lunes, 30 de mayo de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXXII



El precio de la fama (La rancon de la gloire, Francia-Suiza-Bélgica, 2014), de Xavier Beauvois. El más reciente largometraje del veterano Xavier Beauvois estuvo en competencia en Venecia 2014. Por qué una comedia apenas palomera como esta fue aceptada en Venecia solo puede explicarse por el prestigio de su director, cuya cinta anterior fue la multipremiada obra maestra De Hombres y Dioses (2010). Mi crítica en el suplemento Prima Fila del diario Reforma del viernes pasado. (*)

Sabrás qué hacer conmigo (México, 2015), de Katrina Medina Mora. El segundo largometraje de Medina Mora sigue ocupando el mismo espacio dramático de su meritoria opera prima LuTo (2013): las conflictivas relaciones de pareja. En esta ocasión no estamos ante la crónica del rompimiento anunciado por desgaste ¿natural? o incompatibilidad de caracteres. Al contrario, en Sabrás que hacer conmigo vemos cómo dos soledades se encuentran -la de fotógrafo español radicado en México Nicolás (Pablo Derqui, cual doble juvenil de Germán Robles) y la de joven treintañera Isabel (espléndida Ilse Salas)- para vivir algunos momentos, escasos pero reales, de genuina felicidad.
La cinta, dividida en tres secciones -la de él, la de ella, y la de ellos como pareja-, nos muestra cómo nace la relación amorosa a través de la perspectiva de cada uno, cuáles son los miedos que tienen que vencer -el retorno de ataques epilépticos en el caso de él, la dependencia hacia su madre suicida/depresiva (Rosa María Bianchi) en el caso de ella- para entregarse a la posibilidad del amor y, finalmente, en qué desemboca esta apuesta.
Más allá del desenlace -ese final en el mar, cliché entre clichés si los hay-, estamos ante una segunda película de Medina Mora que presume una funcional y elegante fotografía de Erwin Jacquez, un trío de impecables interpretaciones y un manejo más seguro de los recursos narrativos en su haber que el mostrado en LuTo. Un paso adelante de Medina Mora. (**)

sábado, 28 de mayo de 2016

Ariel 2016: preferencias



Hoy sábado se entrega el Ariel 2016 y acá está la lista no de mis predicciones -porque no tengo idea cómo van a votar los miembros de la Academia Mexicana de Ciencias y Artes Cinematográficas-, pero sí de mis preferencias, en casi todas las categorías -menos una: nomás vi un solo corto animado, la ingeniosa Los ases del corral- y como sigue:

Actor: Krystian Ferrer, por 600 millas.

Actriz: Sofía Espinosa, por Gloria (o Verónica Langer, por Hilda).

Coactuación femenina: Adriana Paz, por Hilda.

Coactuación masculina: Noé Hernández, por 600 Millas.

Cortometraje documental: Muchacho en la barra se masturba con rabia y osadía, de Julián Hernández.

Cortometraje de ficción: 24°51' Latitud norte, de Carlos Lenin.

Dirección: Gabriel Ripstein, por 600 millas.

Diseño de arte: Julieta Álvarez, por Gloria.

Edición: Adriana Martínez y Patricia Rommel, por Gloria.

Efectos especiales: Alejandro Vázquez por Mexican Gangster. La leyenda del charro misterioso.

Efectos visuales: Raúl Prado, Edgar Piña y Juan Carlos Lepe, por Gloria.

Fotografía: Martín Boege, por Gloria (o Carolina Costa, por Las elegidas).

Guión adaptado: Andrés Clariond Rangel, por Hilda.

Guión original: Gabriel Ripstein e Issa López, por 600 millas.

Largometraje de animación: El americano. The Movie, de Ricardo Arnaiz y Mike Kunkel.

Largometraje documental: Los reyes del pueblo que no existe, de Betzabé García.

Maquillaje: David Gameros, por Gloria.

Música: Jacobo Lieberman, por El hombre que vio demasiado.

