viernes, 18 de agosto de 2017

El baúl: Dawn of the Dead



Ante la exhibición de Dawn of the Dead hoy en la Cineteca Nacional, me di a la tarea de rescatar del baúl de mis archivos este viejo texto publicado hace... ufff... no sé. Hace mucho tiempo. 


Diez años después de su histórica opera prima La noche de los muertos vivientes (1968), George A. Romero volvió al tema de los zombies con la secuela Dawn of the Dead (EU-Italia, 1978) que, inexplicablemente, nunca encontró distribución comercial en nuestro país. La historia, escrita por el propio Romero, es básicamente la misma (un pequeño grupo de seres humanos se protegen del ataque de una multitud de muertos vivientes que quieren comérselos), pero esta vez el tono ha dejado de ser dramático para inclinarse más hacia la sátira.
Si el primer filme exigía una lectura alegórica que nos mostraba a un microcosmos estadounidense dividido y enfrentado entre sí, cual réplica de los problemas sociales que vivió la Unión Americana durante los años sesenta, en la secuela vemos a un centenar de zombies deambular por un emblemático mall típicamente gringo pues, como dice uno de los seres humanos sobrevivientes “eso es lo que acostumbraban hacer cuando estaban vivos”. 
Así, la tardía continuación se instala rápidamente en los terrenos de la sátira social, con decenas de muertos vivientes caminando por los pasillos del centro comercial, con cuatro humanos encerrados en una enorme tienda y consumiendo todo lo que quieren (caviar, embutidos, licores, armas) sin que nadie se los impida y, finalmente, con una banda de motociclistas que entran a la fuerza al mall, provocando una orgía de sangre, balazos y canibalismo.
La película, filmada a colores –a diferencia de La noche..., que fue realizada en blanco y negro-, tiene el mismo aire semidocumental de la primera, con la cámara siempre en mano, con movimientos bruscos y poco elegantes, con los encuadres desordenados de un reportaje in situ, no de una película de ficción. En el terreno de los efectos especiales y el maquillaje, el maestro Tom Savini se hizo cargo de ese departamento, así que no faltan mutilaciones varias y momentos de gore desbocados (para la trivia, Savini participó en el filme como uno de los brutales motociclistas que toman por asalto el centro comercial).
Como de costumbre en el cine de Romero, en este, su sexto largometraje, no hay un solo actor reconocible entre los cuatro humanos y las decenas de zombies caníbales pues lo que le importa a Romero es contar su historia sin que nos estorbe la presencia de alguna estrella –por supuesto, otro motivo por el cual (casi) nunca aparece nadie importante en las cintas de este director es que Romero siempre ha trabajado con presupuestos relativamente modestos.
¿Dawn of the Dead es mejor que La noche de los muertos vivientes? Probablemente sí. Por supuesto, el impacto del primer filme es irrepetible, pero Dawn... muestra un cineasta más seguro, tanto en lo que quiere decir como en de qué manera decirlo. Acaso no solo sea la mejor película de la saga zombiesca de Romero sino es, seguramente, uno de sus filmes más logrados. 

jueves, 17 de agosto de 2017

Hazlo como hombre



Hacia el final de Hazlo como hombre (México-Chile, 2017), noveno largometraje –pero primero mexicano- del taquillero productor y cineasta chileno Nicolás López (exitosa trilogía chilena Qué pena tu vida/2010, Qué pena tu boda/2011 y Qué pena tu familia/2012, con remake mexicano Qué pena tu vida/Reyes/2016), el gay recién salido del clóset Santiago (Alfonso Dosal) se da cuenta que su novio chef multicultural Xavier Dolan, digo Julián Dolan (Ariel Levy), le pone los cuernos cada vez que va a Miami. Cuando Julián se da cuenta de la decepción en el rostro de Santiago, le dice, palabras más, palabras menos, que es “demasiado gay para ser heterosexual, pero demasiado heterosexual para ser un auténtico gay”. En otras palabras, Santiago es un gay modosito, del siglo pasado, demasiado recatado y no suficientemente retacado (perdón, no lo pude evitar: he visto demasiadas cintas albureras en los últimos meses, luego le platico por qué).
Esta escena que, por lo demás, tiene un pésimo chiste (-“Yo te advertí que era poliamoroso”, –“Ah, es que yo creía que eso significaba que tenías fijación sexual con los policías”), da en el clavo del tono de la cinta dirigida por López. Esta farsa no osa burlarse ni con el pétalo de una rosa de sus personajes gays –como sí lo hace toda buena comedia que aboga por la aceptación de lo queer, desde La jaula de las locas (Molinaro, 1978)-, pues elige mostrarlos tan idealizados y perfectos que, la verdad, resultan mortalmente aburridos.
Los dardos del guion escrito por el propio cineasta y Guillermo Amoedo están dirigidos, con toda justicia, al homofóbico, machista y farolón protagonista Raúl (Mauricio Ochmann) quien, cuando se da cuenta que su amigo de la infancia Santiago es gay, pasa por un laaaaaaargo proceso (o sea, por toda la méndiga película) de negación, ira, negociación, acomodo y aceptación de la “enfermedad” que tiene su amigo.
No he visto ninguna película anterior de López –aunque he leído que varias de ellas han impuesto marcas taquilleras en Chile-, pero Hazlo como hombre es un pésimo muestrario de sus aptitudes como cineasta y guionista. Si formalmente hablando la película es en el mejor de los casos funcional, la historia apenas puede nombrarse comedia: está lastrada por digresiones sin chiste –la cura de la homosexualidad por equinoterapia, por ejemplo-, diálogos inanes (creo que la mejor línea es cuando el siempre bienvenido Humberto Bustos subraya que las películas de súper-héroes son realmente muy gays) y running-gags penosos (hacer “la tortuguita” para bajar la ira) o más viejos que viajar a pie (el jabón caído bajo la regadera).
A quien peor le va, por cierto, es a Aislinn Derbez, quien interpreta a Nati, la novia despechada de Santiago, como una histérica desatada que habría que encerrarla en un manicomio. Las escenas en las que aparece la Derbez desaforada no son graciosas sino penosas, y más pena dan cuando uno se da cuenta que Hazlo como hombre es coproducida por la propia Derbez a través de su casa productora A Toda Madre Entertainment. ¿No habrá alguien que la aconseje? Pero, bueno, yo qué sé: la cinta, al momento de escribir estas líneas, es un irrebatible trancazo taquillero, como los que acostumbra hacer Nicolás López en Chile.

martes, 15 de agosto de 2017

Baby: El aprendiz del crimen

-"¿Si veo así, bien intenso, a poco no me parezco a Steve McQueen?"
"-No".



