lunes, 29 de junio de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCIV




La Noche del Demonio 3 (Insidious: Chapter 3, Canadá-EU, 2015), de Leigh Whannell. La tercera cinta de la saga Insidious es una sosa precuela que desvela el momento en el que la psíquica Elise Rainier (Lin Shaye) conoció a sus dos chalanes cazafantasmas de las dos primeras cintas. Torpe y derivativa cinta de horror que, de todas formas, revisando la taquilla mundial, provocará la realización de una cuarta parte. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado.

Muros (México-Alemania-Irlanda-Israel-EU-Sahara Occidental, 2014), de Gregorio Rocha. Presentada en el pasado FICUNAM 2015, este documental del veterano especialista Rocha ha llegado a la Cineteca Nacional este fin de semana. 
La voz en off sobre-explicativa del propio Rocha le aclara a su "pequeño chimpance" -o sea, a su hijo- que, con el fin de huir de sus demonios, ha decidido recorrer el mundo, "muy lejos de ti, más cerca de mí". La confesión ego(t)ista se ilustra en este curioso egotrip que inicia, a saber por qué, en la capilla de Malverde en Culiacán y de ahí sigue por Sonora, Berlín, Israel, Belfast, Arizona, Argelia y los campamentos en los que sobrevive el pueblo saharauí. 
En todos estos lugares hay o ha habido muros que separan a ssitemas políticos, culturas, religiones. También hay muros fraternales -el que persiste entre Rocha y su hermano, que vive en Israel- y otros que separan a una misma población, como el muro "elástico" que hace la vida imposible de los palestinos en los territorios ocupados o la frontera que separa los territorios que son -o fueron- de los indios o'otham de Sonora y Arizona.
El documental está competentemente realizado y la edición del propio Rocha termina fusionando de forma hasta elegante los espacios más alejados -el desierto del Sahara con el desierto de Sonora, por ejemplo-, pero como dice el propio cineasta, voz en off de por medio, en algún momento de lucidez: ¿servirá de algo este documental? 
Digamos que a nivel informativo, sí. No hay mucho que Rocha pueda agregar sobre temas harto conocidos -el conflicto palestino, la tragedia saharauí- aunque debo confesar que no tenía mucha idea de que los o'otham (o pápagos) estuvieran divididos por la frontera méxico-americana. Algo es algo: viendo Muros por lo menos eso aprendí.

Pride: Orgullo y Esperanza (Pride, EU-Francia, 2014), de Matthew Warchus. Sin querer, el estreno de esta comedia social y militante no pudo haber sido más oportuno. Se trata del recuento de un episodio histórico y real cuando, en plena huelga minera de mediados de los 80, los movimientos lésbico-gays se unieron a los sindicatos mineros en la Gran Bretaña de la señora Tatcher. Mi crítica, in extenso, por acá.

Alas de Libertad (Bird People, Francia, 2014), de Pascal Ferran. El cuarto largometraje de Ferran (cinta anterior más conocida, Lady Chatterley/2006, no vista por mí) es una completa extravagancia que, aunque no es del todo lograda, es probable que se quede en la memoria más tiempo que otros filmes mucho más "redondos" o "acabados".
Divido en dos segmentos, más un prólogo y un epílogo, el guion original escrito por el propio Ferran y Guillaume Bréaud nos muestra una floja primera parte, titulada "Gary" en la que un empresario gringo llamado Gary Newman (Josh Charles) llega al aeropuerto Charles de Gaulle de París, se hospeda en el hotel Hilton del propio aeropuerto, va a una junta de trabajo y está listo para volar a Dubai al día siguiente. Sin embargo, sin que venga a cuento, acaso provocado por el desvelo por el jet-lag, decide cambiar radicalmente de vida y dejar todo atrás. No vuela a Dubai, renuncia a su trabajo, vende su parte de la empresa y, de pasada, abandona a su mujer (Rahda Mitchell), a sus hijos y a su estilo de vida.
La segunda sección, "Audrey", está centrada en la jovencita del título (Anaïs Demoustier, encantadora), una mucama del mismo hotel Hilton en el que se hospeda Gary. Conocemos a la muchacha desde el prólogo cuando, en un monólogo interno, está sacando cuentas del tiempo que pasa en el transporte público cada semana (10 horas, lo que para un chilango común y corriente no son tantas, la verdad). Luego sabemos, plática telefónica con su papá de por medio, que acaba de cortar con su novio, que finge que sigue estudiando -en realidad, dejó la Universidad- y que trabaja como camarera, acaso porque no encontró otro empleo, aunque es obvio que la chamba no le molesta: la muchacha está atenta a todo lo que pasa a su alrededor, dispuesta a atestiguar una plática comprometedora, curiosa por lo que los huéspedes dejan en cada cuarto. Sin embargo, en cierta noche que le toca limpiar un auténtico mugrero en una suite, Audrey sube a la azotea, deseando cambiar su vida. Y, en efecto, la cambia, incluso más radicalmente que Gary.
No apuntaré la manera en la que Audrey cambia su existencia porque el éxito de la cinta recae en la fuerza de la misma sorpresa y de su ejecución fílmica. Toda la película, de hecho, cambia a raíz del episodio de Audrey. No remedia los problemas de la primera parte, pero sí logra que los dejemos pasar. En esta segunda sección, Ferran cuenta, por cierto, con un extraordinario trabajo de efectos digitales que logra que olvidemos que lo que estamos viendo no es posible, por más que se vea tan real. Es un triunfo técnico de la casa francesa de efectos visuales BUF, pero también es un logro fílmico y narrativo de Ferran que, logra salvar del olvido a esta película a partir de su segunda hora. 