Opera prima: Hilda, de Andrés Clariond Rangel.

Película iberoamericana: El lobo detrás de la puerta, de Fernando Coimbra, de Brasil.

Revelación femenina: Nancy Talamantes, por Las elegidas.

Revelación masculina: Martín Castro, por El Jeremías.

Sonido: Alejandro de Icaza y Federico González Jordán, por 600 millas.

Vestuario: Gilda Navarro, por Gloria.

Película: 600 millas, de Gabriel Ripstein. 

viernes, 27 de mayo de 2016

Ariel 2016... en un vistazo



Mañana se entrega el premio Ariel que otorga cada año la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas a lo mejor del cine mexicano -e iberoamericano- en cada una de las 26 categorías y acá está la lista, en orden de preferencia, de todas las cintas nominadas que vi, con algunas ligas a críticas o comentarios. 
¿Qué significan las estrellitas/crucecitas? Aquí, a la derecha.


El lobo detrás de la puerta (O lobo atrás da porta, Brasil, 2013), de Fernando Coimbra. Escribí por acá de ella. (***)

El club (Chile, 2015), de Pablo Larraín. Mi crítica por acá. (***)

El clan (Argentina-España, 2015), de Pablo Trapero. (***)

24°51' Latitud norte (México, 2015; 27 minutos), de Carlos Lenin. (***)

Hilda (México, 2014), de Andrés Clariond. Mi crítica en Reforma. (** 1/2)

Los reyes del pueblo que no existe (México, 2015), de Betzabé García. (** 1/2)

600 millas (México-EU, 2015), de Gabriel Ripstein. Mi crítica, en Reforma. (** 1/2)

El hombre que vio demasiado (México, 2015), de Trisha Ziff. Escribí de ella por acá. (** 1/2)

Las elegidas (México-Francia, 2015), de David Pablos. Mi crítica en Reforma. (** 1/2)

Los ases del corral (México, 2015; 10 minutos), de Irving Sevilla. (** 1/2)

Trémulo (México, 2015; 20 minutos), de Roberto Fiesco. (** 1/2).

Ausencias (México-El Salvador, 2015; 28 minutos), de Tatiana Huezo. (** 1/2)

Muchacho en la barra se masturba con rabia y osadía (México, 2015; 22 minutos), de Julián Hernández. (** 1/2) 

Gloria (México, 2014), de Christian Keller.  Mi crítica, en Reforma. (**)

El abrazo de la serpiente (Colombia-Argentina-Venezuela, 2015), de Ciro Guerra. Escribí de ella acá. (**)

Un monstruo de mil cabezas (México, 2015), de Rodrigo Plá. Unas líneas, acá. (**)

El Paso (México, 2015), de Everardo González. (**)

Tiempo suspendido (México, 2015), de Natalia Bruchstein. Escribí unas líneas aquí(**)

Te prometo anarquía (México-Alemania, 2015), de Julio Hernández Cordón. Escribí por acá de ella. (**)

Una sonrisa a la vida (Truman, España-Argentina, 2015), de Cesc Gay. Acabo de escribir unas líneas por acá(**)

El buzo (México, 2015; 16 minutos), de Esteban Arrangoiz. (**)

3 variaciones de Ofelia (México, 2015; 15 minutos), de Paulo César Riquer. (**)

Dólares de arena (México-República Dominicana-Argentina), de Israel Cárdenas y Laura Amelia Guzmán. Mi comentario acá. (* 3/4) 

El Jeremías (México, 2015), de Anwar Safa. Mi crítica, acá. (* 1/2)

Sopladora de Hojas (México, 2015), de Alejandro Iglesias Mendizábal. Escribí unas líneas por acá. (* 1/2)

La delgada línea amarilla (México, 2015), de Celso García. (* 1/2).

