jueves, 28 de enero de 2016

Distrital 2016: Estrenos mexicanos/III



Mañana Psicotrópica (México, 2015), segundo largometraje del regiomontano Alexandro Aldrete (opera prima no vista por mí Oliendo a Perro/2011, productor ejecutivo de la meritoria cinta regia Cumbres/Nuncio/2013), ha sido presentado en sociedad chilanga en la sección de estrenos nacionales de Distrital 2016.
No he visto aún toda la selección mexicana de Distrital -me faltan un par de cintas por ver- pero esta película de Aldrete ha sido, para mí, la más grata sorpresa del festival. Aunque el guion, escrito por el propio director autodidacta, no plantea nada realmente fuera de lo común -estamos frente a la crónica de un fin de semana de un grupo de chamacos indolentes en Querétaro-, la ejecución impecable de la historia -incluyendo su atractiva musicalización- y esa mirada abierta, sin moralina alguna, hacia sus personajes, me terminó ganando por completo. 
En las antípodas de cierto cine mexicano de esta década (Los Muertos/Mohar Volkow/2014, Los Herederos/Hernández Aldana/2015, el cortometraje Princesa/Zonana/2014) y más cercana en el espíritu a la pequeña película también "provinciana" Somos Mari Pepa (Kishi, 2013), el retrato de la juventud que aparece en Mañana Psicotrópica -su êthos: lo que hacen, lo que dicen, lo que bailan y lo que se meten (y se meten de todo)- no le sirve a Aldrete para expresar una visión depresiva y deprimente del mundo que les tocó vivir a estos chavos, sino todo lo contrario. 
Cierto, uno como espectador de cierta edad y cierta ñoñez puede tener muchas dudas si la forma de vida de estos muchachos puede sostenerse mucho tiempo -vaya, ¿no van a estudiar nunca?, ¿algún momento van a dejar de pistear?, ¿de verdad creen que meterse tanta cochinada es algo bueno?-, pero es difícil no compartir su entusiasmo, su alegría, su generosidad y hasta no terminar contagiado por su dicha inicua de perder el tiempo.
Dividido en cinco ágiles viñetas ("Hongo gigante", "Los Difuntos", "Home Alone", "Mañana Psicotrópica", "Candyflip") y con una espléndida banda sonora en la que se combina música electrónica nacional con piezas de Chopin, Offfenbach o Elgar, he aquí, pues, el fin de semana que viven el joven recién salvado del suicidio Lito (Marcelo Galán) y su ocioso primo Koko (Esteban Velasco), cuando el primero llega a Querétaro desde Monterrey a visitar al segundo. A partir de ese momento y en los siguientes 90 minutos veremos al par de chavos consumir hongos, fumar mota, entrarle al aerosol, beber harta cerveza, inyectarse alguna cochinada y hasta entrarle a algo llamado ketamina -lo tuve que googlear para saber qué es eso: todos los días se aprende algo-, mientras se encuentran con amigos mutuos, participan en una ceremonia para despedir a un par de mascotas (un gato y un pescadito), se topan con una exnovia que se descubrió lesbiana y hasta organizan un "evento de beneficencia" para alivianar a un camarada a la que "la tira" lo trae de puerquito.
Aldrete apela a la solidaridad, más que al juicio. Es claro que este grupo de muchachos no tiene futuro no porque no lo tenga en realidad, sino porque todos ellos viven en el momento, en un presente siempre efímero, sostenidos en una red de camaradería a toda prueba, idealizada por los honguitos que consumen con singular alegría. Si el espectador ve con desconfianza a los personajes, es porque él los quiere ver así; Aldrete no solamente los abraza incondicionalmente sino que, incluso, llega a proponer (¿provocadoramente?, ¿irresponsablemente?: usted decida) que Lito ha recuperado su gusto por la vida no a pesar de las drogas sino gracias a ellas. Ora sí que el verde (y los psicotrópicos) es vida. 

martes, 26 de enero de 2016

Distrital 2016: Estrenos Mexicanos/II



¿No es muy pronto para afirmar que Isaac Ezban es un autor? Después de todo, el cineasta defeño -o capitalino o traficalino o como quieran llamarse ahora los chilangos- tiene menos de 30 años de edad y no tiene más que dos largometrajes en su haber. Sin embargo, es imposible negar las similitudes temáticas y estilísticas entre su opera prima El Incidente (2014) y su segundo largometraje, Los Parecidos (2015), presentado en la sección de Estrenos Mexicanos en Distrital 2016. Es más: Los Parecidos tiene una conexión más que clara con una obra anterior de Ezban: su extraordinario mediometraje humorístico-fantástico Cosas Feas (2010). En todo caso, para evitar que alguien levante demasiado las cejas con incredulidad, anotemos que la obra fílmica de Ezban tiene elementos autorales. Dejémoslo así. Por lo pronto.
Los Parecidos, mejor largometraje latinoamericano en Sitges 2015 es, como El Incidente y Cosas Feas, una historia que se mueve entre entre ese espacio discutido y discutible que separa y une al cine fantástico con la ciencia ficción. 
Estamos un 2 de octubre de 1968, en una estación de autobuses en algún pueblito perdido del interior mexicano. La noche es oscura, la lluvia es torrencial, los autobuses no llegan y un tipo barbado llamado Ulises (Gustavo Sánchez Parra) está desesperado porque no puede viajar a la Ciudad de México donde está su mujer a punto de parir. En la casi desierta estación de autobuses está un boletero (Federico Becerril) que no sirve de mucho, una anciana indígena monolingüe (María Elena Olivares)  y una mujer en el baño (Catalina Salas). La histeria creciente de Ulises no mejora cuando llegan más personas a la estación: una joven mujer embarazada (Cassandra Cianguerotti), un médico (Humberto Busto) y otra mujer (Carmen Beato) con su hijito muy enfermo (Santiago Torres). Algo provoca que la desconfianza y la paranoia vaya aumentando progresivamente entre todos ellos: el comportamiento de los personajes se vuelve cada vez más extraño, errático, incluso violento.
Como en El Incidente, Ezban demuestra mucho aplomo en el manejo de su puesta de imágenes: diseño de producción intachable, fotografía en colores deslavados que nos ubican en una atmósfera opresiva, cámara ágil de Isi Sarfati, música ad-hoc de Edy Lan...  Y, sin embargo, en la medida que la película avanza, esta se vuelve reiterativa, irritante, tan histérica como esos personajes encerrados en esa desesperante noche de diluvio. La historia, escrita por el propio Ezban, parece no ir a ningún lado. Y cuando uno -yo, pues- daba por perdido el segundo largometraje de Ezban, llega cierta vuelta de tuerca argumental y todo cobra sentido.
Más cercana en su estructura a Cosas Feas que a El Incidente -de hecho, comparte la misma voz en off narrativa de Carlos Aragón-, Los Parecidos está planteada en cierto terreno temático y genérico para luego transformarse, de improviso, en otra cosa. En sus últimos minutos, todos los elementos excesivos y repetitivos de la historia y hasta el registro histérico de todo el reparto tienen una explicación lógica... por lo menos en el universo fantástico de la cinta. Por supuesto, no voy a revelar cuál es esa famosa vuelta de tuerca, aunque puedo adelantar que nos remite no solo a la teleserie de culto La Dimensión Desconocida sino, en particular, a cierto episodio de la dispareja pero interesante versión fílmica, aquella dirigida por Steven Spielberg, Joe Dante, John Landis y George Miller en 1983.
Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Ezban es ya un autor fílmico o no? Yo diría que dejemos esa discusión para cuando aparezca su siguiente película. Porque si Ezban no lo es, está en el camino de serlo. Y uno que puede ser importante. 

lunes, 25 de enero de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXIV



Revenant: el Renacido (The Revenant, EU, 2015), de Alejandro González Iñárritu. Escribí largo y tendido de ella por acá.