sábado, 27 de junio de 2015

Pride: Orgullo y Esperanza



Hay en el cine británico una rica fórmula de la comedia a la que podríamos etiquetar como "comedia obrera-militante-(y a veces)-casi-musical". Aunque los orígenes del cine británico progresista y de izquierdas podríamos trazarlos en la obra de Ken Loach, la realidad es que el boom de este tipo de comedias inicia con el éxito económico mundial de Todo o Nada: el Full Monty (Cattaneo, 1997) -en la que unos obreros desempleados se desnudan para conseguir lana-, aunque antes ya se había realizado la también notable Tocando al Viento (Herman, 1996), sobre una banda de música de viento conformada por mineros del interior de Yorkshire.
Después de esas dos películas, que colocaban a sus populares/populistas personajes enfrentados al conservadurismo de hierro de la señora Tatcher y de su detestable descendencia, el ciclo ha continuado en este siglo con Billy Elliot (Daldry, 2000) -sobre un niño bailarín que busca salir de un pequeño pueblo minero en plena huelga de mediados de los 80-, Chicas de Calendario (Cole, 2003) -sobre unas doñas de algún lugar de Yorkshire que se desnudaron para hacer un calendario y ayudar al departamento de oncología del hospital local- o Mujeres Exitosas (Cole, 2010) -sobre la lucha de unas obreras de la Ford Motor Company por la igualdad salarial en la Inglaterra de los años 60.
De esta estirpe forma parte Pride: Orgullo y Esperanza (Pride, EU-Francia, 2014), apenas segundo largometraje del director teatral Matthew Warchus, sobre un guion de Stephen Beresford que esperó más de una década para ser producido.
Pride inicia con la Marcha de Orgullo Gay en el Londres de junio de 1984, cuando la huelga minera estaba por iniciar y finaliza un año después, en junio de 1985, con una marcha gay similar a la que se la ha unido un enorme contingente inesperado. Sin embargo, a pesar de estas escenas con las que abre y cierra el filme y con todo y que el título parece indicarlo, Pride no es un filme sobre la lucha de los derechos de lesbianas y gays, sino algo más interesante y, me atrevo a apuntar, más valioso: la crónica del nacimiento de una genuina solidaridad entre contrarios que, al final de cuentas, no eran tan contrarios.
Basada en hechos y personajes reales -el núcleo de activistas gays y mineros galeses existieron y algunos de ellos siguen vivos y dando lata-, he aquí que el inquieto jovencito gay Mark Ashton (Ben Schnetzer) se da cuenta que en la Inglaterra de 1984 hay otra comunidad igual de vilipendiada, reprimida, perseguida y demonizada que la homosexual: la formada por los trabajadores mineros. En efecto, con la señora Tatcher en el número 10 de Downing Street, la policía ha dejado en paz a los gays, porque hay un "enemigo interior" más peligroso: esos revoltosos mineros de todo el país que tratan de resistir las reformas neoliberales de la Dama de Hierro. Así pues, ya que el enemigo de mi enemigo mi amigo será, Mark forma el grupo Lesbianas y Gay en Apoyo de los Mineros, recolecta dinero para la causa y luego elige un pueblo al azar -Onllwyn, en el Valle de Dulais, en Gales- para ir a entregar la lana.
El resto del filme es la crónica del encuentro entre dos grupos tan disímbolos -los extrovertidos gays londinenes y los reservados mineros galeses-, que pasa de la tolerancia (acepto la donación del dinero y te invito una chela, pero no quiero sentarme contigo a platicar) a la curiosidad (la doñita galesa que quiere saber si es cierto que todas las lesbianas son también ¡horror! vegetarianas) y de ahí a la solidaridad más firme, porque en el conservadurismo rampante de la Gran Bretaña de los 80, da lo mismo ser obrero, minero u homosexual, pues en todos estos casos el sistema está preparado para joderte si no luchas por lo que consideras justo.
El discurso político es tan obvio como parece y la realización del director Warchus no es más que funcional, pero la cinta se sostiene por un reparto impecable -¿hay manera de que gente como Bill Nighy o Imelda Staunton haga algo mal?- y un regocijante tono ligero que coquetea una y otra vez con el cine musical -el exultante baile del desatado gay Jonathan (Dominic West, el extrañado McNulty de The Wire), la inevitable banda sonora setentera/ochentera con "Shame Shame Shame", "Karma Chamaleon", "Relax" y otras más-, sin dejar de lado el objetivo central del filme: mostrar que el activismo solidario, bien planeado, bien ejecutado, puede dar resultados importantes. Que más allá del egoísmo, del cinismo y de los prejuicios, es posible estrechar la mano del diferente, del distinto, para terminar descubriendo que no era tan diferente como se había pensado.
En la crítica que escribió David Denby en The New Yorker, en septiembre del año pasado, el crítico retirado anotaba sagazmente un detalle significativo, acaso paradójico: desde 1985, fecha en la que mineros y gays se unieron en aquella marcha histórica, la comunidad homosexual ha ido ganando terreno año tras año en todo el mundo -las recientes decisiones de las Supremas Cortes mexicanas y estadounidenses sobre el matrimonio son clara evidencia de ello-, no así el movimiento obrero que, desde esa década, ha ido perdiendo no solo influencia política sino que se ha ido depauperando cada vez más.
¿A qué se deberá esto? ¿Será que, al final de cuentas, la comunidad gay, urbana, educada, sofisticada, ha terminado formado parte de la élite, a diferencia de los obreros que siguen pobres, reprimidos y mal educados? ¿Será que las diferencias de clase siguen siendo las más difíciles de vencer?