La teta de Botero (México, 2014; 16 minutos), de Humberto Bustos. (* 1/2)

Made in Bangkok (México-Alemania, 2015), de Flavio Florencio. (* 1/2) 

Malva (México, 2015; 31 minutos), de Lucero Sánchez Novaro. (* 1/2)

Tobías (México, 2015; 44 minutos), de Francisca D'Acosta. (* 1/2)

Esclava (México, 2014; 13 minutos), de Amat Escalante. (*)

La increíble historia del niño de piedra (México, 2015), de Pablo Aldrete, Miguel Bonilla, Jaime Romandía y Miguel Ángel Uriegas. Mi crítica, en Reforma. (*)

Ella es Ramona (México, 2015), de Hugo Rodríguez. Unas líneas, por acá. (*)

Tiempos felices (México, 2014), de Luis Javer Henaine. (*)

El americano: The movie (México-EU, 2016), de Ricardo Arnaiz, Mike Kunkel y Raúl García. Mi comentario, acá. (*)

Conejo en la luna (México, 2013; 4 minutos), de Melissa Ballesteros. (*)

Mexican gangster: La leyenda del charro misterioso, de José Manuel Cravioto. (-)

Familia gang (México, 2014), de Armando Casas. Escribí de ella acá. (+)

Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando (México, 2014), de Manolo Caro. Mi comentario, acá. (+)

Yo (México-Suiza-Canadá-República Dominicana-Holanda, 2015), de Matías Meyer. Escribí de ella por acá. (+)

El placer es mío (México, 2015), de Elisa Miller. Unas líneas, acá. (+)

Alicia en el país de María (México, 2014), de Jesús Magaña Vázquez. De lo peor que vi el año pasado. Escribí de ella acá. (++)

jueves, 26 de mayo de 2016

El cliché que yo ya vi/CXXXVIII


"-¡Échales mucha luz!"



Joel Meza propone:

Y luego, ¿qué vendo?: En las películas, cuando dos personajes poderosos (o al menos habilidosos para los golpes) se enfrentan en pleito cuerpo a cuerpo, siempre empezarán con los clásicos puñetazos y patadas de chamacos de secundaria, que irán escalando en sofisticación a medida que la pelea consume tiempo en pantalla, hasta que uno de los dos (el bueno, generalmente) eche mano del guardadito: un golpe especial o un arma secreta, que definitivamente le dé el triunfo. 
Es claro que nunca hay razón para no haber usado este recurso desde el inicio de la pelea (como bien lo demuestra Indiana Jones contra el espadachín escandaloso en Los Cazadores del Arca Perdida), pero entonces la película necesitaría una mejor trama, a falta de trancazos. Véase el ejemplo más reciente con el Profesor Xavier estirando la liga (y a Jean Grey) contra Apocalipsis en la última (brincos diéramos) de los X-Men.

lunes, 23 de mayo de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXXI






La bruja (The VVitch: a New England Folktale, EU-GB-Canadá-Brasil, 2015), de Robert Eggers. La opera prima de Eggers con la que el cineasta ganó el premio a mejor director en Sundance 2015 finalmente ha llegado a México -el mismo fin de semana cuando ya se podía comprar en BD original, eso sí. Más vale tarde que nunca. Mi crítica, in extenso, por acá. (***)

La conspiración del silencio (Im Labyrinth des Schweigens, Alemania, 2014), de Giulio Ricciarelli. Un tema interesante -el primer juicio efectuado en Alemania a los criminales de guerra nazis, realizado de 1963 a 1965 en Frankfurt- termina diluido por una realización apenas correcta. De cualquier manera, el filme es indudablemente valioso, aunque sea porque descubre un hecho histórico desconocido para el gran público. Mi crítica, en el suplemento Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