Eisenstein en Guanajuato (México-Holanda-Finlandia-Bélgica-Francia, 2015), de Peter Greenaway. Hubo un tiempo en el que quien esto escribe se emocionaba al saber que alguien apellidado Greenaway había realizado otra película. Esa época pasó hace mucho tiempo... unos veinte años, por lo menos. Desde entonces, cada nueva cinta de Greenaway ha resultado ser un suplicio, más aún que sus cansinas declaraciones sobre la muerte del cine -ahora, en forma de gerundio: "el cine no está muerto... pero se está muriendo". 
En esta ocasión, el estilo sobrecargado de Greenaway -corregido y aumentado por el contagio del folclor nacional- se aplica a la ocasión en el que el cineasta ruso Serguei Eisenstein visitó nuestro país a inicios de los 30 para realizar la que sería su obra mayor inconclusa, ¡Que Viva México! Así, las dificultades para levantar el proyecto se entrecruzan con la intoxicación cultural/sexual que sufre Eisenstein (Elmer Back) quien, según el guión escrito por el propio Greenaway, pierde la virginidad en manos de su muy servicial guía mexicano (Luis Alberti). 
Encuadres en gran angular, pantalla dividida cual tríptico a la Abel Gance, diseño de producción vistoso, edición brusca, pantalla verde con imágenes digitalizadas, la puesta en escena es tan excesiva como inútil para sostener todo el filme. Poco sabemos de la truncada filmación de ¡Que Viva México! y menos aún de Eisenstein como artista cinematográfico. Eso sí, lo que sabemos es que el director de El Acorazado Potemkin (1925) se la pasó muy bien en Guanajuato, esa bravía tierra en la que los hombres se dan.

El Profeta (Khalil Gibran's The Prophet, EU-Francia-Canadá-Líbano-Qatar, 2014), de Roger Allers, Michal Sosa, Joann Sfar, Bill Plympton, Nina Paley, Tom Moore, Mohammed Saeed Harib, Joan C. Gratz, y Gaëtan y Paul Brizzi. Esta cinta producida por la actriz mexicana de origen libanés Salma Hayek rescata el celebérrimo libro homónimo del poeta libanés Khalil Gibrán para entregar un meritorio filme animado en el que todos los cineastas arriba listados dirigieron un segmento basado en algún fragmento del texto de Gibrán. Como suele suceder con este tipo de proyectos, el resultado es disparejo pero hay por lo menos tres segmentos notables: "Sobre los niños", de Nina Paley; "Sobre el matrimonio", de Joann Sfar; y "Sobre el trabajo", de Joan Gratz. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado.

El Americano: The Movie (México-EU, 2016), de Ricardo Arnaiz, Mike Kunkel y Raúl García. La casa Animex, responsable de las cintas animadas nacionales La Leyenda de la Nahuala (2007), Nikté (2009) y La Revolución de Juan Escopeta (2011), y Ricardo Arnaiz, guionista y/o productor de la trilogía de Las Leyendas -de la Nahuala, de la Llorona (2011) y de las Momias de Guanajuato (2014)- han realizado la primera coproducción animada entre México y Estados Unidos.
Más allá de la trivia, la película es un asunto menor pero consistentemente simpático: un periquito que vive en un arbolote poblano se niega a seguir la tradición de su papá cirquero (voz del productor y actor americano Edward James Olmos), pero cuando un carpintero maloso (voz de Paul Rodríguez) desafíe a su papá, el pajarito de marras llamado Cuco (Alex Syntek en la versión en español) decidirá ir a Hollywood para pedirle ayuda a su héroe favorito, El Americano (Héctor Suárez). Por supuesto, formulita obliga, en el camino, Cuco descubrirá que no necesita de la ayuda de nadie, pues ha crecido lo suficiente.
Esta road-movie animada -o sky-movie, porque los pájaros vuelan- tiene más de una conexión con El Rey León (Allers y Minkoff, 1994) en su historia del jovencito que tiene que madurar para reclamar la herencia del padre y en esos achichincles chistosones que ayudan al malvado (eco de las hienas de la cinta de Disney), pero su mejor momento -el más gracioso, en todo caso- sucede cuando Cuco y sus acompañantes llegan a Tijuana, en donde se encuentran con Trueno, un armadillo cegatón y dizque ídolo de la lucha libre. La voz de Trueno es de Adal Ramones y, ni modo, esa secuencia es genuinamente chistosa.

sábado, 23 de enero de 2016

Distrital 2016: Estrenos mexicanos/I



La sexta edición de Distrital inició el pasado jueves por la noche con la presentación del clásico restaurado En Viaje a Italia (Rossellini, 1953) y continuará hasta el próximo 11 de febrero en distintas sedes físicas -Cine Diana, Cineteca Nacional, Cine Tonalá y otras más-, además de varias sedes digitales, pues por vez primera -por lo menos en México- buena parte de su programación estará disponible de forma gratuita en Mubi, Cinema Uno, Cinepolis Clik y Festival Scope.
De hecho, en esta última plataforma estará disponible parte de su programación nacional, pues una de las cartas fuertes -en su extensa selección de más de 160 películas- es, precisamente, la sección titulada como "estrenos mexicanos", conformada por 8 filmes nacionales recientes.
Para ser estrictos, no todos ellos son "estrenos", pues alguno que otro ya pudo ser visto en otros festivales nacionales aunque, eso sí, la selección del festival dirigido por Paula Astorga es un muy poco más afortunada -¿acaso por ser más rigurosa?
En fin: pude ver Plan Sexenal (México, 2014), opera prima del hombre orquesta Santiago Cendejas -director/guionista/editor/músico/coproductor- en Morelia 2014.
Estamos en el DF -cuando todavía se llamaba así- y se viven tiempos de caos. Hay golpe de Estado, levantamiento popular, toque de queda, el Corona Capital o todos los anteriores. No hay energía eléctrica tampoco, así que la gente se esconde en sus casas y se duerme temprano. Menos Juan y Mercedes (Harold Torres y Edwarda Gurrola), que gracias a "un inventito", no solo tienen luz en su casa sino que, además, organizan una pachanga que, de todas formas, tienen que cancelar cuando un policía (Noé Hernández) llega a su puerta a advertirles que están molestando a los vecinos. 
La noche se torna ominosa por las amenazas apenas embozadas del susodicho cuico, porque hay un misterioso vagabundo que se aparece frente a la casa y no se quiere ir, porque alguien rompe el cristal de la ventana con un tabique y porque, además, parece que hay bronquitas no resueltas entre Juan y Mercedes. Sin embargo, cuando uno cree que está viendo la versión nacional de algún thriller paranoico del tipo de La Noche de la Expiación (De Monaco, 2013) o algo por el estilo, el filme toma un camino claramente dostoiveskiano. Una cinta no del todo redonda, pero siempre interesante.
Por su parte, Lucifer (Bélgica-México,2014), tercer largometraje de Gust van den Berghe, pude verlo en el Riviera Maya 2015. 
El Lucifer del título (Gabino Rodríguez, en película sabática lejos de Nicolás Pereda) llega a un pueblo mexicano a jugar con la vida y el destino de una familia formada por la anciana Lupita (María Acosta), su transa hermano borrachales Emanuel (Jerónimo Soto Bravo) y la nieta de ella, la crédula jovencita María (Norma Pablo).
El guión, escrito por el propio cineasta, está basado en una pieza homónima del siglo XVII escrita por el poeta y dramaturgo Joost van den Vondel. Así pues, en los tres actos en el que está dividido el filme -Paraíso, Pecado y Milagro- vemos lo que provoca Lucifer al empujar a estos inocentes e ingenuos seres humanos a seguir sus deseos, sus impulsos, sus creencias. A seguir, qué remedio, su naturaleza humana.
Sin embargo, si la película merece la revisión -y vaya que la merece- no es tanto por la historia, sino por su muy curiosa puesta en imágenes. El director y su fotógrafo Hans Bruch Jr. usaron  un filtro circular creado específicamente para esta película, de tal forma que más que encuadres, lo que vemos son -permítame el neologismo- "enredondos". Así pues, la circularidad de la imagen en movimiento del tondoscopio -así fue bautizado este formato por el propio director- nos remite, inevitablemente, a las imágenes medievales boschianas, lo que resulta perfecto para el tipo de historia que estamos viendo.
Por supuesto, cuando pasa la novedad y uno se ha acostumbrado al formato -al tondoscopio, como fue bautizado por van den Berghe-, lo que queda es la historia que, con todo y su carga filosófica y alegórica, debo confesar que no me entusiasmó tanto como la curiosa puesta en imágenes. 