Hay una escena, hacia la última parte de Baby: El aprendiz del crimen (Baby Driver, EU-GB, 2017), sexto largometraje de Edgar Wright, que héroe y villano escuchan, compartiendo audífonos, cierta canción de Barry White (“Never, Never Gonna Give You Up”) que sirve no solo como perfecto resumen de lo que está sucediendo en pantalla sino, también, como ilustración de un momento que se quiere grave, importante, incluso dramático.
Esta y muchas otras escenas más del mismo tipo funcionan, pero solo en el primer nivel: es decir, en la perfecta fusión de música y acción, sea en la primera secuencia a ritmo de “Bellbottoms”, de The Jon Spencer Blues Explosion; sea en una balacera acompañada con los acordes clásicos del “Tequila” de Chuck Rio; sea cuando todo se sale de madre bajo los sonidos de Queen (“Brighton Rock”).
Por lo demás, a nivel dramático, Baby… es un fracaso total: no me habría podido interesar menos el destino del héroe, el Baby del título (Ansel Elgort), un personaje tan desprovisto de personalidad y carisma que solo puede hacerlo soportable el hecho de que tenga tan buen gusto musical. Él mismo, los demás personajes y la propia historia –una heist movie que no es más que serie de clichés eficazmente embonados- son meros excipientes del impresionante trabajo de edición a cuatro manos de Jonathan Amos y Paul Machliss.
Aunque en la película aparece de forma prominente los créditos de un coreógrafo, la realidad es que no veo para qué lo utilizaron. Y es que este Ballet Mécanique (Léger, 1924) del siglo XXI tiene sus mejores momentos (¿de plano sus únicos momentos?) en esas escenas en las que vemos las imágenes casi abstractas de autos, balas, cuerpos y rostros que aparecen y desaparecen del encuadre al ritmo de alguna tonada popular. Es decir, en Baby… no hay más coreógrafo que el virtuoso montaje de Amos y Machliss, que logra hacer danzar a los autos que corren, chocan y hasta vuelan por las calles de Atlanta.
El asunto es que, como bien lo apuntó Anthony Lane en The New Yorker, Baby… no es tanto una película sino, cuando mucho, un excelente video musical. Y los videos musicales, incluso los mejores –véase el que el propio Wright realizó para Mint Royale, “Blue Song” (2003), claro antecedente de esta cinta- duran unos cuantos minutos. Y tienen protagonistas más carismáticos. Que, además bailan mejor. Por ejemplo, Christopher Walken en “Weapon of Choice” (Jonze, 2001). 

domingo, 13 de agosto de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLV



Hermia y Helena (Argentina-EU, 2016), de Matías Piñero. La mejor película neo-shakespeariana de Piñeiro -tanto en la forma como en el fondo- está ubicada entre Buenos Aires y Nueva York, con las inevitables Agustina Muñoz y María Villar en los papeles protagónicos.  Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (** 1/2)

El lobo detrás de la puerta (O lobo atrás da porta, Brasil, 2013), de Fernando Coimbra. La multipremiada opera prima de Fernando Coimbra -vista en Guadalajara 2014- finalmente ha tenido su estreno cultural en la Cineteca y salas afines. Mi crítica, in extenso, por acá. (***)

Baby: el aprendiz del crimen (Baby Driver, EU-GB, 2017), de Edgar Wright. El sexto largometraje de Wright es un entretenido video-musical que tiene algunos momentos virtuosos gracias a la perfecta edición visual/musical, pero que está lastrado por un actor protagónico desprovisto de todo carisma y por una serie de clichés que ni siquiera son comentados/deconstruidos con la suficiente gracia. Mi crítica, el próximo martes en este blog. (* 1/2)

Hazlo como hombre (México-Chile, 2017), de Nicolas López. El noveno largometraje del exitoso cineasta y productor chileno Nicolás López es una inocua -aunque a veces cae en lo inicua- comedia de enredos en la que un trío de muy machotes amigos vive una crisis cuando uno de ellos (Alfonso Dosal) les confiesa a los otros dos que es gay. Aunque el hipster (un impecable Humberto Bustos) se lo toma a bien, el otro, el homofóbico y machista Raúl (Mauricio Ochmann), no puede aceptar que a su amigo del alma sea "un desviado". La comedia tiene buenas intenciones, pero casi nada más que eso. Escribiré de ella en los próximos días en este mismo blog. (+)

viernes, 11 de agosto de 2017

El lobo detrás de la puerta




Presentada en competencia en Guadalajara 2014, ha llegado al circuito cultural chilango -léase Cineteca Naciona- El lobo detrás la puerta (O Lobo atrás da Porta, Brasil, 2013), multipremiada opera prima de Fernando Coimbra, ganadora del Premio Horizontes en San Sebastián 2013 y Mejor Opera Prima en La Habana 2013, entre otros muchos reconocimientos.
Estamos en Río, tiempo presente. La cinta inicia con la desaparición de una niña que fue recogida de la guardería, supuestamente por una amiga de la mamá. Sin embargo, resulta que la madre, Sylvia (Fabiula Nascimento), no mandó a nadie por la chamaca. Cuando llega a recoger la niña y se entera que alguien se le adelantó, se levanta la denuncia respectiva y un joven inspector (Antonio Saboia) inicia los interrogatorios.
Los primeros minutos del filme nos instalan en un escenario casi fársico: la policía parece más obsesionada en averiguar la vida íntima de Sylvia y su marido, Bernardo (Milhem Cortaz), que encontrar a la niñita perdida. El inspector no se detiene, tampoco, para soltar un comentario imprudente por aquí y por allá. Sin embargo, muy pronto nos daremos cuenta que, acaso, esas preguntas sobre cómo anda el matrimonio de Sylvia y Bernardo no están de más. La aparición de una guapa jovencita llamada Rosa (impresionante Leandra Leal), antigua amante de Bernardo, empieza a enturbiar la situación.
Las declaraciones ministeriales se van sucediendo ante el joven inspector, mientras los episodios retrospectivos van reconstruyendo los acontecimientos que llevaron a la desaparición de la niña. Así, la historia avanza entre mentiras, engaños, certezas y fatalidades. 
El guión escrito por el propio cineasta debutante Coimbra es ejemplar por su balance de humor, suspenso y sorpresivas vueltas de tuerca, pero quien termina apoderándose de la película es la señorita Leal, quien logra entregarnos un personaje con múltiples matices: sensual, frágil, calculadora, vengativa, esfinge... 
Cuando vi esta cinta en Guadalajara 2014 escribí que sería una injusticia que Leal saliera de ese festival con las manos vacías. Y, bueno, la injusticia sucedió: Leal no ganó el Mayahuel a Mejor Actriz, aunque ese gazapo se limpió un poco, pues el debutante Coimbra obtuvo el Mayahuel a Mejor Director. Por su parte, Leal  no se cansó de recibir reconocimientos: Mejor Actriz en Río 2014 y Lleida 2014, Mejor Actriz para la Academia Brasileña de Cine en 2015 y Mejor Actriz en la primera entrega del Premio Fénix en 2014. Apenas así le hizo justicia la Revolución a Leandra Leal. 

