martes, 29 de noviembre de 2016

El evangelio del 2016... según Cahiers du Cinéma/I




Hace un par de horas, Cahiers du Cinéma liberó su top-10 del 2016 (sí, ya sé, estamos en noviembre, pero qué quieren, así son lo franceses), como sigue:


1. Toni Erdmann (Alemania-Austria, 2016), de Maren Ade.



2. Elle (Francia-Alemania-Bélgica, 2016), de Paul Verhoeven.




3. El demonio neón (The Neon Demon, EU-Francia-Dinamarca, 2016), de Nicolas Winding Refn.




4. Aquarius (Ídem, Brasil, 2016), de Kleber Mendonça Filho.




5. Ma loute (Francia-Alemania, 2016), de Bruno Dumont.




6. Julieta (España, 2016), de Pedro Almodóvar.




7. Rester Vertical (Francia, 2016), de Alain Guiraudie




8. La loi de la jungle (Francia, 2016), de  Antonin Peretjatko.




9. Carol (Ídem, EU, 2016), de Todd Haynes. Mi crítica en Reforma



10. Le bois dont les rêves sont faits (Francia, 2015), de Claire Simon.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLVIII



Los hámsters (México, 2014), de Gilberto González Penilla. Una de las mejores películas mexicanas de 2014 estrenada apenas este fin de semana. Mi crítica por acá.

Bellas de noche (México, 2016), de María José Cuevas. En contraste, esta cinta, opera prima de Cuevas, se estrenó el mismo año de su terminación, poco después de haber ganado el premio a Mejor Documental en Morelia 2016 y el Premio del Público en Los Cabos 2016. Estamos ante una notable crónica documental sobre la glamorosa vida pasada y la difícil vida presente de cinco de las vedettes más famosas de los 70/80: Lin May, Olga Breeskin, Rosy Mendoza, Princesa Yamal y Wanda Seux. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. 

viernes, 25 de noviembre de 2016

Los hámsters



Exhibida hace dos años en Distrital 2014, ha llegado finalmente a las salas del circuito cultural -entiéndase: Cineteca Nacional y sucursales-, Los hámsters (México, 2014), opera prima de Gilberto González Penilla realizada en Tijuana. 
La película -una de las mejores cintas nacionales que vi ese año, como anoté en mi lista por acá- está centrada en la vida cotidiana de una familia cualquiera, Una Familia de Tantas (Galindo, 1949), que permanece unida a toda costa, a pesar de (¿o gracias a?) las mentiras que se dicen uno al otro y a sí mismos.
Rodolfo (Ángel Norzagaray) sale de su casa todos los días a trabajar, aunque está desempleado desde hace rato. La esposa, Beatriz (Gisela Madrigal), se encarga de la casa, de ver la tele y de ir a un club deportivo a dejarse pastelear por el maestro de natación. El hijo preparatoriano Juan (Hoze Meléndez) no da pie con bola en la escuela pero, eso sí, ya salió con su Domingo Siete con su noviecita, pues se entera que muy pronto será papá. Y la hija menor, Jessica (Monserrat Minor), mantiene un triángulo amoroso con su novio y su mejor amiga, con la que terminará en la cama.
El poder de observación del debutante González Penilla es notable: su mirada es curiosa, descubre el humor (negro, patético) en la vida de sus personajes, pero no hay nunca una señal que muestre desprecio hacia sus criaturas dramáticas. Al contrario, hay reconocimiento y empatía, sin que dejemos de ver sus defectos, sus mentiras, sus engaños. La música elegida para acompañar el filme funciona a veces como eficaz contrapunto socarrón -"Melodía de Amor", con Los Rebeldes del Rock- y, en otras ocasiones, como el desnudamiento emocional de un personaje -"Verónica", interpretada por "El Pirulí".
Realizada en los márgenes de un cine industrial capitalino, allá en el extremo norte del país, Los hámsters es la mejor prueba de que no está del todo mal que cada día se pueda hacer cine de manera más barata. A veces, los resultados son como esta opera prima de González Penilla. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLVII



Café Society (Ídem, EU, 2016), de Woody Allen. El más reciente largometraje de Allen es más de lo mismo, es cierto, pero mejor. Además de la cuidada fotografía digital de Vittorio Storaro en su primera colaboración con el cineasta, esta cinta nos muestra un Allen en estado casi compulsivo. A pesar de que la historia es alleniana a morir -un triángulo amoroso que no termina bien-, el director expande su atención más allá de la pareja protagonista. A veces, como en la subtrama del hermano mafioso del protagonista, las digresiones resultan igual o más interesantes que la historia principal. Mi crítica en el Primera Fila del viernes pasado de Reforma. (***)

61 Muestra Internacional de Cine... en unas líneas



Como estuve la semana pasada en Los Cabos 2016, no había dado cuenta del inicio de la 61 Muestra Internacional de Cine. Aquí unas líneas de las cintas programadas que ya he visto.

Aquarius (Ídem, Brasil, 2016), de Kleber Mendonca Filho. Una madura mujer (extraordinaria Sonia Braga) tiene que lidiar con una abusiva inmobiliaria -perdón por el pleonasmo- que quiere echarla de su vetusto pero irrenunciable edificio, el Aquarius del título. Se trata, por supuesto, un duelo que tiene que ver con una forma de vida, un ethos al que Doña Clara (Braga) no va a renunciar tan fácilmente. De lo mejor que he visto en el año. (*** 1/2)

Café Society (Ídem, EU, 2016), de Woody Allen. La película número 47 de Allen es más de lo mismo, pero mejor. El impulso narrativo de Allen -que esta vez presta su voz como narrador en off- es aquí novelísticamente compulsivo y la fotografía digital de Vittorio Storaro hace que Café Society sea una de sus películas visualmente más bellas. (***)

Tempestad (México, 2016), de Tatiana Huezo. Una de las mejores cintas mexicanas del año, este documental de la consolidada Huezo nos muestra dos fragmentos de vida: los testimonios de una mujer que injustamente fue enviada a prisión y otra que busca incansablemente a su hija desaparecida. Conmovedora y visualmente hipnótica. (***)

Graduación (Bacalaureat, Rumania-Francia-Bélgica, 2016), de Cristian Mungiu. Esta cinta, ganadora del premio a Mejor Director en Cannes 2016, está centrada en las tribulaciones de un médico que busca por todos los medios posibles -los buenos y los malos- que su hija no pierda la beca que le han dado en Cambridge. Un drama absorbente que pudo haber sido realizado en México: ¿no seremos primos-hermanos de los rumanos? (***)

La larga noche de Francisco Sanctis (Argentina, 2016), de Andrea Testa y Francisco Márquez. Estamos en Buenos Aires, en plena dictadura militar. El Francisco Sanctis del título recibe cierta información acerca de la inminente detención -y, por supuesto, posterior desaparición- de dos personas. Esa misma noche este hombre común y corriente tratará de hacer lo que pueda para prevenir a las personas perseguidas. Un minimalista pero muy efectivo thriller político. (** 1/2)

Fuocoammare: Fuego en el mar (Fuocoammare, Italia-Francia, 2016), de Gianfranco Rossi. La vida simple de un adolescente italiano que vive en la pequeña isla de Lampedusa se alterna con el desastre humanitario causado por la inmigración proveniente de la guerra y la miseria. Hay un testimonio en particular de un médico que resulta abrumador. (**)

Francofonía (Francofonia, le Louvre sous l'occupation, Francia-Alemania-Holanda, 2015), de Aleksándr Sokurov. Más que un documental, estamos ante un personalísimo ensayo histórico sobre el museo más famoso del orbe -el Louvre parisino-, desde sus orígenes hasta la actualidad, centrándose especialmente en el periodo de la ocupación nazi, cuando un aristocrático oficial alemán y un dedicado servidor público francés hicieron todo lo posible para proteger el arte contenido en ese museo. (**)