viernes, 22 de enero de 2016

Cuéntamela otra vez/XLII


Hugh Glass existió. Nació en Pennsylvania, alrededor de 1780 y aunque en su juventud no le faltaron aventuras -en algún momento fue pirata, vivió un tiempo con los pawnee como uno de los suyos-, la odisea que lo volvería famoso sucedió cuando formó parte de un grupo de cazadores y comerciantes de pieles en la tercera década del siglo XIX. 
En 1823, en un territorio que se ubica actualmente cerca de la frontera estadounidense con Canadá, Glass fue atacado por una osa grizzly que lo dejó medio muerto. El jefe de la cuadrilla de tramperos, el Capitán Henry, juzgó que Glass no sobreviviría mucho tiempo y como estaban acosados por un grupo de feroces indios arikara, decidió abandonar a Glass, dejando como como responsables de cuidarlo y darle cristiana sepultura a dos cazadores, el jovencito Jim Bridger -que tendría sus propias aventuras, una larga vida y una fructífera carrera como uno de los primeros narradores de "la conquista del oeste"- y otro tipo apellidado Fitzgerald. 
Cuando Bridger y Fitzgerald estaban cuidándolo, vieron que un grupo de arikara se dirigía al sitio en donde ellos estaban, así que abandonaron a su suerte al compañero herido a quien, de hecho, ya habían empezado a enterrar. Cuando finalmente Glass despertó, se encontró solo, con heridas abiertas, varias costillas rotas y una pierna con la que no se podía sostener.
Aquí es donde empieza la leyenda: Glass curó sus propias heridas, se alimentó como pudo de raíces y bayas, logró comer carne cruda de un bisonte que encontró muerto y arrastrándose primero, cojeando después, tomando el río Cheyenne sobre una balsa, ayudado a veces por indios amigables -acaso pawnee-, increíblemente logró viajar 300 kilómetros hacia el sur, al Fuerte Kiowa -en la actual Dakota del Sur-, en donde llegó unos dos meses después de haber sido dejado muerto. Glass empezó a buscar a los dos compañeros que lo habían abandonado, aunque luego desistió de su venganza. Eso sí, se dice que logró recuperar de las propias manos de Fitzgerald su rifle, que el tipo se había llevado cuando había sido dado por muerto.
La odisea de Glass se hizo famosa, en parte, porque el propio aventurero vivió unos años más para contarla -murió una década después, aparentemente ultimado por los bravísimos arikara- y porque muchos otros -como el ya mencionado Jim Bridger- la convirtieron en parte del repertorio de las legendarias "historias de frontera".
A grandes rasgos, esta es la historia que, adaptada libremente de la novela de Michael Punk, retomó Alejandro González Iñárritu para su sexto largometraje, Revenant: El Renacido (The Revenant, EU, 2015), filme que bien podría sumarle al mexicano un par de Oscars más en su haber y darle a Leonardo Di Caprio su primera estatuilla.




Sin embargo, El Renacido no es la primera película que narra la increíble aventura de Glass. Hace casi medio siglo, el artesano fílmico/televisivo Richard C. Sarafian dirigió Man in the Wilderness (EU, 1971) que no solo es, básicamente, la misma historia de El Renacido sino que, incluso, comparte con la cinta de González Iñárritu un muy similar tono de reflexión existencial y hasta religiosa -más marcada, eso sí, en la cinta del mexicano.
En Man in the Wilderness, Hugh Glass es un inmigrante inglés y se llama Zack Bass (un adecuadamente estoico Richard Harris), mientras que el capitán Henry de los tramperos (interpretado por un perfecto John Huston) no es un militar sino el capitán de un barco que, increíblemente, toda la cuadrilla va cargando sobre las ruedas de una carreta, cual delirante precursor de Fiztcarraldo (Herzog, 1982).
La historia, por lo demás, es la misma: Bass es atacado brutalmente por una osa y Henry deja a dos tipos, el jovencito Lowrie (Dennis Waterman) y al viejo Fogarty (Percy Herbert) para cuidarlo y, llegado el momento, sepultarlo con todo y lectura de algún pasaje de la Biblia. Sin embargo, al avistar a los "rickarees" -o sea, a los arikara- Lowrie y Fogarty semi-entierran a Bass y huyen del sitio. Bass, que ve y escucha todo entre las nieblas de la agonía, logra salvarse y va en buscar de todos sus excompañeros, que también son seguidos por los "rickarees". 
En el delirio de la muerte en vida, Bass recuerda su infancia traumatizada por la orfandad, sus desencuentros con Dios y con quienes hablan en nombre de él -la escena de la clase cuya lección es "la letra con sangre entra"- y el efímero remanso de paz al lado de su mujer, quien había muerto de parto. 
Sarafian nunca fue un director de grandes alcances -su cinta más conocida es precisamente esta y la cult-movie Carrera contra el Destino (1971)- pero aquí logra sostener con creces la historia en los dos escenarios paralelos: por un lado, somos testigos de la dura sobrevivencia de Glass -la manera en la que se cura, quema sus heridas, le arrebata un pedazo de carne a unos lobos, se guarece de la lluvia y de la nieve- y, por el otro, de la creciente paranoia de Henry que, cual Capitán Ahab de tierra firme, camina enloquecido por la cubierta de su bote de madera, oteando el horizonte en busca de los "rickarees" pero, también, de Bass, de quien sospecha que no murió y que los está siguiendo para vengarse.
En el desenlace, Henry y sus hombres han llegado con su bote-carreta a un río Misuri sin el agua suficiente para embarcarse, rodeados de los "rickarees" y con el fantasma de Bass siguiéndolos de cerca. Es ahí cuando Bass debe decidir su camino: si porfiar en la venganza bajo la protección del jefe indio "rickaree" -que en algún momento lo había "bendecido" al verlo agonizante- o abrazar la vida que había podido recuperar en esas semanas de sobrevivencia, en comunión con la naturaleza y consigo mismo. 


Es evidente que el mismo problema enfrentó González Iñárritu hacia el desenlace de El Renacido. ¿Qué hacer con el ansia de venganza de Hugh Glass -aquí sí llamado como el personaje verdadero- al toparse finalmente con su Némesis, el cínico tejano Fitzgerald? Por supuesto, aunque no apuntaré aquí qué sucede, le adelanto que es un final mucho más ambiguo, para bien y para mal, que el del filme de Sarafian: acaso el único elemento discutible de una película que, después de Birdman (2014), es lo mejor que ha hecho el cineasta mexicano ya plenamente hollywoodizado.
El guion escrito por el propio González Iñárritu y Mark L. Smith crea un contexto más complejo en la conocida historia de Glass. Por una parte, le agrega una historia personal bastante verosímil, que hace más creíble el deseo de venganza del trampero, quien va en busca de Bridger (Will Poulton) y Fitzgerald (Tom Hardy) no solo porque lo abandonaron malherido y a su suerte, sino porque el segundo asesina a puñaladas al hijo mestizo de Glass, Hawk (Forrest Goodluck), frente a los ojos de su agonizante padre. Y por otra, la odisea personal de Glass está contrapunteada por la búsqueda que un jefe indio arikara (Duane Howard) hace de su hija Powaqa (Melaw Nakehk'o), que ha sido secuestrada por "el hombre blanco" -luego descubriremos que se trata de tramperos franceses-, cual provocador eco/homenaje, pero a la inversa, del clásico fordiano Más Corazón que Odio (1956). 
Pero más allá de todos estos agregados -todos ellos bienvenidos, por cierto-, lo que convierte a El Renacido en una emocionante experiencia difícil de resistir es el hecho que, a través de la prodigiosa cámara de Emanuel Lubezki en camino a ganar su tercer Oscar consecutivo y con la irrebatible capacidad de González Iñárritu para montar secuencias de acción, una oscura y repetitiva historia de venganza y sobrevivencia in extremis como la de Hugh Glass, se transforma en un apabullante y, a la vez, espeluznante espectáculo visual hollywoodense.
Más allá de la arrobadora belleza de algunos momentos -esa luz que aparece mágicamente bajo los mágicos designios de Lubezki, algunos flahbacks subjetivos de Glass casi malickianos-, lo que impresiona de manera genuina son esas varias secuencias de acción, tan virtuosas o más que las mejores que usted recuerde, como ese primer ataque de los "rees" -o sea, "rickarees"- al campamento del capitán Henry (Domhnall Gleeson) en el que la cámara de Lubezki, sin corte discernible alguno, sigue a un atacante, se detiene frente a una víctima, sigue a otro que va a caballo, panea hacia la izquierda para cambiar de perspectiva y así hasta el agotamiento total -del espectador, no de Lubezki. O esa otra escena en la que vemos a Glass escapar a caballo del asedio de los "rees" hasta llegar a un precipicio en el que cae con todo y cuaco (y casi con todo y Lubezki) al abismo. O esa emocionante pelea final a golpe, patada, cuchillada y mordida a la Mike Tyson entre Glass y Fitzgerald. O, claro, el ya celebérrimo ataque de la osa grizzly sobre la humanidad de Glass, impresionante no solo porque el animal parece de verdad, sino porque además sucede, cruelmente, en varias etapas. 
¿Crueldad de la osa?: más bien, de González Iñárritu. Así se lleva el mexicano con sus personajes. Y con su público.

