lunes, 27 de julio de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCVIII



El Hombre de las Multitudes (O homem das multidoes, Brasil, 2013), de Marcelo Gomes y Cao Guimaraes. Notable colaboración del documentalista Guimaraes y del director de ficción Gomes, ganadora de varios premios en Guadalajara 2014, donde la vi. Escribí de ella por acá.

Está Detrás de Ti (It Follows, EU, 2014), de David Robert Mitchell. Una película de horror casi abstracta, con una premisa elemental y una puesta en imágenes notable. Lo mejor que he visto del género en el año. Mi crítica, en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado

Hermosa Juventud (España-Francia, 2014), de Jaime Rosales. Natalia (Ingrid García Jonsson) y Carlos (Carlos Rodríguez) están en sus primeros veintes, son novios, viven con sus respectivas mamás y no tienen futuro promisorio delante de ellos, como el resto de los jóvenes españoles de su misma edad. Para empeorar la prospectiva, Natalia ha dejado la universidad y Carlos planea negocios que no funcionan. En este escenario gris y depresivo, el recibir 600 euros por hacer una película porno amateur no resulta una mala idea.
Rosales dirige en un tono seco, semidocumental, esta crónica del desencanto de toda una generación española, que no tiene futuro dentro del país ni tampoco fuera de él, en ese "sueño alemán" que, en el mejor de los casos, puede dar para sobrevivir y muy poco más. Pero para algo puede servir la experiencia aquella de hacer la película porno en España. ¿O no?

El Capital Humano (Il Capitale Umano, Italia-Francia, 2013), de Paolo Virzi. La ganadora del David di Donatello 2014 a Mejor Película -el Oscar italiano, para mayores señas- es un efectivo melodrama social narrado a partir de los puntos de vista de tres protagonistas: el arribista vendedor de bienes raíces Dino Ossola (Fabrizio Bentivoglio), su hija adolescente Serena (Matilde Gioli) y la esposa de un financiero transa, la elegante Carla Bernaschi (Valeria Bruni Tedeschi). Las vidas y fortunas de los Ossola y los Bernaschi se entrecruzarán debido al atropellamiento de un pobre tipo que sucede en el prólogo de este filme dividido en cuatro episodios, tres de ellos cubriendo más o menos el mismo espacio temporal/dramático, a lo Amores Perros (González Iñárritu, 2000).
La cinta inicia muy bien y el reparto -en especial Bruni Tedeschi- no merece reproche alguno, pero en la medida que se van sucediendo los episodios, la historia van desembocando en el melodramatismo más arbitrario e histérico. Al final de cuentas, queda la sensación de haber visto una telenovela sobreproducida y muy bien actuada.

sábado, 25 de julio de 2015

El Hombre de las Multitudes



Basada vagamente en el cuento homónimo de Edgar Allan Poe y dirigida a cuatro manos por el director de ficción Marcelo Gomes (Cine, Aspirinas y Buitres/2005, Érase una Vez Yo, Verónica/2012) y el documentalista Cao Guimaraes (El Fin del Sin Fin/2001, El Alma del Hueso/2004), El Hombre de las Multitudes (O homem das multidoes, Brasil, 2013), fusiona la mirada minuciosa del documentalista Guimaraes con la sensibilidad y el humor del mejor Gomes.
Juvenal (Paulo André) es un solitario operador del metro en la emblemática Belo Horizonte, ciudad natal del co-director Guimaraes. Desde las primeras imágenes, la cámara de Ivo Lopes Araújo -Mejor Fotografía en Guadalajara 2014- aísla a Juvenal en el encuadre cuadrado 3 x3: sólo él aparece en foco, rodeado de las multitudes del título. El tipo camina y observa, se detiene frente a un aparador, se sienta y ve "con minucioso interés la innumerable variedad de figuras, atuendos, portes, andares, rostros y expresiones de los semblantes", como dice el narrador del cuento original de Poe. Juvenal sonríe ante la felicidad de los demás, aunque él no es feliz. Vive en un pequeño apartamento, su refrigerador está siempre vacío y la única conversación que tiene es consigo mismo.
Pero el observador Juvenal es también observado. Margo (Silvia Lourenco), su compañera de trabajo, controladora del metro, lo ve continuamente en las cámaras de vigilancia. Ella misma, aunque tiene una personalidad mucho más abierta, tampoco es el ejemplo de una vida social muy emocionante que digamos: cuando llega del trabajo, no hace más que alimentar a sus peces de computadora. Un buen día, sin venir a cuento, Margo le pide a Juvenal que sea su testigo en su boda. 
Guimaraes y Gomes -autores ellos mismos de la adaptación del relato de Poe- logran sostener con alfileres un relato construido en base de las miradas de este par de personajes pasivos y de una multitud de pequeños detalles que se van acumulando y se vuelven significativos por el emplazamiento de la cámara de Lopes Araújo o por el exacto acomodo de los actores, como esa suerte de imagen especular de Juvenal y del padre de Margo en la boda de ella, por ejemplo.
La música y el diseño sonoro de O Grivo -colaborador habitual de Guimaraes- acompañan a la perfección las soledades de Juvenal y Margo, y cierta canción, "Felicidade", interpretada en la escena de la boda, llega a transmitir un genuino pathos pues, a estas alturas del juego, nos hemos acostumbrado a nuestros dos protagonistas. Mejor aún: nos han llegado a interesar. Y, claro, queremos que todo termine bien, con boda incluida. Pero, ¿era esa boda?

viernes, 24 de julio de 2015

Retrospectiva: 100 años de Kon Ichikawa: Fuego en la Llanura




Fuego en la Llanura (Nobi, Japón, 1959), cuadragésimo largometraje de Kon Ichikawa, fue realizado por el director nipón en su etapa más oscura y prolífica como cineasta. Y es que después de realizar una serie de comedias ligeras y sátiras costumbristas a inicios de los 50 para la casa Toho, Ichikawa cambió de registro -aunque no necesariamente de discurso- al empezar a trabajar para la Nikkatsu, en donde realizó su primera obra mayor "seria", El Arpa Birmana (1956). 
Luego, al cambiarse a la casa Daiei, realizó la que sería su película favorita entre todas las que dirigió -la provocadora Conflagración (1958)-, a la que le siguió el torcido melodrama sexual Extraña Obsesión (1959) y, posteriormente, Fuego en la Llanura, que algunos consideran no solo la mejor película antibélica de Ichikawa sino, de hecho, una de las mejores cintas antibélicas en la historia del cine japonés. La película fue reconocida, en su momento, dentro y fuera del archipiélago nipón: ganó en Locarno 1961 el premio a la Mejor Película y la canónica revista nipona Kinema Junpo le otorgó al filme los galardones de Mejor Actor (un impresionante Eiji Funakoshi) y Mejor Guion (a la habitual colaboradora de Ichikawa, su esposa Natto Wada).
La cinta inicia abruptamente, in media res, con el tuberculoso Tamura (Funakoshi) siendo expulsado del campamento militar por el jefe de su escuadrón, quien no quiere soldados enfermos con él. Aunque no hay leyenda alguna que nos aclare dónde estamos, es obvio que el escenario es la campaña japonesa en Filipinas, muy cerca del fin de la Segunda Guerra Mundial. Los americanos han llegado al Pacífico para quedarse y los japoneses están en retirada, huyendo, escondiéndose o de plano pensando en rendirse ante los soldados gringos, a los que ven como gente honorable que los tratarán bien y les darán de comer.  Al ser expulsado del campamento, Tamura tomará el camino de regreso al hospital -en donde tampoco lo quieren: no hay espacio para él- y, luego, ya sea solo o acompañado por otros militares igual de piltrafas como él, rumbo a las costas de Palompon, en donde se supone que todavía hay fuerzas japonesas peleando. 
El guion premiado de Wada, sobre una novela de Shohei Ooka, tiene la estructura de una odisea picaresca pero en un escenario de auténtico horror. A lo largo del filme, nuestro héroe Tamura es una suerte de Lazarillo -o Periquillo, si usted quiere- que se va encontrando, en cada episodio, con escenarios y personajes que representan el absurdo de la guerra, desde el soldado inválido que trafica comida por hojas de tabaco, hasta el anciano enloquecido que dice que un avión de Taiwán llegará por él, pasando por el soldado que dizque caza "monos" para comérselos.
Tamura es un hombre común, no es el más valiente de todos los soldados, pero tampoco un cobarde que corre a rendirse a la primera provocación. Camina por las llanuras filipinas en un perpetuo estado de desconcierto: si llega a usar su arma para matar a alguien -a una jovencita histérica, por ejemplo-, lo hace por impulso y no por crueldad. Y si sobrevive contra todo pronóstico, esto se debe más al caprichoso azar que a alguna virtud específica: la vida y la muerte en el dantesco escenario bélico que nos presenta Ichikawa no tiene que ver con la justicia, sea divina o humana. La muerte puede fingirse -los hombres que se tiran al lodo cuando pasa un avión gringo rafagueándolos- para luego convertirse en real; la muerte puede confundirse -el tipo que tiene su cara hundida en un charco ¿para refrescarse?-; la muerte puede ser la última apuesta para no perder la humanidad.
Ichikawa y sus fotógrafos Setsuo Kobayashi y Setsuo Shibata lograron una serie de imágenes antológicas, una tras otra, sin descanso, a la altura de otras obras maestras del cine (anti)bélico como Cuatro Hermanos (Ford, 1928), Patrulla Infernal (Kubrick, 1957) o la monumental trilogía japonesa La Condición Humana (Kobayashi, 1959-1961). Por ejemplo, los cansados soldados nipones cavando inútiles trincheras con cucharas y vasijas, una pila de cadáveres en el atrio de una iglesia católica, el cruce por una ciénega en plena noche, un grupo de soldados gateando y encontrándose con las luces de unos tanques americanos, el campo regado de cuerpos recién masacrados, un soldado enloquecido comiendo lodo... Y esa imagen final, terrible e inolvidable: Tamura con los brazos arriba, dispuesto a rendirse, dispuesto a ver "gente normal". Pero, ¿puede haber gente normal en una guerra? 