martes, 8 de agosto de 2017

Your Name




Your Name (Kimi no na wa, Japón, 2016), cuarto largometraje del ascendente maestro del anime Makoto Shinkai, ha llegado insólitamente a México distribuida nacionalmente por Cinépolis este pasado fin de semana -es decir, el 4, 5 y 6 de agosto- en 77 ciudades del país y se volverá a exhibir el próximo, el 11, 12 y 13 de agosto.
La historia, escrita por el propio Shinkai basada en una novela de su propia autoría, inicia como una divertida comedia adolescente. La sensible adolescente Mitsuha (Mone Kamishiraishi) vive en Itomori, un pequeño, idílico pero, según ella, también muy aburrido pueblito. En contraste, Taki (Ryûnosuke Kamiki), un tímido adolescente preparatoriano, vive en la gran ciudad de Tokio, en donde además de interesarse por el dibujo y la arquitectura, trabaja como mesero en un restaurante.
Mitsuha se levanta un buen día y se da cuenta que todos a su alrededor (su hermanita, su abuela, su amiga) le dicen que les da gusto que haya vuelto a ser como antes, después de haberse portado de manera tan extraña un día anterior. Muy pronto nos damos cuenta lo que está sucediendo: por alguna razón desconocida, hay días en los que Mitsuha y Taki intercambian sus cuerpos. Es decir, ella despierta como Taki en Tokio, él se levanta como Mitsuha en Itomori.
Después de la confusión, los dos jovencitos se las arreglan lo mejor que pueden para sobrellevar sus cambios de cuerpo. Incluso, encuentran algunas ventajas: cuando Taki está dentro de ella, Mitsuha demuestra mejor capacidad atlética jugando basquetbol; cuando Mitsuha está dentro de Taki, él demuestra más sensibilidad para tratar de conquistar a su guapísima compañera de trabajo Okudera (Masami Nagasawa).
La primera media hora de Your Name funciona como una comedia adolescente de cuerpos intercambiados, como si se tratara de una versión animada y japonesa de Un viernes alocado (Nelson, 1976) o su remake de 2003 –con todo e hilarante running gag de Taki tocándose los pechos cada vez que despierta como Mitsuha- pero luego la película termina avanzando por otros rumbos menos previsibles, a través de una trama rompe-cocos en la que los tiempos de los personajes se traslapan/dislocan, para luego finalizar en una conmovedora historia de amor.
Al final de cuentas, esto es lo más interesante de Your Name: cómo la cinta desafía nuestras expectativas y va cambiando de rumbo (y hasta de género) con una fluidez pasmosa.
Y, a todo  esto, ¿es Shinkai el digno heredero del (dizque) retirado Hayao Miyazaki, como se ha dicho por ahí? Ni idea: no he visto (shame-on-me) sus tres largometrajes anteriores aunque, por la calidad de la animación de Your Name y las inclinaciones mágicas/metafísicas/naturalistas de su historia, va por buen camino. 

domingo, 6 de agosto de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLIV



Your Name (Kimi no na wa, Japón, 2016), de Makoto Shinkai. El cuarto largometraje del (dizque) heredero de Hayao Mizayaki inicia como hilarante pero convencional comedia adolescente para transformarse, poco a poco, en algo mucho más imprevisible e inteligente. Todo un descubrimiento. Para mí, digo. Mi crítica, el martes próximo aquí en el blog. (** 1/2)

París puede esperar (Paris can wait/Bonjour Anne, EU-Japón, 2016), de Eleanor Coppola. La opera prima de ficción de la octogenaria señora Coppola (mujer de Francis, madre de Sofia) es una inocua película para doñitas que, supuestamente, está basada en una experiencia personal vivida por la santa señora. La esposa descuidada (encantadora Diane Lane) de un magnate hollywoodense (Alec Baldwin) es llevada por auto a París desde Cannes por el encantador socio (Arnaud Viard) del marido. Por el camino, van turisteando, tragando y tomando vino. Al espectador se le hace agua la boca. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*)

jueves, 3 de agosto de 2017

El planeta de los simios: la guerra



Moisés de los monos. Con El planeta de los simios: la guerra (War for the Planet of the Apes, EU-Canadá-Nueva Zelandia, 2017), tercera y última parte de la nueva saga simiesca iniciada con El planeta de los simios: (R)Evolución (Wyatt, 2011) y continuada con El planeta de los simios: Confrontación (Reeves, 2014), el reboot de la seminal El planeta de los simios (Schaffner, 1968) finaliza en terrenos bíblicos-épicos.
A diferencia de la saga original (1968-1973), que exigía una clara lectura sociopolítica, este reboot del nuevo siglo optó inicialmente por una postura diríase filosófica. La rebelión liderada por César en el primer filme inicia no desde la rabia ni el resentimiento sino desde la toma de conciencia camusiana (“La rebelión no se concibe sin el sentimiento de tener uno mismo, de alguna manera y en parte, la razón”), con aquel inolvidable “¡Noooooooo!” gritado por César.
Ahora, en la tercera parte, después de tratar de evitar infructuosamente la confrontación con los humanos, César se ha convertido en el estoico profeta de su especie, en el simio elegido que deberá llevar a los suyos a la Tierra Prometida, mientras su Dios -¿la naturaleza, cansada de nosotros y nuestros estropicios?- desata la última de varias plaga contra el homo sapiens.
El tono de este cierre de la trilogía es serio, solemne. Aunque hay por ahí alguna referencia chusco-cinefílica inevitable –el grafitti de “Ape-calypse Now” que aparece en una pared-, las conexiones dramático/visuales que hace el realizador Matt Reeves –también director de la segunda parte- son más ricas: una furiosa lluvia de letales flechas como salida de alguna cinta de Kurosawa (Trono de sangre, 1957), steady-cam que sigue con admiración a César revisando sus tropas cual homenaje de una toma similar al intachable oficial Kirk Douglas en las trincheras de Patrulla infernal (Kubrick, 1957), César transformado en el marmóreo Charlton Heston de los monos, apoyado por Dios mismo (o la naturaleza, pues), para castigar a los desalmados egipcios -digo, humanos-, cual nueva versión de Los diez mandamientos (De Mille, 1956).
Cierto, a la cinta no le faltan excesos -140 minutos son demasiados, aunque se trate del cierre de la trilogía- y una que otra carencia –Preacher, el soldado interpretado por Gabriel Chavarría, está pésimamente desarrollado-, pero estos son defectos menores en un balance final en el que tenemos una sólida ejecución general de la historia, un villano multidimensional (un Woody Harrelson cual Coronel Kurtz de Apocalipsis/Coppola/1979) y una emotiva resolución anticlimática que no termina en la cansina batalla de siempre sino en la trágica aceptación de la derrota inevitable y en la serena mirada satisfecha ante lo conseguido.
A estas alturas del juego, uno pensaría que está de más alabar los resultados de la captura de movimiento a través del cual se descargan (¿o decantan?) las actuaciones humanas en los cuerpos animados de los simios. Sin embargo, es necesario seguir haciéndolo: el trabajo de Andy Serkis como César ha sido elogiado antes y con toda justicia, pero ahora es necesario centra la mirada hacia otras partes. Por ejemplo, en los graciosos manierismos del “Mal Simio” que encarna Steve Zahn –el responsable de los únicos momentos ligeros de la cinta- o en los ojos claros, abiertos y bondadosos de Maurice (Karin Konoval) cuando se topa con una niñita desvalida (Amiah Miller). Si el trabajo de Zahn y Konoval –y, claro, el de Serkis- no es actuación, entonces no sé qué sea.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Changómetro



Ante el estreno de El planeta de los simios: la guerra, me di a la tarea de listar en orden de preferencia las nueve cintas realizadas a partir de la adaptación/inspiración de la novela original (y muy entretenida) de Pierre Boulle. 