Magallanes (Perú-Argentina-Colombia-España, 2015), de Salvador del Solar. Un taxista (Damián Alcázar) -que, además, es chófer/asistente de un anciano militar (Federico Luppi)- toma una pasajera (Magaly Solier) que le hace recordar su pasada vida en la milicia. Un drama social muy convencional elevado por las actuaciones de Alcázar y, especialmente, Solier. (**)

Fátima (Fatima, Francia-Canadá, 2015), de Philippe Faucon. Muy discreto melodrama centrado en las tribulaciones de la Fátima del título, una madre argelina que apenas habla francés, que trabaja de sol a sombra como criada y afanadora, y que como toda Madre Coraje que se precie de serlo, trata de sacar adelante a sus dos hijas, ya afrancesadas. (*)

martes, 15 de noviembre de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLVI




La chica del tren (The Girl on the Train, EU, 2016), de Tate Taylor. Tengo entendido que esta película está basada en una popularísima novela. Será el sereno, pero su adaptación cinematográfica es un desastre. No solo el "misterio" se deja adivinar muy pronto -que es lo de menos, en realidad-  sino que su estructura narrativa es inconsistente y contradictoria. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (+)

Cosmos (Ídem, Francia-Portugal, 2015), de Andrzej Zulawski. No todos los cineastas se pueden despedir con una buena película. Este es, por desgracia, el caso de Zulawski, quien falleció en febrero de este año y al que tomo mundo recuerda por su inclasificable cult-movie Posesión (1981).
Estamos ante comedia surrealista cuya historia, por supuesto, no importa demasiado. La premisa es que un aspirante a escritor y un joven modelo llegan a una casa de huéspedes en la campiña francesa, donde interactúan con la extravagante familia que la maneja y con una ingenua criada que tiene un labio deforme. Lo absurdo es seguido por el slapstick y éste por interminables guiños hacia el propio proceso de escribir, hacer cine, crear arte. 
Quejarse de que a la película le falta disciplina es no entender el objetivo de Zulawski, por más que la queja tenga mucho sentido. El problema, por lo menos desde mi perspectiva, es que a Zulawski se le pasó la mano. Este tipo de filmes se benefician por un tono ligero (véase el último Buñuel), no por este tono farragoso que le impuso Zulawski a su filme. Un fracaso interesante, pero fracaso al final de cuentas. (-)

domingo, 13 de noviembre de 2016

Los Cabos 2016... en un vistazo.



Los Cabos 2016 finalizó ayer sábado y, como siempre, aquí está la lista, en orden de preferencia, de lo que vi. ¿Qué significan las estrellitas? A la derecha la explicación.

Aquarius (Brasil-Francia, 2016), de Kleber Mendonca Filho. World Highlights: *** 1/2

Café Society (EU, 2016), de Woody Allen. American Specials: ***

Manchester by the Sea (EU, 2016), de Kenneth Lonnergan. American Specials: *** 

La región salvaje (México-Dinamarca-Francia-Alemania-Noruega-Suiza, 2016), de Amat Escalante. Competencia Los Cabos: ** 1/2

Safari (Austria, 2016), de Ulrich Seidl. Green: ** 1/2

Little Men (EU, 2016), de Ira Sachs. American Specials: ** 1/2

Morris from America (EU-Alemania, 2016), de Chad Hartigan. American Specials: ** 1/2

Rats (EU, 2016), de Morgan Spurlock. Green: ** 1/2

Bellas de noche (México, 2016), de María José Cuevas. México Primero: **1/2

Jackie (EU-Chile-Francia, 2016), de Pablo Larraín. Galas: **

Soy Nero (México-Alemania-Francia, 2016), de Raffi Pitts. Competencia Los Cabos: **

Tamara y la Catarina (México-España, 2016), de Lucía Carreras. México Primero: **

X500 (México-Colombia-Canadá, 2016), de Juan Andrés Arango García. México Primero: * 3/4