miércoles, 22 de julio de 2015

El cliché que yo ya vi/CXXXI





Joel Meza propone:

Todo depende del cristal con que NO se mira. En las películas, cuando los personajes discuten algún plan frente a pantallas de computadora, éstas siempre estarán colgadas en medio de la habitación y serán completamente transparentes, de modo que los espectadores podamos ver en todo momento las caras de los actores, que simulan ver las gráficas proyectadas y que, por cierto, aunque bastante coloridas, también son transparentes. Las pantallas transparentes son muy bonitas pero, en el mundo real, las imágenes tendrían que ser opacas para que los personajes no se distrajeran con todo lo que pasa detrás.

martes, 21 de julio de 2015

Retrospectiva: 100 años de Kon Ichikawa: Las Hermanas Makioka



De la generación de cineastas japoneses debutantes después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el prolífico y versátil Kon Ichikawa (1915-2008) es el más difícil de clasificar. Recién graduado, Ichikawa empezó a trabajar en la industria fílmica nipona como animador y supervisor de cortometrajes animados en la J.O. Film Studios de Kyoto en 1933. Al finalizar la guerra, su primer largometraje, realizado para la casa Toho de Tokio, fue Musume Dojoji (1946), que había sido planeado como animación, pero terminó siendo hecho con muñecos.
Durante las siguientes décadas, hasta su retiro, dos años antes de su muerte, Ichikawa pasó por todos los géneros habidos y por haber: comedias satíricas, melodramas familiares, filmes antibélicos, cine de samuráis, películas de detectives, documentales deportivos y de otra naturaleza -su filme Las Olimpidas de Tokio (1965) es considerado una de las obras maestras del cine olímpico, al nivel del clásico XI Olimpiada: Fiesta de las Naciones (Riefenstahl, 1938)- y hasta películas infantiles -en su filmografía aparece una cinta de Topo-Gigio.
Tal vez esta enorme variedad en su obra y por su constante apelación a las fórmulas comerciales de su industria nacional, Ichikawa no fue nunca tan reconocido internacionalmente como su compañero de generación, Nagisa Oshima (1932-2013) quien, por cierto, decía que Ichikawa no era un gran cineasta sino, cuando mucho, un buen ilustrador. Ichikawa, por su parte, aceptaba de buen grado esta etiqueta: él había entrado al cine gracias a su admiración por Walt Disney.
La Cineteca Nacional ha iniciado la Retrospectiva de Kon Ichikawa con una de sus películas tardías más celebradas dentro y fuera de Japón: Las Hermanas Makioka (Sasame-yuki, Japón, 1983), su largometraje número 68. 
Sobre la novela La Nieve Tenue (1947) de Jun'ichiro Tanizaki -considerada como una de las novelas japonesas claves de la segunda mitad del siglo XX-, he aquí la historia de las cuatro hermanas Makioka del título en la Osaka del inicio de la Segunda Guerra Mundial, de 1938 hasta 1941. Las hermana mayor, Tsuruko (Keiko Kishi), casada con el ejecutivo bancario Tatsuo (el futuro cineasta Juzo Itami, director del inolvidable ramen-western Tampopo/1985), vive en Osaka y es la guardiana de la herencia de la familia Makioka, muy venida a menos desde que el fallecido patriarca dejó los negocios en la ruina. La segunda hermana, Sachiko (Yoshiko Sakuma), casada con un empleado comercial Teinosuke (Kôji Ishizaka), vive en la ciudad cercana de Ashiya y en su casa viven sus dos hermanas menores, la silenciosa pero determinada Yukiko (Sayuri Yoshinaga) y la jovencita rebelde Taeko (Yûko Kotegawa), quien quiere recibir su dote para independizarse y levantar su propio negocio de fabricación de muñecas.
El problema principal de una familia de tal abolengo como los Makioka es, por supuesto, conservar el prestigio en un Japón cambiante y contradictorio, que mira con admiración hacia Occidente, pero que también busca conservar sus tradiciones. La primera responsabilidad de Tsurujo, como hermana mayor, y de Sachiko, como la hermana responsable del cuidado de sus dos hermanas menores, es conseguir el mejor partido, tanto para Yukiko como para Taeko y, por supuesto, en ese orden, porque no estaría bien que se casara primero la más pequeña.
Las Hermanas Makioka inicia con las cuatro mujeres saliendo al campo a la ceremonia del "hanami", es decir, a darle la bienvenida a la primavera. Desde tiempos inmemoriales, entre finales de marzo e inicios de abril, la gente en Japón sale a contemplar el florecimientos de los cerezos, lo que marca el fin del invierno y el inicio de la primavera como la renovación de la vida misma. Así pues, lo largo de la película, al estilo de los famosos planos-pausa a la Ozu, Ichikawa irá separando los acontecimientos familiares de las Makioka con encuadres hacia la naturaleza: el cielo, el campo, una cascada, los cerezos en flor...
Estamos ante un melodrama familiar y femenino con todas las de la ley, impecablemente fotografiado tanto en interiores como en exteriores, e interpretado con sublime sutileza especialmente por un fascinante reparto femenino, que hace de la contención una virtud: bastan un desvío de la mirada, una sonrisa medio escondida, un mohín desafiante, un gesto de sorpresa o una lágrima furtiva para transmitir todo aquello que los personajes no quieren -o no pueden- externar libremente.
El guion escrito por Ichikawa -en colaboración con Shin'ya Hidaka- apenas si puede contener en los 140 minutos de duración del filme las más de 500 páginas de una historia que parece muy sencilla, banal y cotidiana, pero que tiene que ver, en el fondo, con el sentido de la vida misma: qué hacemos para definir lo que somos, qué decisiones tomamos, a qué renunciamos en busca de la felicidad y qué nos callamos porque somos incapaces de levantar la voz... aunque la mirada nos delate. 

lunes, 20 de julio de 2015

Ant-Man: El Hombre Hormiga



La cosecha de monitos nunca se acaba. Y si son de la Marvel, menos. El súper-héroe marveliano de la semana es Ant-Man, un personaje que apareció en Marvel Cómics en 1962 y del que, debo confesar, no tenía idea de su existencia. Como su nombre lo indica, su súper-poder tiene que ver con ser un “hombre-hormiga”: no solo con poder disminuir su tamaño hasta confundirse con un insecto, sino que tiene la posibilidad de comunicarse con todo tipo de hormigas, que se transforman en su fidelísimo ejército personal.
Como toda primera entrega súper-heroica, Ant-Man: El Hombre Hormiga (Ant-Man, 2015) traza los orígenes de nuestro héroe. En este caso, se trata de Scott Lang (Paul Rudd), un delincuente que, antes de ser Ant-Man ya fue heroico, pues logró hackear las cuentas de una malévola compañía para regresar el dinero que ésta le había robado a miles de clientes.
Lang es contactado por el brillante científico Hank Pym (Michael Douglas, nada menos), quien hace tiempo creó la Pastilla de Chiquitolina –o algo así. El chiste es que Pym se ha negado vender su creación a los malvados que nunca faltan, pero su protegido, el ambicioso Darren Cross (Corey Stoll), está cerca de llegar al mismo descubrimiento de Pym y no tiene los mismos escrúpulos que su maestro, por lo que el viejo científico tiene que impedir que su invención llegue a las manos de Hydra, la organización delictiva más poderosa del planeta Tierra –después del Partido Verde, claro está. Total, que para salvar oooooootra vez a mundo, Pym reclutará a Lang, lo entrenará como Hombre Hormiga y lo guiará para que entre a los laboratorios de Cross y se robe el traje que ha creado el malvado heredero despechado. 
Ant-Man es una divertida e ingeniosa cinta súper-heroica la mitad del tiempo –los primeros 30 minutos más la última media hora- con un bostezante agujero cómico/dramático en medio. En los primeros minutos, cuando vemos a Lang tratar de re-hacer su vida mientras comparte un pinchurriento cuarto de hotel con un trío de malandrines comandando por su amigo chicano Luis (Michael Peña), la cinta avanza con gracia y ligereza, especialmente por la agradable presencia de Paul Rudd y la vis cómica de Peña, quien se roba cada escena en la que aparece.
Luego viene una hora de explicaciones sobre la Partícula Pym, una buena dosis de blablabá sobre los conflictos de Pym con su hija Hope (Evangeline Lily) y con su hijo putativo y despechado Cross, más el consabido entrenamiento de Lang hasta que el buenazo caco llega a dominar la técnica de hacerse chiquito y manipular a las hormigas cual acarreados priístas chiapanecos. 
Por fortuna, la última parte, cuando Lang y el trío de reaparecido malandrines con Michael Peña a la cabeza ejecutan el golpe contra Cross, el buen humor vuelve por sus fueros. El director Peyton Reed dirige la acción en un tono de franco auto-escarnio súper-heroico, a tal grado que la escena climática ocurre en las vías de un trenecito de juguete. 
Para los estándares de las cintas “Vengadoras”, que acostumbran elevar por los aires ciudades enteras, destruir medio Nueva York o poner en peligro a todo un planeta, la acción en Ant-Man es lo más cercano al minimalismo que podrá estar la Casa Marvel. Por eso mismo, la película termina provocando una sonrisa si no de satisfacción, por lo menos de alivio: he aquí una cinta de la Marvel que, por lo menos, aguanta el palomazo.