1. El planeta de los simios (1968). Mi crítica y de las cuatro siguientes de la saga original (1979-73), por acá.

2. El planeta de los simios (R)Evolución (2011)

3. El planeta de los simios: la guerra (2017). Mi crítica acá.

4. El planeta de los simios: Confrontación (2014). Mi crítica aquí.

5. El planeta de los simios (2001). Mi crítica acá.

6. Escape del planeta de los simios (1971)

7. Conquista del planeta de los simios (1972)

8. Bajo el planeta de los simios (1970)

9. Batalla por el planeta de los simios (1973)


martes, 1 de agosto de 2017

Dunkerque



Desde los primeros minutos de Dunkerque (Dunkirk, GB-EU-Francia-Holanda, 2017), décimo largometraje de Christopher Nolan, queda clara la apuesta narrativa/estructural/temática del director de El origen (2010): desafiar al público global hollywoodense, pero hasta ciertos límites aceptables; manipularlo con todos los elementos a la mano, sin llegar al franco chantaje sentimental; construir un discurso bélico/patriótico muy a la británica que no renuncia, tampoco, a cierto nivel de ambigüedad.
Estamos en la playa francesa de Dunkerque, entre mayo y junio de 1940, cuando más de 300 mil soldados aliados, en su mayoría británicos, evacuaron el continente europeo rumbo a Inglaterra, derrotados irrebatiblemente por el ejército alemán que parecía, en ese momento, invencible.
El guion original de Nolan divide la acción en tres espacios y tres tiempos claramente delimitados y hasta anunciados que, ocasionalmente, se entrecruzarán: en el muelle de Dunkerque, durante una semana, miles de soldados tratan de subirse a alguno de los barcos militares o civiles que empiezan a arribar a las costas francesas para regresar, con el rabo entre las piernas, rumbo a casa; en el mar, durante un día, el viejo dueño de un barquito, su hijo y un jovencito solovino, dirigen su pequeña nave hacia el océano, tratando de salvar la mayor cantidad de vidas posibles; y en el aire, durante una hora, un audaz piloto de un avión Spitfire se enfrenta a sus rivales alemanes que vuelan temibles aviones Heinkel, cubriendo así desde arriba la Operación Dínamo, que fue el nombre con el que se le llamó a esa monumental evacuación, ya vista, por cierto, en un espectacular plano secuencia en Expiación, deseo y pecado (Wright, 2007).
La narración paralela pero asincrónica de estos tres escenarios está armada gracias a la precisa edición de Lee Smith -que nos hace pasar de un espacio/tiempo a otro mediante cortes directos a raja tabla- y, sobre todo, a través de la partitura escrita por el habitual colaborador nolaniano Hans Zimmer, quien con una música pulsante y ascendente lleva a tiempo presente y simultáneo todas las acciones que estamos viendo, como si lo que está sucediendo siguiera los dictados de las notas de Zimmer y no al revés, como si la música del oscareado compositor borrara todas las distancias espacio-temporales del filme para dotar estas historias de una urgencia irrefutable: esto está sucediendo aquí y ahora, frente a ti, en la pantalla.
Dunkerque, también, funciona como una exploración del heroísmo bélico –o la ausencia de él- a través de un haz de personajes corales, algunos interpretados por rostros harto conocidos o no. Heroísmo típicamente británico (el famoso “stiff upper lip”) el del serio Comandante Bolton (Kenneth Branagh), que dirige la evacuación en la playa y que en algún momento cierra los ojos sin moverse un centímetro esperando su muerte; heroísmo hawksiano de matiné de un audaz piloto casi suicida (Tom Hardy) que salva a sus compatriotas en más de una ocasión; admirable heroísmo sereno del viejo Mr. Dawson (Mark Rylance impecable), que decide arriesgar su vida para salvar la mayor cantidad de soldados posibles en el mar; heroísmo pueril pero conmovedor de un pobre chamaco (Barry Keoghan) que ofrenda su vida por nada, porque sí.
Pero también, porque esto es una guerra y la muerte reina por doquier, ausencia de heroísmo sin reproche alguno de un desesperado soldado sin nombre (Cillian Murphy) que ha visto morir a demasiados compañeros; ausencia de heroísmo que no es cobardía sino mero impulso de sobrevivencia de un par de soldados (Fionn Whitehead y Aneurin Barnard) que salen una y otra vez de Dunkerque para ser regresados a la playa como si estuvieran en un demencial juego buñueliano; ausencia de heroísmo que se convierte en franca mezquindad cuando se trata de elegir quién puede vivir o no (“es un franchute”).
Nolan le ha apostado de nuevo al gran cine industrial, al blockbuster formalmente arriesgado y temáticamente convencional, en una venerable tradición iniciada hace un siglo por Griffith y su seminal Intolerancia (1916). Esas son sus ambiciones, esos son sus límites.  

domingo, 30 de julio de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLIII



Paterson (Ídem, EU-Alemania-Francia, 2016), de Jim Jarmush. ¿Cómo trabaja un poeta? ¿Qué hace para escribir? ¿De dónde le llega la inspiración? De esto trata el más reciente largometraje de Jim Jarmush,centrado en el Paterson del título (Adam Driver), un chofer de autobús que vive, precisamente, en Paterson, Nueva Jersey, lugar de nacimiento del gran poeta William Carlos Williams. Mi crítica en la sección Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (***)

Dunkerque (Dunkirk, GB-EU-Francia-Holanda, 2017), de Christopher Nolan. El décimo largometraje de Nolan es una película de guerra que explora el sentido del heroísmo -o su ausencia- a través de una estructura narrativa tan audaz que ya se usaba hace 100 años y unida con la pulsante partitura de Hans Zimmer. Mi crítica in extenso en este blog el próximo martes.  (*** 1/4)

El planeta de los simios: la guerra (War for the Planet of the Apes, EU-Canadá-Nueva Zelanda, 2017), de Matt Reeves. El cierre de la trilogía del nuevo siglo del planeta de los simios se conecta sagazmente con la película original de 1968 al mismo tiempo que nos ofrece una esperanzadora lectura épica-bíblica del nacimiento de una nueva civilización con César (el gran Andy Serkis) como el Moisés que nos merecemos -o más bien, que los changos se merecen. Steve Zahn, en el papel de "Mal Simio", se roba cada escena en la que aparece. Mi crítica en los próximos días en este blog. (***)

