha (2010) y En otro país (2012), aunque otras cintas de él se han podido ver en la Cineteca Nacional o en el FICUNAM- es, para variar, otro ejercicio -narrativo y filosófico- sobre el arte de la repetición que, tratándose de Hong, es sobre el arte de vivir.
El cineasta Cheon-soo Ham (Jae-yeong Jeong) está de visita en la ciudad norteña de Suwon, en un festival de cine, en donde presentará su película más reciente y tendrá una sesión de preguntas y respuestas con el público. Como el tipo llega un día antes, se distrae baboseando por ahí, luego de resistir la tentación de coquetear con la guapa asistente Bo-ra (Ah-sung Ko, la niña secuestrada de El Huésped/Bong/2006, ya crecidita). Al final de cuentas, termina turisteando por el interior de un templo en donde se encuentra con Hee-jeong (Min-hee Kim), una joven pintora con quien terminará haciendo migas. La muchacha ha escuchado hablar de él -Ham es un director famoso- y está emocionada de pasar la tarde con una celebridad de ese calibre. Los dos terminan en un café con un grupo de amigos de ella chupando, como es costumbre en el cine de Hong, cantidades industriales de soju, por lo que no es de extrañar que las cosas no terminan bien para nadie. 
Esta primera sección que ha durado casi 60 minutos y que ha sido narrada por el mismo cineasta vía voz en off, se ha llamado "Justo entonces, mal ahora" -aunque tengo la sensación que la traducción debió haber sido "Bien entonces, mal ahora"- y, sin preámbulos de ninguna especie, inicia la segunda parte, titulada "Justo ahora, mal entonces" -mejor sería: "Bien ahora, mal entonces".
Como ya se imaginará si ha visto alguna que otra película de Hong, lo que veremos en esta segunda parte -ahora, sin voz en off de Ham de por medio- es más o menos la misma historia, con algunas variaciones claves. Como dice el título "Justo ahora, mal entonces", Ham vuelve a encontrarse con Hee-jeong pero hace todo lo "justo" -lo correcto, pues- en esta ocasión. O, mejor dicho, más o menos, porque como suele suceder en la obra de este autor tan repetitivo -y benditas sean sus repeticiones-, la suerte de las criaturas de Hong no es siempre la mejor, especialmente si son hombres, pues una y otra vez enseñan (o enseñamos, pues) el cobre para mostrar realmente lo que son (o somos): una bola de borrachos, machistas, ególatras, cobardes, indecisos y, a veces, qué caray, hasta patéticamente conmovedores.
El estilo de Hong es, como siempre, funcional, a veces casi perezosamente alleniano en su puesta en imágenes: un paneo por aquí, un dolly-back por allá, un abrupto zoom que mueve el tapete -marca estilística del cine de Hong si las hay- y personajes que hablan y contestan fuera de cuadro, sin que veamos, a veces, cuáles son sus reacciones. 
Los personajes de Hong toman, toman y toman y, también, hablan, hablan y hablan, del amor, del desamor, de la vida, del cine y del arte, cual versiones neuróticas y alcoholizadas de las criaturas rohmerianas con quienes, a veces, se les ha comparado y con toda razón. Porque a estas alturas del juego, ya no puede haber dudas: Hong merece la comparación con Rohmer, con Allen y con cualquier autor a quien se le reprocha que vuelve a hacer siempre la misma película. Por mí, que la siga haciendo. 

lunes, 10 de octubre de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLI





Pasión por las letras (Genius, EU-GB, 2015), de Michael Grandage. Más una buena idea que una buena película, la opera prima del director teatral Grandage está centrada en la cercana relación profesional entre el "genial" escritor ahora casi olvidado Thomas Wolfe (Jude Law) y su editor de cabecera Max Perkins (Colin Firth) que, por si fuera poco, era también, en esos tiempos, el editor de Scott Fitzgerald y Hemingway. ¿Cuántas películas conoce usted que traten del trabajo de un editor literario? Solo por eso, por lo curioso del tema, vale la pena este palomazo. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

Viral (Ídem, EU, 2016), de Henry Joost y Ariel Schulman. El más reciente largometraje de la pareja de cineastas Joost y Schulman (notable opera prima Catfish/2010 tercer y cuarto episodios de la serie Actividad Paranormal/2011 y 2013, la reciente Nerve: un juego sin reglas/2016) es una película de infectados que, al mismo tiempo, funciona como un melodrama de crecimiento juvenil y fraternal.
Dos hermanas recién llegadas a un pueblito desértico californiano, Stacy y Emma Drakeford (Analeigh Tipton muy sazona y Sofia Black-D'Elia, respectivamente), tienen que lidiar prácticamente ellas solas -sus padres no están a la mano- con un virus que azota al lugar en el que viven, a todo Estados Unidos y, de pasada, al resto del mundo. La enfermedad es transmitida por un parásito -una especie de gusano cronenbergiano- que vuelve locas y hambrientas a las personas. 
La película no es más que una entretenida B-movie sin muchas ambiciones pero está realizada con suficiente solvencia, por más que es evidente que los directores Joost y Schulman no contaron con mucho presupuesto que digamos (* 1/2)