domingo, 19 de julio de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCVI y CCXCVII




La Princesa de Francia (Argentina, 2014), de Matías Piñeiro. El más reciente filme de Piñeiro  se ubica de nuevo, como en las anteriores y superiores Rosalinda (2011) y Viola (2012), alrededor de una troupe de jóvenes actores que están montando una obra de Shakespeare. En este caso, se trata de Trabajos de Amores Perdidos (1595-1596), adaptada por el director/productor Víctor (Julián Larquier Tallarini) a la radio. 
El tal Víctor acaba de llegar de México, en donde estuvo viviendo un año, y se encuentra con cinco mujeres con las que tuvo alguna relación: su actual novia, su exnovia, su amante, un faje ocasional y una amiga, con quienes busca montar la citada pieza shakespeariana.
Por qué todas estas mujeres están tan interesadas en el opaco Víctor es un misterio que Piñeiro no se interesa en resolver. Lo suyo son las iteraciones dramáticas –cierta escena se repite en tres ocasiones con diferentes personajes femeninos- y los juegos formales –esa espléndida escena inicial que empieza con un paneo en plano general alejado en el que vemos un futbolito de salón- que, a estas alturas, después de ver las cuatro anteriores cintas del joven director bonaerense, me empiezan a cansar.
Abundan los encuentros, desencuentros, caprichos y la alusiones a la fidelidad (real o imaginada), muy al tono de las propias comedias shakespearianas homenajeadas/fagocitadas por Piñeiro que, con La Princesa de Francia ha realizado otro de sus caprichosos ensayos sobre la (in)consistencia del amor. Nada del otro mundo: ya lo había hecho antes y, sobre todo, mejor.

Viento Aparte(México, 2013), de Alejandro Gerber. Dos adolescentes, Omar y Karina (Sebastián Cobos y Valentina Buzzurro), de vacaciones con sus papás en alguna playa de Oaxaca, tiene que tomar la carretera ellos solos después de que su madre (Úrsula Pruneda) es llevada de emergencia a un hospital debido a una fulminante embolia. Así pues, con unos cuantos pesos en la bolsa, los muchachos atraviesan el país rumbo a Paquimé, Chihuahua, donde vive su abuela. En el camino, previsiblemente, se encontrarán con el México dividido y violento -pero también generoso y solidario- que este tipo de cintas obliga. No hay nada que distinga de manera especial a esta película aunque también es cierto que se deja ver sin mayor problema.

Respira (Respire, Francia, 2014), de Mélanie Laurent. El segundo largometraje como directora de la actriz Laurent es un sólido thriller femenino, influido por las tensiones sexuales y de clase de la mejor Patricia Highsmith. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes 19 de julio.

En los Jardines del Rey (A Little Chaos, GB, 2014), de Alan Rickman. Impecablemente producida y bien interpretada esta cinta de época sobre la construcción de los jardines reales en el Versalles de Luix XIV (el director Rickman) no me podría haber interesado menos. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado.

Maidán (Maidan, Ucrania-Holanda, 2014), de Sergei Loznitsa. El sexto largometraje -cuarto documental- del cineasta bieolorruso Loznitsa es una necesaria crónica visual de la sangrienta represión que ocurrió en enero-febrero de 2014 en la plaza ucraniana de Maidán, ordenada por el régimen pro-ruso de Yanukovich. 
Por desgracia, cinematográficamente hablando, la película nunca deja de ser precisamente eso: una crónica visual captada por un encuadre casi siempre fijo y distante. Esta estrategia en la puesta en imágenes y en la edición de Loznitsa puede tener sentido y ser todo lo democrática que se quiera -no nos enfocamos en los líderes sino en la ¿noble? masa (des)organizada-, pero dramáticamente hablando se vuelve nebulosa y repetitiva. 

Ant-Man: El Hombre Hormiga (Ant-Man, EU, 2015), de Peyton Reed. Como suele suceder con las entregas iniciales de la Marvel -pasó con Iron Man (Favreau, 2008), Capitán América: el Primer Vengador (Johnston, 2011), y Thor (Brannagh, 2011)- esta primera entrega de El Hombre Hormiga logra presentarnos al nuevo personaje de forma ligera y divertida. Seguramente en las secuelas, Marvel echará a perder todo.

Fango (Argentina, 2012), de José Celestino Campusano. El quinto largometraje del prácticamente desconocido en México Campusano es un verdadero descubrimiento. Estamos ante una cinta hecha al margen y sobre la marginalidad argentina: en algún barrio bajo que más parece ámbito rural que urbano, un par de músicos, El Brujo y El Indio, tratan de levantar una banda de "Tango-Trash" mientras, al mismo tiempo, la esposa de El Brujo, Beatriz, tiene sus quereres con un tal Rubén, un hombre casado y mujeriego. La esposa de Rubén le pide a su prima, Nadia, una brava expresidiaria y lesbiana, que le pegue un susto a la mancornadora, así que Nadia, muy obediente, secuestra a Beatriz.
Años luz del pesado cine festivalero argentino -ese que se hace para ganar premios en Europa y hacer delirar a sus publicistas/programadores-, Fango desecha la inercia contemplativa tan de moda para entregar un relato sucio pero vibrante, con personajes que hablan, discuten, pelean y siempre están tomando decisiones. Sin duda, las actuaciones son disparejas y la puesta en imágenes descuidada, pero la historia, sus personajes y el pulso narrativo del director nos obliga a no dejar de ver la pantalla. 

viernes, 17 de julio de 2015

Jerusalén 2015... en un vistazo



Mañana viernes termina el Festival de Cine de Jerusalén 2015 y antes de reportar la lista de ganadores y mis comentarios finales, he aquí 42 cintas programadas en el festival en orden de preferencia. La calificación positiva va de uno a cuatro asteriscos; la negativa, de una a dos cruces.

Que Horas Ela Volta? (Brasil, 2015), de Anna Muylaert. Panorama: ***1/2

Wir sind jung. Wir sind stark. (Alemania, 2014), de Burhan Qurbani. Spirit of Freedom: *** 1/4

La Corte (Court, India, 2014), de Chaytania Tamhane. Spirit of Freedom: ***

El Club (Chile, 2015), de Pablo Larrain. Panorama: ***

Durak (Rusia, 2014), de Yuriy Bikov. Spirit of Freedom: ***

Pride (Alemania-Bulgaria, 2013; 30 minutos), de Pavel Vesnakov. International Shorts: ***

Canciones del Segundo Piso (Sanger fran andra vaningen, Suecia-Noruega-Dinamarca, 2000), de Roy Andersson. Roy Andersson's Trilogy: ** 1/2

600 Millas (México, 2015), de Gabriel Ripstein. Debuts: ** 1/2

Victoria (Ídem, Alemania, 2014), de Sebastian Schipper. Panorama: ** 1/2

Una Chica Regresa Sola a Casa de Noche (A Girl Walks Home Alone at Night, EU, 2014), de Ana Lily Amirpour. Into the Night: ** 1/2

Mia Madre (Italia-Francia, 2015), de Nanni Moretti. Cinta inaugural: ** 1/2

En el Sótano (Im Keller, Austria, 2014), de Ulrich Seidl. Masters: ** 1/2

Corpo Celeste (Italia-Suiza-Francia, 2011), de Alice Rohrwacher: Panorama: ** 1/2 

Iris (Ídem, EU, 2014), de Albert Maysles. Albert Maysles Tribute: ** 1/2

Aya (Israel-Francia, 2012; 39 minutos), de Oded Binnun y Mihal Brezis. International Shorts: ** 1/2

Bogaloo and Graham (GB, 2014; 40 minutos), de Michael Lennox. International Shorts: ** 1/2

La Lampe au Berre de Yak (China-Francia, 2013), de Wei Hu. International Shorts: ** 1/2

Tú que Estás Vivo (Du Levande, Suecia-Alemania-Francia-Dinamarca-Noruega-Japón, 2007), de Roy Andersson. Roy Andersson's Trilogy: **

Ixcanul (Guatemala-Francia, 2015), de Jayro Bustamante. Debuts: **

Sholsha Yamim ve Yeled (Israel, 1967), de Uri Zohar. JFF Clasics: **

Vita Activa, The Spirit of Hannah Arendt (Israel, 2015), de Ada Ushpiz. The Van Leer Awards for Israeli Cinema. Documentary Film: **

Every Face Has a Name (Suecia, 2015), de Magnus Gertten. Jewish Experience: **

Jauja (Argentina-Alemania-Dinamarca-México-Brasil-Francia-EU, 2014), de Lisandro Alonso. Panorama: **

The Man in the Wall (Israel, 2015), de Evgeny Ruman. The Haggiag Awards for Israeli Cinema. Full Lenght Films: **

Tussen 10 en 12 (Holanda-Bélgica-Francia, 2014), de Peter Hoogendoorn. Debuts: **