Nunca vas a estar solo (Chile, 2017), de Alex Anwandter. Está película está basada en un caso real ocurrido en Chile hace unos años: el violento asesinato de un joven abiertamente gay. Sin embargo, la opera prima del también músico Andwandter no está centrada en el caso criminal en sí -al final de cuentas, se trata de un horrendo acto de homofobia tan dolorosamente común y corriente allá como aquí-, sino en la reacción que tiene el padre del jovencito Pablo (Andrew Bargsted), el demasiado viejo Juan (notable Sergio Hernández), quien nunca habló abiertamente con su hijo sobre su orientación sexual, aunque es obvio que estuvo enterado todo el tiempo. La película ganó el premio Teddy en Berlín 2017. (** 1/2)

jueves, 27 de julio de 2017

37 Foro de la Cineteca... en unas líneas



Ya está terminando el 37 Foro de la Cineteca y por acá están las películas que vi, en orden de preferencia. ¿Que qué significan los astericos y las crucecitas? A la derecha la explicación...

La libertad del diablo (México, 2017), de Everardo González. ¿La mejor película de Everardo González hasta el momento? No lo sé: en todo caso, la más necesaria en el México en el que vivimos. Mi crítica in extenso, por acá. (***)

Paterson (Ídem, EU-Alemania-Francia, 2016), de Jim Jarmush. ¿Cómo trabaja un poeta? ¿Qué hace para escribir? ¿De dónde le llega la inspiración? De esto trata el más reciente largometraje de Jim Jarmush,centrado en el Paterson del título (Adam Driver), un chofer de autobús que vive, precisamente, en Paterson, Nueva Jersey, lugar de nacimiento del gran poeta William Carlos Williams.
Paterson vive la vida con serenidad, siguiendo sus rutinas diarias, lidiando con su "dañoso" bulldog inglés, su inquieta mujer emprendedora (Golshifteh Farahani) y visitando cada noche un bar cercano. Paterson camina por la vida con todos los sentidos abiertos, esperando que la vida le dé la oportunidad de crear poesía. Y si un día no se puede, mañana será otro día. Y mañana otro. Y siempre habrá un cuaderno que llenar de garabatos. En una de esas, esos garabatos son poesía. (***)

El discípulo ((M)uchenik, Rusia, 2016), de Kiril Serebrennikov. Un joven preparatoriano, Venya (Petr Skvortsov), desafía a su trabajadora madre divorciada (Julia Aug), a su profesora de biología Elena (Victoria Isakova) y a todos sus compañeros de escuela a través de una feroz e incansable evangelización cristiana-conservadora. Así, logra que se prohíban los bikinis en las clases de natación, le dice a su madre que es una adúltera porque se divorció de su padre, le echa en cara al cura de la escuela su falta de compromiso con el Señor y cuestiona las enseñanzas científicas de Elena.
Una de las películas más exasperantes que he visto en mucho tiempo. La sátira social hinca sus dientes a través de los personajes que rodean a los rivales Venya y Elena -esa directora de escuela borracha que le gana la risa, esa profesora de historia nostálgica del stalinismo, esa madre desconcertada que sin embargo no deja de proteger a su hijito- y a través de las acciones del fanatizado jovencito que a ratos parece buscar el martirio pero que, en realidad, añora convertirse en un implacable victimario. (***)

Kaili Blues (Ídem, China, 2015), de Bi Gan. Aunque demasiado enamorado de sí mismo y de sus recursos fílmico-visuales, el debutante Bi Gan demuestra aquí ser un cineasta listo para grandes proyectos. Estamos ante una suerte de relato de raigambre borgiana -mitad sueño, mitad recuerdos- en el que un médico de la Kaili del título, Sheng Chen (Yongzhong Chen) viaja a otro lugar de China -por tren, por moto, por moto, a pata- para rescatar a su pequeño sobrino, que fue mandando allá por su desobligado padre, hermano de Chen. 
El dominio de Gan de sus recursos cinematográficos es total: elegantes paneos todoabarcadores, manejo del impecable del encuadre con aparición de espejos fassbinderianos y un plano secuencia perfectamente coreografiado de más de 40 minutos que sería la envidia de Lubezki e Iñárritu. Acaso la cinta es demasiado elusiva en su historia, pero esto es más una característica que un defecto. Incluso con sus vaguedades narrativas, Kaili Blues es, acaso, el descubrimiento de este 37 Foro. (**)

Abril y el mundo extraordinario (Avril et le monde truqué, Francia-Bélgica-Canadám, 2015), de Christian Desmares y Frank Ekinci. Sobre una novela gráfica del prestigiado autor francés Jacques Tardi, he aquí una entretenida y atractiva cinta anima de ciencia ficción especulativa -para ser específicos, del subgénero "steampunk"- en el que el mundo en el que vivimos nunca se desarrolló, pues un día antes de la guerra franco-prusiana de 1870, Napoleón III y su general Bazaine murieron en una explosión, por lo que esa guerra nunca inició. Sin embargo, a partir de ese momento, todos los científicos que cambiarían la faz de la tierra (Edison, Fermi, Einstein y demás) empezarían a desaparecer misteriosamente. La Abril del título, una audaz jovencita científica, su enamorado ladronzuelo Julius y un labioso gato parlanchín llamado Darwin se encargarán de resolver el misterio y, de pasada, de regresar al mundo a su vía correcta, pues en este pasado alternativo de los años 40 del siglo pasado no hay aviones ni electricidad y se ha adelantado la destrucción masiva de los bosques.
Los debutantes Desmares y Ekinci -el primero fue coordinador de animados en la superior Persépolis (Paronnaud y Satrapi, 2007) logran varias secuencias de acción de clara influencia spielbergiana -de hecho, a veces me parecía estar viendo algún tipo de homenaje a las aventuras de Indiana Jones- y el reparto vocal original (Marion Cotillard, Jean Rochefort, Olivier Gourmet) es de primer nivel.  (**)

Casa Roshell (México-Chile, 2017), de Camila José Donoso. La casa Roshell del título es un bar gay que es regenteado por la indómita Roshell Terranova, una soberana mujer trans (o travesti, pues) que, ni modo, tiene la voz del Víctor Trujillo de la Beba Galván pero un swing genuinamente arrobador -si lo duda, vea cómo interpreta el clásico "Soy lo prohibido".
Se trata de un meritorio documental -¿o una ficción documentalizada o una docuficción o...?- en el que conocemos tanto a las mujeres trans que atienden en la casa Roshell como a sus marchantes, hombres que que buscan "otro tipo de mujer" -eso dicen-, bisexuales o, de plano, abiertamente homosexuales. La música que acompaña a este filme ("Arráncame la vida", Julio Jaramillo) no podría haber sido elegida con mayor tino. (**)