miércoles, 20 de enero de 2016

Capo: el Escape del Siglo



En una escena clave de Capo: El Escape del Siglo (México, 2016), Don Joaquín “el Capo” (Irineo Álvarez) le explica a su lugarteniente solovino Manuel (¿Salcido?) “el Cochicolo” (Héctor Castelo, encarnando por segunda vez a más o menos el mismo personaje después de El Otro Cochiloco/Samperio/2013) que se escapó de la cárcel del Altiplano porque el gobierno de cierto Presidente engominado (Amando Hernández) faltó a su promesa de no extraditarlo, que quieren mandarlo a Estados Unidos para condenarlo a la pena de muerte y que “los pinches gringos” se quieren quedar con todo el negocio. La perorata la termina “el Capo” con un exabrupto genial, hilarante: “¡Los gringos quieren privatizar el perico!”.
Este es el tipo de momentos en el que una película demanda un cine repleto de espectadores echando relajo. Por desgracia, a la función a la que asistí la sala estaba prácticamente sola y mi carcajada se perdió en el vacío.
Si la cinta firmada por Axel Uriegas hubiera tenido más escenas de este tipo, Capo: el Escape del Siglo, habría pasado como una de esas cintas que, de tan malas, resultan buenas. Por desgracia, el único momento de humor involuntario es el que anoté, porque el resto está lleno de diálogos inanes y repetitivos –como los del enviado del gobierno americano (Kristoff Raczynski) y el rechoncho secretario de Gobernación (José Sefami), o los del propio “Capo” con su mujer de acento argentino-, con escenas de acción torpemente montadas –esa balacera final, por Dios- y un desenlace torpe y abrupto, aparentemente pensado para dejarnos en ascuas para la secuela que saldrá en algunos meses –se supone que esta es la primera de cinco películas sobre los ires y venires de Joaquín Guzmán Loera, aquí apodado  “el Capo”.
Ya lo he escrito en otros lugares: la historia del crimen y el narcotráfico en nuestro país –y especialmente en Sinaloa- ha sido muy mal tratada en el cine industrial mexicano. Personajes abundan y las historias sobran, desde los tiempos de “el Gitano” hasta los recientes de Guzmán Loera, pero el cine nacional ha sido incapaz de construir, con eso, un género valioso, en la forma y en el fondo.
Veamos: en el fondo, el discurso ideológico de Capo: el Escape del Siglo no es más sofisticado que el de, digamos, Lamberto Quintero (Hernández, 1987), aquella cinta en la que que un Tony Aguilar muy simpático, enamorado y cantarín, encarnaba a un tipo muy derecho y bragado que, con todo y ser narco, tenía tiempo para dictar lecciones de moral. Cual pariente del Lamberto de Aguilar, en la cinta de Uriegas “el Capo” no canta pero, eso sí, dice que ama a México y a su gente, lanza imprecaciones contra los “políticos corruptos” con los que está íntimamente asociado –el secretario de Gobernación está en su nómina- y, faltaba más, odia hasta la muerte a esos “pinches gringos” que se quieren quedar con el negocio de la droga sin la intermediación del sinaloense.
En cuanto a la forma, la película es un desastre, aún peor que algunos filmes igual de oportunistas de los años 80, como Operación Mariguana (Arquieta, 1985) –realizado unos meses después del escándalo alrededor del rancho “El Búfalo”, en donde se cultivaban abiertamente toneladas de mariguana- o La Muerte de un Periodista (Crevenna, 1985), sobre el secuestro y asesinato de Enrique Camarena, con Fernando Casanova en el papel de Caro Quintero.
Por desgracia, por la evidencia mostrada en Capo: el Escape del Siglo, el cine industrial mexicano, en lo que se refiere a esta narco-temática, no ha mejorado mucho en 30 años. De hecho, en una de esas, ha empeorado.

lunes, 18 de enero de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCCXIII




La Chica Danesa (The Danish Girl, GB-Bélgica-EU, 2015), de Tom Hooper. El implacable cinéfilo dominicano @GuidoC anotó en twitter que el más reciente largometraje de Hooper es más tóxico que cualquier película de los Transformers. De acuerdo: por lo menos esos churros de los robototes no se quieren hacer pasar por cine de arte, audaz y propositivo. Oscar-bait de la peor especie. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

En Primera Plana (Spotlight, EU, 2015), de Tom McCarthy. Si hay una cinta que le pueda arrebatar el Oscar 2016 a Mejor Película a González Iñárritu es esta funcional película liberal centrada en una famosa investigación periodística realizada por un equipo especial del Boston Globe por la cual se desenmascaró la conducta criminal de la iglesia -la de la Arquidiócesis de Boston, pero también la del resto del mundo católico- que había ocultado centenares de casos de abuso sexual infantil perpetrado por sacerdotes.
En la mejor tradición del cine procedimental, seguimos de cerca a este grupo de periodistas que van hurgando en un caso difícil en varios sentidos: porque todos ellos viven en Boston, la ciudad católica por definición en los Estados Unidos; porque todos ellos son o fueron criados como católicos; porque la iglesia es una real fuerza de poder -político y económico- en esa ciudad; y por las dificultades profesionales que un reportaje de esta naturaleza trae consigo.
En Primera Plana no es la gran película del año, pero tiene un reparto intachable -Mark Ruffalo, en particular, está impresionante como el inquieto periodista desgarbado Mike Rezendez-, una historia interesante y valiosa, y una posición política y moral irrefutable. Insisto: es la única cinta que podría echarle a perder la noche a González Iñárritu.

Capo, el Escape del Siglo (México, 2016), de Axel Uriegas. Cambiado de último minuto el título de Chapo, el Escape del Siglo, a Capo, el Escape del Siglo, esta mal-hechota y mal-escrita cinta sobre el escape de la cárcel del Altiplano de Joaquín Guzmán Loera en julio del año pasado no es más lograda que las mejores/peores películas ochenteras que realizara el cine industrial mexicano con temas y personajes similares -que si los marigüaneros del rancho El Búfalo, que si Lamberto Quintero, que si Caro Quintero y el asesinato de Enrique Camarena- lo cual no deja de ser deprimente. 

sábado, 16 de enero de 2016

El evangelio del 2015 según... ustedes/XVI




Ayer se cerró la votación de los lectores del blog para elegir la película de 2015 y después de 119 votos, la película ganadora, con un poco menos de la mitad de los sufragios (53), fue Whiplash; en segundo lugar, Mad Max: Furia en el Camino, con 30 votos; en tercer-cuarto sitio, empate entre 45 Años y Güeros, y en quinto lugar, Carmín Tropical. O sea, una cinta gringa indie, un blockbuster, una película inglesa y dos nacionales. Insólitamente, por la historia de las votaciones en este blog, Pixar no alcanzó a colarse en el top-5 con Intensa-Mente. Ora sí: a mí que me esculquen.

martes, 12 de enero de 2016

La Gran Apuesta



¿Alguien lo vio venir? Para sorpresa de mediomundo, el realizador especializado en comedias Adam McKay, cineasta de cabecera de Will Ferrer y director ocasional de Saturday Night Live ha cambiado bruscamente no de tono, pero sí de temática en su sexto largometraje, La Gran Apuesta (The Big Short, EU, 2015).
            Tomando elementos estilísticos y narrativos de los dos grandes maestros del cine neoyorkino –la edición frenética y la banda sonora al estilo de Martin Scorsese, el rompimiento constante de la cuarta pared y la aparición oportuna de celebridades al modo de Woody Allen-, he aquí que estamos en la Gran Manzana en marzo de 2005, cuando el doctor –no en economía, sino médico de verdad- Michael Burry (Christian Bale, muy convincente), un genio autista de las finanzas, llega a la conclusión de que el mercado hipotecario estadounidense está a punto de colapsarse, pues bancos y calificadoras han estado engañando durante varios años a inversionistas, gobierno, administradoras de fondo y a quien se deje.
            La conclusión de Burry es audaz y, al mismo tiempo, cínica: jugar “la gran apuesta” del título en español en contra de los bancos –en contra de todo el sistema financiero, en realidad- para hacerse multimillonario en el camino. Un oleaginoso intermediario (Ryan Gosling bronceado, narrador de la historia) también se da cuenta por su parte, un par de jóvenes inversionistas (John Magaro y Finn Wittrock) se enteran por casualidad poco después, así que muy pronto otros se unen a la misma apuesta: un misántropo y neurótico administrador de fondos (Steve Carell) y un recluido millonario y financiero semiretirado (el coproductor Brad Pitt).
            Aunque el origen sobre la gran crisis financiera de 2008 ya tiene por lo menos una gran cinta en su haber –El Precio de la Codicia (Chandor, 2011), muy superior en el fondo y en la forma-, McKay merece puntos extras por intentar explicar para los legos como quien esto escribe los puntos finos sobre la raíz del desastre. Así pues, celebridades como Margott Robbie (en una tina llena de burbujas), el chef Anthony Bourdain (en la cocina de un restaurante) o la cantante Selena Gómez (en la mesa de un casino), explican brevemente cómo empezaron los bancos a comprometerse con las hipotecas, qué son los SWAPS o por qué tanto relajo con los CDO’s.
            Las más de las veces la explicación da en el blanco aunque tampoco es fundamental que le entienda a todo –aclaro: yo no le entendí a lo que discutían a gritos los distintos personajes-, pues el objetivo del filme es muy elemental: realizar una dinámica y muy entretenida crónica de un desastre anunciado, incubado desde las administraciones de Reagan, alimentado bajo las de los dos Bush y Clinton, y estallado en los bolsillos de la clase media americana –y del resto del mundo.
            Si hay un problema en La Gran Apuesta es su inclinación por el exceso, que termina por agotar y agotarse. Es cierto que lo mismo se podría decir de El Lobo de Wall Street (2013), la reciente obra mayor scorsesiana, pero la diferencia es obvia: los excesos estilísticos y temáticos scorsesianos son genuinamente delirantes, no brindan descanso al espectador, y resisten la tentación del didactismo y la moralina, mientras que en La Gran Apuesta, a través de los personajes interpretados por Brad Pitt y, especialmente, Steve Carell, se nos entrega un discurso moral que, de cualquier manera, termina perdiéndose entre tanta música, tantos saltos de edición, tantos gritos histéricos y tantos movimientos de cámara (in)justificados.
Queda la sensación que, al final de cuentas, el McKay coguionista no confió lo suficiente en el McKay cineasta para sostener su discurso indignado/indignante. Hizo mal. Que la película no se derrumbe entre sus manos es testimonio de que, al final de cuentas, el director favorito de Will Ferrell hizo un muy buen trabajo.