El Cielo Sabe Qué (Heaven Knows What, EU, 2014), de Ben y Joshua Safdie. Panorama: **

Von Caligari zu Hitler: Das deutsche Kino im Zeitalter der Massen (Alemania, 2015), de Rüdiger Suchsland. Cinemania: **

A Nazy Legacy: What Our Fathers Did (GB, 2015), de David Evans. Jewish Experience: **

Tri ditare dhe nje varje (Kosovo-Alemania, 2014), de Isa Qosja. Spirit of Freedom: **

Whale Valley (Dinamarca-Islandia, 2013; 15 minutos), de Guomundur Arnar Guomundsson. International Shorts: **

Shipwreck (Holanda, 2014; 15 minutos), de Morgan Knibbe. International Shorts: **

Rak ti Kohn Kaen (GB-Francia-Alemania-Malasia-Tailandia, 2015), de Apichatpong Weerasethakul. Masters: * 3/4

Lucifer (México-Bélgica, 2014), de Gust Van den Berghe. Panorama: * 3/4

Wounded Land (Israel, 2015), de Erez Tadmor. The Haggiag Awards for Israeli Cinema: Full Lenght Awards: * 1/2

Dólares de Arena (México-Argentina-República Dominicana, 2014), de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas. Panorama: *1/2

The Phone Call (GB, 2013; 20 minutos), de Mat Kirkby: * 1/2

Parvaneh (Suiza, 2012; 25 minutos), de Talkhon Hamzavi. International Shorts: * 1/2

L'Ombre de Femmes (Francia-Suiza, 2015), de Phillippe Garrell: *

Dreams Rewired (Austria-Alemania-GB, 2015), de Manu Luksch, Martin Reinhart y Thomas Tode. Intersections: *

Pennies (Israel, 2015; 50 minutos), de Badran Badran, The Van Leer Awrad for Israeli Cinema. Documentary Film: +

La Mujer de Barro (Argentina-Chile, 2015), de Sergio Castro San Martín. Spirit of Freedom: +

JeruZalem (Israel, 2015), de Doron Paz y Yoav Paz, The Haggiag Award for Israeli Cinema: Full Lenght Films: +

jueves, 16 de julio de 2015

Jerusalén 2015/VII y última



Este jueves por la tarde -viernes por la mañana-  terminó el 32 Festival de Cine de Jerusalén 2015 al que fui invitado por el Jerusalem Press Club al lado de una veintena de colegas de buena parte del mundo. El Festival de Jerusalén es una de las mejores experiencias festivaleras fuera de México que he tenido en mi carrera, no solo por la ciudad en sí misma –sea uno un devoto religioso o no, Jerusalén se impone en su majestad histórica-, sino porque el festival tiene una programación más que notable.
Como se trata de una suerte de festival de festivales conformado por filmes ganadores en Venecia, Berlín, Cannes, San Sebastián, Sundance y otros sitios, la calidad del repertorio internacional está garantizado. Además, habría que sumarle a estos filmes ya premiados los programados en la sección “Spirit of Freedom”, acaso la sección mejor curada de Jerusalén 2015, conformada por cintas con temas relacionados con la libertad. Algunas de las mejores películas de Jerusalén 2015, de hecho, las vi en esta sección: Wir sind Jung. Wir sind stark. (Qurbani, 2014), La Corte (Tamhane, 2014) y Durak (Bykov, 2014).
Las secciones competitivas nacionales son inevitablemente menos afortunadas porque, como suele suceder en estos casos –y en los festivales mexicanos vaya que lo sabemos bien-, el universo de selección está acotado naturalmente por el cine nacional hecho en un periodo especifico.
Vi buena parte de la competencia israelí, tanto documental como ficción, pero pero mi mala suerte, no pude ver -con una sola excepción- ninguna de las cintas ganadores. De hecho, la película que ganó la mayor cantidad de premios, Tikkun (Sivan, 2015), no la pude revisar. Tikkun fue nombrada Mejor Película, Mejor Guion, Mejor Fotografía y Mejor Actor, mientras Hatuna MeNiyar (Giladi, 2015) –que tampoco pude ver- obtuvo los premios a Mejor Opera Prima y Mejor Actriz.
La que sí vi fue JeruZalem (Hermanos Paz, 2015), una fallida película de zombies que ganó el premio a la Mejor Edición –se entiende- y el Premio del Público –que se entiende más: supongo que para los habitantes de Jerusalén ver las locaciones de Tierra Santa repletas de zombies ha de haber tenido su gracia.
Los críticos israelís, por su lado, nombraron AKA Nadia (Asher, 2015) como mejor película de la competencia. He aquí un dato curioso: mientras los críticos israelíes la premiaron, no encontré un solo colega internacional del Jerusalem Press Club que la elogiara. De hecho, esta fue la razón por la cual me la salté.  
En cuanto a la sección competitiva documental, los filmes ganadores de Jerusalén 2015 fueron Hotline (Landsmann, 2015) –Mejor Película y Mejor Música- y Strung Out (Aharoni, 2015), que ganó la Mejor Dirección.
Finalmente, el Jurado FIPRESCI, del que formó parte el colega español José Luis Losa, eligió como Mejor Opera Prima del festival a la cinta americana Songs My Brothers Taught Me (Zhao, 2015) que antes había sido presentada en Sundance 2015. 
Para variar, no pude ver Songs... pero el hecho de que la premiara un jurado del que forma parte Losa ya es suficiente recomendación: Losa es uno de esos colegas que su amplio conocimiento sobre el cine y el ethos festivalero -también es director/programador de Cineuropa- no lo han convertido en un insoportable snob, como más de uno que anda suelto por ahí. 

miércoles, 15 de julio de 2015

Jerusalén 2015/VI



Una arbitraria regla personal para medir qué tan buena ha sido la programación de un festival de cine es si durante los días que paso en ese festival de marras vi algún filme que aparecerá en mi lista de lo mejor de ese año. Este será el caso de Wir sind jung. Wir sind stark. (Alemania, 2014), presentada en Jerusalén 2015 en la sección Spirit of Freedom.
Traduciendo directamente del alemán, el segundo largometraje del descendiente de inmigrantes afganos viviendo en Alemania Burhan Qurbani se llamaría "Somos jóvenes. Somos fuertes". Podría haberse agregado otro par de palabras: "Somos peligrosos".
La cinta, escrita por el propio joven director en colaboración con Martin Behnke y desarrollada en el Jerusalem Film Lab, está ubicada en un lugar y día específicos: el 24 de agosto de 1992, en la ciudad este-alemana de Rostock, cuando un grupo de jóvenes pasaron de la persecución y acosamiento de inmigrantes gitanos a prenderle fuego a un edificio de departamentos en donde vivían varias familias de refugiados vietnamitas. Este fue uno de los primeros síntomas de la rampante xenofobia en la Alemania recién unificada.
A través de la fluida cámara de Yoshi Eimrat, Qurbani nos muestra el ethos de tres personajes centrales: el silencioso jovencito  Stefan (Jonas Nay), que parece haber elegido la xenofobia y la violencia por más indolencia que por cualquier otra razón; la joven luchona vietnamita Lien (Trang Le Hong), que no pierde la esperanza de que su nuevo país la trate bien; y el pusilánime pero ambicioso político Martin (Devid Striesow), padre de Stefan, quien no se decide actuar con responsabilidad por más que los signos de la violencia racial están claramente frente a él.
La puesta en imágenes, en blanco y negro, de Qurbani y su cinefotógrafo Emirat es impecable: extendidos planos secuencias, todoabarcadores top-shots, una cámara que nunca deja de moverse para encontrar el encuadre perfecto y revelador. Más aún: cuando los disturbios estallan, el elegante blanco y negro se sustituye por los vívidos colores del fuego y de la furia. En esta última parte, el filme se prende en más de un sentido, visual, estética y temáticamente. Todos los personajes están en el mismo sitio, algunos como víctimas, otros como victimarios, otros como testigos y cómplices.
La cinta tiene un par de problemas: sus personajes femeninos -incluyendo la coprotagonista Lien- no están lo suficientemente desarrollados y el personaje más carismático de todos resulta ser uno que siempre está en los márgenes del relato, robándose la atención de todos (el neonazi Robbie, interpretado por un impresionante Joel Basman), lo que desbalancea peligrosamente la película. De cualquier forma son problemas muy menores ante la ejecución de la historia, con todo y un desenlace tan contundente como desesperanzador. Queda claro que la xenofobia en Alemania -y en toda Europa, de hecho- ha vuelto para quedarse. O, más bien, nunca se ha ido por completo. 
Otra película notable, programada en la misma sección Spirit of Freedom (¿la mejor curada del festival?: yo diría que sí) es Durak (Rusia, 2014), tercer largometraje del ascendente Yuriy Bykov (espléndido thriller policial Mayor/2013, visto en Morelia 2013).
Durak en ruso significa "tonto" y si alguna vez esta cinta se llega a exhibir en México debería titularse "El iluso" o, de plano, "El pendejo". El "durak" del título original es Dima (Artyom Bystrov), un empleado municipal en alguna pequeña ciudad rusa. Dima está casado y tiene un hijo pequeño, pero aún vive con sus papás. Es claro que Dima no quiere esta vida por mucho tiempo: está estudiando ingeniería y se toma tan en serio su trabajo que cuando va a reparar un calentón de agua en algún viejo edificio claramente soviético, se da cuenta que la construcción está a punto de derrumbarse, por lo que busca a la alcadesa del pueblo (Natalya Surkova) para advertirle que si no desaloja el edificio, podrían morir 800 personas. El problema es que si desalojan inmediatamente, tendrían que explicar por qué no se han hecho las reparaciones adecuadas y entonces saldría a la luz que el presupuesto asignado sí se gastó, pero en otras cosas -en concreto, en la casa de aquel funcionario, en la universidad de los hijos de aquel otro, en las vacaciones de otro más. 
En la primera parte, la cinta podría llegar a exasperar porque se vuelve repetitiva: ¿cuántas veces tenemos que ver la misma discusión en la que cada uno de estos burócratas mexic... digo, rusos, van sacándose todos sus trapitos al Sol, tratando de escurrir el bulto de un desastre provocado por la corrupción y la ineptitud? La estrategia de Bykov es clara: por mera acumulación de evidencias, uno va entendiendo que la actitud de Dima por hacer las cosas bien no solo es la de un tonto -como se lo dice su mamá o su esposa- sino la de un pendejo. Más que un idealista, Dina es un insensato. Pero Rusia -y no se diga México- necesita de más insensatos como él, aunque al final de cuentas les vaya como les vaya. Es que, la verdad, ¿a quien se le ocurre hacer bien las cosas en un lugar en donde lo correcto es que se hagan mal o, de plano, no se hagan? 