Yo, Olga. Historia de una asesina (Já, Olga Hepranová, República Checa-Polonia-Francia-Eslovaquia, 2016), de Petr Kazda y Tomás Weinreb. Un 10 de julio de 1973, la alienada veinteañera lesbiana Olga Hepranová (Michalina Olszanska) tomó un automóvil, se dirigió al centro de Praga y atropelló a una veintena de personas que esperaban el camión, asesinando a ocho. 
Este filme, dirigido a cuatro manos por Kazda y Weinreb, nos entrega la desdamatrizada crónica de la vida de la última mujer condenada a muerte en la entonces Checoslovaquia. Impecablemente fotografiada por Adam Sikoria, que privilegia las tomas estáticas y sostenidas, con algunos paneos mínimos, la cinta termina resultando tan alienada de su personaje como la propia Olga de la opresiva y burocrática sociedad en la que creció, mató y murió. Olszanska tiene grandes momentos, pero tengo la sensación que fue dejada al garete por sus directores. (* 3/4)

La idea de un lago (Argentina-Suiza-Holanda-Qatar, 2016), de Milagros Mumenthaler. Inés (Malena Moirón), una fotógrafa separada y a punto de parir, decide dar una muestra de su sangre al Equipo de Antropología Forense para saber si entre algunos cadáveres recién descubiertos está el de su padre, desaparecido en 1977, en plena dictadura militar. Inés convivió con su papá hasta los tres años y apenas si conserva una solo foto en la que están él y ella, a la orilla de un lago, en las vacaciones veraniegas.
Mumenthaler -que adquirió cierta notoriedad con su premiada opera prima Abrir puertas y ventanas (2011), sobre la relación de tres hermanas- se acerca en este, su segundo largometraje, a otro tipo de dinámica familiares que tienen que ver, también, con la memoria, los recuerdos  y el pasado político de un país que sufrió una cruenta y violenta dictadura. La cinta tiene algunos buenos momentos -el mejor, que se va directo a mis fotogramas de fin de año, el uso de cierta canción de Neil Diamond-, pero el tema no es particularmente original y su ejecución no es muy notable que digamos. A ratos me remitió a suerte de versión femenina de La prima Angélica (Saura, 1974), lo cual resultó peor para La idea de un lago: es difícil competir con el Saura de los años 70.   (*)

Swagger: Gente con estilo (Swagger, Francia, 2016), de Olivier Babinet. Once adolescentes que viven en el barrio marginado de Aulnay, en los suburbios parisinos, hablan frente a cámara de sus sueños y pesadillas, de Dios y su religión (o su falta de ella), de política (o de su desinterés por ella), del amor, de las drogas, de su familia, de su orgullo de sentirse franceses, de su posición como inmigrantes (o hijos o nietos de ellos). 
Los muchachos son bastante articulados y algunos de ellos -como el gordito que sueña con ser diseñador- hasta simpáticos, pero el documental no descubre nada que no supiéramos o imagináramos. Visualmente, eso sí, el realizador Babinet se da vuelo con algunas escenas que abandonan con toda claridad el documental para acercarse al musical o hasta el cine de ciencia ficción. (*)

El limonero real (Argentina, 2016), de Gustavo Fontán. En algún lugar del interior rural argentino, un hombre (el siempre bienvenido Germán de Silva, que le da verosimilitud a cualquier personaje que interpreta) deja a su mujer en su casa y, por el río, se dirige a festejar el Año Nuevo con la familia de ella. La mujer sigue de luto -el hijo de ambos murió hace seis años en Buenos Aires- y desde entonces no ha podido sobrepasar el dolor. El hombre, por su parte, parece haber encontrado una suerte de paz a partir de algo que le sucedió en el árbol de limones reales del título. La cinta está impecablemente realizada, sin duda, pero la anécdota es mínima y no logra sostener el interés durante todo el filme.  (-)

Viejo calavera (Bolivia-Qatar, 2016), de Kiro Russo. Elder (Julio Cézar Ticona) es un joven alcohólico y malandro que, después de que muere su padre, es regresado de La Paz hacia la precaria casa familiar en el interior de Bolivia, para trabajar en las minas, bajo el cuidado de su tío-nino Francisco (Narciso Choquecallata).
La película, interpretada por mineros de verdad, ha ganado varios premios en el circuito festivalero latinoamericano y europeo -BAFICI, Cartagena, Río de Janeiro, IndieLisboa, Locarno- pero debo confesar que no comparto las razones para ello, aunque las entiendo: hay algo morbosamente fascinante en acercarse a un modo de vida -el de los explotados mineros bolivianos- que nunca conoceremos en la realidad. 
Un cine hecho, pues, para el morbo festivalero, parafraseando al implacable mayordomo de Por meterse a redentor (Sturges, 1941). Eso sí, el trabajo fotográfico de Pablo Paniagua es notable. (-)

Nocturno (2016),  de Luis Ayhllón. Oliverio (Juan Carlos Colombo) un hombre muy enfermo, agonizante, es dejado por su mujer en manos de Ana (Irela de Villers), una correosa enfermera profesional. Muy pronto queda claro que Ana está ahí, en realidad, por otras razones. No voy a revelar la vuelta de tuerca -demasiado arbitraria para mi gusto-, pero baste decir que los pocos aciertos del filme -por ejemplo, algunos diálogos bastante agudos, cierta escena en la que uno de los hijos (Ari Brickman) visita a Oliverio- terminan ahogados en una segunda parte de pura sordidez pseudo-ripsteniana en el que aparecen -mediante animación del también cinefotógrafo Alex Argüelles- una violación infantil, un asesinato, un incesto y otras linduras de este tipo. (+)

domingo, 23 de julio de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLII



Las letras (México, 2015), de Pablo Chavarría Gutiérrez. El activista indígena chiapaneco Alberto Patishtan, acusado de la muerte de unos policías, fue condenado a (casi) prisión perpetua hasta que fue indultado en 2013. Como homenaje a Patishtan y a su lucha, debo decir que esta película es demasiado opaca; si alguien no lee las notas de producción no se entera de gran cosa. 
Ahora bien, como experimento visual y auditivo, la cinta sí es notable. Y aunque al final de cuentas esta mezcla no me convenció, hay que echarle ojo -y oído- a la interpretación de Milo Tamez en la batería (aparece por ahí, de la nada, en medio de la selva, reventándose "Sneeuwstorm" como si estuviera en Birdman/González Iñárritu/2014) y no se le pueden negar puntos extras a la cámara lubezkiana/malickiana de Diego Armando Moreno, con todo y su extendido plano secuencia de varios minutos de duración mediante el cual seguimos a un grupo de chamacos subiendo montes, escaleras, caseríos. (-)