viernes, 20 de mayo de 2016

La Bruja



¿Quién es La bruja (The VVitch: a New England Folktale, EU-GB-Canadá-Brasil, 2015) del título? A bote pronto, se trata de una anciana horrenda y deforme que, en las primeras escenas, vemos robar a un precioso bebé para luego hacer con él algo que no describiré aquí. Sin embargo, la bruja de la opera prima de Robert Eggers no es exactamente esa. En todo caso, no será la bruja principal, tal como Vito Corleone no era, en realidad, el protagonista de El padrino (Coppola, 1972).
Estamos en Nueva Inglaterra, pocos años después de que los primeros peregrinos llegaron a esa tierra, a inicios del siglo XVII. El tozudo puritano William (Ralph Ineson), su enjuta mujer Katherine (Kate Dicke, de Game of Thrones) y sus cinco hijos -la adolescente Thomasina (Anya Taylor-Joy), el serio infante Caleb (Harvey Crimshaw), el par de ingobernables cuates Jonas y Mercy (Lucas Dawson y Ellie Grainger) y un bebé llamado Sam-  son expulsados de la colonia por alguna razón que desconocemos, aunque uno puede suponer que se debe al orgullo irrefrenable de William, que no puede aceptar opiniones religiosas distintas a las suyas.
El hombre instala su granja cerca de un impenetrable bosque, pero todos sus esfuerzos resultarán en vano: el maíz que siembra no crece lo suficiente, las trampas que coloca no atrapan a ningún conejo y una innombrable maldición parece haber caído sobre él y toda su familia. Cierto día que Thomasin se encuentra jugando con Sam, el bebé desaparece frente a ella, literalmente, en un parpadeo. William les dice a todos que un lobo se robó al bebé pero nosotros sabemos -y los niños también- que eso no es así. 
Eggers nos muestra objetivamente quién se llevó a Sam y que las brujas -o, vaya, esa bruja por lo menos- sí existen. Pero también existen la culpa -Thomasin confiesa ante Dios sus faltas-, el miedo y el deseo por el pecado -Caleb espía el cuerpo en desarrollo de su hermana mayor-, la maldad pura alojada en la más tierna infancia -los insoportables Jonas y Mercy que dicen hablar con "el negro Phillip", el macho cabrío de la granja-, los secretos que el marido le oculta a la mujer -él vendió una copa de plata que era de ella-, los reproches que la mujer le espeta al marido -él no es capaz de cuidar y mantener a la familia como es su obligación- y hasta las tensiones ¿naturales? entre madre e hija -Katherine quiere deshacerse de Thomasina porque ya está crecidita... Es decir, claro que existe la maldad y no solamente está escondida en ese tupido bosque, sino también acecha en esa oscura y fría cabaña en donde sobrevive esa familia.
El tema de la brujería ha servido, en el terreno narrativo, para la alegoría social -los célebres juicios de Salem ocurrieron a fines del siglo XVII y siguen siendo hasta el día de hoy ejemplo de la histeria colectiva convertida en, literalmente, cacería de brujas- y como pretexto para explorar la opresión/liberación de las mujeres de esa época, acusadas muy oportunamente de tener pacto con el diablo si mostraban algún viso de independencia o si presentaban algún otro deseo que no fuera servir a los hombres a su alrededor. El guion de La bruja -escrito por el propio cineasta debutante- no se desentiende por completo de estas posibles lecturas alegóricas, pero termina presentándonos una historia alejada de cualquier racionalismo contemporáneo. Lo que vemos en la película es lo que es... y algo más. 
Eggers ha creado un notable filme cuyo universo visual no solo aparece como profundamente verosímil -su experiencia como diseñador de arte, de producción y de vestuario se nota- sino que, además, dirige por nota a su reducido reparto, en especial a la adolescente Taylor-Joy y al infante Crimshaw, quienes tienen sendos momentos de lucimiento personal que están entre los mejores momentos de la cinta. La música de cuerdas de Mark Korven, basada en el constante "abuso de un cello" -según palabras del compositor- y acompañada por unos ominosos coros de gemidos, apuntalan una atmósfera de tensión constante que no se liberará hasta ese inolvidable final, acaso feliz, digno de Don Francisco de Goya y Lucientes. 