martes, 23 de junio de 2015

Pídala Cantando/LXIII




El lector y comentarista habitual de este blog, Christian Guisa, me ha pedido rescatar un texto que se encontraba en el extinto sitio cinevertigo.com. Esta crítica de El Ladrón de Orquídeas fue escrita hace más de dos lustros. 


El inclasificable dúo de la genial ¿Quieres Ser John Malkovich? (1999), el director Spike Jonze y el guionista Charlie Kauffman, volvió con El Ladrón de Orquídeas (Adaptation, EU, 2002), una desconcertante comedia sobre un guionista que no puede escribir la adaptación de un best-seller que, de por sí, es imposible de llevar a la pantalla. La segunda película dirigida por el exmarido de Sofia Coppola es muchas cosas a la vez: meditación sobre la dificultad de hacer arte en el seno del monstruo comercial hollywoodense, reflexión sobre la pasión (o falta de ella) que puede dirigir nuestras vidas, burla fílmica que no deja títere con cabeza (empezando por la gente que la hizo) y, last but nos least, un cruel juego genérico que termina haciendo (de manera consciente, por supuesto) todo aquello que critica.
La referencia obvia de El Ladrón de Orquídeas es, todo mundo lo ha dicho, la obra maestra de Fellini 8 ½ (1963). Sin embargo, aunque la cinta de Jonze/Kauffman se sostiene bien en la comparación con el clásico fellinesco, en realidad estamos ante OTRA clase de animal, infectado por el delirio autorrefencial del postmodernismo y sofocado en más de una ocasión por las innumerables ideas que luchan una contra otra a lo largo de las dos horas de duración del filme. Hay también otra notable diferencia: 8 ½  es una historia de amor al cine a través de una trama que sigue a un famoso director que no sabe cómo hacer si siguiente película, mientras en El Ladrón… vemos al guionista Charlie Kauffman (Nicholas Cage) angustiado por su imposibilidad de adaptar un libro a la pantalla grande, todo ello en una trama que NO es una historia de amor al séptimo arte sino una brutal sátira del mismo (sátira que, además, raya en la misantropía y el masoquismo). Lo increíble es que Jonze y Kauffman se salen con la suya: hacen el pastel, lo adornan, se comen ellos solos una parte y el resto se lo estrellan en la cara a todo el que se deje. Y encima los nominan al Oscar y ganan en Berlín.
Charlie Kauffman está en líos: es corrido del set de ¿Quieres Ser John Malkovich?, no puede avanzar en su adaptación del libro El Ladrón de Orquídeas de Susan Orlean (Meryl Streep), su hermano gemelo bueno-para-nada Donald (otra vez Cage) resulta ser mejor guionista que él y, para acabarla, empieza a sentirse atraído por Susan, quien a su vez parece estar interesada en el protagonista del libro que ella escribió, John Laroche (el oscareado Chris Cooper), un excéntrico tipo desdentado que le da por robar orquídeas en los pantanos de Florida.
