viernes, 29 de abril de 2016

Pídala cantando/LXVI



El habitual lector y comentarista más recurrente de este blog, Christian Guisa, me ha pedido rescatar un texto escrito hace tiempo sobre La Pandilla Salvaje. Estos párrafos fueron publicados por ahí en 2003, cuando la película apareció en edición nacional en DVD. 


La Warner ha puesto a la venta en México una buena colección de DVDs a precios que apenas pasan de los 100 pesos. Entre los títulos que es posible encontrar si se tiene la paciencia de hurgar en los estantes del supermercado más cercano, el más notable es “la versión original del director” de La Pandilla Salvaje (The Wild Bunch, EU, 69), el cuarto largometraje del soberbio maestro del cine violento de los sesenta/setenta Sam Peckinpah, probablemente su obra mas perfecta y acaso el último gran western de Hollywood.
Sur de Texas, 1914. Un grupo de soldados atraviesa la calle de un pequeño pueblo polvoriento. Parecen cansados, aunque no tanto para no ser amables con una anciana con la que tropiezan momentos antes de entrar al banco. Todo parece normal. Pero sólo parece. Los soldados son en realidad asaltantes, comandados por Pike Bishop (William Holden). El atraco sale mal: frente al banco, emboscados en el techo de un edificio, se encuentra un grupo de pistoleros comandados por un antiguo miembro de la banda de Pike, Deke Thornton (Robert Ryan). Entre los dos grupos de hombres, por la calle principal, marchan varias decenas de personas pertenecientes a un grupo antialcohólico. La banda de Pike tendrá que huir a balazo limpio... si es que Thornton y secuaces la dejan.
Una suerte de re-elaboración de la histórica escena de las escalinatas de El Acorazado Potemkin -en términos de edición y montaje, por supuesto-, la secuencia inicial de la balacera en el pequeño pueblo texano, de aproximadamente 20 minutos de duración, mas de 25 mil pies de película durante varios días de filmación, todo desde 131 emplazamientos de cámara distintos. Pero más allá del virtuoso trabajo de edición –coordinado por el propio Peckinpah junto a su montajista Louis Lombardo-, el resultado de ese memorable prólogo es que la violencia mostrada -la más gráfica hasta ese momento en la historia del cine hollywoodense- no tenía un origen moral bien definido. Es decir, está en un momento argumental en el que no sabemos quiénes son los "buenos" y quiénes los "malos". Los disparos llegan desde todos los ángulos posibles sin respetar hombres, mujeres, ancianos o niños. Las balas penetran en los cuerpos y hacen salir borbotones de sangre por entre las ropas. Es un espectáculo a la vez terrible y maravilloso como pura puesta en imágenes; una secuencia amoral y nihilista que puede leerse como un inadvertido reflejo del clima social de la América de los sesenta, que había atestiguado el asesinato del Presidente Kennedy y estaba viviendo la Guerra de Vietnam.
Este baño de sangre se repetiría en las climáticas escenas finales, cuando la pandilla de Pike -es decir, su hombre de confianza Dutch (Ernest Borgnine) y los hermanos Gorch (Warren Oates y Ben Johnson)-, decide rescatar al otro miembro de la banda, Ángel (Jaime Sanchez), quien está siendo torturado por el sádico general huertista Mapache (Emilio Fernández en su última gran encarnación, -que no actuación). Esta secuencia final inicia con el degüello de Ángel a manos de Mapache. La escena, filmada al mismo tiempo por tres cámaras en diferentes emplazamientos, apenas si se ve fracciones de segundo en la pantalla, lo suficiente para iniciar la orgía de disparos y sangre en los que morirán, redimidos, Pike y compañía.
Aunque la influencia de este tipo de montaje en el cine contemporáneo es más o menos obvio -la precisa edición de los enfrentamientos casi coreográficos en el cine de John Woo, la acezante acción vista desde múltiples puntos de vista en el cine hollywoodense actual, la violencia hipergráfica del cine de Tarantino-, uno extraña en el cine de hoy la rica y ambigua moralidad de un Sam Peckinpah y su opción por la violencia, a la que veía como parte indisoluble y hasta indispensable del SER humano.
La Pandilla Salvaje permanece, pues, como un inquietante y -sobre todo, en el final- conmovedor discurso sobre la lealtad, la traición y la independencia de un puñado de hombres derrotados de antemano por la historia. Y es que La Pandilla Salvaje trata, también, sobre el fin del Oeste como territorio salvaje y libre: el canto del cisne del Oeste como tal y del western como género –canto que el propio Peckinpah llevaría más lejos en su siguiente filme, La Balada de Cable Hogue (1970), su película preferida-, una elegía que entonaría años después Clint Eastwood en Los Imperdonables, acaso el único western con la suficiente fuerza para soportar la comparación con el cine del viejo y desafiante Sam.

martes, 26 de abril de 2016

¡Salve, César!