Sangre de mi sangre (Blood Father, Francia, 2016), de Jean-Francois Richet. El octavo largometraje del francés internacionalizado Richet (decente remake Masacre en la Cárcel 13/2005) es una convencional pero bien hechecita B-movie centrada en la redención de un viejo expresidiario y adicto que tiene que sacar juventud de su pasado si quiere salvar el pellejo de su hija, cuya vida es amenazada por las huestes de un narco-junior mexicano.
Lo que hace que Sangre de mi sangre sea algo más que un simple palomazo de fin de semana es que el protagonista es, nada menos, Mel Gibson. Su presencia de auténtica estrella de cine de cine -ese mirada exasperada, ese ritmo implacable para las one liners, esa escena en la que lo vemos en moto cual feroz Mad Max redivivo- convierte a este divertimento menor en una suerte de reflexión auto-consciente del propio Gibson sobre sí mismo, sobre las criaturas cinematográficas que ha encarnado y sobre su propia vida privada que se ha vuelto demasiado pública. 
La historia, por supuesto, es lo de menos. A lo sumo, funciona como mero excipiente para el lucimiento de Gibson, quien está rodeado de buenos actores secundarios -William H. Macy, Richard Cabral, Michael Parks- y de un correcto Diego Luna en una especie de cameo extendido con todo y sorpresa incluida. 
Un plus: como director de cine de género, Richet sabe su negocio y no faltan a lo largo del filme los buenos momentos de balazos, persecuciones y acción pura. (**)

Desde allá (Venezuela-México, 2015), de Lorenzo Vigas. La ganadora del León de Oro en Venecia 2015 finalmente se ha estrenado en nuestro país. Mi crítica, acá. (** 1/2)

domingo, 9 de octubre de 2016

Desde allá



Presentada fuera de concurso en Morelia 2015, finalmente ha llegado a la cartelera comercial mexicana Desde allá (Venezuela-México, 2015), multipremiada opera prima del venezolano Lorenzo Vigas, cinta ganadora del León de Oro en Venecia 2015 y Mejor Opera Prima en La Habana 2015.
La cámara de Sergio Armstrong aísla a su actor central, el cincuentón homosexual Armando (perfecto Alfredo Castro), quien siempre es separado en el encuadre de quienes lo rodean mediante el manejo del enfoque: a veces se ve nítido en el background mientras en foreground todos están fuera de foco; en otras ocasiones es al revés. 
Armando ve la vida, como dice el título, "desde allá", por razones que podemos intuir: es obvio que algo le hizo su padre, un poderoso hombre que acaba de regresar a Caracas después de años de estar fuera del país. Desconectado de toda vida social, apenas si visita de vez en cuando a su hermana, apenas cruza las palabras necesarias con sus empleados en un taller de prótesis dentales y cuando tiene alguna necesidad sexual, sale a la calle y busca a cualquier muchacho que, mediante jugosa billetiza, quiera enseñarle el trasero mientras él se masturba a un par de metros de distancia, sin tocarlo en lo absoluto. "Desde allá", pues. 
Esto cambiará cuando se encuentre con Elder (Luis Silva, impresionante, mejor actor en Biarrtiz 2015), un jovencito que accederá a ir a su departamento para luego golpearlo y asaltarlo. No importa: Armando no es de los que desisten a la primera. Unos días después irá por él con más dinero en los bolsillos. Elder, que no deja de llamar viejo maricón a Armando, empieza a tener una relación de ¿qué exactamente? con ese solitario hombre mayor.
La ambigüedad en el argumento escrito por el propio Vigas -a cuatro manos con el también productor Guillermo Arriaga- abre varias posibilidades hasta llegar a un desenlace sorpresivo que cambia la forma en la que hemos visto a los dos personajes. Una cinta más que notable, más aún tratándose de un cineasta debutante como Vigas.