lunes, 11 de enero de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCCXII



Mia Madre (Ídem, Itañia-Francia, 2015), de Nanni Moretti. El más reciente largometraje de Moretti es un sólido melodrama familiar en el que una madura cineasta, Margherita (Margherita Buy), tiene que lidiar con un difícil actor americano (John Turturro, desbocado) mientras ve cómo la salud de su anciana madre (Giullia Lazarini) se va deteriorando ineluctablemente. 
El propio Moretti, quien perdió a su mamá cuando estaba filmando su cinta anterior, Habemus Papa (2011) se ha hecho esta vez a un lado y aunque aparece en la cinta en el papel de Giovanni, el hermano de Margherita, la protagonista es la mujer, que es una suerte de alter-ego del propio director.
La cinta se mueve hábilmente entre la comedia -las dificultades de Margherita en el set, tratando de dirigir al explosivo actor americano que dizque trabajó con Kubrick- y el melodrama, a través de una serena reflexión sobre la mortalidad y la familia, el tema central de la obra maestra de Moretti, La Habitación del Hijo (2001). 
Para los críticos de Cahiers du Cinéma, Mia Madre fue la mejor película del año pasado. 

Joy: el Nombre del Éxito (Joy, EU, 2015), de David O. Russell. Otro petardo más del director de American Bullshit (2013) que ni Jennifer Lawrence puede salvar. Mi crítica en el Primera Fila del viernes pasado de Reforma.

La Gran Apuesta (The Big Short, EU, 2015), de Adam McKay. La sorpresa de la temporada: una aguda -aunque excesiva- comedia scorsesiana dirigida por el cineasta favorito de Will Ferrell y centrada en el desastre financiero que estalló en 2008. Mi crítica, in extenso, mañana mismo, aquí en el blog

Hasta el Fin de los Días (México, 2014), de Mauricio Bidault. Notable documental mexicano visto en Guadalajara 2014 que, por fin, tiene su estreno en el circuito cultural. Mi crítica, por acá

sábado, 9 de enero de 2016

Hasta el Fin de los Días



Hasta el Fin de los Días (México, 2014), segundo largometraje documental* de Mauricio Bidault y presentada hace dos años en el Festival de Cine Iberoamericano en Guadalajara, ha sido estrenada, finalmente, en la Cineteca Nacional. Por el tema del que trata y sus protagonistas, difícilmente se verá en las pantallas comerciales de la Ciudad de México -o del resto del país. 
Hasta el Fin de los Días está centrado en el trabajo forense y en los procedimientos científicos para ayudar a la justicia. Sus protagonistas son los médicos e investigadores que trabaja de sol a sombra –y de sombra a sombra- recopilando información, recogiendo cuerpos, reconstruyendo rostros. Los peritos del Instituto Jaliciense de Ciencias Forenses aparecen ante el ojo de Bidault como un puñado de esforzados trabajadores profesionales. No son heroicos: hacen su chamba y ya.
Los 58 profesionales que vemos en pantalla –médicos, investigadores, oficinistas- hacen su trabajo de manera cotidiana sin hacer alharaca alguna, sin exigir admiración. La decena de viñetas que vemos en los 88 minutos de duración del filme se van sucediendo sin comentario editorial de ninguna especie, sin voz en off explicativa. Bidault ha realizado un documental notable por lo excepcional: he aquí una crónica desapasionada, neutral, de cómo se trabaja científicamente en México para lograr la justicia.
Así pues, vemos a una mujer, atendida por una trabajadora social, que está buscando a su padre extraviado; pasamos luego a ser testigos de una autopsia dirigida por un anciano médico forense que apenas puede sostenerse en pie, pero que sigue presumiendo una lucidez irrebatible; vemos el trabajo de campo de varios investigadores –el estudio de una escena de un crimen, el levantamiento de un cuerpo en un accidente automovilístico-; y, también, los procedimientos científicos realizados en el interior del Instituto Jaliciense de Ciencias Forenses: los trabajos en el laboratorio de balística, el estudio del rompecabezas de un cuerpo descuartizado –que resulta que no es uno, sino tres cuerpos… ¿o siempre sí es uno?-, la reconstrucción del rostro de alguien a través de su cráneo, y hasta la forma tan peculiar en la que “archivan” –después de incinerarlos- a los cadáveres no reclamados.
Bidault no escatima imágenes de la violencia que ha golpeado a este país en los últimos años –vemos, por ejemplo, el hallazgo de 17 cadáveres encadenados y la forma en la que los cuerpos son amontonados en camillas, planchas y hasta en el suelo-, pero lo suyo no es la búsqueda de la tragedia ni el horror para confrontar al espectador desprevenido. Por supuesto, hay horror y tragedia todos los días en este trabajo –por ejemplo, vemos cuando recogen los cuerpos de dos niñitos, aparentemente asesinados por su propia madre, que luego se suicidó-, pero también hay pláticas casuales a la hora de la comida, somos testigos de la celebración de un cumpleaños -¡otro más del ancianísimo médico forense!-, y al final de la jornada –que es el final del documental- una joven trabajadora social se despide de sus compañeros porque ha llegado el momento de su incapacidad por embarazo. 
Es decir, la vida se abre paso, la vida sigue. Como debe de ser.

*El texto original apuntaba que esta película era opera prima. Agradezco al lector Mauricio Coronado que me señaló mi error. 

viernes, 8 de enero de 2016

Y la película del 2015 será...



Con la elección obvia de 45 Años como película de diciembre, ya tenemos la docena de cintas votadas por los lectores de este blog mes por mes: Whiplash (enero), Leviatán (febrero), Güeros (marzo), Solo los Amantes Sobreviven (abril), Mad Max (mayo), Intensa-Mente (junio), Misión: Imposible - Nación Secreta (julio), El Diario de Celestine (agosto), Shaun el Cordero (septiembre), Carmín Tropical (octubre), Mientras Somos Jóvenes (noviembre) y la ya mencionada 45 Años.
O sea, una película rusa, dos mexicanas, dos animaciones (de Pixar y Aardman), tres "indies" americanas (what-ever-that-means a estas alturas del juego), dos superproducciones hollywoodenses, un filme francés y otro británico. Lástima que el cine asiático no está representado ni, tampoco, el latinoamericano, más allá de las dos cintas nacionales. Pero así se votó -y así se distribuye el cine en México también.
La encuesta está abierta para los lectores de este blog hasta el próximo viernes (ahí está, abajito, a la derecha... ¿ya la vio?).

jueves, 7 de enero de 2016

Pídala Cantando/LXV



Un lector habitual de este blog, DarkJam, solicitó que rescatara algún texto sobre I Vitelloni y, bueno, a continuación algo que escribí hace exactamente una década sobre esta obra mayor de Fellini...