¡Salve, César! (Hail Caesar, EU, 2016), el décimo-séptimo largometraje de los hermanos Joel y Ethan Coen es, a bote pronto, no más que un ingenioso e irresistible juego cinéfilo. Usando como pretexto una premisa dramática sacada del film noir –el protagonista busca resolver un indescifrable misterio y, en el camino, irá enfrentando una interminable serie de retos de toda naturaleza-, los Coen se han soltado el pelo para entretener de principio a fin a un público cinéfilo que, de por sí, ya tienen cautivo.
Las referencias culteranas y cinematográficas en ¡Salve, César! son legión, empezando con la cambiante puesta en imágenes con formatos distintos incluidos (del 1.85:1 al 1.37:1 y de regreso), continuando con los géneros que se homenajean/saquean a lo largo de la cinta –sean el western musical de serie B, la sofisticada comedia urbana, el energético musical de la MGM a la Gene Kelly, el cine “de romanos” de los 50 como El Manto Sagrado (Koster, 1953) o las películas acuático-musicales protagonizadas por Esther Williams-, y terminando con varios guiños a la chismografía del Hollywood clásico, como los rumores de prostitución juvenil gay de cierta estrella masculina de virilidad “incuestionable” (Clark Gable, nada menos) o la solución que los estudios le dieron al inesperado embarazo de una juvenil estrella femenina  es ascenso (Loretta Young, que fue obligada a ocultar que tuvo una hija, a la que luego la hizo pasar como adoptiva).
Sin embargo, más allá de todas estas digresiones, de los inevitables juegos cinéfilos de identificación –George Clooney aparece como una mezcla de Clark Gable y Victor Mature, Scarlett Johansson interpreta a una fusión de Loretta Young y Esther Williams, Channing Tatum encarna a un émulo perfecto de Gene Kelly, el descubrimiento personal Alden Ehrenreich es una especie de juvenil Gene Autry- y hasta de algunos insólitos y brevísimos cameos (Jack Huston, Christopher Lambert, ¡Dolph Lundgren!), ¡Salve, César! es más que un mero juego cinéfilo. O, en todo caso, es un juego cinéfilo cuya clave no es tan superficial como parece.
La historia es simple. Estamos a mediados de los años 50, en los estudios de la Capitol Pictures, la misma compañía cinematográfica en la que trabajó años atrás el izquierdista dramaturgo Barton Fink en la cinta homónima (1991) de los Coen. La súper-estrella hollywoodense Bard Whitlock (Clooney), protagonista de la película de romanos “Hail, Caesar: A Tale of the Christ” es secuestrado por una banda de intelectuales comunistas dirigida, nada menos, que por el filósofo judío-alemán Herbert Marcuse (John Bluthal).
Así pues, el ejecutivo de la Capitol, el incansable Eddie Mannix (espléndido Josh Brolin) tendrá, en poco más de 24 horas, que encontrar al plagiado Mannix, mientras resuelve infinidad de pequeñas y grandes broncas en el camino: que si el embarazo de su joven estrella acuática DeeAnna Moran (Scarlett, con perfecto acento barriobajero), que si la incapacidad de un joven cowboy (Ehrenreich) para actuar en otro tipo de películas que no sean de caballitos, que si la lluvia torrencial que ha detenido la filmación en exteriores de alguna cinta, que si deja esta locura de chambear en ese circo de múltiples pistas que el cine para elegir “un trabajo de verdad” en una compañía de aviación.
El pretexto argumental del más reciente filme de los Coen es el secuestro de Whitlock, que desata no solo la acción principal sino, también, la infinidad de digresiones y juegos cinéfilos ya descritos. Sin embargo, como apunté antes, la clave de este juego de los Coen no es tan superficial como parece.
El Hollywood de la Capitol Pictures –en realidad, la MGM, estudio en el que trabajó el verdadero Eddie Mannix- es, en efecto, una feria de vanidades efímeras, un ridículo circo de múltiples pistas, un espacio en el que la más descarada ambición económica se encuentra con el peor de los cinismos… Y, sin embargo, es el estudio en el que se produce un baratón western musical que provoca la genuina hilaridad del público (“Lazy Ol’ Moon”); es el mismo sitio en el que un prodigioso bailarín ejecuta una perfecta coreografía (el número musical de 6 minutos “No Dames” que tiene como protagonista a Tatum); es el mágico lugar en el que una vacua estrella cinematográfica como Whitlock puede emocionar de verdad a todos sus compañeros con cierto cursílismo monólogo religioso.
Los Coen no están, para nada, ridiculizando el cine clásico hollywoodense de las décadas de los 30-50: lo están homenajeando de la manera más sincera posible. Puede ser que todos los que están atrás y frente a las cámaras de Capitol Pictures no sean las mejores personas sobre la tierra: son egoístas, mezquinos, ambiciosos, promiscuos, bobalicones o de plano francamente imbéciles. Pero lo que producen, qué duda cabe, es valioso. Pareciera que los Coen quieren hacer suyo el todavía pertinente “mensaje final” de la obra maestra de Preston Sturges, Por Meterse a Redentor (1941): si el cine hollywoodense vale algo –¿si el cine a secas vale algo?- es porque, en primera instancia, entretiene a su público. No más, no menos.
A lo largo del cine de los Coen, emerge, de vez en cuando, la preocupación de sus personajes con respecto a Dios. ¿Existe? ¿Le interesamos? ¿Es todo bondad como Jesús o, por el contrario, es un malhumorado soltero, como el Dios de los judíos?
Eddie Mannix, el protagonista de ¡Salve, César! es un ferviente católico que confiesa sus pecados todos los días. Él cree de verdad en Dios y no desafía sus designios: los acepta sin más. No tengo idea cuáles sean las creencias religiosas de los Coen, pero después de ver ¡Salve, César!, no me cabe duda que, como Mannix, ellos creen fervientemente en el poder del cine. Más aún: ellos creen que, contra todo pronóstico, se hicieron grandes películas en el Hollywood de ayer y que se pueden seguir haciendo grandes películas en el Hollywood de hoy. Los designios de Dios –el del cine, vaya- son, en efecto, inescrutables. 

lunes, 25 de abril de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXVII



Los Muertos (México, 2014), de Santiago Mohar Volkow. Un grupo de muchachos de la alta sociedad, ociosos, desobligados, borrachos, drogos, indolentes, malhablados y hasta incestuosos, organizan un bacanal en la casota de uno de ellos. Al día siguiente, dos parejas y el hermanito menor de una de las muchachas, siguen el güateque en una casa de campo fuera de la Ciudad de México.
Mohar muestra de forma descarnada dos Méxicos, ninguno de ellos particularmente agradable. Es decir, por un lado está el mundo de estos mirreyes quienes viven en su pequeña burbuja de privilegios, y por el otro tenemos la violenta realidad que está a la vuelta de la esquina: al guarura de uno de los muchachos le roban el auto a punta de pistola, a otro chamaco le bajan su camionetón cuando está manejando briago, otro más cuenta como si fuera gracia cierto atraco sufrido con el psicólogo, los cinco protagonistas ven los cadáveres abandonados de un grupo de ejecutados dentro de un auto...
Por desgracia, el desenlace no solo resulta gratuito sino que termina siendo aleccionador. Acaso hasta moralista. Algunos recursos narrativos -como el repetir alguna escena desde el punto de vista de uno u otro personaje, en una suerte de bucle temporal- no son particularmente necesarios. Con todo, la película se deja ver hasta el final con interés. (* 3/4)

