sábado, 7 de enero de 2017

Hasta el último hombre



Pasado el prólogo de Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, EU-Australia, 2016), quinto largometraje del icono del cine de acción y gran cineasta ocasional Mel Gibson, vemos por vez primera el rostro adulto de nuestro protagonista, el sonriente, amable y apacible Desmond Doss, interpretado por el treintón cara de niño Andrew Garfield.
Hay algo extraño en la manera en la que Garfield encarna al futuro héroe de guerra Doss, quien llegó a salvar a 75 hombres en la batalla de Okinawa de la Segunda Guerra Mundial, acción que le valió la Medalla de Honor, máxima condecoración posible. Más que inocencia o, incluso, santidad, el Doss de Garfield llega a parecer, al inicio, un idiota. Es como si estuviéramos frente a alguien que no tiene la suficiente madurez intelectual para entender lo que le rodea. El tipo resulta encantador, cierto, pero también parece medio tonto.
Evidentemente, Doss no es ningún imbécil aunque a ratos lo parezca, más todavía cuando empieza a enamorar a una bellísima enfermera (Teresa Palmer) a la que conoce en un hospital al ir a donar sangre. En realidad, es fácil confundir la bondad innata de Doss por simple tontería o algo peor, así que cuando el muchacho se enlista voluntariamente para ir a la guerra pero no quiere llevar arma alguna, todo mundo –sus compañeros del regimiento, su sargento gritón (Vince Vaughn), su serio capitán (Sam Worthington)- pensará que Doss está enfermo de la cabeza o, de plano, es un cobarde. Otra vez: ese rostro de Garfield, ese tonito infantil al hablar, esa mirada a ratos juguetona, confunden a cualquiera.
Esta es una de las muchas contradicciones que están en el centro de esta película –acaso la mejor- dirigida por Mel Gibson, a saber: un jovencito inocente y bondadoso en medio de una de las batallas más violentas del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial, la biopic de un extraordinario héroe de guerra que fue no solo un genuino pacificista sino hasta un objetor de conciencia, el impulso casi febril de un santo protegido por el Señor -¡esa toma en la que Doss, en camilla, parece flotar en el aire!- al lado de una serie de violentísimas escenas sanguinolentas con toques de humor gore -¡ese momento en el que un soldado usa el torso de un muerto para protegerse!
Gibson no resuelve ninguna de estas contradicciones. Al contrario, como cineasta, no parece preocuparse por ellas: hay tanta sinceridad en el edificante retrato moral de Doss como en las impresionantes escenas bélicas que son el centro de la segunda parte del filme, imágenes que uno como espectador no puede dejar de ver, por más que la sangre, la mutilación, el sufrimiento, el caos, el dolor, la muerte, nos obligue a cerrar los ojos, a apartar la vista de la pantalla.
Estamos ante una cinta tan febril como el impulso de Doss por salvar las vidas de sus compañeros, tan incongruente como el hecho de enlistarse en una guerra para elegir no portar arma alguna y, también, tan honesta y transparente como la visión del mundo de Mad Mel: venimos a este valle de lágrimas a sufrir, pero alguien más vino primero a morir por nosotros. Así que por Él, y sólo por Él, valen la pena todos los sacrificios. Y si no, pregúntenle a Doss. O a Mel.