I Vitelloni (Italia-Francia, 1953), tercer largometraje del maestro Federico Fellini (1920-1993) –o el dos y medio, pues su primera cinta, Luces de Variedad (1950), la había dirigido con Alberto Lattuada-, fue estrenada en nuestro país con el nombre de Los Vagos. No es exactamente el sentido del término “vitelloni” –que, supuestamente, en Rimini, el pueblo natal de Fellini, significa “adolescentes crecidos”- pero, de todas formas, es una traducción eficaz. 
Los “vitelloni” que protagonizan esta película son cinco jóvenes que, a pesar de tener ya más de 20 años, se comportan como si todavía fueran adolescentes: son irresponsables, rechazan todo tipo de obligaciones, tienen sueños imposibles de cumplir y se entretienen en pachangas, carnavales o simplemente paseando por la playa o pateando una lata a medianoches. Sí, son una bola de patéticos vagos buenos-para-nada. Los ninis de la segunda postguerra.
Sobre un guión escrito por él mismo basado en sus recuerdos de adolescencia, Fellini dirigió con energía y sensibilidad esta melancólica comedia autobiográfica que le valió su tercera nominación al Oscar como Mejor Guión y su primer premio importante –el León de Plata de Venecia 1953- antes de su definitiva consagración internacional con La Strada (1954). 
Como de costumbre con Fellini, I Vitelloni no es una historia rígidamente estructurada: su narrativa está conformada por una serie de viñetas (o de plano, francos sketches) que transmiten, más que nada, un ambiente, un estado de ánimo, una forma de vida. Así, he aquí las aventuras amorosas del irrefrenable mujeriego Fausto (Franco Fabrizi), las puntadas del gordazo mantenido Alberto (extraordinario Alberto Sordi), los sueños intelectuales del poetastro Leopoldo (Leopoldo Trieste) o la serenidad de Moraldo (Franco Interlenghi, alter-ego del cineasta), quien un buen día decide dejar el pueblo natal como lo hizo el propio Federico Fellini antes de los 20 años.
Además del impecable manejo de todos los actores –algo que siempre se olvida cuando se habla del cine de Fellini pues se recuerda mucho más la fuerza de su imaginación fílmica- y de la inconfundible música de Nino Rota en su segunda colaboración fellinesca, I Vitelloni destaca entre toda la filmografía del maestro italiano por la perfecta combinación de comedia, melodrama, alegría y amargura. 
Casi todo el cine posterior de Fellini –de La Strada hasta Amarcord (1973), por lo menos- es, acaso, mejor, más ambicioso y más arriesgado, pero I Vitelloni me sigue atrapando cada vez que la veo por esa extraña mezcla de amor, nostalgia y burla que emerge del retrato de este grupo de patéticos pero entrañables indolentes.

martes, 5 de enero de 2016

Snoopy y Charlie Brown: Peanuts la Película



Charles M. Schulz (1922-2000) creó la tira cómica “Peanuts” en 1950, aunque uno de sus dos personajes emblemáticos, el perro beagle Snoopy ya había sido presentado en alguna tira cómica anterior, aunque no con ese nombre. El segundo personaje es, por supuesto, el siempre fracasado Charlie Brown que, dicen por ahí, tenía más de una característica en común con el propio Schulz en su infancia.
“Peanuts” –que, en el argot gringo, es “cosas sin importancia”- se convertiría en una de las tiras cómicas más leídas en la segunda mitad del siglo XX, analizada por Umberto Eco y transformada en una interminable máquina de hacer dinero, con más de medio centenar de episodios televisivos, telefilmes y películas para la pantalla grande.
Snoopy y Charlie Brown: Peanuts la Película (The Peanuts Movie, EU, 2015) es, pues, el cuarto largometraje de Charlie Brown, Snoopy y compañía, pero apenas el primero desde la muerte de su creador, Charles M. Schulz, quien publicó la última historieta de “Peanuts” el 13 de febrero de 2000, un día antes de su fallecimiento. También es el primer largometraje de los personajes de “Peanuts” que no es dirigido ni producido por el sonorense Bill Meléndez (1916-2008), aunque de cualquier manera su presencia es constante en toda la cinta, no solo por el rescate de su estilo de animación, fiel a la tira cómica original, sino porque la voz de Snoopy y de su pequeño camarada plumífero es precisamente la de Meléndez, rescatada de las innumerables obras fílmicas y televisivas anteriores.
Peanuts la Película es un muy consciente y muy disfrutable regreso al origen. Por un lado, apela a la nostalgia de los adultos que alguna vez leímos las desventuras de Charlie Brown pero, por el otro, el guion -escrito en parte por el hijo y nieto de Schulz- presenta a todos los personajes y sus circunstancias casi desde el inicio, como si estuviéramos ante la primera película de todas estas criaturas.
Así pues, vemos de qué manera Snoopy consigue su famosa máquina de escribir en la que imagina sus emocionantes aventuras aéreas combatiendo al implacable Barón Rojo en los cielos de la Primera Guerra Mundial, así como somos testigos del nacimiento de la obsesión de Charlie Brown por la inalcanzable Niña Pelirroja. De hecho, el centro argumental del primer filme de “Peanuts” post-Schulz-post-Meléndez está centrado precisamente en esto último: en atestiguar los esfuerzos del eterno fracasado Charlie Brown para que la nueva compañerita del salón, la bella esquiva Niña Pelirroja, sepa que él existe.
Los herederos de Schulz, el director Steve Martino (La Era del Hielo 4/2012) y la propia casa productora Blue Sky Studios, lograron sostener el equilibrio entre el respeto a la tradición y la renovación de la misma. En el aspecto estilístico, aunque la animación es digital, Charlie, Snoopy y todos los demás personajes aparecen de la misma forma que en la tira cómica, de frente o de perfil; y en el aspecto temático, la historia no traiciona la vocación por la derrota de Charlie pero también nos brinda la satisfacción de ver cómo este melancólico niño cabezón finalmente recibe lo que se merece, la conmovedora descripción de todas sus cualidades: su compasión, su honestidad, su valentía, su nobleza…
Denme un triunfante Charlie Brown, aunque sea por un minuto, y todos los niños tímidos e inseguros que fueron, fuimos y serán, tendrán una razón para seguirlo intentando… y fracasando en el intento, qué remedio. Pero a eso se le conoce como crecer. A eso se le conoce como vivir. (Caray, qué cursilería acabo de escribir. “Good grief!”, diría el propio Charlie Brown).

lunes, 4 de enero de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCCXI



Pues, la verdad, empecé sabiendo muy poco. La cartelera comercial en la primera semana del año no me llamó la atención y, por ende, solo vi El Cumple de la Abuela (México, 2015), primera cinta mexicana estrenada en el 2016 y segundo largometraje de Javier Colinas. 
Esta comedia familiar no es tan fallida como el thriller Detrás del Poder (2013), la opera prima de Colinas, pero le falta la ligereza y el buen humor del episodio "Casco", que el cineasta dirigió para la película colectiva Los Inadaptados (2011). Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. 