Carneros (Hrútar, Islandia-Dinamarca, 2015), de Grímur Hákonarson. Estamos en algún remoto pueblo al norte de Islandia. Dos hermanos, Gummi y Kiddi (Theodor Juliusson y Sigurdur Sigurjonsson), viven a solo unos metros de distancia, en sus respectivas granjas ovejeras. Por alguna razón que no necesitamos conocer, los dos ancianos no se pueden ver ni en pintura. Es más, se sabe que no se dirigen la palabra desde hace 40 años. 
La rivalidad de los dos hermanos no termina ni empieza en esa ¿traición? cometida por alguno de ellos hace varias décadas: Gummi y Kiddi son los mejores criadores de ovejas del pueblo, así que cuando llega el concurso anual para nombrar al mejor carnero del ejido -o de ese lugar pues- y gana el ejemplar de Kiddi, Gummi descubre que los animales de su hermano padecen de una peligrosa enfermedad, muy similar a la de las vacas locas. ¿Resultado?: todo el hato de Kiddi debe ser sacrificado para evitar cualquier contagio. Lo malo es que no solo las ovejas de Kiddi deben ser eliminadas: todas las ovejas del pueblo, sospechosas de poder haber sido contagiadas -incluyendo, claro, las del hermano delator- deben también ser sacrificadas.
Hákonarson se mueve hábilmente entre la impávida comedia de costumbres centrada en la personalidad de sus dos personajes centrales y el entrañable melodrama fraternal, en el que los gélidos paisajes islandenses juegan un papel fundamental para el re-encuentro de los dos carneros del título, que no son esos misteriosos y carismáticos animalitos, sino esos dos hermanos granjeros, tercos como mulas -o como carneros, pues. (** 1/2)

¡Salve, César! (Hail, Caesar, EU, 2016), de Joel y Ethan Coen. El más reciente largometraje de los Coen es no tanto una parodia del cine de estudio del Hollywood de los años 50, sino un encendido homenaje al poder mismo de las películas creadas en esa época -o en cualquier otra. Puede ser que los Coen no crean en ningún Dios -que es soltero y está muy enojado, como dice un rabino en cierta hilarante escena en la película- pero sí creen, con fe ciega, en el cine. Mi crítica, in extenso, en los próximos días en este mismo blog. (***)

Las Elegidas (México-Francia, 2015), de David Pablos. El segundo largometraje de Pablos es una sobria pero sólida denuncia sobre el negocio (¿o de plano la cultura?) de la trata de blancas en el norte del país. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (** 1/2)

martes, 19 de abril de 2016

Avenida Cloverfield 10



Cuando se anunció el inminente estreno de Avenida Cloverfield 10 (10 Cloverfield Lane, EU, 2016), opera prima de Dan Trachtenberg, su productor, el influyente J. J. Abrams, advirtió que se trataba de una secuela “espiritual” de Cloverfield: Monstruo (Reeves, 2008), aquella curiosa monster-movie que el propio Abrams produjo hace casi una década. Pero, ¿qué quiere decir, exactamente, “secuela espiritual”? Ni idea: en todo caso, pareciera significar que no se trata, en realidad, de ninguna continuación.
En efecto, más allá de la palabra “Cloverfield” en el título, la película dirigida por el debutante Trachtenberg no se parece en nada en la forma ni en el fondo al filme de 2008, un disparejo ejercicio estilístico cuya mayor audacia fue construir toda la historia a través de la mirada subjetiva de una camarita manipulada por algunos de los personajes.
Avenida Cloverfield 10 es bastante más convencional en la forma pero, también, más lograda. Estamos en Estados Unidos, tiempo presente. La joven aspirante a diseñadora de modas Michelle (Mary Elizabeth Winstead, casi treintona pero todavía con rostro adolescente) deja su departamento, su novio y sus llaves tras de sí, y huye en su auto con rumbo desconocido. En la carretera, sufre un accidente y, al despertar, se encuentra esposada a una cama.
Howard (John Goodman), su voluminoso salvador/secuestrador, le dice que están varios metros bajo tierra, que allá arriba Estados Unidos ha sido atacado (por rusos, chinos, marcianos, sepa por quién), que el aire es irrespirable y que ella está aquí más segura. Michelle no acepta los dichos de Howard, por más que en el mismo lugar aparece un tal Emmett (John Gallagher Jr.), un vecino del lugar que confirma lo dicho por Howard. De hecho, él no está secuestrado sino que entró a ese búnker por propia voluntad, rogándole a Howard que le diera un espacio.
Durante la primera parte de la cinta, el argumento escrito por Josh Campbell y Matthew Stuecken juega con la incredulidad de Michelle, quien no cree una palabra de lo que dice Howard, y con lo que sabemos nosotros como espectadores. Al inicio de la película vemos que, en efecto, hubo algún temblor en la ciudad y luego, cuando ella está por la carretera, Michelle escucha en el radio que ha habido cortes de energía recurrentes. ¿No será que Howard tiene razón y algo ha sucedido “allá arriba”? Sin duda el tipo es un paranoicazo, pero incluso los paranoicos pueden tener la razón.
Avenida Cloverfield 10 está sostenida pues, en esa primera media hora, en la incertidumbre argumental de lo que está sucediendo arriba del búnker. Luego, viene la primera vuelta de tuerca, cuando la duda queda más o menos resulta. Y, al final, llegará otra más, que no resultará tan sorprendente, porque el propio póster de la película nos la adelanta. En cuanto a la forma, Trachtenberg descansa en gran medida en su trío de intérpretes y en una puesta de imágenes que privilegia los primeros planos, las tomas cenitales y los encuadres cerrados, claustrofóbicos.
Cuando llegamos al desenlace, cuando todos los misterios han sido revelados, queda claro que toda la película ha sido apenas el prólogo para esos últimos minutos, en los que hemos sido testigos de la transformación de Michelle en otro tipo de mujer.
Si en un diálogo clave con el buenazo de Emmett, Michelle confiesa que se arrepiente de haber sido siempre una persona pasiva y apocada –su hermano la defendía de los abusos paternos, alguna vez fue testigo del maltrato de una niña sin que se animara a hacer algo, cuando tuvo problemas con su novio lo primero que pensó es huir-, hacia el final de Avenida Cloverfield 10 Michelle ha cambiado por completo: se ha convertido en una ingeniosa y determinada combatiente, capaz de enfrentarse a los monstruos de cualquier tipo, de cualquier tamaño, de cualquier planeta. Una Ripley para el nuevo siglo.

lunes, 18 de abril de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXVI




Desierto (México-EU, 2015), de Jonás Cuarón. Un eficaz thriller en el que Gael es perseguido por el nuevo villano de The Walking Dead y un feroz chucho en el desierto de la frontera gringo-mexicana. Mi crítica en el Primera Fila del viernes pasado de Reforma. (** 1/2)