lunes, 16 de mayo de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXX




El rascacielos (High-Rise, GB-Irlanda-Bélgica, 2015), de Ben Wheatley. Da grima que la primera cinta estrenada en forma en México de Ben Wheatley sea tan fallida. Para los que no conocen su obra anterior: espero que el desastre que es El rascacielos no los haga desistir de ver sus primeros tres filmes, especialmente Kill List (2011) y Excursionistas (2013). Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (-)

Me quedo contigo (México, 2014), de Artemio Narro. La opera prima del artista plástico Narro es una provocación que golpea en plena línea de flotación de la cultura cinematográfica nacional. O en la cultura nacional a secas. Mi crítica in extenso por acá. (** 1/2)

¿Qué culpa tiene el niño? (México, 2016), de Gustavo Loza. Al momento de escribir estas líneas se confirma que el quinto largometraje de Loza, protagonizado y producido por Karla Souza, es un trancazo taquillero. Mi crítica in extenso por acá. (+)

domingo, 15 de mayo de 2016

¿Qué culpa tiene el niño?



Desde que apareció en la red el tráiler de ¿Qué culpa tiene el niño? (México, 2016), a fines de 2015, el atractivo avance prometía una suerte de remake del clásico de la comedia nacional El Inocente (González, 1955), con Karla Souza suplantando –brincos diera- a la extraordinaria Silvia Pinal de la cinta original.
Por desgracia, todo se quedó en promesa. El quinto largometraje de Gustavo Loza (Atlético San Pancho/2001, Al otro lado/2004, Paradas continuas/2009) no solo se queda años luz de la película protagonizada por Pedro Infante y la Pinal sino que, incluso, es menos lograda que la exitosísima Nosotros los Nobles (Alazraki, 2013), cinta con la que inevitablemente demanda ser comparada, no solo por la presencia de Karla Souza sino por la apuesta del rescate de las viejas fórmulas del cine nacional de la época de oro.
La premisa es similar a la de la cinta dirigida por Rogelio A. González: después de embriagarse por despecho en la boda de una amiga, la ricachona hija de diputado gritón (Jesús en su gustado papel de Ochoa), la postgraduada ejecutiva Maru (Souza, productora también del filme) termina encamándose con un tal Renato “la rana” (el debutante en cine Ricardo Abarca), un bueno-para-nada y “jodido” de 21 años que no ha terminado la prepa ni tiene trabajo. Como el señor diputado Ochoa está en campaña para el senado, obliga a su hija a casarse con el pobretón de marras y ya sabrá lo que sigue usted: la fórmula de la remarriage-comedy de origen hollywoodense de principio a fin. Es decir, lo que en un inicio es un matrimonio a fuerzas, se convertirá en amor puro y desinteresado, en más de un sentido.
Voy a desentenderme de los aspectos formales, que son los menos interesantes –la edición interruptus de Camilo Abadía que corta las escenas antes de que el gag termine de funcionar o después que se cebó, el apenas funcional manejo del espacio de parte del cinefotógrafo Carlos Hidalgo que después de la toma aérea de Maru parada en el balcón del hotel no tiene nada más que mostrar-, para concentrarme en la historia escrita por el propio director Loza y en su ideología. (Ah, va un spoiler fundamental, así que sobre aviso no hay engaño).
Al final de cuentas, cuando Maru ha medio doblado las manitas y ha aceptado a Renato como lo que es –un pobre pero honrado que le está echando ganas: quiere terminar la prepa, consigue trabajo como repartidor de pizzas-, finalmente la muchacha pare al chamaquito, al tan anhelado “ranita".
Para sorpresa de todos, los rasgos del recién nacido dejan claro que su papá no es Renato, sino un honorable miembro del país del Sol naciente. A través de los flash-back espásticos de rigor, el misterio queda resuelto: Maru se encamó en realidad con algún oriental solovino y Renato, pobre pero noble como es (ya ni Pedrito, me cae), de todas formas acepta ser el papá del japonesito.
Esta vuelta de tuerca podría haber servido para un agudo comentario socarrón sobre la dizque santidad de la familia mexicana –al estilo de la inalcanzable Matrimonio a la italiana (De Sica, 1964)-, pero cualquier tentación subversiva de ¿Qué culpa termina el niño? termina ahogada por una lamentable complacencia cómico-dramática. 
Las screwball-comedies y su variante ya mencionada, la remarriage-comedy, nacieron en Hollywood para mostrar una versión real –o deseada- de la guerra de los sexos, en la que la mujer ocupaba un papel central. Las mujeres en este tipo de cintas tomaban decisiones, eran fuertes y decididas, no se dejaban mangonear por los hombres que las rodeaban y, al final de cuentas, terminaban convertidas en auténticas parejas de sus enamorados. En sus iguales, pues.
En contraste, en ¿Qué culpa tiene el niño? el guion de Loza termina traicionando a Maru, a esa reventada mujer independiente, trabajadora y con postgrado. Al final de cuentas, resultará que ella no es la protagonista de la película, sino el noble jovencito machín Renato. Él será pobre, pero es honrado, sincero y no le importa darle su nombre a un hijo que claramente no es suyo. ¡Esos son hombres, carajo! ¡Qué harían las mujeres sin nosotros!