lunes, 13 de julio de 2015

Jerusalén 2015/V



Historia es destino, dicen por ahí. Y, también, criterio para la programación en un festival de cine. Así que no es de extrañar que el Festival de Jerusalén guarde el espacio suficiente para el cine que habla de la historia de su nación -más allá del Estado de Israel, por supuesto-, de sus intelectuales más reconocidos y, por supuesto, de la tragedia del Holocausto.
En el documental A Nazy Legacy: What Our Fathers Did (GB, 2015), presentado en la sección Jewish Experience, el abogado de origen judío Phillippe Sands -autor del guion del filme-, dialoga con dos hijos de prominentes nazis, Niklas Frank, hijo del gobernador nacionalsocialista de Polonia y responsable de la muerte de 3 millones de judíos, y Horst von Wächter, hijo de un oficial que estuvo también en Polonia, bajo el mando del padre de Frank. 
Sands, especializado en crímenes de lesa humanidad, entrevista a los dos ancianos que tenían 6 años cuando terminó la guerra, y viaja con ellos por varias partes de Europa, visitando lugares claves en la vida de sus respectivos padres. El resultado de esa travesía es revelador: mientras Frank no tiene empacho en condenar tanto a su madre como a su padre -quien fue juzgado y ejecutado después de los Juicios de Nuremberg-, von Wächter sigue defendiendo a su papá -que logró huir y ocultarse gracias a ciertos contactos en el Vaticano- con argumentos cada vez más elusivos. 
Lo que va quedando claro poco a poco es que, más allá de la devoción al padre muerto, von Wächter nunca ha dejado de ser ese niño nazi que adoraba e idealizaba a su papá. Peor aún: lo más inquietante no es que von Wächter sea un nazi enclosetado, sino que basta una visita de él a Ucrania para que aparezcan orgullos veteranos y jóvenes fascistas que recuerdan -más bien, conmemoran- los tiempos de la ocupación nazi. 
El director David Evans -especializado en televisión y eso se nota- dirige de manera muy funcional el filme, alternando las conversaciones de Sands con los dos hombres con imágenes de archivo y las propias reflexiones personales del abogado acerca de la responsabilidad y la culpa. 
Estos dos temas son clave también en Vita Activa: The Spirit of Hannah Arendt (Israel, 2015), uno de los siete documentales en la competencia oficial. 
Dirigido por la especialista Ada Ushpiz, estamos ante una densa biopic documental sobre la gran intelectual judía-alemana Hannah Arendt. Vita Activa... tiene un formato acaso demasiado convencional -cabezas parlantes a granel, imágenes de archivo, lectura de cartas personales en off- pero esto se justifica porque el contenido temático es demandante. Es decir, Ushpiz apuesta por una biografía intelectual y filosófica más que personal: se trata de conocer el origen de las ideas centrales en el pensamiento de Arendt, sea sobre la libertad, el totalitarismo, la justicia y, por supuesto, el tan traído, llevado y (mal) citado concepto de "la banalidad del mal".
Es cierto que si uno ha leído el ensayo clásico Eichmann en Jerusalén: un Estudio sobre la Banalidad del Mal (1961) no hay mucho que el documental descubra, pero de todas formas Ushpiz logra, a través de los testimonios, las entrevistas, las citas textuales y las cartas personales, explicar de forma muy articulada el pensamiento filosófico de Arendt y por qué sus ideas siguen siendo tan pertinentes medio siglo después. Vamos, como entrada al mundo intelectual de Arendt, Vita Activa... no está nada mal.
Y aunque desde el inicio es evidente que Ushpiz admira a su biografiada, Arendt no se salva de la crítica razonada y razonable de algunos de los entrevistados, además de que la cineasta no olvida la gran debilidad que tuvo la filósofa por su maestro/amante Heidegger, a quien llegó a jugar duramente en privado por su militancia nazi pero a quien nunca dejó de apoyar, incluso después de haber terminado la guerra. Ni hablar: a veces el corazón es más fuerte que la razón. 

domingo, 12 de julio de 2015

Jerusalén 2015/IV




Aunque hasta el momento lo que he visto del cine israelí en Jerusalén 2015 no ha sido nada para presumir -pero todavía falta mucho por ver, aclaro-, lo que sí ha sido notable es el resto de la programación, conformada por una suerte de selección de lo mejor de otros festivales recientes. 
Este es el caso de La Corte (Court, India, 2014), que no pude ver en el FICUNAM 2015 y que, por lo menos hasta el momento, ha sido lo mejor que he visto en Jerusalén 2015.
Ganadora de premios en Venecia 2014, la Viennale 2015 y el BAFICI 2015 -no en el FICUNAM, por desgracia-, La Corte, presentada en la sección Spirit of Freedom, es una exasperante crónica de un caso judicial en el sistema de justicia de la India. Un tipo muere limpiando cloacas y quién sabe por qué alguien sospecha que su fallecimiento no fue accidental, sino provocada por el anciano intérprete de canciones populares Narayan Kamble (Vira Sathidar) que, al entonar una pieza especialmente crítica y depresiva, llevó al tipo a quitarse la vida. Kamble es acusado, entonces, de propiciar el suicidio de un ciudadano, lo que le podría llevar a una pena de 10 años de prisión. Durante toda la película vemos la lucha honesta del prominente abogado defensor Vina Vora (Vivek Gomber), quien no solo tiene una implacable rival frente a él, la fiscal Nutan (Geetanjali Kulkami), sino todo un sistema judicial plagado de dilaciones, recovecos y sinsentidos.
El guion escrito por el propio cineasta debutante Chaytania Tamhane es una joya de humor burocrático: seguimos varias de las audiencias, los alegatos del abogado Vora, los ataques de la fiscal Nutan y los razonamientos, a ratos plausibles, a ratos absurdos, del juez (Pradeep Joshi). La película nunca busca la risa fácil ni el choro militante/mareador: de alguna manera, el caso del viejo cantante Kamble es el pretexto para algo más que termina emergiendo lentamente. Me refiero al retrato de una sociedad, la india, profundamente injusta e impermeable a (casi) toda buena intención.
Por lo mismo, pasamos mucho más tiempo con el abogado Vora, con la fiscal Nutan y, en la hilarante secuencia final, con el juez, que con el acusado. En esos momentos, cuando salimos de la corte y vemos cómo es la vida de todos los que rodean a Kamble, sospechamos que el pobre viejo está perdido. No porque Vora sea un mal abogado -no lo es, para nada-, no porque la fiscal sea una pérfida villana -tampoco: simplemente hace su trabajo-, ni porque el juez sea corrupto -no hay evidencia de que lo sea-, sino porque este trío de personajes no podrían tener menos en común con el anciano cantante. 
Todos estos abogados -el defensor, el fiscal, el juez- escuchan jazz, toman vino, viven en lugares elegantes, se van de vacaciones a hoteles de lujo... No hay manera que puedan saber lo que es ser alguien como Kamble, por mejores intenciones que pueda tener su tenaz abogado Vora. Deseándolo o no, ellos forman parte central de un sistema que puede mantener en prisión a alguien por una acusación insostenible. Pero no molesten a quienes mandan en las instituciones. No interrumpan su sueño que luego se enojan.
Otra comedia, aunque en un tono mucho más provocador y hasta esperpéntico es El Club (Chile, 2015), el más reciente largometraje de Pablo Larraín (trilogía de la dictadura chilena Tony Manero/2008, Post Mortem/2010, No/2012), cinta ganadora del Gran Premio del Jurado en Berlín 2015 y exhibida aquí en la sección "Panorama".  
Estamos en algún pueblito costero de Chile, en el que hay el "club" del título: una casita en la que viven cuatro sacerdotes suspendidos por la iglesia católica por diferentes pecados, desviaciones o, francamente, delitos. Uno se dedicó a robar niños para darlos en adopción a familias de dinero o políticamente "correctas", otro más era capellán del ejército y fue cómplice de torturas y crímenes, aquel de allá fue acusado de tentaciones pedófilas y el último, un viejito gagá que casi ni habla, está desde hace años en ese hogar y nadie sabe por qué. A esta casa, manejada por la amable pero siniestra monja Mónica (Antonia Zegers), llega un quinto sacerdote, el Padre Lazcano (José Sosa), quien es reconocido por un hombre del lugar que se hace llamar Sandokan (Roberto Farías) y que llega hasta ese retiro a gritar, urbi et orbi, todos los abusos que sufrió en manos del cura. No diré lo que a continuación sucede, solo las consecuencias: de Santiago mandan a un joven sacerdote, el Padre García (Marcelo Alonso), quien se supone debe poner todo en orden. Y, de alguna manera, lo hace.
De todo el cine de Larraín que he visto -solo me falta su opera prima Fuga (2006)-, El Club es su película menos controlada o, si se quiere, más encabronada -y encabronante. Es como si el cineasta, ante el difícil tema de la pederastia en la iglesia, se hubiera prometido a sí mismo dejar atrás cualquier asomo de buen gusto, medias tintas o ánimo morigerado. Provocación es el nombre y Larraín sabe provocar mejor que nadie. 
Cuando uno está frente a la pantalla, hay ocasiones que no sabemos si debemos reír y cuando nos decidimos a hacerlo, la carcajada se congela. No es posible reírse de eso que escuchamos pero, ¿qué otra cosa podemos hacer? 
La lucidez de Larraín hace a un lado todo maniqueísmo simplón. El retrato de esta cuarteta de monstruos -o quinteta, con la monja- y de su domador, el encumbrado padre García, desnuda las relaciones institucionales, de poder y de clase, en el seno de la iglesia y fuera de ella. Un desenlace que puede ser leído de varias maneras, entre el cinismo y la genuina redención, es la cereza del pastel de esta película notable.  