Los paisajes (México-Francia-GB, 2016), de Rodrigo Cervantes. México Primero: -

Carroña (México, 2016), de Sebastián Hiriart. México Primero: +

Mientras el lobo no está (México, 2016), de Joseph Hemsani. Special Presentation: +

William, el nuevo maestro de judo (México, 2016), de Ricardo Silva y Omar Guzmán. México Primero: ++

sábado, 12 de noviembre de 2016

Los Cabos 2016/II y última



Finalizó Los Cabos 2016 con una ceremonia de clausura en la que se entregaron los premios -y el dinero que va con ellos- de la siguiente manera:

En la sección Competencia Los Cabos
American honey de Andrea Arnold
Premio Cinemex a la Mejor Película Competencia Los Cabos – MXN$200, 000

En la sección México Primero
X500 de Juan Andrés Arango
Premio Cinemex a la Mejor Película México Primero - MXN$200, 000

Tamara y la Catarina de Lucía Carrera
Premio FIPRESCI a la Mejor Película Mexicana

Tamara y la Catarina de Lucía Carrera
Premio Tráiler Art Kingdom – Otorgado por Art Kingdom Showbiz Agency con un valor de USD$12,000 para la realización de un tráiler cinematográfico

Bellas de noche de María José Cuevas
Premio del Público Cinemex a Mejor Película Mexicana - MXN$200, 000


Aunque es obvio que soy parte interesada -fui parte del Jurado FIPRESCI- creo que, por fortuna, no hubo mariachazos en Los Cabos 2016.
Aunque no pude ver, por desgracia, American Honey, todo parece indicar -por lo menos eso es lo que he leído y no escuché ninguna voz disidente en el festival que diga lo contrario- que se trata de una película digna de ser premiada.
En cuanto a la ganadora de la sección oficial México Primero, la colombiana-mexicana-canadiense X500, entiendo por qué fue nombrada mejor película por el jurado, aunque no sea tan entusiasta de ella.
El premio del público a Bellas de noche se veía venir (espero que ese éxito de público en el festival se repita en el estreno comercial que será en pocas semanas) y en lo que respecta al premio FIPRESCI que otorgamos el estadounidense Gerald Peary, la española Chiara Arroyo y el que esto escribe, solo puedo decir que el resultado salió de una deliberación muy tersa. Sin caer en indiscreciones, anotaré que Tamara y la Catarina fue una de dos películas en las que los tres jurados coincidimos que valían la pena. Y, bueno, nomás a una cinta podíamos premiar. 
Como este ha sido la primera vez que asisto a Los Cabos, no puedo juzgar qué tanto ha evolucionado este festival en su aún muy breve historia. Solo diré que por su duración -solo cinco días-, por las espléndidas secciones fuera de competencia -los estrenos mundiales, las cintas indies americanas, sus documentales ambientalistas-, por sus secciones competitivas norteamericana y nacional, y por la avalancha de grandes presencias fílmicas mundiales -cineastas, actores, guionistas, fotógrafos, productores-, Los Cabos se ha convertido en un acontecimiento cinematográfico ineludible tanto en nuestro país como en el resto de América del norte. Esperemos que así se sostenga.  