sábado, 2 de enero de 2016

45 Años



En la primera escena en interiores de 45 Años (45 Years, GB, 2015), su director, el ascendente cineasta inglés Andrew Haigh (segundo largometraje Weekend/2011, inédito en México; serie televisiva gay Looking/2014-2015), adelanta lo que será, en buena medida, la forma y el fondo de su extraordinario tercer largometraje. 
Realizada en una sola toma extendida de poco más de dos minutos de duración, la escena nos muestra a la maestra retirada Kate Mercer (Charlotte Rampling) llegar a su casa después de la caminata mañanera al lado de su perro Max. Ha recogido el correo y se lo ha entregado a su marido, el administrador también jubilado Geoff (Tom Courtenay). Mientras el hombre, sin rasurar y desgarbado, abre una carta en la mesa de la cocina, la cámara de Lol Crawley sigue a Kate a través de un sencillo paneo a la izquierda, dejando fuera de cuadro a Geoff. Luego, todavía fuera de cuadro, escuchamos al avejentado tipo murmurar que han encontrado a Katya, "mi Katya". Una misiva escrita en alemán y enviada por las autoridades suizas, le informa a Geoff que el cadáver de la tal Katya, una antigua novia a la que conoció antes de casarse con Kate, ha sido encontrado perfectamente conservado en los alpes suizos debido a que un glaciar se descongeló. Cincuenta años antes, Katya y Geoff habían pasado una vacaciones en ese sitio, con rumbo a Italia, pero la muchacha había caído en un hoyo en alguna montaña y su cuerpo nunca había sido encontrado. Medio siglo después, Katya ha regresado a la vida de Geoff. 
He aquí el tema central de la cinta, de clara raigambre joyceana: no tanto el regreso del pasado sino constatar de que el pasado nunca se fue, sino que sigue ahí, más vivo que nunca, más vital que ese presente confortable, plácido y rutinario en el que viven los viejos Kate y Geoff, a punto de celebrar los 45 años de matrimonio del título. Pero anoté antes que en esa primera escena en interiores está, igualmente, la clave estilística del resto del filme: y es que gracias al paneo a la izquierda antes descrito, no conocemos la expresión de Geoff al abrir y leer la carta. Es decir, nosotros vemos a Geoff hasta cuando la cámara sigue a Kate en el paneo de regreso, hacia la derecha, cuando se sienta al lado de su marido para que él le recuerde lo que significó Katya alguna vez en su vida.
Así pues, 45 Años inicia, continúa y, memorablemente, finalizará siguiendo siempre el punto de vista de Kate, esa segura, activa y aún guapa mujer que, en un instante, ve todas sus certezas tambalearse. ¿Por qué balbucea tanto su marido al hablar de Katya? ¿De verdad quiere Geoff ir a Suiza a identificar a su antigua novia cuando ni siquiera se levanta para pasear con el perro? ¿Y por qué él insiste que sí le dijo en su momento cosas que ella no recuerda sobre Katya? En la semana previa a festejar sus 45 años de casados, veremos a Geoff ser acorralado por sus recuerdos y a Kate por sus dudas.
El guion, escrito por el propio Haigh sobre el cuento "In Another Country" de David Constantine, está lleno de sutiles alusiones que nos ayudan a imaginar la vida pasada de esta pareja -liberal, de izquierda, combativa, sin hijos- y, por lo tanto, a entender el momento en el que los conocemos, cuando ella, enérgica como es, está dando los últimos toques a su fiesta de aniversario, y cuando él, tranquilo y apacible, no parece tener otro negocio que deambular por la casa, leer un libro, tomar una taza de té. En la medida que avanza la cinta hacia su devastador final, algunos elementos quedarán más claros -la incertidumbre de Kate se convierte en dolorosa certeza de lo que significó Katya para Geoff- y otros quedarán en la oscuridad -¿Geoff siente de verdad todo lo que dice sobre Kate en el emotivo discurso de la fiesta? 
Sin embargo, hay algo de lo que no tengo la menor duda: que nunca volveré a escuchar "Smoke gets in your eyes", de Los Platters, de la misma forma, y que el rostro de Charlotte Rampling se convierte, en ese impresionante desenlace en puntos suspensivos, en una auténtica pieza de arte por sí mismo.
No sabemos lo que pasará cuando termine la fiesta. Más aún: por lo menos yo, no quiero saber nada más. No quiero saber lo que sucede detrás de esos ojos llorosos de la Rampling, de ese postrer gesto de desesperación en medio del salón de baile. Yo no. Ya no. 

viernes, 1 de enero de 2016

Fotogramas 2015


-"A ver, fíjate bien, ¿sí aparecemos en los fotogramas o no?"



Actuaciones, escenas, secuencias, momentos, música, sonidos, silencios, movimientos de cámara... Los fotogramas del 2015 que se quedaron en mi memoria provenientes de grandes filmes, películas medianas, cintas apenas palomeras y uno que otro churro, porque los momentos de buen cine se pueden encontrar en cualquier parte.

**La mejor actuación infantil del año: la de Denis Muric, como el salvaje "niño lobo" en Nicije Dete.

**La conferencia que da la paciente de Alzheimer Alice (Julianne Moore) frente a otros pacientes de Alzheimer en Siempre Alice. A chillar se ha dicho. Ah, y constatar, otra vez, que Kristen Stewart por supuesto que sabe actuar. 

**La lectura de cierta acta judicial a mil hora en Leviatán, ese opresiva crónica de la Rusia contemporánea. De la Rusia de siempre. 

**El momento en el que el ingobernable hijito desmadroso abre la pantalla en Mommy.

**Un camaleónico Mark Ruffalo; primero, como el fornido hermano mayor de Channing Tatum en Foxcatcher; después, como el inquieto periodista desgarbado de Spotlight. Si no lo nominan al Oscar por este segundo papel me voy a encabronar mucho. La Academia gringa está advertida.

**La voz de Jim Broadbent y la presencia de la infalible Sally Hawkins en el corto ganador del Oscar The Phone Call.

**El sádico oficial japonés Watanabe (Miyavi) en Inquebrantable.

**El encuentro entre LBJ (Tom Wilkinson) y el Dr. King (David Oyelowo) en la Casa Blanca en Selma

**Chris Kyle (Bradley Cooper) apuntándole a una mujer y a un niño en El Francotirador. ¿Les disparará? ¿Tiene que hacerlo? ¿Qué tipo de mundo vivimos en el que su obligación es apretar el gatillo?

**Los diálogruñidos de Timothy Spall en Mr. Turner.

**El famoso pianista Ulrich Thomsen tocando una pieza en el muslo de Aya (Sarah Adler), mientras ella maneja de Tel Aviv hacia Jerusalén, en el cortometraje israelí nominado al Oscar 2015 Aya.

**El reloj que no deja de sonar de No Todo Es Vigilia

**El habla sonorense perfectamente bien capturada en El Jeremías

**La despedida en la terminal de autobuses en El Patrón: Radiografía de un Crimen

**El rapport entre Krystian Ferrer y Tim Roth en 600 Millas. La forma en la que reacciona Ferrer cuando Roth le pregunta si le va a los Dorados ("¡Puro tomatero, qué!"). El sencillo pero cruel desenlace.

**La pragmática abuela en Ixcanul

**La fotografía aérea de Alex Catalán en La Isla Mínima. Y Javier Gutiérrez, por supuesto. 

**El encanto y carisma de Morgana en Made in Bangkok.

**Los tercos habitantes de ese lugar hundido en el agua, Los Reyes del Pueblo que No Existe

**La sangre regada a borbotones en Sangre de Mi Sangre/Musarañas.

**La banda sonora de Stella Candente: Barrièrre, Les Surfs y Francoise Hardy... Terminó en mi playlist fílmico del 2015 en Spotify. Soy un cursi. 

**Las hermanastras malvadas de La Cenicienta. Y la Blanchett... ¿hay que aclararlo?

**Los diálogos de El Escarabajo de Oro y las películas (planeadas) dentro de la película. Sospecho que está basada en situaciones no muy alejadas de la realidad fílmica copro-ductora entre Europa y América Latina. 

**La animación casi delicuescente de Engañando, de Bill Plympton.

**La banda sonora y, en realidad, el sonido mismo todo de El Niño y el Mundo, una de las mejores cintas animadas que vi en el año. 

**El polígono amoroso-sensual de Fort Buchanan

**La manera en la que Dakota Fanning logra que le vendan el fertilizante que necesita en Radicales. Ah, y esa escena de suspenso en la presa...

**La asquerosidad insoportable e irresistible a la que es aficionada Carla Juri en Zonas Húmedas

**La voz de Leonardo Favio, como música de fondo, en el final de Violencia.

**El niño que se suelta con su perorata de conductor de tren en The Iron Ministry.

**Marisa Tomei en El Amor es Extraño. En realidad, Marisa Tomei en donde sea, pues.

**La gnomo de la moda y fashionista Iris Apfel en, por supuesto, Iris

**La escena en la que las ingobernables muchachas de Banda de Chicas cantan y bailan unas rolas en un cuarto de hotel.

**Un desbordado Joe Dante regresando por sus fueros en Enterrando a la Ex. Ashley Green como la exmujer proveniente (casi literalmente) del infierno. 

**El plano secuencia de Victoria. O sea, toda la película. (Por cierto, leí en twitter algunos comentarios en los que comparaban el sostenimiento del plano secuencia en esta cinta con la erección del miembro masculino. Ora sí que cada quien con sus analogías...).

**Oscar Isaac en El Año Más Violento. La mejor actuación que ha dado Al Pacino a través de otro actor. Ah, y también en Ex-Machina. Y en la miniserie Show Me a Hero. ¿En la nueva Star Wars?: no, ahí no. 

**La balacera en el salón de belleza de Tan Negro como el Carbón

**El metalero con su guitarra escupe-lumbre de Mad Max: Furia en la Carretera. Y, claro, Imperator Furiosa. 

**Las niñas de La Casa Más Grande del Mundo.

**"Un poco más", interpretada en el desenlace de Carmín Tropical. "Speak Low", cantada en el mero final de Phoenix. "Smoke get in your eyes", bailado en la última escena de 45 Años. Nunca más volveré a escuchar estas canciones sin recordar esas escenas, esas películas. 