sábado, 11 de julio de 2015

Jerusalén 2015/III



El Festival de Jerusalén, entre los 200 filmes que presenta a lo largo de más de una semana, guarda varios espacios para el cine documental. Una de las secciones, Jewish Experience, está destinada a filmes que, como el nombre lo indica, muestra algunos de los elementos de la experiencia judía y, por supuesto, no necesariamente en Israel. 
En Every Face Has a Name (Suecia, 2015), el veterano documentalista Magnus Gertten se da a la tarea de mostrarnos una serie de imágenes cinematográficas de archivo en las que vemos llegar al puerto de Malmö, en abril de 1945, varios contingentes de prisioneros judíos recién liberados de los campos de concentración de Auswichtz o Ravensbrück. Las imágenes y los rostros de este noticiero documental obsesionan al cineasta, quien se pregunta: ¿quiénes son esas personas?, ¿qué sucedió con ellas?, ¿a dónde se fueron a vivir? 
Para responder a estas preguntas, Gerten viajó por buena parte del mundo, de Toronto a Tel Aviv, pasando por Florida, Nueva York, Noruega, París, Suecia o Polonia, encontrando a algunos de los sobrevivientes que, 70 años después, accedieron a ver esas imágenes para reconocerse en ellas y para recordar a sus amigos, compañeros, padres, hermanos. Así pues, pasamos de ciudad en ciudad, de escenario en escenario, y de algún anciano de pocas palabras a una viejita francamente nostálgica -sí, porque también fue posible, para algunos, encontrar al amor de la vida en pleno Holocausto.
Gertten intercala, a lo largo del filme, media docena de tomas en el puerto de Pozzalo, en Sicilia, en donde llega otro barco repleto de refugiados de otra naturaleza: algunos huyen de la guerra en Siria, otros de las difíciles condiciones de vida en África. Aunque el objetivo moral es obvio -trazar un paralelo entre los sobrevivientes del Holocausto y los nuevos refugiados que tratan de llegar a Europa-, las imágenes documentales recientes distraen y, al final de cuentas, las sentí un tanto cuanto forzadas. En todo caso, se trata de un problema menor.
Para planteamientos realmente problemáticos, está Pennies (Israel, 2015), un mediometraje de 50 minutos dirigido por el debutante Badran Badran y que está programado como parte de la competencia oficial documental israelí. 
Yichia y Hamam son dos carismáticos niños palestinos que viven en la Ribera Occidental del Jordán, en Tul Karem, bajo la Autoridad Palestina. Como el papá no tiene trabajo, ha enviado a Hamam a Wadi Ara, Israel, a pedir limosna, siguiendo el camino del hermano mayor Yichia, quien ya tiene varios años en esa chamba.
Es evidente que Badran ha tenido acceso durante varios años al par de chamacos y a su familia y, sin duda, el documental ha sido realizado con todas las buenas intenciones del mundo. Sin embargo, ese mismo acercamiento de Badran a Yichia y Hamam es lo que hace más problemático, éticamente hablando, al filme: vemos la cámara seguir al alegre Hamam a pedir limosna entre los autos, atestiguamos su discusión con otro niño que lo amenaza porque está pidiendo dinero en su crucero y cuando Hamam se rebela y escapa de la tutela de Yichia, ¿qué hicieron los realizadores del documental? ¿Se quedaron esperando a ver hasta que apareció Hamam, como en efecto sucedió?
Es decir, ¿en qué momento es válido que el documentalista sea un simple testigo ante las serias tribulaciones de Yichia, Hamam y su familia? ¿No están usando a estos niños como instrumento para lanzar el típico "mensaje" bien pensante? No dudo, insisto, que todo haya sido realizado con la mejor buena voluntad del mundo, pero este documental tiene un tufo miserabilista que Yichia y Hamam no merecen. ¿O será que, acaso, es imposible hacer este tipo de filmes sin caer en la franca explotación de la pobreza? 
Von Caligari zu Hitler (Alemania, 2014), del crítico de cine aventurándose como cineasta Rudiger Suschland, se ha programado en la sección Cinemania, dedicada a la cinefilia. En el caso de este documental, estamos ante la puesta en imágenes de los planteamientos del canónico libro "De Caligari a Hitler, una Historia Psicológica del Cine Alemán", publicado por el crítico alemán emigrado a Estados Unidos Sigfried Kracauer en 1947.
Si usted ya leyó el libro -y si no lo ha hecho, ¿qué espera?-, el documental no es más que una muy competente ilustración, vía fragmentos fílmicos muy bien elegidos, de las tesis de Kracauer, quien en ese seminal ensayo hizo la crónica de la fallida República de Weimar (1919-1933) a través de su cine, iniciando con la obra cumbre expresionista El Gabinete del Dr. Caligari (Wiene, 1920) y terminando con el ascenso de Hitler al poder, marcado, entre otras cosas, por la aparición de las películas de montañismo protagonizadas por Leni Riefenstahl.
Por supuesto que el libro es más complejo que este planteamiento y este documental tiene, también, sus propios intereses: por más que sigue de forma general las ideas de Kracauer, el guionista/cineasta debutante Suschland profundiza en algunos elementos que obviamente le importan más, como la comparación de temperamentos e ideas sobre el cine que tuvieron dos autores centrales de la época (Lang vs. Murnau), así como la confrontación de dos tipos diferentes de mujeres fatales a la alemana (Dietrich vs. Brooks). 
Von Caligari zu Hitler no descubrirá nada que no sepa el cinéfilo más avezado pero puede ser una magnífica puerta de entrada al cine alemán de Weimar, sobre todo en los géneros menos conocidos, como el musical o el neorrealismo avant-la-letre germano, pues como queda claro en el propio libro de Kracauer, en los 20/30 hubo mucho más que expresionismo en el cine alemán de la época. 