viernes, 11 de noviembre de 2016

Los Cabos 2016/I



Este sitio ha estado silencioso porque, como jurado FIPRESCI, estoy obligado al prudente silencio hasta que se entreguen los premios mañana sábado. De todas formas, he visto algunas cintas fuera de la competencia de las que escribiré, como sigue:
Las dos primeras películas que vi, pertenecientes a la sección Green formada por filmes (más o menos) ambientalistas, resultaron ser un inquietante programa doble terrorífico-documental. Safari (Austria, 2016), el más reciente filme de Ulrich Siedl (Import/Export, 2007, la trilogía Paraíso: Amor, Fe, Esperanza/2012/2012/2013, En el sótano/2014), nos presenta, sin comentario en off alguno, sin editorializar nada, sin necesidad de subrayar lo obvio, a un grupo de cazadores austriacos en algún país africano.
Como de costumbre en el cine documental de Seidl, las tomas estáticas de las personas, acomodadas como en una suerte de anacrónico tableau, se alternan con la acción cotidiana, en exteriores, de esta variopinta galería de individuos -hombre, mujeres, viejos, jóvenes, de mediana edad-, que articuladamente racionalizan su gusto por matar animales -hablan de la naturaleza de la muerte, de que la cacería ayuda a eliminar animales enfermos, de que lo que gastan apoya el desarrollo de los países africanos- o, de plano, expresan francamente que no están haciendo nada mal, nada fuera de la ley y que, hombre, no tienen porque disculparse con nadie.
Perversamente, Seidl va de menos a más. Al principio vemos cómo los cazadores matan a algún animal, atestiguamos su emoción y vemos cómo se toman la foto bien orgullosos. Nada del otro mundo, por más que podamos sentir rechazo por lo que hacen. Pero después viene lo mejor. O, más bien, lo peor: ¿qué sucede luego que cazan al animal? Le quitan la piel, claro. Pero antes hay que destazar a la presa. ¿Y qué tal si la pieza "capturada" -o sea, cazada- es, digamos, un animalito particularmente simpático? Debo confesar que hace tiempo que no sentía arcadas al ver una película. Y conste que esto lo escribo como un elogio.
Rats (EU, 2016) fue la segunda cinta de este sufrido programa doble aunque, a decir verdad, este documental "de horror" -esas fueron las palabras usadas por la joven presentadora de la cinta- no me provocó tanto asco.
El más reciente largometraje documental de Morgan Spurlock (SuperEngórdame/2004) es una entretenida visión de la amenaza global que representan las ratas. Aunque, en realidad, cuando Spurlock pasa de una sociedad a otra, de un continente a otro -de América a Asia, de la Gran Bretaña a Vietnam o la India-, vemos que los susodichos roedores no son vistos en todas partes de la misma forma. 
Mientras en Nueva York un carismático exterminador nos advierte de lo imposible de eliminar estos animales y en otras partes de Estados Unidos o la Gran Bretaña vemos cómo un grupo de científicos estudia con toda seriedad a estos roedores para entender cómo transmiten una interminable lista de enfermedades, en Vietnam las ratas de campo son guisadas y comidas de distinta manera -siempre bien acompañadas de una cerveza-, y en algún templo de la India estos animales son considerados sagrados, de tal forma que la gente convive con ellos, comen del mismo plato, beben la misma leche, comparten la misma fruta picada. 
Spurlock es un sensacionalista, en el mejor sentido del término: alterna el serio trabajo de los científicos americanos o británicos -impresionante la autopsia de una rata, por ejemplo, y ver cómo extraen y aíslan todos los parásitos que tienen los roedores- con algunos momentos que no agregan mucho de conocimiento pero, ah, cómo son divertidos, como la secuencia en la que presenciamos a una veintena de perritos terrier acabar con una colonia de ratas de campo en Inglaterra, ante la mirada complaciente de los dueños de los chuchos. 
Honestamente, no sabía que esos perros tan curiositos podían ser tan implacables cazadores de ratas. Por un momento, sentí pena por los roedores. Pero solo por un momento. 

lunes, 7 de noviembre de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLV



Un cadáver para sobrevivir (Swiss Army Man, EU, 2016), de Dan Kwan y Daniel Scheinert. Una película bastante pedorra yen más de un sentido. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (+)