martes, 4 de octubre de 2016

Horizonte profundo



Al inicio de Horizonte profundo (Deepwater Horizon, EU, 2016), octavo largometraje del actor secundario convertido en competente cineasta Peter Berg (buen filme bélico El sobreviviente/2013), una niñita de diez años ensaya frente a su papá, el ingeniero de mantenimiento Mike Williams (Mark Wahlberg), la exposición que ella presentará en su escuela sobre la chamba que él hace en cierta plataforma petrolera de exploración que se encuentra en algún lugar del Golfo de México.
La plataforma en cuestión es la Deepwater Horizon del título original y en abril de 2010 fue el sitio en donde ocurrió el más grande desastre petrolero –ecológico, económico, en vidas humanas- en la historia de Estados Unidos, pues provocó la muerte de 11 trabajadores y el derrame de millones de barriles de petróleo a lo largo de casi tres meses.
Horizonte profundo nos presenta la crónica del día en el que ocurrió del desastre, las razones del mismo –básicamente por irresponsabilidad de los ejecutivos de la compañía, la poderosa Brittish Petroleum- y el dantesco espectáculo de fuego, agua, sangre y lodo que ocurrió cuando la plataforma entera estalló.
La escena inicial antes descrita, la de la niña explicando el trabajo que se hace en una plataforma de exploración –que no explotación- es clave porque, por supuesto, ese momento está destinado al público en general que no sabe nada –no sabemos, dijo el otro- de cómo funciona ese negocio.
De hecho, durante la primera parte de la película, Berg y su argumentista Mathew Sand se concentran en profundizar en esa explicación infantil. Todos los personajes –el ingeniero en mantenimiento Mike, el correoso gerente Mr. Jimmy (Kurt Russell), el malélovo ejecutivo Vidrine (John Malkovich), el encargado de la cabina de perforación Jason (Ethan Suplee)- se encargan de discutir que si la presión es segura, que si la lectura que dan los aparatos es correcta, que si hay o no lodo como señal de que es posible iniciar la operación, que si el presupuesto de mantenimiento es el adecuado, etcétera… No presumiré que entendí todo lo que discuten pero los actores lo hacen con tal convencimiento que es imposible no prestar atención.
Además, como la fórmula del cine de desastres lo obliga, mientras los personajes discuten en la plataforma flotante sobre todos los tecnicismos habidos y por haber, la cámara del ecuatoriano hollywoodizado Enrique Chediak nos muestra lo que está sucediendo en las profundidades del Golfo de México, con el petróleo, el gas, el lodo, a punto de estallar. El suspenso funciona a la perfección: el espectador sabe que el desastre es inminente y contiene el aliento hasta que el infierno inicia. Y cuando realmente inicia, el espectáculo es de verdad aterrador.
Berg tiene otro as bajo su manga: la sólida presencia de Mark Wahlberg, que se ha especializado en una clase de personaje típicamente americano. Me refiero al profesional intachable, íntegro y de ingenio veloz que pierde la paciencia cuando escucha pretextos absurdos o cuando tiene que obedecer a jefes que no tienen la mínima honestidad y/o capacidad requeridas.
Para muestra, un botón: la enumeración que hace Wahlberg de los problemas de mantenimiento que tiene la plataforma frente a un impávido John Malkovich es una joya de ritmo actoral. Pero ya no es sorpresa: Wahlberg se ha ido convirtiendo en una de las presencias claves –como actor, pero también como productor- del Hollywood contemporáneo. Nada mal para quien cimentó inicialmente su fama enseñando el trasero.

lunes, 3 de octubre de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCL



La asesina (Nie yin niang, Taiwán-China-Hong Kong-Francia, 2015), de Hsiao-hsien Hou. Bellísima pero hermética cinta de Hou. Reto a cualquier colega que diga de qué se trata a la primera sin leer las notas de producción ni la sinopsis. Igual, se puede alegar y con razón que lo de menos es la historia, pues este filme de Hou tiene secuencias visualmente sensacionales. Prefiero cualquier otra película anterior de Hou, de lejos. (* 3/4)

Horizonte profundo (Deepwater Horizon, EU, 2016), de Peter Berg. Otra colaboración del competente director Berg con su estrella/productora Mark Wahlberg después de la sólida cinta bélica El sobreviviente. Horizonte profundo es una lograda cinta de desastres sobre la tragedia ecológica/humana/económica de abril de 2010, cuando una plataforma de exploración petrolera en Golfo de México estalló en mil pedazos debido a los descuidos en mantenimiento de la compañía Brittish Petroleum. Wahlberg, para variar, está muy bien. Mi crítica, in extenso, en los próximos días. (**)

Casa Blanca (Cuba-Polonia-México, 2015), de Aleksandra Maciuszek. En algún pueblito cubano, Vladimir, un hombre con Síndrome de Down de 37 años de edad, vive en condiciones precarias con su anciana madre, Nelsa. Este documental sigue, a lo largo de varios meses, la vida cotidiana que tienen madre e hijo hasta que la enfermedad de Nelsa hace que aparezca un primo que quiere separar a la madre de su hija. La señora tiene que ir a un hospital; Vladimir, a una granja. Todo lo que sucede debe ser muy importante para Nelsa y su hijo. Para el espectador -para mí, en todo caso-, no tanto. (-)

Un traidor entre nosotros (Our kind of traitor, GB-Francia, 2016), de Susanna White. Sobre la novela homónima reciente de John le Carré, la realizadora con experiencia televisiva White entrega esta eficaz cinta de espionaje, impecablemente producida y sólidamente interpretada por Ewan McGregor y Stellan Skarsgard. Con todo, al filme le hizo falta esa dosis de ambigüedad moral que está en la mejor obra -literaria y cinematográfica- de le Carré. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (**)