viernes, 10 de julio de 2015

Jerusalén 2015/II



Más de un colega ha escrito que Rak ti Kohn Kaen (GB-Francia-Alemania-Malasia-Tailandia, 2015), el más reciente largometraje de Apichatpong Weerasethakul, deja al espectador en estado de trance. Si por trance se refiere al mundo de los sueños, está en lo correcto. Y es que, la verdad, es difícil, a veces, mantener los ojos abiertos mientras el encuadre fijo se mantiene un buen tiempo sobre un grupo de hombres profundamente dormidos. El contagio es inevitable.
La cinta funciona como una sostenida invitación a echarse un coyotito, más aún cuando la historia está ubicada en un hospital donde atienden a un grupo de soldados que sufren de narcolepsia. La ama de casa madura Jen (Jenjira Pongpas), voluntaria en ese hospital, hace migas con uno de los soldados, Itt (Banlop Lomnoi), mientras entabla amistad con una jovencita vidente que puede saber qué sueñan los enfermitos, puede ver el pasado de cada uno de ellos pero, por desgracia, no sabe cómo adivinar los números del Melate.
Joe logra algunos momentos genuinamente mágicos -por ejemplo, cierta disolvencia encadenada en la que dos espacios distintos se unen tiene mucho de arte visual puro-, pero el discurso místico-espiritual del cineasta es algo que nunca he podido apreciar. Es un problema mío, no del cineasta, por supuesto, como ya lo escribí hace tiempo, por acá. Ni modo: entiendo por qué el cine de Joe le gusta a muchos colegas, pero no puedo fingir que comparto esa apreciación. Ya estoy viejo para andar de fariseo. Y menos en Jerusalén. 
El filme de Joe se exhibió en la sección "Masters", mismo espacio donde se presentó En el Sótano (Im Keller, Austria, 2014), el regreso de Ulrich Seidl al documental después de su exitosa trilogía Paraíso.
No pude ver los últimos diez minutos de la película -se cruzaba con el inicio de otra que, al final de cuentas, no valió la pena- ni, por lo mismo, me pude quedar a ver la discusión de Seidl con el público del Festival de Jerusalén. Porque la pregunta que salta después de ver En el Sótano no es de dónde saca esos especímenes el cineasta austriaco sino, también, ¿serán ellos conscientes de que el director, detrás de esa mirada dizque impasible y neutral, está ridiculizándolos? 
El documental está construido por una serie de viñetas que suceden, en gran medida, en los sótanos de varios austriacos clasemedieros. En esos sitios hay de todo: espacios para la práctica de tiro al blanco, santuarios nazis con maniquíes incluidos, paredes repletas de cabezas de animales, lugares íntimos para las más enfermizas (¿y también conmovedoras?) prácticas sadomasocas, más las extravagancias que Seidl encuentre en la semana.
La estrategia visual de costumbre -cámara fija, encuadres al estilo tableau- y el desnudamiento -literal, moral, psicológico- de los personajes lleva del humor al horror a la estupefacción y de regreso. La pregunta queda en el aire: ¿cómo logra Seidl la confianza de esta gente para que acceda a aparecer en pantalla grande haciendo y diciendo todo lo que vemos y escuchamos?
Espero volver a ver En el Sótano para revisar esos diez minutos que me faltaron porque, festival obliga, tuve que salir para poder llegar al inicio de la función de JeruZalem (Israel, 2015), segundo largometraje de Doron y Yoav Paz o, como dicen los créditos de la cinta, "los hermanos Paz".
La gringuita veinteañera Sarah (Danielle Jadelyn) viaja con su amiga rubia y desmadrosa Rachel (Yael Grobglas) a pasar unos días en la hedonista Tel Aviv, pero en el avión conoce al arqueólogo Kevin (Yon Tumarkin), quien viaja a Jerusalén porque está en una investigación muy seria. Las muchachas se dejan convencer por Kevin de ir a Jerusalén en lugar de Tel Aviv y en una de las salidas nocturnas, en plena ciudad milenaria, se justifica la letra Z del título: ¡aparecen zombies!
A decir verdad, no se trata de zombies. O, bueno, son zombies pero con alas por lo que, en realidad, más bien parecen demonios. Ah, y hacia al final también aparece un gigante quién sabe por qué -¿un Golem sobrealimentado?: sepa la bola.
El guión de los hermanos Paz toma como pretexto algunos versículos de Jeremías para proponer que en Jerusalén se encuentra una de las puertas del infierno que, para desgracia de las gringuitas, deciden abrirse cuando ellas andan turisteando. Los Paz no le hacen el feo a cuanto cliché del género pueda usted recordar, incluyendo la puesta en imágenes, que nos remite a Cloverfield (Reeves, 2008). Y es que toda la película -incluyendo la toma final que, acepto, es de lo mejor del filme- se ve a través de unos lentes inteligentes que la protagonista, Sarah, recibe de su cariñoso papá. 
Así pues, los lentes -y por lo tanto, la mirada de Sarah- es nuestro encuadre durante todo el filme: a través de ellos vemos la acción, pero también accedemos al internet y vemos las redes sociales de Sarah, al GPS integrado, la música que prefiere y demás monerías. El problema de este planteamiento -el hacer una cinta desde la mirada subjetiva de uno de los personajes- es elemental: si no vemos (casi) nunca a la protagonista, ¿cómo podemos interesarnos por ella? 
JeruZalem forma parte de la competencia israelí, por lo que su inclusión en el festival tiene que ver, probablemente, con algo que Renen Schorr, el director fundador de la Sam Spiegel Film & Television School, nos dijo hoy viernes por la mañana: que es imposible encajonar al cine producido en Israel porque los intereses de los cineastas israelíes son muy variados. Tanto que, en efecto, caben películas de horror tan malogradas como JeruZalem

Jerusalén 2015/I



Jerusalén 2015 se inauguró formalmente con una cinta adecuada para este tipo de ceremonias. Me refiero a Mia Madre (Italia-Francia, 2015), el más reciente largometraje de Nanni Moretti, que se presentó hace un par de meses en Cannes 2015.
Antes de la larga ceremonia -con discursos en hebreo de los cuales solo pude entender la palabra "festival"- pude ver, por la tarde, en la Cinemateca de Jerusalén -sede oficial del festival-, L'Ombre des Femmes (Francia-Suiza, 2015), de Phillippe Garrell. La cinta está programada en la sección "Masters", aunque se trata de una pieza muy menor del veterano Garrell.
Pierre (Stanislas Merhar) es un taciturno documentalista que tiene como mujer a la encantadora y positiva Manon (Clotilde Coreau), que además de apoyarlo en todo momento -dejó su carrera profesional por él- es su editora/productora/asistente/corre-ve-y-dile. Pierre paga tal devoción poniéndole los cuernos con la guapa Elisabeth (Lena Paugam). La voz en off narrativa truffautiana analiza y juzga las acciones de los personajes, además de explicarnos por qué hacen lo que hacen o comparte con nosotros su desconcierto.
Todo va bien para Pierre hasta que se da cuenta que su "perfecta" mujer la engaña, aunque no por venganza -ella no sabe de la infidelidad del marido- sino porque su amante ocasional la hace vivir ciertos "momentos" que no puede explicar. A pesar de que Manon abandona al amante, Pierre es incapaz de perdonarla, por lo que terminan acabando su relación... Aunque un año después, solteros y solitarios, se dan cuenta que necesitan volver a vivir juntos.
Olvidemos la originalidad: una película no tiene que ser novedosa necesariamente. El problema con L'Ombre... es que, más allá de la elegante ejecución -foto en blanco y negro de Renato Berta- y del competente y atractivo reparto, esto no es más que un mero ejercicio de estilo nuevaolero que no aporta nada realmente profundo sobre el amor, el desamor y la mutua dependencia que surge, en el mejor/peor de los casos, en toda relación de pareja.
En la noche, como ya lo anoté, se inauguró oficialmente el festival con Mia Madre, en el marco del homenaje al actor John Turturro, quien estuvo presente para dar un brevísimo discurso de agradecimiento de no más de un minuto. Un contraste que agradecí, porque los discursos de funcionarios fueron muchos y largos -y casi todos en hebreo.
En cuanto a Mia Madre, estamos lejos de la mejor obra de Moretti -que para mí sigue siendo La Habitación del Hijo (2001)- pero tampoco es el desastre que había leído por ahí. Se trata de un sólido melodrama familiar en el que una madura cineasta, Margherita (Margherita Buy), tiene que lidiar con un difícil actor americano (Turturro) mientras ve cómo la salud de su anciana madre (Giullia Lazarini) se va deteriorando ineluctablemente. El propio Moretti, quien perdió a su mamá cuando estaba filmando su cinta anterior, Habemus Papa (2011) se ha hecho esta vez a un lado y aunque aparece en la cinta en el papel de Giovanni, el hermano de Margherita, la protagonista es la mujer, que es una suerte de alter-ego del propio director.
La cinta se mueve hábilmente entre la comedia -las dificultades de Margherita en el set, tratando de dirigir al explosivo actor americano que dizque trabajó con Kubrick- y el melodrama, a través de una serena reflexión sobre la mortalidad y la familia, el tema centra de la obra maestra La Habitación del Hijo

miércoles, 8 de julio de 2015

35 Foro de la Cineteca... en un vistazo



Desde el fin de semana pasado inició el 35 Foro Internacional de la Cineteca Nacional y, como de costumbre, aquí vamos a dar cuenta de las películas que podamos ver. 
Por lo pronto, va la lista de lo que ya he visto en orden de preferencia. Las calificaciones positivas van de uno a cuatro asteriscos; las negativas de una a dos cruces.


La Tribu (Plemya, Ucrania-Holanda, 2014), de Miroslav Slaboshpitsky: *** 1/2

Una Chica Regresa a Casa Sola de Noche (A Girl Walks Home Alone at Night, EU, 2014), de Ana Lily Amirpour: ** 1/2

La Princesa Kaguya (Kaguyahime no Monogatari, Japón, 2013), de Isao Takahata: ** 1/2

No Se Recarguen en las Puertas (Stand Clear of the Closing Doors, EU, 2013), de Sam Fleischner: * 3/4