El libro de la selva (The Jungle Book, EU, 2016), de Jon Favreau. Esta nueva versión semi-animada (un niño actor con animales digitalizados) es, probablemente, mejor que la exitosa cinta animada de los años 60. Mi crítica, in extenso, por acá. (***)

Avenida Cloverfield 10 (10 Cloverfield Lane, EU, 2016), de Dan Trachtenberg. Una joven (Mary Elizabeth Winstead) huyendo de una relación fracasada termina accidentándose en la carretera. Cuando despierta, está encadenada a una cama y su guardián/salvador (John Goodman) le dice que la tiene encerrada por su bien, pues allá arriba -se entiende que están varios metros bajo tierra- Estados Unidos ha sido atacado por los rusos, los chinos, los marcianos o los surcoreanos (¿o los norcoreanos?: bueno, los coreanos que están locos). Un thriller de crecimiento y maduración femenina/feminista realizado con indudable vigor. Mi crítica, in extenso, próximamente en este blog. (**)

Un Ilustre Desconocido (Un Illustre Innconu, Francia, 2014), de Matthieu Delaporte. El tercer largometraje de Delaporte inicia con el aparatoso suicidio del protagonista, el tímido, serio y antisocial cuarentón Sébastien Nicolas (Matthieu Kassovitz), que hace explotar su casa dejando abierta las llaves del gas. 
Como suele suceder con este tipo de aperturas narrativas, lo que veremos a continuación son las circunstancias que llevaron a Nicolas a quitarse la vida. Parece una estructura muy convencional –y lo es- pero la historia no lo es tanto.
Nicolas es un agente de bienes raíces que tiene una muy particular obsesión: usurpa la identidad de sus clientes. Así, mientras enseña un departamento a un posible comprador, lo estudia detenidamente, ve cómo habla y camina, lo sigue con todo cuidado y luego, en su casa, en un cuarto secreto que es una suerte de camerino, crea la máscara precisa, el cabello perfecto, se coloca la ropa adecuada y sale a la calle como, por ejemplo, un florista alcohólico. Y, después, ¿por qué no?, como el misántropo violinista Henri de Montalte.
Aunque no hay una explicación del comportamiento de Nicolas, las razones para hacer lo que hace son obvias: al tomar una vida ajena a él y convertirse en otra persona, el grisáceo vendedor de bienes raíces –que además lleva peluquín en su verdadera identidad- puede vivir de verdad. Por eso mismo no duda en llevar al extremo su tarea y si las decisiones que toma convierten a Un Ilustre Desconocido en una película cada vez más implausible, también la hacen más interesante.
Kassovitz está extraordinario en el papel doble –más bien múltiple- de Nicolas y de Montalte. Su personaje es, de alguna manera, también un actor: alguien que no puede vivir si no es a través de la interpretación de alguien más. Me pregunto si no hay algo de la enfermedad de Sébastien Nicolas en muchos actores. (**)

jueves, 14 de abril de 2016

Ambulante 2016... en unas líneas




Hoy termina en la Ciudad de México la 11a. Gira de Documentales Ambulante y, como ha sido costumbre en este blog, por aquí dimos cuenta de una parte de su programación. Aquí está la lista de los filmes que vi, en orden de preferencia y con algunas líneas de comentarios a-bote-pronto o ligas a lo que he escrito de ellas. 

Jeanne Dielman, 23 quai du commerce, 1080 Bruxelles (Bélgica-Francia, 1975), de Chantal Akerman. La Jeanne Dielman del título (Delphine Seyrig) es un ama de casa perfecta. Viuda, con hijo adolescente que educar, siempre tiene su departamento impecable, la comida hecha a tiempo, su calculada rutina diaria ejecutada con sobriedad y precisión. Ese mismo cuidado tiene al hacer el trabajo con el que mantiene su clasemediero estilo de vida. Todo parece perfecto… hasta que deja de serlo. Exasperante obra maestra en la que la acumulación y repetición de detalles empuja a un seco final más que previsible. La tácita realidad: ****

La mujer sin cabeza (Argentina-Italia-España-Francia, 2008), de Lucrecia Martel. Una de las grandes cintas latinoamericanas de la década pasada. Mi crítica in extenso, acáLa tácita realidad: ****

El hombre que vio demasiado (México, 2015), de Trisha Ziff. Escribí de este documental por acáProgramación general** 1/2

Somos lengua (México, 2016), de Kyzza Terrazas. Un vigoroso acercamiento al hip-hop mexicano a través de algunos de sus intérpretes en varias ciudades del centro y norte del país. El montaje final, el del rapeo colectivo, va directo a los fotogramas del año. Programación general: ** 1/2

Sonita (Ídem, Irán-Alemania-Suiza, 2015), de Rokhsare Ghaemmaghami. La recién doble ganadora en Sundance 2016 -premio del público y del jurado en la sección mundial- es un vibrante documental centrado en una jovencita afgana que vive indocumentada en Teherán y que sueña en convertirse en rapera. Su madre y sus hermanos, que viven en Afganistán, tienen otra idea: quieren venderla -sí: venderla- en matrimonio. Programación general: ** 1/2

Entre los creyentes (Among the Believers, Paquistán-EU, 2015), de Mohammed Naqvi y Hemal Trivedi.  Más pertinente que nunca, este documental retrata con seriedad a uno de los líderes más visibles del islamismo radical paquistaní (el mulá Aziz), además de seguir el rastro a un estudiante de una de sus madrazas y a otra niña que huyó de una escuela religiosa para tratar de llevar otro tipo de vida. Hacia el final, el filme alcanza una intensidad dramática imposible de resistir. Programación general: ** 1/2

El Paso (México, 2015), de Everardo González. Un justo testimonio del caso de dos periodistas que, amenazados de muerte por el narco, decidieron cruzar la frontera para vivir como refugiados políticos en Tejas. El documental más sencillo y convencional que ha dirigido González. Programación general **

Últimas conversaciones (Últimas conversas, Brasil, 2014), de Eduardo Coutinho. El ganador a Mejor Documental en el Premio Fénix 2016 es una serie de conversaciones entre el recientemente fallecido Coutinho y diez jóvenes brasileños. A través de esa decena de muy articulados muchachos obtenemos un fascinante retrato generacional del Brasil de hoy. Programación general: **

Pervert Park (Ídem, EU-Dinamarca-Suecia, 2014), de Frida y Lasse Barkfors. "Florida Justice Transition" es una comunidad formada por 120 delincuentes sexuales que se encuentra en algún lugar de Florida. Este documental está centrado en media docena de individuos -uno de ellos, una mujer- alguna vez convictos por delitos sexuales. ¿Es posible la rehabilitación de estas personas?  Programación general: **