Vive por mí (México-España, 2016), de Chema de la Peña. Tres Vidas cruzadas (Altman, 1993) se encuentran en la Ciudad de México por la misma necesidad: el trasplante de un riñón. Un melodrama telenovelero que se redime a ratos porque una de las historias centrales está protagonizada por Tiaré Scanda y Juan Manuel Bernal, que son capaces de dotar de honestidad a sus clichés ambulantes. Mi crítica en la sección Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (-)

Viva (Ídem, Irlanda, 2015), de Paddy Breathnach. Jesús (Héctor Medina) es un joven peluquero gay que sobrevive las duras condiciones económicas en Cuba -podría ser en el cualquier época, pero el filme es contemporáneo- trabajando para Mama (Luis Alberto García), el carismático y energético dueño de un bar travesti  que se encuentra en el centro de La Habana. 
Jesús arregla con todo cuidado las pelucas de las drag-queens de Mama pero su sueño es salir al escenario y actuar como lo hacen ellas. Finalmente el sueño se cumple y Jesús puede salir vestida "como Rosita Fornés" (brincos diera), pero el día de su debut un fornido tipo sale del público, le da un puñetazo y le anuncia que es su padre. Se trata de Ángel (Jorge Perugorría, botijón), un otrora prometedor boxeador que terminó en la cárcel por matar a alguien. Salido del tambo, el viejo borracho, desobligado y violento ha buscado a su hijo, porque es lo único que le queda... ¡pero tenía que salirle maricón y cantarín!
La elección de Perugorría como el atrabiliario padre del delicado gay que encarna muy bien el joven Medina fue inspirada. Además de que el veterano actor convence en cuanto aparece en pantalla, es inevitable recordar al personaje con el que fue reconocido fuera de Cuba: como el sofisticado homosexual protagonista de Fresa y chocolate (Gutiérrez Alea y Tabío, 1993), aquel hipócrita pero efectivo y exitosísimo mea culpa dirigido por Gutiérrez Alea y producido por el gobierno cubano cuya rampante homofobia fue, durante mucho tiempo, política de Estado.
Viva es un curioso híbrido melodramático: filmado en La Habana con actores cubanos, la cinta fue escrita y realizada por irlandeses. Esta mirada benévolamente turística beneficia la puesta en imágenes, pues aunque la cámara de Cathal Watters no tiene empacho en mostrar las precarias condiciones de vida de los habaneros, sus calles en mal estado, sus edificio derruidos, la verdad es que La Habana se ve, si no preciosa, sí atractiva, tanto en los exteriores nocturnas en esas noches lluviosas, como en los interiores coloridos en el bar gay en el que sucede buena parte de la acción.
La historia es todo lo convencional que usted se imagina: al final de cuentas, el padre bruto y el hijo delicado tendrán que aprender a convivir; el viejo, a aceptar a su hijo; el joven, a perdonar a su padre. En el fondo, Viva no es más que un efectivo melodrama familiar que se vuelve más que visible por sus actores, por el escenario habanero y, claro, por sus canciones. (* 1/2)

martes, 18 de julio de 2017

Melanie: Apocalipsis zombie



Según cuenta Robert Graves (“Los mitos griegos”, tomo I, pp.177-178, Alianza Editorial, 1985), Pandora fue mandada hacer por Zeus para vengarse de Prometeo, que se había robado el fuego del Olimpo para dárselo a los humanos. Esta mujer hecha de arcilla, “la más bella jamás creada”, fue enviada como regalo a Epimeteo, quien se casó con ella contra el consejo de su hermano Prometeo, castigado y torturado cruelmente por Zeus.
Pandora era tan “tonta, malévola y perezosa como bella, la primera de una larga casta de mujeres como ella”. Por lo mismo, a pesar de que se le había advertido no abrir cierta caja, la primera mujer según los griegos la abrió, liberando todos los males que Prometeo había mantenido alejados de la humanidad: “la Vejez, la Fatiga, la Enfermedad, la Locura, el Vicio y la Pasión”. Sin embargo, al fondo de la caja se encontraba también “la Esperanza Engañosa” que disuadió a los humanos “con sus mentiras de que cometieran un suicidio general”.
Este celebérrimo y misógino mito del origen de todos los males de la humanidad –primo hermano de su similar judío, con la curiosa y desobediente Eva como protagonista- se cuenta, en versión un poco más positiva, al inicio de Melanie: Apocalipsis zombie (The Girl of All the Gifts, GB-EU, 2016). 
El escenario es un salón de clases, la maestra es la empática profesora Helen Justineau (Gemma Atterton) y los pupilos son una veintena de niños que asisten muy bien portaditos a la sesión. En realidad, no les queda de otra: los chamacos están amarrados a una silla de ruedas, no tienen movilidad en ninguna de sus extremidades y hasta su cabeza está sujeta a la silla para evitar que puedan hacer algún movimiento brusco.
El guion original de Mike Carey –y sí, es original, porque este guion y una novela homónima fueron escritos simultáneamente- nos instala así, in media res, en una situación sin precedentes. ¿Por qué los niños son tratados de esa manera? ¿Por qué están prisioneros en una especia de cárcel militar? ¿Por qué los soldados que los llevan y traen de sus celdas les apuntan con sus armas directamente a la cabeza?
El título en español le quita todo el misterio a estas primeras escenas: estamos en un escenario post-apocalíptico, hay zombis por donde sea –aunque en realidad, se trata más bien de “infectados” al estilo de Exterminio (Boyle, 2002) y no de los lentos zombis tradicionales de los filmes del ya extrañado George A. Romero- y los niños están ahí porque una tal doctora Caldwell (Glenn Close, cerebral y ñacañaquesca) está experimentando con ellos para fabricar una vacuna.
Melanie (extraordinaria Sennia Nanua), la niña protagonista del título en español –y todos los demás chamacos en esa cárcel digna de Día de los muertos vivientes (Romero, 1985)- son una suerte de mutantes zombis que adquirieron la infección directamente de sus madres, a través del útero. Son, pues, una especie de “infectados de segunda generación”, como dice en algún momento Caldwell. Son también, se entiende, la última esperanza para salvar a la humanidad.
El segundo largometraje dirigido por el prolífico realizador televisivo británico Colm McCarthy sigue, en general, los convencionalismos del género con bastante fidelidad. Es decir, el guion de Carey termina centrándose en un grupo de sobrevivientes que van de un lugar a otro para cumplir con un objetivo, solo que esta vez hay un zombi –o una niña medio-zombi- en el equipo. En el aspecto formal, McCarthy se muestra, además, suficientemente capaz para montar las varias escenas de acción y de horror gore que la fórmula exige.
Lo que separa al filme del resto de reciclados zombis de nuestra época es, por un lado, el espléndido reparto que rodea a la casi debutante Nanua y, por el otro, la capciosa relación que tiene la historia de Carey con el mito griego ya señalado. Melanie es, en efecto, una suerte de nueva Pandora –aunque no es nada tonta ni perezosa- que puede que sea la portadora de todos los males habidos y por haber pero, también, representa la última esperanza de la humanidad. Aunque, ¿de qué humanidad estamos hablando? 