Ixcanul (Guatemala-Francia, 2015), de Jayro Bustamante. Vista en Guadalajara 2015 -donde ganaría el Mayahuel a Mejor Película y el premio a Mejor Director- y premiada antes con el Alfred Bauer en Berlín 2015, finalmente ha llegado a la cartelera cultural -entiéndase: Cineteca Nacional y alguna que otra sala afín- la opera prima del cineasta guatemalteco Jayro Bustamente.  
Estamos en alguna zona rural cafetalera de Guatemala, en las faldas de un volcán, el Ixcanul del título. La jovencita María (María Mercedes Coroy) ve cómo su mamá Juana (María Telón) y su papá Manuel (Manuel Antún) han arreglado su matrimonio con el viudo Ignacio (Justo Lorenzo), un capataz en la finca cafetalera en donde todos ellos trabajan. Sin embargo, María tiene otros planes: entregarse a Pepe (Marvin Coroy), un muchacho de su edad que ya mero se va a Estados Unidos que, según él, está ahí nomás, pasando el volcán, después de algún rancho llamado México.
Aunque por el escenario, el lenguaje -la cinta está hablada casi en su totalidad en maya- y por el uso de actores no profesionales, Ixcanul puede parecer un mero ejercicio de curiosidad etnográfica, el guion escrito por el propio cineasta evita buena cantidad de clichés condescendientes. María, por ejemplo, no es ninguna víctima pasiva -de hecho, es ella la que muestra iniciativa en varias ocasiones-, su madre no es mera guardiana de la tradición sino una mujer pragmática y lo que sucede en la segunda mitad del filme no termina en la denuncia social facilona.  (**)

Paulina (La Patota) (Argentina-Brasil-Francia, 2015), de Santiago Mitre. Otra galadonada película latinoamericana -en este caso, ganadora del FIPRESCI y del premio de la Semana de la Crítica en Cannes 2015- que finalmente llega a la cartelera cultural mexicana. 
La Paulina del título (Dolores Fonzi, Mejor Actriz en los Fénix 2015) es una idealista joven de clase alta que renuncia a todos sus privilegios -está a punto de graduarse de su doctorado, su papá es un influyente juez, vive en condiciones socioeconómicas envidiables- para irse a dar clases a una lejana escuela rural en la frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay. Ahí, cierta noche, la muchacha es violada por un grupo de cinco jóvenes, algunos de ellos asistentes a las clases de Paulina. La forma en la que reacciona la mujer violada es el ambiguo, discutido y discutible centro argumental del segundo largometraje de Mitre, que ya había demostrado su talento con su temprana obra mayor El estudiante (2011).
Paulina es el remake de un clásico del cine argentino, La patota (Tinayre, 1960) que parte de una premisa idéntica -una joven de clase alta, católica, ganadora de una medalla de oro en filosofía, Paulina Vidal (Mirtha Legrand) acepta un trabajo como profesora en un barrio bajo de Buenos Aires, en donde es violada por uno de sus propios estudiantes- aunque las razones de la protagonista del primer filme están justificados por un cristianismo radicalmente puro. La Paulina de 1960 cree en la redención, en el perdón, en la posibilidad del espacio común. Cree, pues, en la comunión, en el más amplio sentido del término. A su modo, se trata de una mujer admirable, enfrentada a un padre que parece haber salido del "Washington Square" de Henry James.
En contraste, los razones de la Paulina de 2015 para tomar la decisión que toma son, como ya lo anoté, mucho más ambiguas y, para bien y para mal, también lo es el filme de Mitre. La reacción de Paulina ante el abuso que sufre de parte de esos muchachos -y luego, de la policía, en el interrogatorio y en la posterior investigación- es incomprensible para su padre (Óscar Martínez), para su novio (Estebán Lamothe) y, al final de cuentas, para el propio espectador.
Aquí radica la provocación de Mitre en esta relectura de la Paulina de 1960: es ella, la mujer violada, no la policía, no el padre, no el novio, quien es dueña de su cuerpo y de sus decisiones. Por los motivos que sean, tenga o no tenga la razón. Y creo que no la tiene. Pero ni modo: acaso, a mi edad, soy más cercano al viejo padre de Paulina. (***)