Taxi Teherán (Taxi Tehran, Irán, 2015), de Jafar Panahi. Otra película "prohibida" de Panahi, está vez realizada casi totalmente en el interior de un taxi manejado por el propio cineasta. La fórmula, interesante, pero empieza a agotarse. Proyecciones especiales: **

Dentro del closet chino (Inside the Chinese Closet, China-Holanda, 2015), de Sophia Luvara. En Shanghai, Andy, un joven arquitecto gay, busca una lesbiana para casarse en un matrimonio arreglado, tener un hijo y así guardar las apariencias frente a sus padres. Por su parte, "Cherry" es una lesbiana casada con un hombre y a punto de separarse. Sus padres la presionan para que les dé un nieto. Un sencillo documental intimista sobre las dificultades de vivir (más o menos) enclosetado en una sociedad, como la China contemporánea, en la que la familia y el tener un hijo son parte de la identidad personal. Proyección especiales: **

Don Juan (Ídem, Suecia-Finlandia, 2015), de Jerzy Sladkowsky. Oleg tiene 22 años, estudió economía -fue primero en su clase- y vive aún con su mamá. Ah, y también es autista. El documental sigue a este joven en su lucha por ser "normal" -se inscribe en un programa de teatro, asiste a terapias físicas y psicológicas- mientras lidia con su mamá, que parece estar agotada de criar sola -el marido la abandonó cuando Oleg tenía 3 años- a un hijo autista. Sladkowsky logra transmitir las dificultades que tiene para encajar en la vida un joven autista bastante funcional que, de todas formas, sigue siendo -y seguirá siendo- autista. Programación general: * 1/2

Sunú (México, 2014), de Teresa Camou Guerrero. Viajando de Chihuahua hasta Oaxaca y entrevistando lo mismo a de modestos campesinos sureños de maíz criollo hasta tecnificados agricultores sinaloenses pasando por algún muy articulado funcionario gubernamental, este documental nos presenta un valioso fresco sobre la siembra de maíz en nuestro país en estos transgénicos tiempos en los que vivimos. Programación general: * 1/2

El remolino (México, 2016), de Laura Herrero Garvín. El remolino del título es el nombre de un pueblito chiapaneco que se encuentra en las márgenes del Usumacinta, cuyas aguas siguen avanzando, inundando tierras y propiedades. Dos hermanos, el gay orgullosamente salido del closet Pedro y la luchona madre de familia Esther sobreviven como pueden, sin renunciar por completo a sus sueños, acaso inalcanzables. Programación general: * 1/2

La primera sonrisa (México, 2014), de Guadalupe Sánchez Sosa. Naolí Vinaver, partera  mexicana, reúne a otras mujeres que comparten su ancestral oficio en un "Taller internacional de parteras". Este documental -que cuenta con espléndidas animaciones, por cierto- sigue la labor de este grupo de mujeres en una sociedad que cada vez más privilegia la cesárea sobre el parto normal. Foro vivencial. La producción de la reproducción: *

Las letras (México, 2015), de Pablo Chavarría Gutiérrez. El activista indígena chiapaneco Alberto Patishtan, acusado de la muerte de unos policías, fue condenado a (casi) prisión perpetua hasta que fue indultado en 2013. Como homenaje a Patishtan y a su lucha la cinta es demasiado opaca; si alguien no lee las notas de producción no se entera de gran cosa. Ahora bien, como experimento visual y auditivo, la cinta sí es notable. Al final de cuentas, esta mezcla no me convenció, pero ojo -y oído- a la interpretación de Milo Tamez en la batería (aparece por ahí, de la nada, en medio de la selva, reventándose "Sneeuwstorm" como si estuviera en Birdman/González Iñárritu/2014) y puntos extras por la cámara lubezkiana/malickiana de Diego Armando Moreno, con todo y su extendido plano secuencia de varios minutos de duración mediante el cual seguimos a un grupo de chamacos subiendo montes, escaleras, caseríos. Eso sí, en la forma, lo mejor que he visto de Chavarría. Programación general: -

martes, 12 de abril de 2016

Cuéntamela otra vez/XLIII



Rudyard Kipling publicó en 1894 El libro de las tierras vírgenes, sin duda alguna la obra más conocida del Premio Nobel británico nacido en la India. El protagonista de los ocho relatos que conforman ese primer libro -porque hay una secuela, publicada un año después- es un niño abandonado y criado en la jungla india, el "cachorro humano" Mowgli, "la pequeña rana".  Algunos de estos cuentos -especialmente el primero, "Los hermanos de Mowgli"-, han sido adaptados una y otra vez -casi una veintena de veces, de hecho- al cine y a la televisión, en animación o acción viva, lo mismo en Hollywood, Japón o la extinta Unión Soviética.
La primera adaptación de El libro de las tierras vírgenes, El hijo de las fieras (The Jungle Book, EU-GB, 1942), provino de dos auténticos especialistas en el género de aventuras exóticas y, además, muy familiarizados con el mundo literario de Kipling, pues habían llevado a la pantalla grande otros dos textos de él: El niño del elefante (1937) y la obra maestra Las cuatro plumas (1939). Me refiero a los hermanos húngaros Korda, Alexander (productor) y Zoltán (director).
Este primer acercamiento a las aventuras de Mowgli es, en el mejor de los casos, una curiosidad: colorida, vistosa y entretenida, pero curiosidad al final de cuentas. La adaptación escrita por Laurence Stallings se desentiende del primer relato, "Los hermanos de Mowgli" y se concentra en otros cuentos, especialmente en "¡Al tigre! ¡Al tigre!" y "La selva invasora", cuando Mowgli (la atlética estrella india Sabú) ha regresado a vivir con los humanos a la aldea más cercana, al lado de su madre Messua (Rosemary De Camp) y bajo la mirada vigilante del ambicioso cazador Buldeo (Joseph Calleia). 
Sin embargo, a las historias de la difícil adaptación de Mowgli a la civilización humana y la de su enfrentamiento con el feroz tigre de Bengala Shere Khan, se agrega otra inútil subtrama en la que Buldeo y dos de sus compinches siguen a Mowgli para que los guíe al lugar en donde se encuentra un cuantioso tesoro escondido. Esta historia -que termina convertida en una antecedente selvático de El tesoro de la Sierra Madre (Huston, 1948)- se aleja bastante del espíritu de los relatos de Kipling, aunque no tanto de las preocupaciones de Zoltán Korda, que en algunas de sus cintas mostró una condescendiente simpatía por los más pobres, a los que consideraba, cual Ismael Rodríguez húngaro, moralmente superiores a los más ricos y poderosos. 
Al final de cuentas, el tema central de El hijo de las fieras termina siendo el rechazo frontal de Mowgli a todo los vicios de la civilización humana, a saber, el amor al dinero, la hipocresía, la mezquindad, el abuso de poder. Por lo mismo, es lógico que en el desenlace, ya convertido en una especie de Tarzán -¡"y en Technicolor"!-, Mowgli decida volver a la selva, rechazando tanto el amor de alguna jovencita como el cálido abrazo de su madre humana, para volver con su verdadera familia, la animal, como si de noble fábula franciscana se tratara. 
Visualmente, la película -filmada mayormente en estudios hollywoodenses- sigue llamando la atención por el colorido de la puesta en imágenes: no es una jungla realista la que vemos, sino una fantástica, en la que los colores más vivos posibles inundan la pantalla. Por supuesto, la interacción de Mowgli con los animales es mínima, como habría de esperarse: hay algunas sobre-impresiones eficaces con Mowgli y la pantera Magheera en el mismo encuadre, pero el resto de las bestias -la cobra sostenida por alambres, el cocodrilo mecánico, la enorme boa Kaa de plástico- no son tan convincentes para los ojos del cinéfilo contemporáneo, mientras que las imágenes de los verdaderos animales -como el oso Baloo o el tigre Shere Khan- solo aparecen en inserts en medio de la acción.



