martes, 23 de mayo de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLXXXIII



Sopladora de Hojas (México, 2015), de Alejandro Iglesias Mendizábal. En la veta del cine de adolescentes de Fernando Eimbcke -aunque sin su muy identificable y controlado estilo en la puesta en imágenes-, he aquí un día en la vida de tres chamacos ociosos que, por una apuesta infantil -tirarse en un montón de hojas secas por 10 pesos-, uno de ellos pierde las llaves. Usar la sopladora de hojas del título es una de las cosas que se les ocurren para encontrar las llaves perdidas. 
Estamos ante una "épica cotidiana en nueve capítulos" a la que le sobró algunos de los nueve episodios en los que está dividida -por lo menos en el que aparece Daniel Giménez Cacho- aunque, de todas formas, la cinta se deja ver sin demasiados problemas. Opera prima de Iglesias Mendizábal. (* 1/2)

Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake, GB, 2016), de Ken Loach. La ganadora en Cannes 2016 es un melodrama social en la mejor tradición de Loach, sincera, humanista y con una pizca de buen humor. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (** 1/2)

Almacenados (México, 2015), de Jack Zagha Kababie. Después del fracaso de En el último trago (2014), da gusto reportar que Zagha Kababie (divertida opera prima Adiós mundo cruel/2010) ha vuelto por sus fueros con esta curiosa comedia minimalista ubicada en una semana de (dizque) trabajo, cuando el solemne señor Lino (José Carlos Ruiz, impecable), después de 39 años de labores, le pasa la estafeta al jovencito Nin (Hoze Meléndez), quien ha llegado para ser el nuevo encargado del "Almacén B", propiedad de la compañía Salvaleón S.A. de C.V. dedicada a fabricación de astas y mástiles.
En ese Almacén B se resguardan los mástiles, le informa el seco Lino a Nin ("Aquí vamos a lo que vamos", "¿Estamos?"), aunque pasan los días de esa última/primera semana de trabajo y no aparece ningún camión con ningún mástil. Muy pronto queda claro que esa chamba -¿la mayoría de ellas, de plano todas?- no tiene sentido y que los dos únicos personajes en este vacío escenario solo pueden intercambiar lo que ellos poseen: su humanidad. 
El keatoniano rostro enjuto de Ruiz es el contrapunto perfecto para la expresión siempre expectante, curiosa, del ascendente Hoze Meléndez en esta pequeña y sencilla comedia existencial escrita por David Desola sobre su propia obra de teatro. Ganadora del premio a Mejor Película en Morelia 2015.  (**)

Tempestad (México, 2016), de Tatiana Huezo. La mejor película mexicana del año pasado llega finalmente -y, qué remedio, limitadamente- a las salas de cine. Se trata del segundo largometraje documental de la salvadoreña avecindada en México Tatiana Huezo (espléndida opera prima El lugar más pequeño/2011), Fénix 2016 a Mejor Documental, Mejor Fotografía -que también fue nominada por la Sociedad Americana de Cinematógrafos- y Mejor Música.
Como en ya mencionado El lugar más pequeño y en su no menos notable cortometraje Ausencias (2015) -también fotografiados por el cinefotógrafo Ernesto Pardo-, Huezo echa mano de una voz narrativa/reflexiva de sus protagonistas -en este caso, dos mujeres que han sufrido en carne propia la injusticia nuestra de cada día en nuestro país- que va acompaña de una serie de absorbentes imágenes poéticas en una suerte de inquietante travelogue por el infierno de la inseguridad y la violencia nacionales.
Miriam Carvajal Yescas, una agente de migración de Cancún, fue detenida el 2 de marzo de 2010 acusada de ser parte de una organización criminal dedicada al tráfico de personas. Aunque las autoridades sabían de su inocencia, Miriam fue enviada a un penal federal en Matamoros, en el otro extremo del país, una prisión "autogobernada" por el crimen organizado. Ahí tendrá que pagar 5 mil dólares para comprar el derecho a la vida, sobrevivirá abanicando sus compañeras de celda y se encargará de la limpieza del penal para poder cubrir la cuota semana de 500 dolares que le exigen las verdaderas autoridades -o sea, los malandrines. 
Adela Alvarado trabaja en un circo. Más bien, es cirquera. Con todo orgullo, ser payasita de circo es más que una simple chamba o una identidad: es su forma de vida. Un malhadado día, Mónica, su hija de 20 años, desapareció de la faz de la tierra, aparentemente secuestrada. Desde entonces, ¡hace una década!, Adela ha buscado a su hija siguiendo todas las pistas y todos los caminos posibles en este país lleno de retenes que no sirven para maldita la cosa.
Los testimonios de estas dos mujeres se alternan con imágenes recurrentes de carreteras y autopistas en las que transitan camiones repletos de personas que atraviesan una decena de estados, desde Quintana Roo hasta Tamaulipas pasando por Puebla, Veracruz o Querétaro.
Estamos ante una dolida y doliente road-movie que avanza a través de esta interminable tempestad que llamamos México y que no renuncia a la humanidad ni, mucho menos, a la más genuina solidaridad con estas dos mujeres. Porque siempre nos quedará la risa en medio del dolor, porque siempre nos quedará ese idílico momento de libertad, por más efímero que sea.  (***)

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