**A propósito de canciones usadas de manera memorable por la lo inesperado de su uso. Cuando los jóvenes xenófobos escuchan "Life is Live" en Wir sind jung. Wir sind stark. Y ese final devastador de guillotina, carajo. 

**Otra canción popular más: la interpretación completita, en voz de Jennifer Jason Leigh, de "Girl Just Wan to Have Fun en Anomalisa

**Las identidades asignadas a Melissa McCarthy en Spy: una Espía Despistada. Las one-liners de la villana búlgara Rose Byrne. Y Jason Statham riéndose de sí mismo. 

**La "criada" limpiando el piso mientras la distante "patrona" lee en su sillón enseñando, de pasada, su piernón loco. La más enferma y conmovedora historia de amor que vi en el año: The Duke of Burgundy

**La idea casi abstracta y la espléndida ejecución de Está Detrás de Ti, la mejor cinta de horror de 2015. 

**Unos pterodáctilos empiezan a atacar y a comerse a los turistas. La gente sale corriendo por todos lados, despavorida. Un tipo cualquier huye aterrorizado... pero sin soltar sus tragos, claro. No vaya a ser que luego escaseen. Ah, y la sexy Miss Howard corriendo en tacones. Sí y qué. Ah, claro: todo en Jurassic World: Mundo Jurásico

**La referencia a Chinatown en Intensa Mente. Y los chalanes que no se cansan de recordar el mismo jingle. Deben ser los mismos que tengo yo, que provocan que no se se me olviden ciertas cancioncitas. Como esta

**Varias escenas en las que, por el hecho de lo que los personajes son sordos, se crea un suspenso insoportable. En La Tribu, claro. 

**La primera carne asada familiar en Las Elegidas. La segunda carne asada familiar, ya con otro significado. 

**La tranquila forma de salir del clóset de Bill Nighy en Pride: Orgullo y Esperanza. Y, en contraste, Dominic West, desatado en el papel de "loca".

**Anaïs Demoustier como la camarera de Alas de Libertad.

**Lou de Laâge, uno de los descubrimientos del año, en Respira

**Las discusiones entre los vampiros compañeros de cuarto de Entrevistas con unos Vampiros. Ah, y los tiritos que se avientan con los hombres lobos. 

**John Turturro en plan de divo en Mia Madre.

**La toma final, en cámara subjetiva, de JeruZalem. Nomás por esa toma se justifica la película.

**Las sucesivas y cada vez más irritantes sesiones de juzgado en La Corte

**La interminable perorata de Sandokán (Roberto Farías) a grito abierto en El Club

**Los dos hijos protagonistas de A Nazy Legacy: What Our Fathers Did, con actitudes encontradas frente al recuerdo de sus padres ya muertos. 

**El admirable, intransigente y "tonto" protagonista de Durak

**La salerosa Jéssica (Camila Márdila) desobedeciendo a su mamá Val (Regina Casé) y tomando la nieve de chocolate que es del hijo del patrón. Pero, ¿no dicen los patrones que la criada Val es "como de la familia"?: Que Horas Ela Volta, el mejor melodrama que vi en el año. 

**El prólogo de Magical Girl. Y José Sacristán, espléndido.

**Las digresiones en flash-back de Michael Peña en Ant Man: el Hombre Hormiga

**Dolorez Fonzi en La Patota

**El flirteo entre Al Pacino y Annette Benning en Directo al Corazón. Y Christopher Plummer, que no puede hacer nada mal. De una vez: de nuevo Christopher Plummer en el entretenido churrito El Gran Impostor

**La música y la escena musical que retrata Edén.

**Rebeca Ferguson en Misión: Imposible - Nación Secreta

**El final -sí, el famoso final- de El Último Paciente. Y Tim Roth. 

**Imogen Poots en Enredos en Broadway, un homenaje entre contemporáneos, de Peter Bogdanovich hacia Woody Allen. 

**Los articulados jovencitos entrevistados en Ultimas Conversas.

**Ramón Barea en El Negociador

**Las vidas femeninas entrelazadas en Loreak.

**Las secuencias de persecuciones marítimas de El Niño

**La escena del restaurante de Shaun el Cordero. Monty Python vía la casa Aardman. 

**Las escenas de acción callejera de '71. Impresionantes. 

**Michael Fassbender en Slow West. ¿Por qué pasó desapercibida esta película?

**Jessica Chastain en Misión Rescate. A ella le creo todo. Y también en La Cumbre Escarlata

**El rolling-gag del policía de tránsito en La Fiesta de Despedida

**La forma en la que Joel Edgerton, el actor y cineasta, rescató la fórmula del thriller paranoico ochentero en El Regalo

**El inicio de Samba, a ritmo de "Catgroove" de Parov Stelar. El carisma de Omar Sy.

**Los diálogos y la vis cómica de Nick Nolte en Grandes Amigos

**Las fotos de Enrique Metidines, su presencia misma, los rostros fascinados/horrorizados del público asistente a una de sus exposiciones, todo en el documental El Hombre que Vio Demasiado.

**El consistente buen humor de Sopladora de Hojas. Y Roberto Jordán en la banda sonora. Ya sabe usted con qué canción. 

**Colin Farrell en The Lobster.

**La edición y el sonido de Desierto

**Alfredo Castro en Desde Allá. Y el final... ese final. 

**Ben Foster como Lance Armstrong en The Program

**Su secuencia inicial. El rittornelo "¿Ayudaría en algo?", musitado por Mark Rylance. Tom Hanks cual James Stewart de nuestra época. Otra obra mayor spielbergiana: Puente de Espías

**Los futuros papás Ben Stiller y Naomi Watts viendo a un bebé jugando con su chunche electrónico en el final de Mientras Somos Jóvenes

**La secuencia inicial luzbekiana, Léa Seydoux caminando en el pasillo de un tren, Ralph Fiennes como un "M" de armas tomar: 007 Spectre, claro.

**El tricerátops y su mascota "Debbie" en Un Gran Dinosaurio.

**La pulga-mascota que cría Toby Jones en Il racconto dei racconti

**La escena inicial cruelmente engañosa de Una Nueva Amiga

**El chocarrero relato "Viernes 31", digno de las Macabras Historias de Horror (1982) de George A. Romero, contenido en el disparejo omnibús-film Cuentos de Terror. Y otro cuento más en esta misma película: "El Rescate de Rudy Rex", que parece haber salido de alguna torcida "Dimensión Desconocida". 

**La invencible ojetez de Marlon Brando en Listen to Me Marlon

**Los niños que no creen que su mamá es su mamá y lo que hacen para demostrarlo en Dulces Sueños, Mamá. ¿Qué tienen los austriacos en la cabeza?

**La presencia de Chad Foster, una especie de sheriff Tommy Lee Jones de Sin Lugar para Débiles, solo que de verdad, en el documental inédito en México Western.  

**La sensible y sorpresiva vuelta de tuerca en el final de El Recuerdo de Marnie

**La tía que evita, a pedrada limpia, que los hombres vean el futbol en Mustang

**Chew y Han Solo en Star Wars: el Despertar de la Fuerza

**El sentimiento creciente de irritación que provoca Los Parecidos hasta que, llegado el momento, esa irritación tiene sentido y justificación. Es más: resulta necesaria. 

**Las continuas negativas a aceptar los crímenes, a pedir perdón, a mostrar aunque sea un ápice de humanidad... La Mirada del Silencio.

**El hermanito menor, articulado y bocón, de Brooklyn.

**El encuentro de la Niña Pelirroja con Charlie Brown en Snoopy y Charlie Brown: Peanuts la Película.

**"¿Cuál nube?, ¡¿cuál nube?!", pregunta mientras mira hacia el cielo Rocky Balboa en Creed.

**Y, finalmente, dos momentos (extra)cinematográficos.
El primero, el haber compartido el pan y la sal -y la deliberación- con la cinecrítica Ella Taylor, mi colega en el jurado FIPRESCI de Palm Springs 2015.
Y el segundo, mi viaje, como invitado del Jerusalem Press Club, a Jerusalén 2015, en donde pasó algo que sólo podía haber sucedido en esa ciudad: estoy en el amplio jardín-balcón de la Cinemateca, la tarde es soleada pero fresca y hago tiempo entre dos funciones. De la nada, el DJ que ameniza la tarde, toca "Always Look on the Brigh Side of Life", la canción que cantan al final los crucificados en La Vida de Brian. A la vista del balcón de la Cinemateca, ahí tras lomita, se ve la ciudad vieja de Jerusalén, la Iglesia del Santo Sepulco y el Gólgota... Varios de los asistentes reconocen la canción, sonríen, empiezan a mover la cabeza, a silbar mientras toman un trago a su cerveza. Un poco de herejía en plena Ciudad Santa.