lunes, 9 de mayo de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXIX



El club (Chile, 2015), de Pablo Larrain. La cinta más reciente de Pablo Larrain finalmente se ha estrenado en México, por lo menos en el circuito cultural de la Chilangópolis. Ojalá pronto esté disponible en servicio streaming para el resto del país. Mi crítica in extenso, por acá. (***)

La primera sonrisa (México, 2014), de Guadalupe Sánchez Sosa. Naolí Vinaver, partera  mexicana, reúne a otras mujeres que comparten su ancestral oficio en un "Taller internacional de parteras". Este documental -que cuenta con espléndidas animaciones, por cierto- sigue la labor de este grupo de mujeres en una sociedad que cada vez más privilegia la cesárea sobre el parto normal. (*)

Amor mío (Mon Roi, Francia, 2015), de Maïwenn. Una mujer (Emmanuelle Bercot) es conquistada por un ojete (Vincent Cassel) y el tipo en cuestión le hace la vida de cuadritos a la citada fémina durante una década. Pero no se preocupe: la mujer en cuestión quiere que la maltrate más. Inevitablemente repetitiva. Por cierto, Bercot ganó el premio a Mejor Actriz por este papel en Cannes 2015, exaqueo con Rooney Mara por Carol (Haynes, 2015). Cosas de jurados. (* 1/2)

domingo, 8 de mayo de 2016

El Club



Ganador del Gran Premio del Jurado en Berlín 2015, El Club (Chile, 2015), el más reciente largometraje de Pablo Larraín (trilogía de la dictadura chilena Tony Manero/2008, Post Mortem/2010, No/2012), ha llegado finalmente al circuito cultural cinematográfico mexicano.  
Estamos en algún pueblito costero de Chile, en el que hay el "club" del título: una casita en la que viven cuatro sacerdotes suspendidos por la iglesia católica por diferentes pecados, desviaciones o, de plano, delitos. Uno se dedicó a robar niños para darlos en adopción a familias de dinero o políticamente "correctas", otro más era capellán del ejército y fue cómplice de torturas y crímenes, aquel de allá fue acusado de tentaciones pedófilas y el último, un viejito gagá que casi ni habla, está desde hace años en ese hogar y nadie sabe por qué. 
A esta casa, manejada por la amable pero siniestra monja Mónica (Antonia Zegers), llega un quinto sacerdote, el Padre Lazcano (José Sosa), quien es reconocido por un hombre del lugar que se hace llamar Sandokan (Roberto Farías) y que llega hasta ese retiro a gritar, urbi et orbi, todos los abusos que sufrió en manos del cura. No diré lo que a continuación sucede, solo las consecuencias: de Santiago mandan a otro sacerdote, el joven Padre García (Marcelo Alonso), quien se supone debe poner todo en orden. Y, de alguna manera, lo hace.
De todo el cine de Larraín que he visto -solo me falta su opera prima Fuga (2006)-, El Club es su película menos controlada o, si se quiere, más encabronada y encabronante. Es como si el cineasta, ante el difícil tema de la pederastia en la iglesia, se hubiera prometido a sí mismo dejar atrás cualquier asomo de buen gusto, medias tintas o ánimo morigerado. Provocación es el nombre y Larraín sabe provocar mejor que nadie. 
Cuando uno está frente a la pantalla, hay ocasiones que no sabemos si debemos reír y cuando nos decidimos a hacerlo, la carcajada se congela. No es posible reírse de eso que escuchamos pero, ¿qué otra cosa podemos hacer? 
La lucidez de Larraín hace a un lado todo maniqueísmo simplón. El retrato de esta cuarteta de monstruos -más bien quinteta, sumando a la monja- y de su domador, el encumbrado padre García, desnuda las relaciones institucionales, de poder y de clase, en el seno de la iglesia chilena y fuera de ella. Un desenlace que puede ser leído de varias maneras, entre el cinismo y la genuina redención, es la cereza del pastel de esta película notable.  