Los Bañistas (México, 2014), de Max Zunino: * 1/2

Made in Bangkok (México-Alemania, 2015), de Flavio Florencio: * 1/2

Una Relación Perversa (Abus de Faiblesse, Francia-Bélgica-Alemania, 2014), de Catherine Breillat: * 1/2


martes, 7 de julio de 2015

Entrevista con unos Vampiros



La premisa que sostiene Entrevista con unos Vampiros (What We Do in the Shadows, Nueva Zelanda-EU, 2014), tercer largometraje del actor y guionista Taika Waititi (Eagle vs. Shark/2007, Boy/2010, teleserie Flight of Conchords/2007-2009) codirigiendo aquí con el también actor, guionista y músico Jemaine Clement, es tan simple que es un milagro que se sostenga tan bien la hora y media de duración del filme.
Estamos en el Wellington contemporáneo, viendo un work-in-progress documental que hace la crónica de la vida diaria de cuatro vampiros que comparten una misma casa. El líder del grupo es Viago (el codirector Waititi), un vampiro de 379 años y un encantador dandy del siglo XVII que trata, como puede, de meter al orden a sus colegas chupasangres. Por ejemplo, Deacon (Johnny Brugh), de apenas 183 primaveras, es un desobligado que tiene cinco años sin lavar los platos; Vladislav (el otro codirector Clement), un vampiro medieval de 800 años y que le da por la tortura draculesca, deja un cochinero cada vez que come y no se digna limpiar el sangrerío; y Petyr (Ben Fransham)... Bueno, Petyr da miedo porque parece el hermano gemelo de Nosferatu (Murnau, 1922), pero como tiene 8 mil años, ya está gagá y da muy poca lata. 
La premisa, decía, es ligerísima: he aquí un mockumentary que, en el camino, muestra en todo paródico la vida cotidiana de cuatro vampiros que se comportan si fueran un cuarteto de chamacos compartiendo la habitación en alguna residencia universitaria. Si a esto le sumamos algunas referencias obvias al cine de vampiros (desde el mencionado Nosferatu a la saga Crap-úsculo), uno teme al inicio que la cinta sea una especie de Una Loca Película de Vampiros en versión neozelandesa.
Por fortuna, estamos muy lejos de estos terrenos: Entrevista con unos Vampiros es una clásica comedia de costumbres en la que el motor cómico está en la descripción de los personajes, su comportamiento ridículo y su torpe forma de interactuar con el mundo. Más que carcajadas -aunque no falta una que otra por ahí y por allá-, los cineastas/guionistas/actores Waititi y Clement provocan más bien risas y sonrisas cómplices.
El secreto está en la forma en la que Waititi y Clement confrontan lo extraordinario -ser un vampiro- con lo ordinario -la vida cotidiana. Así vemos que, por ejemplo, es complicado vestirse si, como vampiro, no puedes verte en el espejo; o que es difícil salir a cazar a alguien si, en primera instancia, no puedes entrar a un antro si antes no te invitan a hacerlo; o cuáles son las relaciones con los odiados hombres lobos, quienes también tienen su propios problemas mundanos (por ejemplo, en noche de luna llena hay que vestirse con ropa chafita, porque de seguro vas a terminar rompiéndola cuando te conviertas, sin olvidar que la peste de lobo no te la puedes quitar nunca).
El rolling-gag estrella es la relación que los vampiros tienen con Stu (Stuart Rutherford, genialmente blando), un "analista de software" que resulta ser el mejor amigo del imprudente vampiro recién convertido Nick (Cori González-Macuer). Stu es tan buena onda y sabe tantas cosas útiles y modernas (que si tomarse una selfie, que si usar la computadora) que los vampiros no solo deciden no comérselo sino que lo terminan protegiendo como si fuera uno de los suyos. La relación de Stu con sus nuevos amigos es tan ridícula ("Oye, si todo está en Google, ¿podrás buscar una bufanda que perdí en 1914?") como conmovedora (el monólogo de Viago sobre Stu), pues al final de cuentas estos chupasangres no son más que versiones vampíricas de los vicios y las tonterías de cualquier ser humano común y corriente. Aunque alguno de ellos tenga 800 años de edad. 

lunes, 6 de julio de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCV




Tierra de Cárteles (Carter Land, México-EU, 2015), de Matthew Heineman. Impecablemente producido, este documental sobre dos grupos de "vigilantes" en Estados Unidos y México -en Arizona, unos paranoicos anti-inmigrantes; en México, las autodefensas michoacanas lideradas por el Dr. Mireles- no muestra nada que alguien bien informado no sepa: que las autodefensas se corrompieron -o nacieron corruptas-, que la violencia ocasionada por el tráfico de drogas no terminará mientras haya consumidores y que en la frontera gringa hay hartos racistas que tienen el mismo discurso de Donald Trump nomás que con mucho menos dinero (esta última afirmación es lo que uno puede entender viendo la cinta, aunque dudo que el director Heineman piense lo mismo). Como reportaje televisivo estadounidense no está del todo mal, pero Tierra de Cárteles no pasa de ese nivel. Mi crítica, en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado.

Entrevistas con unos Vampiros (What We Do in the Shadows, Nueva Zelanda-EU, 2014), de Jemaine Clement y Taika Waititi. El planteamiento de esta película -cuatro vampiros comparten un piso en el Wellington contemporáneo- parece que no da más que para media hora de un sitcom, pero los directores/guionistas/actores Clement y Waititi logran sostener muy bien esta comedia hasta llegar a la hora y media de duración. Como vale la pena escribir un poco más de esta cinta, mañana publico una crítica in extenso. 

domingo, 5 de julio de 2015

35 Foro de la Cineteca/I



Ganadora del Premio de la Semana Crítica en Cannes 2014, ha llegado finalmente, un año después y a través del 35 Foro de Cine Internacional de la Cineteca La Tribu (Plemya, Ucrania-Holanda, 2014), opera prima del ucraniano Miroslav Slaboshpitsky, una obra notable no tanto por su historia, escrita por el mismo director debutante, sino por otros elementos que tienen que ver con su planteamiento formal. 
La historia es sencilla: un muchacho, probablemente un provinciano, llega a matricularse a una escuela-internado de la capital. Aunque al inicio sufre el bullying y los abusos inevitables, el muchacho se convierte muy pronto en una eficaz pieza dentro de una banda de jóvenes malandrines organizada por el profesor de carpintería de la escuela. Llegado el momento, nuestro protagonista se encargará, incluso, de regentear un par de guapas compañeras, quienes se prostituyen con traileros. El muchacho se meterá en problemas serios cuando se enamore de una de las mismas compañeras que maneja.
Contada así, La Tribu no parece la gran cosa. Estas historias de jóvenes delincuentes son tan antiguas en el cine como nuestra obra mayor Los Olvidados (Buñuel, 1950). Tampoco la elección formal de Slaboshpitsky y su cinefotógrafo Valentyn Vasyanovich  de filmar todo en en una serie de tomas extendidas de 5-6-7 minutos, sea en un encuadre fijo, sea a través de una fluida steady-cam siempre en movimiento, es particularmente original: abundan los cineastas que, esté justificado o no, utilizan la toma extendida y/o el plano secuencia como parte de su firma personal. 
Lo que coloca a La Tribu en otro nivel es que este planteamiento formal termina convertido en una suerte de reto directo para el espectador. Y es que hasta el momento no he apuntado la característica que comparten todos los personajes de esta película: el protagonista, sus compañeros, las jóvenes prostitutas, el profesor corrupto son, todos ellos, sordomudos. Me refiero a los personajes, pero también a los actores que los interpretan. 
Al inicio de La Tribu, de hecho, un letrero nos advierte que veremos una cinta en la que todos los personajes son sordomudos y que no habrá traducción ni subtítulos de ninguna especie. De golpe, entonces, entramos a los terrenos del cine silente puro, ese que no necesitaba de intertítulos para contar una historia, al estilo de las obras supremas de Murnau como El Último de los Hombres (1924) o Amanecer (1927). Más aún: Slaboshpitsky descarta los acercamientos -no hay un solo close up en todo el filme-, por lo que toda la película está planteada en planos generales o de conjunto. De hecho, si en algún momento vemos a algunos de los personajes más cerca, es porque éste ha caminado rumbo a la cámara.
La elección de la puesta en imágenes está lejos de ser un homenaje a los maestros de la toma extendida del cine contemporáneo o un mero capricho estilístico: el planteamiento de la historia exige ese tipo de tomas. Al tratarse de sordomudos que se comunican a través de sus manos, de sus brazos, del cuerpo entero, el encuadre tiene que supeditarse a esta necesidad. Cineasta, cinefotófografo y actores triunfan en toda la extensión cuando, hacia la primera media hora del filme, nos damos cuenta que no necesitamos entender el lenguaje específico de los personajes -se trata del auténtico idioma de señas de los sordomudos ucranianos-, pues todo lo que es importante lo estamos comprendiendo.
Incluso, cuando en algún momento no sabemos bien a bien qué está pasando -las dos muchachas prostituidas llegan con el profesor corrupto a ver unas fotos en una computadora, luego vemos a las jovencitas en alguna oficina burocrática haciendo algún trámite-, las secuencias siguientes nos aclararán todo, de tal manera que, más allá de los diálogos específicos, hay muy poco de La Tribu que un espectador atento no pueda entender.
Hay otro elemento adicional notable en el debut de Slaboshpitsky: que el retrato que hace de este grupo de discapacitados dista mucho de ser idílico. El protagonista -los créditos finales nos informan que se llama Sergey (Griory Fesenko)- es un personaje de carne y hueso, lleno de curiosidad y pasión, de apetito sexual y sueños imposibles, echado para delante y seguro de sí mismo. No es un "mudito" al que hay ver con lástima o condescendencia: es un ser humano que, para no ser aplastado en el entorno brutal en el que vive, tiene que optar por ser tan brutal -de hecho, más- que los otros.
Un último apunte: como director de actores, Slaboshpitsky muestra muy pocas fallas. Si acaso una pelea vista en plano general parece poco natural y demasiado bien ensayada; en todas las demás secuencias, los jóvenes y adultos actores sordomudos -todos ellos no profesionales- están impresionantes. 
De hecho, el ucraniano debería venir a México a enseñarle a varios cineastas cómo trabajar con este tipo de actores. Las más de las veces, los directores mexicanos abandonan a sus actores no profesionales frente a la cámara. Y eso se nota. En contraste, en la Tribu se nota que hay un director presente. Se llama Miroslav Slaboshpistky y, por lo visto en su debut, hay que aprender a escribirlo bien de aquí en adelante.