jueves, 8 de diciembre de 2016

Moana



Hay un momento clave en Moana (Ídem, EU, 2016), el más reciente largometraje animado de la Casa Disney, en la que nuestra protagonista, la Moana del título (voz de Auli’i Cravalho en inglés, de Sara Gómez en español), le dice a alguien, exasperada, que ella no es una ninguna princesa. El otro personaje, lacónico, le aclara: “llevas falda y tienes a tu lado un animal chistoso: claro que eres una princesa”.
En efecto, la cinta dirigida a ocho manos por los veteranos Ron Clements y John Musker –responsables de las mucho mejores La sirenita (1989), Aladino (1992) y Hércules (1997)- y los casi recién llegados Don Hall y Chris Williams –directores de la apenas palomera Grandes héroes (2014)- es una tradicional “película de princesa al estilo Disney”. Aunque, para ser justos, la tradición de la que abreva Moana tiene que ver con el nuevo cine femenino/feminista disneyano, en el que las mujeres ya no necesitan de bules masculinos para nadar.
Moana es, de hecho, una princesa en todos los sentidos: es la heredera del Jefe Tui (Temuera Morrison en inglés, Nando Estevané en español), quien ha gobernado sabiamente la pequeña isla polinesia de Montonui, prohibiendo a toda la población salir del paradisiaco islote en el que vive. El límite infranqueable es un arrecife que marca la frontera entre Montonui y el mar abierto.
Sin embargo, cual sirenita ochentera –recuérdese que Clements y Musker dirigieron ese clásico musical/animado ochentero-, Moana sueña con explorar, conocer, salir hacia el mundo. Inspirada por su abuela Tala (Rachel House en inglés, Angélica Aragón en español), Moana sale de Montonui con el fin de cumplir una tarea heroica: atravesar el océano para regresarle a una diosa cierta piedra mágica que el semidiós Maui (voz de “la Roca” en inglés, de Beto Castillo en español) le robó hace tiempo, so pena que la isla en la que ella vive desaparezca debido a la inanición ecológica.
El trayecto dramático, por partida doble, es todo lo convencional que usted quiera -el rescate ecológico de Montonui pasa por el crecimiento y maduración de Moana-, pero también es irreprochable: a menos que usted se llame Donald y se apellide Trump, ¿quién puede estar en contra de un discurso que enaltece a las jovencitas luchonas, que afirma que hay que proteger a nuestros ecosistemas y que apuesta por conocer el mundo y dejar de vivir aislados?
Por desgracia, el resto de la película no está a la altura de su aplaudible discurso ideológico: las canciones –con la excepción de la graciosa “De nada”, cantada por el vanidoso semidiós Maui- son olvidables, la animación no es particularmente espectacular y en toda la película hay un solo momento ingenioso: la delirante escena de acción en la que un grupo de cocos-pirata (es en serio) ataca a Moana y a Maui.
De cualquier manera, la película dista de ser un desastre: Moana aguanta el palomazo con creces y de principio a fin. Pero a estas alturas del juego, uno espera algo más de la Casa Disney. Y esta vez no lo dio.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente reseña Ernesto... y bueno, en éstos casos los pequeños son el mejor termómetro. El mio no la aguantó, perdió el interes...

A mi francamente me molestaron las canciones. Estan de mas. No funcionan como en Frozen por ejemplo, y pecado mortal, alargan innecesariamente la película...

El semidios, sus tatuajes vivientes y los cocos pirata sin duda lo mejor y mas divertido...

Saludos

Joel Meza dijo...

"Bules masculinos". Chilo eufemismo.

Ernesto Diezmartínez dijo...

Anónimo: Es curioso como la mejor escena de la cinta se debe al ridículo macho egocéntrico y no a la protagonista.