martes, 3 de mayo de 2016

Capitán América: Civil War



Después que han pasado 90 minutos de Capitán América: Civil War (Captain America: Civil War, EU, 2016), tercer episodio de las aventuras de Steven Rogers, alias Capitán América, y chorrogésima cinta del Universo Cinematográfico de la Casa Marvel, disfrutamos de la mejor y única gran escena de una película que, en realidad,  es la tercera parte no oficial de Avengers.
Me refiero a la extendida escena de la pelea, ubicada en un aeropuerto alemán, en el que media docena de vengadores, comandados por el culposo Iron Man (Robert Downey Jr.) se enfrenta a otros seis avengers, dirigidos por el rebelde Capitán América (Chris Evans). La razón del enfrentamiento es lo de menos: el chiste es que, aunque sea por unos cuantos minutos, la cinta se transforma en un simplón pero efectivo entretenimiento infantil.
Vemos a Ant-Man (Paul Rudd, desperdiciado) cual chorrito, haciéndose grandote, haciéndose chiquito; a Black Widow (Scarlet Johansson) agarrándose a patines con su amigo del alma Hawkeye (Jeremy Renner); al jovencísimo Hombre Araña (Tom Holland), cual adolescente con juguete nuevo, quitándole su escudo al mismísimo Capitán América; al muy serio Black Panther (Chadwick Boseman) saltando por ahí y por allá dejando huellas de sus garras hasta en el concreto; y, por supuesto, a Iron Man soltando alguna afortunada one-liner (“Si alguien tiene otro super-poder escondido, es hora de que empiece a usarlo”).
Se trata de un momento inspirado: es como si Andy, el dueño de Woody y Buzzlightyear, estuviera jugando con todas sus figuritas de acción. Más aún: las figuritas de acción saben que son eso y siguen el juego para entretener a Andy. O sea, a nosotros.
Sin embargo, estos minutos son una pequeña isla en un océano ¡de dos horas y media de duración! en el que abundan diálogos repetitivos -¿cuántas veces escuchamos los mismos rollos acerca de si los avengers deben seguir reglas o no?- y las escenas de acción torpemente montadas -¿por qué las peleas son tomadas en encuadres cerrados?, ¿no consiguieron un buen coreógrafo para los catorrazos?
Peor aún: el villano que busca la destrucción de nuestros héroes metiéndoles cizaña resulta tener un móvil perfectamente razonable –la pura y simple venganza- pero está interpretado por Daniel Brühl, quien nomás no tiene la presencia de un maloso de verdad. ¡Es Daniel Brühl!
Mauricio González ha escrito por ahí que cada película del Universo Cinematográfico de la Casa Marvel no es tanto una cinta en sí misma, sino poco más que un larguísimo tráiler que sirve para anunciar el próximo episodio de la saga. En esta ocasión, con dos nuevos personajes entre la palomilla –el juvenil Peter Parker con todo y guapota Tía May (Marisa Tomei) y el solemne vengador africano Black Panther-, Capitán América: Civil War es, en efecto, un mero prólogo para el regreso del Hombre Araña programado para 2017 y un preludio para que el serio vengador negro –el único que no es amiguito de un avenger blanco, sino protagonista de su propia historia- estrene su filme en 2018.
Hasta el momento, viendo los números, es claro que, como negocio, el Universo Cinematográfico de la Casa Marvel va viento en popa. Como cine, no tanto. Pero sospecho que esto no les interesa gran cosa a los ejecutivos de Disney.