Este tipo de problemas no los tuvo, por supuesto, la casa Disney cuando produjo la versión cinematográfica más famosa de El libro de las tierras vírgenes, la animada El libro de la Selva (The Jungle Book, EU, 1967), dirigida por el veterano Wolfgang Reitherman (codirector de 101 dálmatas/1961, Los aristogatos/1970, Robin Hood/1973), la última cinta supervisada personalmente por Walt Disney, quien moriría antes del estreno.
El libro de la selva fue realizada no precisamente en la década más exitosa, artísticamente hablando, de Disney. La animación xerográfica -que se había usado por ver primera en 101 dálmatas- no permitía la misma limpieza en el trazo ni la elegancia de la animación por celdas, pero resultaba muy rentable porque aceleraba la producción. Que todavía le quedaba mucho a la casa Disney por perfeccionar la este tipo de técnica queda claro si se ven los fondos de la cinta, que resultan demasiado burdos y estáticos.
En todo caso, la calidad de la animación no es el fuerte de El libro de la selva, sino la historia, bien adaptada por una cuarteta de escritores e "inspirada" en "Los hermanos de Mowgli", el primer relato del primer libro, más varios fragmentos de otros cuentos. 
La estructura es muy simple: como el fiero tigre de Bengala Shere Khan ha amenazado con devorar al "cachorro de hombre" Mowgli, el niño criado por lobos es escoltado por su "padrino", la pantera Bagheera, quien lo lleva contra su voluntad a la aldea más cercana para salvarlo. En el camino, cual road-movie selvática y a pata, Mowgli se va encontrando con diversos animales, el pomposo Coronel elefante Hathi, el despreocupado oso Baloo, la tramposa serpiente Kaa, el ambicioso y locochón rey mono Louie, una parvada de buitres distraídos, hasta que finalmente, se enfrenta al temible Shere Khan que ha ido en busca de él.
Más allá de la dispareja estructura episódica de la película, lo que sigue quedando en la memoria personal es el extraordinario trabajo de doblaje en español -de Luis Manuel Pelayo, Florencio Castelló, Alfonso Arau, Flavio y, por supuesto, Tin Tán como Baloo- y los dos números musicales que siguen siendo de lo mejor en la historia animada/musical de la casa Disney: la muy pegajosa canción "Lo más vital" -nominada al Oscar 1968-, cantada por Baloo/Tin Tan cual antecedente directo de la también inolvidable "Hakuna Matata" (cf. El rey león/Allers y Minkoff/1994); y "Quiero ser como tú", la energética pieza de swing interpretada por Flavio en el papel del Rey Louie, en perfecta recreación de la voz original de Louis Prima. 



Disney, que sabe muy bien su negocio, efectuó algunos cambios importantes en la nueva versión de El libro de la Selva (The Jungle Book, EU, 2016), pero algo que no eliminó es, precisamente, ese par de números musicales que, esta vez, son interpretados vocalmente por Bill Murray ("The Bare Necessities") como el encantador baquetonazo Baloo, y Christopher Walken, quien recrea al Rey mono Louie como una suerte de mafioso Rey de Nueva York (Ferrara, 1990), un siniestro y enorme orangután -en realidad, un extinto Gigantopithecus- que canta muy entonadamente "I Wan'na Be Like You".
Por lo demás, la premisa es muy similar a la cinta animada de 1967: Mowgli (el debutante de 12 años Neel Sethi) tiene que huir de la familia de lobos que lo crió, pues el tigre Shere Khan (perfecta voz maléfica de Idris Elba) lo ha condenado a muerte a él y a cualquier animal que lo proteja. La sabia pantera Magheera (voz de Ben Kingsley) acompaña al chamaco a la aldea más cercana, aunque Mowgli preferiría quedarse viviendo el dolce far niente al lado de su nuevo amigo, el simpático y flojonazo oso Baloo, quien lo salvó del abrazo mortal de la hipnotizante pitón Kaa (Scarlett Johansson, ni mandada a hacer para el papelito). Al final de cuentas y después de que Magheera y Baloo rescatan a Mowgli del enloquecido Rey mono Louie, el niño tendrá que enfrentar en el clímax, tal como debe de ser, al malvado Shere Khan.
Los cambios importantes que mencioné arriba están en dos arenas: en la impecable puesta en imágenes -una impresionante selva fotográficamente realista, unos animales generados por computadora que parecen auténticos y, al mismo tiempo, tienen gestos y modos profundamente humanos- y en una brillante adaptación -escrita por Justin Marks- que es mucho más coherente y sólida que las dos versiones antes descritas. Sin renunciar nunca al humor ni a la ligereza -gracias al inspirado trabajo vocal de Murray y a algunas muy logradas escenas cómicas, como esa en la que los metiches amigos de Baloo ven a Mowgli tratar de capturar un enorme panal-, el director Jon Favreau y su guionista Marks han rescatado esta vieja historia para renovarla en la forma y en fondo, pues están igualmente preocupados por el espectáculo visual que por el desarrollo de los personajes y la historia.
Así, la relación de Mowgli con sus familia de lobos está ejemplarmente construida, de tal forma que su separación de ella y el posterior regreso de él para vengar a su padre asesinado Akela (voz de Giancarlo Esposito) y para proteger a su madre Rakhsa (Lupita Nyong'o) del malvado Shere Khan tiene un efectivo peso dramático. Lo mismo sucede en el emotivo desenlace, cuando Mowgli recibe el apoyo de todos los animales de la selva, cual conmovedor homenaje/saqueo capriano en plena jungla. 
Líneas arriba apunté que El libro de la selva (1967) era la más famosa de todas las versiones existentes de El libro de las tierras vírgenes . Esta nueva lectura de la casa Disney podría, con todos los méritos, desbancarla de ese sitio de honor. 