No pretendo ni siquiera tratar de contarle de qué trata la película. Baste decir que, a diferencia de lo que le dice Charlie a una productora hollywoodense (“no quiero escribir nada que tenga violencia, sexo ni drogas”), El Ladrón de Orquídeas está llena de eso (violencia, sexo y drogas), además de traumas personales, adulterio, balazos, persecuciones en los manglares, una docta explicación sobre darwinismo, caimanes hambrientos y… bueno, hasta la inhalación de polvo de orquídeas como si fuera cocaína. Para cuando llegamos a este punto (me refiero a la susodicha inhalación de polvo de orquídeas), la historia no tiene ya pies ni cabeza y sale desbocada cual burro sin mecate .
Es evidente que Jonze y Kauffman lo hicieron todo con toda la intención de molestar y vaya que lo logran: uno termina mitad asombrado, mitad molesto por la osadía del par de provocadores profesionales. ¿Acaba uno de ver una gran película o un gran timo cinematográfico? No lo sé. Mejor déjeme anotarlo de esta manera: estamos ante un gran timo que, por lo mismo, resulta ser una gran película. ¿O era al revés? Déjeme llegarle al polvo de orquídeas y luego termino de explicarle.

lunes, 22 de junio de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCIII



Intensa-Mente (Inside Out, EU, 2015), de Pete Docter y Ronaldo del Carmen. ¿La mejor cinta de Pixar? Para mí, no: queda lejos, a media tabla, pero esa posición es suficiente para que seguramente quede en mi lista personal de lo mejor del 2015. Mi crítica, acá. 

Sombra Blanca (White Shadow, Tanzania-Alemania-Italia, 2013), de Noaz Deshe. El segundo largometraje -primero de ficción- del israelí Deshe es una obra dispareja pero siempre interesante, entre el lirismo y la denuncia. La historia está centrada en un jovencito albino en Tanzania, cuyo vida peligra pues en esa parte de África existe la creencia de que el corazón o las manos de los albinos dan fuerza, poder, dinero. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

Los Invencibles (Les Invincibles, Francia, 2013), de Frédéric Berthe. El quinto largometraje del director de comedias y realizador televisivo Berthe es una amable cinta que critica el racismo francés y empuja por la tolerancia a través de una elemental historia deportiva. 
El cuarentón de origen argelino Momo (Atmen Kelif) no tiene mayor oficio ni beneficio que jugar muy bien a la petanca, un antiquísimo jueguito europeo en el que los participantes lanzan unas bola de fierro a una pequeña cancha rectangular en donde se encuentra una pequeña bola de madera. Hasta donde entendí, el juego lo gana quien logra alejar, a bolazo limpio, las pelotas del contrario.
Estoy seguro que la petanca ha de ser muy emocionante jugarlo, pero cinematográficamente hablando, esa disciplina no da para mucho. Por lo menos no en manos del director Berthe, un cineasta que apenas podría calificarse como un artesano muy elemental.
Si la cinta aguanta el palomazo de fin de semana, se debe en gran medida a su buen reparto, dominado por la enorme -en más de un sentido- figura de Gérard Depardieu en el papel de Jacky, el amigo/entrenador de Momo. Por lo demás, el guion -que fue desarrollado a partir de una idea original del propio protagonista, monsieur Kelif- está lleno de estereotipos y vueltas de tuerca la mar de previsibles. 