domingo, 16 de julio de 2017

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLI




La danza del hipocampo (México, 2014), de Gabriela Domínguez Ruvalcaba. A través de fotografías y películas caseras de distintos formatos (de Súper 8 a digital pasando por VHS), la directora novel Domínguez explora no solo sus propios recuerdos, sino el pasado familiar, antes de que ella naciera, en San Cristóbal de la Casas.
Así pues, examina los orígenes de la mitad de su familia, en Durango, desde los antiquísimos Súper 8 tomados o rescatados por su "alma gemela", el obseso por la imagen Tío Beto, hasta llegar a los propios vídeos que ella misma tomó en los primeros días de enero de 1994, en pleno levantamiento zapatista. Las preguntas planteadas en off por Domínguez al inicio de su filme (¿Pasa el pasado? ¿A dónde se va lo que se fue? ¿Por qué recordamos?) le sirve de pretexto a la directora para construir un fascinante ensayo verbal/visual sobre el funcionamiento del cerebro y de lo (poco) que sabemos acerca del proceso de recordar.
La cineasta elige siete momentos claves de su vida y se sumerge en esos recuerdos -que si un legendario columpio hecho por su papá, que si el trabajo en los estudios de cine de Durango del Tío Beto, que si el primer beso que le supo a fresa- aunque, al final de cuentas, no sabrá si todo esos son recuerdos reales o construidos en su imaginación. 
Un ensayo documental que termina con el mejor dictum vitalista posible: para poder recordar, hay que vivir. Solo viviendo se mantiene la memoria. Y no todos los recuerdos tienen que pasar por el lente de una cámara. Un buen filme criminalmente ninguneado en su momento. (** 1/2)

Un don excepcional (Gifted, EU, 2017), de Marc Webb. Muy competente melodrama dirigido por el otrora realizador indie Webb (500 días con ella, 2009) en el que un devoto tío soltero (Chris Evans, sin uniforme de Capitán América) se sacrifica para criar a su sobrinita genia matemática (simpática McKenna Grace) en contra de los deseos de la maléfica abuela (Lindsay Duncan). Todo lo convencional que usted puede esperar, pero bastante visible por el reparto y la vivacidad de los diálogos. Mi crítica en la sección Primera Fila del diario Reforma del viernes pasado. (* 1/2) 

Melanie: Apocalipsis zombie (The Girl of All Gifts, GB-EU, 2016), de Colm McCarthy. El título en español le quita todo el misterio a esta sólida cinta de género: estamos en un escenario post-apocalíptico zombiesco en el que la Melanie del título en español (Sennia Nanua, extraordinaria), una niña medio zombie, representa la última esperanza para la humanidad. Mi crítica, in extenso, en los próximos días. (** 1/2)

miércoles, 12 de julio de 2017

Spider-Man: De regreso a casa


-"Michael, muéstrale a este chamaco cómo actuar, a ver si aprende algo"



Y aquí vamos de nuevo. En 15 años, Peter Parker aka “el amistoso vecino Hombre Araña” ha sido lanzado en tres ocasiones. La primera –y más memorable- en el tríptico dirigido por Sam Raimi y protagonizado por Tobey Maguire en 2002-2004-2007, la segunda –de forma bastante aceptable- en el díptico de 2012-2014 dirigido por Marc Webb y con Andrew Garfield como el súper-héroe arácnido y, la tercera –y seguramente no la última- con el desconocido Jon Watts dirigiendo al veinteañero inglés Tom Holland como Parker. En otras palabras, he aquí Spider Man: De regreso a casa (Spider Man: Homecoming, EU, 2017).
Esta nueve iteración arácnida tiene un objetivo claro –además de ganar todo el dinero posible, por supuesto-: unir al héroe “terrenal” Peter Parker con el resto de los personajes de la casa Marvel, como lo prometía el cameo de Spidey en el bodriazo Capitán América: GuerraCivil (Hermanos Russo, 2016). Así pues, en esta ocasión, Tony Stark/Iron Man (Robert Downey Jr.) es un personaje secundario clave en el desarrollo del Hombre Araña, el Capitán América (Chris Evans) aparece en más de una ocasión en unos paródicos vídeos instruccionales, y la cinta está llena de referencias a otros personajes del Universo Cinematográfico de la Marvel –que si la Viuda Negra, que si Hulk, que si Thorito…
Lo cierto es que, a pesar de todo lo anterior, en Spider Man: De regreso a casa la historia de Peter Parker sigue siendo, por fortuna, la historia de Peter Parker: la de un adolescente clasemediero del Queens criado por su –en este caso- guapísima tía May (Marisa Tomei, desperdiciada), que sufre los inevitables problemas para encajar en la compleja fauna preparatoriana y que empieza a descubrir, con más entusiasmo que efectividad, cómo usar sus súper-poderes. La media docena de guionistas responsables de la historia parecen haber tenido muy claro cuál debería ser el corazón cómico/dramático de la cinta: el de una película que funciona, desde el inicio y hasta su desenlace, como una simpática historia de crecimiento juvenil al estilo de John Hughes cuyo cine, de hecho, se homenajea directamente en alguna escena.
El director Watts se muestra lo suficientemente apto para manejar tanto a su extenso reparto juvenil –el rapport entre Peter y su camarada nerd Ned (Jacob Batalon) es intachable, Zendaya se roba cada escena en la que aparece como la hosca y rebelde Michelle (¿futura novia de Parker?)-, así como al veterano de prestigio a quien le fue encargado interpretar al villano del filme. En este sentido, el siempre bienvenido Michael Keaton encarna a un maloso razonablemente humanizado, un constructor que, echado a un lado por los poderosos de siempre –es decir, los ricachones como Tony Stark y los despóticos burócratas federales-, decide iniciar su propio negocio de venta de armas, aprovechándose de la chatarra dejada por los aliens de alguna cinta anterior de los Avengers. El Adrian Toomes de Keaton es el villano perfecto para nuestra desencantada época: un tipo serio y trabajador que termina inclinándose a lo peor de sí mismo por un genuino resentimiento de clase –si no fuera porque está casado con una mujer afroamericana, sería el perfecto votante trumpista.
Por supuesto, la película no funciona bien todo el tiempo: la duración es francamente excesiva (¿133 minutos, en serio?) y la pelea final es la monserga de siempre –confusa y sin genuino sentido cinematográfico-, pero estos defectos terminan siendo menores ante el consistente buen humor de la cinta -con todo y una hilarante escena postcréditos- y un reparto que, en general, logra trascender las limitaciones de la fórmula.
La verdad, mientras Spidey siga siendo el “amistoso vecino” clasemediero de siempre, será bienvenido desde esta trinchera. Lo malo es que, probablemente, no tarda en convertirse en ooootro personaje más del interminable Universo Cinematográfico de la Marvel y todo se irá al caño. Mark my words.