domingo, 10 de abril de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXV



Una buena receta (Burnt, EU, 2015), de John Wells. Como la cinta es sobre un ingobernable chef que busca redimirse de sus errores pasados, va la metáfora culinaria ad-hoc: estamos ante una película que tiene buenos ingredientes -un espléndido reparto multinacional, acezante edición de Nick Moore, elegante cámara de Adriano Goldman- pero el resultado, de todas formas, es desabridón. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

La langosta (The Lobster, Irlanda-GB-Francia-Grecia-Holanda, 2015), de Yorgo Lanthimos. Una torcida comedia surrealista con una premisa fantástica -cualquier ser humano que no pueda conseguir pareja es convertido en animal- que, sin embargo, se le va acabando el gas poco a poco, en un desenlace demasiado alargado. Colin Farrell, eso sí, está formidable. (** 1/2)

El último paciente: Chronic (México-Francia, 2015), de Michel Franco. Las más reciente cinta de Franco está centrada en David (espléndido Tim Roth), un enfermero especializado en pacientes terminales. El tipo no tiene otra vida que cuidar a sus enfermos, a tal grado que desde el inicio queda claro que su salud mental -en el sentido de su dependencia emocional hacia ellos- es bastante frágil.
Llegado el momento, sabremos el porqué del comportamiento de David, lo que lo llevará a tomar una decisión inesperada (¿pero injustificada?) en el brusco desenlace. Si el espectador acepta la resolución del guión premiado en Cannes 2016, la cinta tiene mucho sentido. Si no, auguro que terminará encabronado. Como es costumbre en el director de Después de Lucía (2012), la cinta es extremadamente rigurosa en su puesta en imágenes. (** 1/2)

Una sonrisa a la vida (Truman, España-Argentina, 2015), de Cesc Gay. Tomás (Javier Cámara), un científico español residente en Toronto viaja de regreso a España, en concreto a Barcelona, para acompañar a su entrañable amigo, el actor teatral Javier (Ricardo Darín), que está en la etapa terminal de un cáncer feroz. La prima de Javier, Paula (Dolores Fonzi), quiere que Tomás lo convenza que siga con las quimioterapias, pero Javier se niega rotundamente. En sus últimas semanas lo único que le preocupa a Javier es acercarse a su hijo (Oriol Pla) que estudia en Holanda y, sobre todo, encontrarle un hogar a Truman, su viejo perro bullmastiff.
Darín y Cámara -ganadores de la Concha de Plata a Mejor Actor en San Sebastián 2015- se lucen en este melodrama que, sin renunciar por completo a los clichés de la fórmula de la enfermedad terminal, logra darles la vuelta con un eficaz sentido del humor. No hay nada novedoso en esta cinta, más allá de una ejecución recatada y un rapport irreprochable entre los dos actores principales. El único desliz: la participación a calzador de Fonzi, que está completamente desperdiciada. (**)

sábado, 9 de abril de 2016

Con M de Muerte



Siempre es bueno revisar el cine de los clásicos en pantalla grande, aun cuando se trate de una cinta menor, como es el caso de Con M de muerte (Dial M for Murder, EU, 54), largometraje número 38 en la filmografía del Mago del Suspenso Alfred Hitchcock, programada este fin de semana -¡y en 3D!- en la Cineteca Nacional de la Ciudad de México.
Con esta película, el cineasta británico quería terminar su contrato de cuatro cintas que había firmado años antes con la Warner. Esto había significado la producción de Desesperación (1949), Pacto siniestro (1950) y Mi secreto me condena (1952). Como sólo Pacto siniestro había sido un completo éxito tanto de crítica como de taquilla, Hitchcock se sintió obligado en su última cinta para la Warner a filmar algo sencillo, rápido y sin demasiadas complicaciones. No resultó así.
¿Rápido?: el rodaje duro menos de dos meses, lo cual no estaba nada mal. Pero no fue sencillo y si existieron complicaciones: Jack Warner insistió que el filme fuera realizado en tercera dimensión y Hitchcock tuvo que manejar una tecnología enorme y estorbosa para provocar la sensación de profundidad en la legendaria secuencia del asesinato fallido. Es una muestra más del talento del británico que, a pesar de todas las dificultades técnicas que sufrió durante el rodaje, la cinta sea, como siempre, impecable, tanto en sus aspectos formales como en los simbólicos: ojo a la evolución del vestuario de Grace Kelly en la medida que avanza el filme; atención a la perversa coreografía del estrangulamiento de Margot, que parece una suerte de violento y apasionado coito.
La trama de Con M de muerte provenía de una exitosa obra de Broadway. En líneas generales, el filme trata sobre un jugador de tenis, Tony Wendice (un magnífico Ray Milland), que decide asesinar a su rica y bella esposa Margot (Grace Kelly en su primer filme con Hitch), debido a que él teme que ella lo deje por el escritor de novelas policiacas Mark Halliday (Robert Cummings). Para ello, planea meticulosamente un crimen perfecto que, por supuesto, no resulta así: el asesino (Anthony Dawson) es asesinado por la víctima y el detective encargado del caso, el inspector Hubbard (un brillante John Williams recreando en el cine el papel que había realizado en Broadway), resulta ser una especie de elegante Columbo avant- la-lettre.
Sin embargo, siguiendo fielmente la tradición hitchcockiana, Tony Wendice es, de lejos, el personaje más atractivo y complejo de la película. Es inteligente, no tiene escrúpulos, es agudo y su mujer le ha sido infiel. Es decir, aunque el asesinato lo quiere cometer por dinero, su esposa -a diferencia de la obra teatral, donde ella no engaña al marido- no es ninguna blanca paloma. 
Este elemento de culpabilidad, la atractiva actuación de Milland, lo entrometido y pesado que resulta ser el amante y la típica manipulación de nuestros sentimientos por parte de Hitch, provoca que una parte de nosotros, aunque condena la planeación del crimen, desea que el marido salga impune. Y vaya que el criminal no nos decepciona ni aun en su momento de postrer derrota. Al contrario, nunca pierde la compostura. Quién fuera como él. Como villano de Hitchcock. 