sábado, 20 de junio de 2015

Intensa-Mente



Es probable que Intensa-Mente (Inside Out, EU, 2015) tenga la historia más simple entre los 15 largometrajes que ha realizado hasta el momento la casa Pixar. El argumento, escrito por los co-directores Pete Docter (co-realizador de Monsters Inc./2001 y Up: una Aventura de Altura/2009) y el debutante Ronaldo Del Carmen, puede resumirse así: una niña que acaba de mudarse a San Francisco, se siente deprimida y decide regresar a la ciudad de donde vino, en algún lugar de Minnesota, pero se arrepiente en el último instante y corre a refugiarse a los brazos de sus padres.
Usted estará de acuerdo que difícilmente se trata de una historia particularmente emocionante ni, mucho menos, original. La clave está en que lo que describí es la mera cáscara narrativa, pues el corazón de la película está en otra parte: en el interior de la cabeza de la protagonista, la niña de 11 años Riley (voz de Kaitlyn Dias). Ahí, en el interior de la chamaca, sus cinco emociones -Alegría (voz de Amy Poehler), Tristeza (voz de Phyllis Smith), Temor (voz de Bill Hader), Desagrado (voz de Mindy Kaling) y Furia (voz de Lewis Black)- colaboran y compiten por lo que ella piensa, siente, dice y hace. Por su personalidad, pues. Por lo que ella se va a convertir ahora que está a punto de entrar en la adolescencia.
Aunque esta premisa de ver cómo funciona nuestro cerebro no es tan original como parece -ya la vimos, aunque en un tono muy distinto y en un contexto muy diferente, en el último segmento de Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo, pero temía preguntar (Allen, 1972)-, lo cierto es que la ejecución de Docter y Del Carmen elevan la idea a alturas cómico-dramático-alegóricas inesperadas. 
Y es que más allá del planteamiento clásico pero efectivo de la buddy-movie tradicional -Alegría y Tristeza tienen que hacer equipo, como antes lo hicieron Woody y Buzz, para buscar lo mejor para Riley-, más allá de las hilarantes e infaltables referencias cinefílicas/culteranas -el Centro de los Sueños como estudio de cine industrial, el Subconsciente en el que duerme un enorme payaso terrorífico, el cotorro guiño a Chinatown (Polanski, 1974), la escena en la que los personajes se transforman en dibujos cubistas ("¡Ya no somos figurativos!")-, y más allá de las varias puntadas desternillantes -el rolling-gag del baboso jingle que los chalanes de la memoria colocan una y otra vez en la mente de la niña-, más allá de todo lo anterior, pues, descansa una subversiva idea central: que no es posible vivir sin tristeza. Que aceptar la tristeza es, de hecho, crecer. Y que eso, precisamente, es lo que significa madurar. Dejar la niñez duele pero hay que hacerlo, aunque en el camino haya que olvidar, por ejemplo, a algún entrañable amigo imaginario. 
La animación, con los contornos de los personajes disolviéndose en las orillas, subrayan este mismo concepto: las emociones son complejas, inasibles, difíciles de contener, de definir, de encajonar, y más cuando se tiene 11 años. Aunque, a decir verdad, cuando Docter y Del Carmen nos permiten acceder a la mente de los adultos -la mamá, el papá, la maestra, etcétera- tampoco parecen mucho más centrados que Riley. 
Ni modo: de eso se trata ser seres humanos. Nuestras mentes son un auténtico desmadre. Pero, en manos de los genios de Pixar, por lo menos somos un desmadre fascinante.

jueves, 18 de junio de 2015

Pixarómetro



Antes de ver IntensaMente (Docter y Del Carmen, 2015), décimo-quinto largometraje de Pixar, anuncié por twitter que elaboraría mi top-10 del estudio, en orden de preferencia. Ni tardo ni perezoso, mi colega Erick Estrada de Cinegarage, me propuso intercambiar el susodicho decálogo. 


Así pues, va el Pixarómetro de Erick, como sigue:




1.- Toy Story (1995). No solamente por el peso histórico que adquiere cada vez que se estrena una película de Pixar (esta fue la primera y al mismo tiempo una película redonda), sino porque en su historia y la manera de contarla hacen homenaje pleno al cine y muchas de sus figuras sobresalientes.