lunes, 2 de mayo de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXVIII




Mentiras Blancas (White Lies, Nueva Zelanda, 2013), de Dana Rotberg. La cineasta mexicana Rotberg emigró a Nueva Zelanda después de ver La Leyenda de las Ballenas (Caro, 2002), la exitosa cinta basada en una novela de Witi Ihimaera. Una década después, la transterrada Rotberg ha dirigido su primer filme en las antípodas, este sólido melodrama femenino -basado en otro libro de Ihimaera- sobre el pasado colonialista/racista de su país adoptivo. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

Youth (Ídem, Italia-Francia-GB-Suiza, 2015), de Paolo Sorrentino. El más reciente largometraje del italiano internacionalizado (y oscareado) Sorrentino está ubicado en un exclusivo spa suizo en el que un par de viejos amigos, el compositor y conductor de orquesta Frank Ballinger (Michael Caine) y el cineasta Mick Boyle (Harvey Keitel) buscando dirigir de nuevo, comparten tiempo, recuerdos, achaques -que si como se sienten ese día, que si cuántas gotitas orinaron hoy- y hasta broncas familiares, pues Frank y Mick son consuegros -la hija de Frank está casada con el hijo de Mick y su matrimonio ha fracasado. 
El hotel europeo, el gran artista que ya no quiere crear -vaya, ni siquiera aparecer en público-, sus recuerdos que lo persiguen... Si por La Gran Belleza (2013) Sorrentino fue atacado -con toda razón- por el saqueo del universo felliniano de La Dolce Vita (1960) -aunque en su defensa habría que señalar que su homenaje fellinesco fue tan vigoroso como imaginativo-, ahora el reproche es por haber copiado sin más la premisa de la obra maestra del nacido en Rimini, 8 1/2 (1963).
A decir verdad, si el resultado hubiera sido realmente logrado, da lo mismo si la idea la tomó Sorrentino de Fellini, Fuller o Michael Bay: el problema es la estructura digresiva sin demasiado chiste -el cameo del pseudoMaradona, la aparición de una Jane Fonda desatada, las broncas de los hijos de los viejos protagonistas-, unos diálogos que no son particularmente brillantes ni esclarecedores -Caine y Keitel logran hacerlos vagamente interesante porque ellos son Caine y Keitel- y una serie de decisiones dramáticas que me parecieron francamente gratuitas -el suicidio de uno de los personajes, la aparición de otro personaje con Alzheimer... Como Sorrentino y su equipo son incapaces de hacer una toma fea, la película se ve bien. Mucho estilo, pocas nueces.  (-)

Capitán América: Civil War (Captain America: Civil War, EU, 2016), de Joe y Anthony Russo. La más reciente entrega de la saga de Steve Rogers alias el Capitán América es, en realidad, no más que un larguísimo trailer de las próximas aventuras del nuevo Hombre Araña (jovencísimo Tom Holland). La estrategia narrativa -si es que se puede llamar así- de esta suerte de Avengers 3 es muy simple y muy pobre: repetitivas escenas con mucho bla-bla-blá seguidas de peleas confusas y mal montadas. Pero qué se puede esperar de los hermanos Russo: los tipos han probado ser buenos administradores de esta franquicia, pero muy malos cineastas. Mi crítica in extenso, acá.  (+)