martes, 27 de diciembre de 2016

La llegada



Faltando media hora para el desenlace de La llegada (Arrival, EU, 2016), octavo largometraje del franco-canadiense hollywoodizado Dennis Villeneuve (interesante pero quebrada La mujer que cantaba/2010, churro bien filmado Tierra de nadie: Sicario/2015), uno empieza a vislumbrar que, acaso, la película que uno ha estado viendo es otra cinta muy diferente. Cuando el filme ha terminado, uno entiende que, en efecto, lo que empezamos a ver es algo muy distinto a lo que acaba de finalizar. Y, de hecho, mucho mejor.
Basado libremente en el extraordinario cuento de ciencia ficción “La historia de tu vida”, de Ted Chiang –libro de cuentos disponible en español en editorial Alamut-, el filme inicia con la reflexiva voz en off de nuestra protagonista, la solitaria maestra de lingüística Louise Banks (Amy Adams, con otra nominación al Oscar en su bolsa), quien se pregunta acerca del verdadero inicio de la historia que vamos a ver.
Convencionalmente hablando, La llegada inicia cuando doce naves extraterrestres llegan a nuestro planeta para permanecer suspendidas a unos cuantos metros del suelo. Las naves parecen una suerte de rocas enormes, negras, de forma ovoide, planas de un lado: haga de cuenta como piedras de río, pero grandotas. Un militar (Forest Whitaker) llega a la elegante casa en donde vive la doctora Banks para encargarle la misión de tratar de comunicarse con los extraterrestres que han llegado a la Tierra sea como turistas, sea como científicos, sea como sea. Cuando llega al campamento militar de Montana donde se encuentra una de las naves espaciales, Banks se encuentra con el físico Ian Donnelly (Jeremy Renner), encargado a su vez de dirigir un equipo de científicos que tratan de entender quiénes son los aliens, qué tan avanzados son, cómo llegaron a nuestro planeta, etc.
Pasada la sorpresa de Banks –y de nosotros- después de conocer a los extraterrestres –una especie de pulpos de siete tentáculos cuyas extremidades se convierten en algo parecido a estrellas de mar-, la narración fílmica alterna lo que parece una serie de flashbacks acerca de la tragedia personal de Louise –se casó, tuvo una hija, se separó, la niña murió de una enfermedad incurable- con el presente, es decir, con las enormes dificultades que tiene la talentosa lingüista para entender la escritura de los heptápodos (o sea, esos seres extraños de siete patas), quienes se comunican haciendo círculos de tinta en el aire.
Humanos y aliens intercambian información dentro la nave espacial, separados únicamente por una enorme pantalla rectangular que asemeja una pecera o, por supuesto, una sala de cine. Los ojos de Banks –probablemente esta sea la película en la que mejor han sido usados los ojos de Amy Adams- se abren desmesuradamente, comunicando el asombro, la ansiedad, el miedo, la emoción de encontrarse en ese sitio, haciendo historia. Lo que ella no sabe, por lo menos en ese momento, es que el destino de su vida futura se está decidiendo en esos mismos instantes. O más bien, que ya se decidió.
Es cierto que la vuelta de tuerca que vemos cerca del desenlace –que no está en el cuento original de Chiang, por cierto- deja uno que otro cabo suelto, pero el desliz se justifica con creces: la paradoja temporal que vemos en cierta escena clave de La llegada –lo más cercano a una escena de acción que vemos en toda la película- no desmerece con la creciente emoción que provoca el darnos cuenta de lo que ha sucedido y lo que sucederá en la vida de Louise. En ese sentido, el guion escrito por Eric Heisserer termina respetando, por otra vía, el tema filosófico contenido en el relato de Chiang.
Y no diré más porque el misterio está para ser descubierto por cada espectador. Solo agregaré que, con las debidas distancias, Villeneuve y Heisserer nos han entregado con La llegada el 2001: Odisea espacial (1968) del nuevo siglo. O, si quiere, el nuevo Solaris (Tarkovsky, 1972). Y no estoy exagerando. Bueno, acaso un poco. 

4 comentarios:

Christian dijo...

Me gustó todo en esta película. La foto, las atmosferas que logra construir Vileneuve, el misterio, el trabajo de Adams, esa cosa loca que logra unir mediante un ¿paralelismo? la forma que tienen los aliens de escribir y la forma en como está construida la narrativa de la pelicula (cosa que no digo oara no caer en los spoilers) y, finalmente, mi parte favorita: ese final que pega como patada de mula. Quien diga que es una cursilada no tiene corazón. O no es papá...

Ese Don Diezmartinez me dijo que, una vez que eres papá, aprecias el cine de forma distinta. Razón que tenía.

McCloudKen dijo...

También me gusto mucho la película. De lo mejor de este año.

Joel Meza dijo...

Sí, de lo mejor de 2016. ¿2001 o Solaris? Sólo en propuesta filosófica, pienso. Para mí el lastre es esa embarrada innecesaria de película de acción, que le resta tiempo a continuar desarrollando en pantalla el mutuo aprendizaje y el cambio de la mente del personaje de Adams.
En mi opinión y después de ver Prisioneros (la de Jackman), Villeneuve no confía en la fuerza de sus propuestas y se siente obligado a amarrar artificialmente cabos que no lo necesitan.

Ernesto Diezmartínez dijo...

Christian: Ve Buscando a Nemo otra vez y verás.

Joel: Forget it, Joel. It's Hollywood.