2.- Ratatouille (2007). No solamente es una película cálida y para la que se desarrollaron distintos softwares que reflejaran texturas y colores de la comida, sino que Pixar demostró que no es necesario “humanizar” personajes animales para hacerlos cercanos a nosotros. Todo se hizo a través del guión que es, además, perfecto.

3.- WALL*E (2008). Pixar no le tiene miedo a la oscuridad. Solamente necesita darle un sentido, dibujar bien la idea. Esta aventura de ciencia ficción es la prueba y por si fuera poco, retoman de nuevo influencias cinéfilas tan poderosas como Buster Keaton y Chaplin para generar a uno de sus personajes, probablemente, menos comprendidos.

4. Monsters Inc. (2001). Nadie sabía de qué iba la película hasta que estrenó. El final dejó boquiabiertos a quienes en ese momento se consideraban buenos guionistas. El pelo (humano o animal) jamás había sido recreado de esta forma y casi nadie se dio cuenta que se trataba de una “historia alternativa” de Woody y Buzz Lightyear.

5.- Valiente (2012). Otra historia incomprendida de Pixar pero que impulsó antes que muchas el discurso femenino en las películas animadas. Disney lo hizo antes, pero los niveles de discurso y animación de esta son únicos.

6.- Toy Story 3 (2010). Dejó ahora sí clarísimo que si bien las historias de Pixar reciben aceptación absoluta de parte de los niños no necesariamente están dirigidas a ellos. Ese casi final con la probable muerte de los personajes elevó las ventas de marcapasos una vez terminada la película.

7.-Los increíbles (2004). Homenaje movidísimo y divertido al cine de acción, a los superhéroes, a la comedia familiar, al cine de entretenimiento y al espíritu Pixar: no tienes que contar historias realistas, necesitas que tu historia sea creíble.

8.- Buscando a Nemo (2003). Adiós a los mundos bajo del mar de Disney. Aquí hay una aventura casi de water-road movie que no solamente habla de familias no tradicionales (el padre de Nemo es padre soltero), sino que además lo hace sin ganas de darnos lecciones de nada.

9.- Bichos (1998). Los siete magníficos en miniatura sin llantos gratuitos, ni lecciones de vida, ni sermones eternos sobre el trabajo en equipo o algo parecido. Los softwares diseñados para esta película beneficiaron enormemente a las siguientes y además la versión en inglés es sublime.


10.- Up (2009). Nada en contra de ella pues resulta incluso poética. Lo que desencancha es una segunda parte que va de la pachequez al sinsentido. Como que pierde mucha de la carne que tan bien estaba cocinando en un principio.



Y el mío, por acá. A notar que coincidimos en 9 de los 10 títulos, aunque el orden sea diferente. Eso sí, en el primer lugar, no hay diferencia alguna. Ni en el décimo, curiosamente.



1. Toy Story (1995). La interacción entre Woody y Buzz va más allá de la añeja fórmula de la pareja/dispareja: estamos ante el desencuentro entre un anacrónico vaquero de juguete y un presuntuoso juguete espacial. Entre el pasado y el futuro -que ya era presente- del cine animado. 

2. Toy Story 2 (1999). ¿Segundas partes nunca fueron buenas? Algunos dirán que en el caso de Pixar, son mejores. Las aventuras son más emocionantes y los personajes demandan de nosotros más atención y emotividad.

3. Toy Story 3 (2010). Hay una escena en Toy Story 3 en la que parece que todos los juguetes sucumbirán quemados. El hecho de que, aunque sea por un momento, uno pensara que realmente ese podía ser el fin de la saga, habla muy bien de Pixar.

4. Buscando a Nemo (2003). ¿La mejor película para el día del padre en la historia del cine? A lo mejor sí. Lo que sí creo es que, seguramente, es la más divertida. 

5. Ratatouille (2007). Es complicado hacer una película tan agradable sobre una rata cocinera pero más difícil aún construir un personaje como Anton Ego, un exigente crítico que, al final de cuentas, resulta ser un héroe: un arriesgado defensor del arte y la originalidad. Oblicuamente, un defensor de Pixar.

6. Wall-E (2008). Acaso el mejor filmes chaplinesco sin Chaplin y con algunas delirantes e hilarantes escenas de slapstick comedy.

7. Valiente (2012). Sí, ya sé. En esta elección estoy en la minoría, pero la difícil relación entre una rebelde muchachita y su protectora y exigente madre tiene aristas bastante más complejas de lo que puede parecer. Una cinta bastante oscura, a decir verdad.