martes, 1 de noviembre de 2016

Doctor Strange: Hechicero Supremo



Con la novedad que el Universo Cinematográfico de la Marvel (o Marvel Cinematic Universe, pues) no tiene para cuando acabarse. De hecho, está expandiéndose. En Doctor Strange: Hechicero supremo (Doctor Strange, EU, 2016), el más reciente largometraje de la Casa Marvel, se nos presenta a una especie de versión médica del egocéntrico millonario Tony Stark.
En efecto, el afamado neurocirujano Stephen Strange (Benedict Cumberbatch) es un tipo tan brillante como insoportable, un genio que puede lograr milagros en la mesa de operaciones pero también un ególatra que no es capaz de mantener a su lado a la única mujer que realmente lo quiere (Rachel McAdams). Sin embargo, hay un detalle curioso que lo hace distinto a Stark. Me explico: para Strange lo más importante del mundo es, además del propio Strange, la ciencia médica, a la que ha dedicado toda su vida. Strange es, pues, un auténtico materialista en el más amplio sentido del término, no solo porque vive con todo lujo en Manhattan, sino porque su vida está centrada en la certeza de que todo puede ser inteligible a través del conocimiento. Así, la transformación de Strange en el "hechicero supremo" del título en español pasa no solo por aprender a ser generoso -a ser capaz de pensar en alguien más, además de él mismo-, o a ser heroico -a estar dispuesto a sacrificar su vida por todos nosotros una y otra vez y otra vez y otra vez y...- sino, curiosamente, a abrazar un mundo que él juraba que no existía. Es decir, Strange pasa del materialismo más radical al platonismo más militante. Cambió, pues, de filosofía de vida, en todo el sentido del término.
Dirigida por el artesano especializado en el horror Scott Derrickson (El exorcismo de Emily Rose/2005, Siniestro/2012, Líbranos del mal/2014), Doctor Strange... tiene sus mejores momentos visuales en esas nolanescas escenas (cf. El Origen/2010) en el que la realidad se contrae, se colapsa, se reacomoda ante el capricho de los hechiceros enfrentados. De un lado, la ¿inmortal? hechicera celta Ancestral (Tilda Swinton robándose la película), con sus seguidores Mordo (Chiwetel Ejiofor), Wong (Benedict Wong) y el recién llegado Strange; del otro, el ambicioso Kaecilius (Mads Mikkelsen) y su runfla de hechiceros malandros, todos al servicio del poderoso Dormammu, señor de la Dimensión Oscura. 
Ahora bien, si la cinta maravilla en esos momentos, también es cierto que comete los mismos pecados que otros filmes de la Marvel: no sabe qué hacer con los intereses románticos de sus héroes -la doctora Palmer de Miss McAdams está criminalmente desperdiciada-, presume un villano sin rostro (el tal Dormammu) que al final de cuentas es vencido como si se tratara de un juego infantil (Una especie de "Este es un gato con los pies de trapo y los ojos al revés/¿quieres que te lo cuente otra vez?", repetido infinidad de veces: con razón Dormammu prefirió llamar a empate) y, qué remedio -aunque esto es más una característica que un defecto-, esta primera entrega del Doctor Strange no es más que un eslabón más en el susodicho Universo Cinematográfico de la Marvel. Es decir, no vale tanto por sí misma sino porque es un episodio más en las aventuras por venir, como las dos escenas de los créditos finales prometen.
Dicho lo anterior, mentiría si dijera que la película no me mantuvo entretenido. Además de las escenas ya descritas de la realidad móvil/colapsada, Doctor Strange... tiene al protagonista perfecto en Cumberbatch -una duda: ¿quién ganará en one liners cuándo Strange y Stark se conozcan?-, un espléndido reparto secundario sobrecalificado y, finalmente, acaso inadvertidamente, un encantador regreso a los orígenes mágicos del cine. En cierta secuencia clave, Strange cambiará el trágico presente que está viendo al usar un chunche que hace que las acciones ya realizadas se des-hagan como por arte de magia. Se trata de un momento de primigenia ingenuidad que me remitió a Demolición de un muro (1895), de los hermanos Lumière. 
Al final de cuentas, por más efectos especiales habidos y por haber, el origen del cine sigue siendo el mismo: la maravilla, la magia. O, como dijera Strange. la hechicería.