jueves, 7 de abril de 2016

El cliché que yo ya vi/CXXXVII




Joel Meza propone:


Con las patas por delante: En las películas, cuando alguien se baja de un carro, siempre veremos primero un acercamiento extremo al piso del camino; a continuación veremos abrirse la puerta (todo el tiempo sólo mostrando la parte inferior) y acto seguido aparecerá un zapato (y luego el otro) de quien baja del vehículo. Sólo entonces la toma se abre para que conozcamos al dueño de esos pies. La idea original de esta imagen era generar expectativa de quién es el que llega en el automóvil, pero ahora el cliché visual es usado a diestra y siniestra, aunque no venga al caso, como se puede ver esta semana en Compadres, de Enrique Begné.

domingo, 3 de abril de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXIV



Los bañistas (México, 2014), de Max Zunino. La opera prima de Zunino es una meritoria y pertinente historia de solidaridad inter-generacional en una caótica pero esperanzadora Ciudad de México. Como de costumbre, Sofía Espinoza está impecable. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

El patio de mi casa (México, 2015), de Carlos Hagerman. El tercer largometraje documental de Hagerman -la extraordinaria obra mayor Los que se quedan (2008), codirigida con Juan Carlos Rulfo; la gozada acapulqueña Vuelve a la vida (2010)- es un entrañable retrato de sus padres, el arquitecto rural de origen español Don Óscar Hageman y la educadora y activista Doris María Ruiz quienes, instalados ya en plena vejez, no quisieran bajarle al ritmo de sus actividades a favor de las comunidades indígenas mexicanas. Sin embargo, el envase se desgasta y si bien es cierto que "hace falta valor para la vejez", también hace falta valor para saber cuándo retirarse y pasar la estafeta a quien pueda seguir en el camino. En el caso de Óscar y Doris, el relevo no es su hijo, el cineasta Carlos, sino Enedino e Isabel, dos indígenas de la sierra de Puebla, discípulos aventajados del matrimonio y que parecen ya estar listos para continuar con la tarea de sus maestros. 
Hagerman nos presenta un retrato familiar genuinamente conmovedor que no se conforma con mostrarnos al viejo matrimonio perfectamente bien avenido, sino los añejos orígenes familiares y, por supuesto, el futuro -que ya es presente- a través de Mateo, el hijo del cineasta y nieto de los protagonistas. Sin asomo de ñoñez y con un espíritu siempre lúdico -¡esa danza de las sillas!-, Hagerman nos ha entregado otra valiosa cinta sobre su tema recurrente hasta el momento: la familia y los recuerdos. (**)

viernes, 1 de abril de 2016

60 Muestra Internacional de Cine... en unas líneas



Finalizó la Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional -la número 60 en la cuenta- y por acá está la lista de las películas que vi, en orden de preferencia.

De entre los muertos (Vértigo, EU, 1958), de Alfred Hitchcock: La mejor película en la historia del cine, de acuerdo con más de 800 críticos que votamos en la más reciente encuesta mundial que cada diez años organiza la revista británica Sight and Sound. Así de simple: ****

El nuevo Nuevo Testamento (Le tout nouveau testament, Bélgica-Francia-Luxemburgo, 2015), de Jaco van Dormael. "Dios existe. Vive en Bruselas. Es un imbécil. Maltrata a su esposa y a su hija". Así empieza esta comedia herética judeo-cristiana entre el Buñuel de La Vía Láctea (1969) y el Robert Graves de La Diosa Blanca. Mi crítica in extenso, por acá: *** 

Desde allá (México-Venezuela, 2015), de Lorenzo Vigas. Escribí de ella unas líneas por acá, cuando la vi en Morelia 2015: ** 1/2

El patrón: radiografía de un crimen (Argentina-Venezuela, 2014), de Sebastián Schindel. Mi crítica in extenso por acá: ** 1/2

La langosta (The Lobster, Irlanda-GB-Francia-Grecia-Holanda, 2015), de Yorgo Lanthimos. Una comedia surrealista a la que se va acabando el gas poco a poco, hacia el desenlace. Colin Farrel está formidable: ** 1/2

Mandarinas (Mandariinid, Estonia-Georgia, 2013), de Zaza Urudshadze. Un drama bélico muy convencional pero bien hecho y mejor actuado. Cine de papá. Nominado al Oscar a la Mejor Película en Idioma Extranjero 2015: **

Taxi Teherán (Taxi Tehran, Irán, 2015), de Jafar Panahi. Otra película "prohibida" de Panahi, está vez realizada casi totalmente en el interior de un taxi manejado por el propio cineasta. La fórmula empieza a agotarse: **

La asesina (Nie yin niang, Taiwán-China-Hong Kong-Francia, 2015), de Hsiao-hsien Hou. Bellísima pero hermética cinta de Hou. Reto a cualquier colega que diga de qué se trata a la primera y sin leer las notas de producción ni la sinopsis. Igual, tienen secuencias sensacionales, qué duda cabe: * 3/4

Buey neón (Boi Neon, Brasil-Uruguay-Holanda, 2015), de Gabriel Mascaro. La cinta recién ganadora en Cartagena 2016 presume una sucia sensualidad que casi se toca, se suda, se siente. Un poco de claridad en la historia habría sido bienvenida, pero es obvio que Mascaro no está interesado en eso : * 3/4

Amor mío (Mon Roi, Francia, 2015), de Maïwenn. Una mujer es conquistada por un ojete y el tipo en cuestión le hace la vida de cuadritos a la citada fémina durante una década y, más aún, la mujer en cuestión quiere que la maltrate más. Inevitablemente repetitiva: * 1/2

La calle de la amargura (México, 2015), de Arturo Ripstein: Otro melodrama esperpéntico más de Ripstein, esta vez basado en un caso real de nota roja mexicana. Sigo sin perder la fe de que alguna vez Ripstien volverá a hacer una gran película. Esta no lo es: *