8. Los Increíbles (2004). Una película de súper-héroes que pone en vergüenza a cualquier filme de la Marvel, en acción, en humor, en emotividad.

9. Monsters, Inc. (2001). La imaginación visual en la creación de ese mundo paralelo de monstruos es de lo mejor en la filmografía de Pixar.

10. Up, una Aventura de Altura (2009). El problema que tengo con Up es que después de unos minutos iniciales de gran cine, la película se transforma en una aceptable aventura infantil y nada más. 

miércoles, 17 de junio de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCII




Eco de la Montaña (México, 2014), de Nicolás Echevarría. El regreso al cine de Echevarría después de los 12 años desde su anterior filme, el malogrado Vivir Mata (2002), es una espléndida cinta documental sobre el artista huichol Santos de la Torre. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. 

Jurassic World: Mundo Jurásico (Jurassic World, EU, 2015), de Colin Trevorrow. La cuarta película de la saga dinosáurica aguanta con creces el palomazo de fin de semana. Mi crítica, acá.

Oasis (México-Finlandia, 2013), de Alejandro Cárdenas. Presentado en Distrital 2014, estamos ante un mediometraje documental de 52 minutos que nos muestra la vida de tres homosexuales de origen maya -Reynaldo López, Gerardo Chan Chan y el travesti "Deborah" Sansorez- que, portadores del VIH, han luchado contra su padecimiento físico, al mismo tiempo que han soportado discriminación y rechazo, incluso dentro de sus familias. El documental es bastante convencional en la forma -testimonios frente a cámara, a veces en off, uso de fotos fijas preciosistas- y hay por ahí una montaje shocking completamente innecesario -el deseo de uno de los protagonistas de "morir joven, bella y hermosa" se contrasta con la imagen del estragado cadáver de una víctima del SIDA-, pero de todas formas este filme del debutante Alejandro Cárdenas logra con creces el objetivo de cualquier documental: que nos interesemos por la vida de las personas a las que estamos siguiendo y que conozcamos el éthos que les rodea.

Hipócrates, el Valor de una Promesa (Hippocrate, Francia, 2014), de Thomas Lilti. Muy visible melodrama social centrado en el recién recibido médico de 23 años Benjamin Barois (Vincent Lacoste), quien llega a cumplir con su internado en un hospital público que no parece muy distinto a los mexicanos, sean del Seguro Social o del ISSSTE.
Más allá del aprendizaje que tiene que seguir adquiriendo -por ejemplo, la mejor manera de hacer una punción lumbar-, Benjamin será testigo de las difíciles condiciones de trabajo en ese hospital público -el exceso de pacientes, la falta de camas, los aparatos que hace rato que no funcionan- y empezará a tomar decisiones que significarán la vida o la muerte de uno, el sufrimiento de otra, el alivio de otro más. Casi al mismo tiempo, a ese mismo hospital llega otro interno, Abdel Rezzak (Reda Kateb), un doctor hecho y derecho que, de todas maneras, ha tenido que iniciar desde cero en Francia, pues su título médico es argelino.
Este melodrama médico-social no renuncia nunca a la crítica -especialmente al burocratismo de los administradores del sistema de salud público-, pero también es cierto que no deja de mostrar a los protagonistas -especialmente a Benjamin y Abdel- como auténticos héroes o, en todo caso, como seres humanos que, claro, pueden ser falibles pero nunca dejan de estar a un paso de la redención.
En un diálogo clave de la cinta, un doctor le dice a otro que la medicina no es una vocación sino una suerte de "maldición" en vida. El director Lilti -que estudió medicina, de hecho-, sus guionistas y sus actores nos piden que admiremos a estos profesionistas "malditos". De alguna manera, es imposible dejar de hacerlo. 

martes, 16 de junio de 2015

Jurassic World: Mundo Jurásico



Hacia el final de Jurassic World: Mundo Jurásico (Jurassic World, EU, 2015), segundo largometraje de Colin Trevorrow y cuarta cinta de la saga dinosáurica después de Parque Jurásico (Spielberg, 1993), El Mundo Perdido: Jurassic Park (Spielberg, 1997) y Parque Jurásico III (Johnston, 2001), la administradora del nuevo parque "Mundo Jurásico" Claire (una entaconada y sexy Bryce Dallas Howard) corre a liberar a un viejo conocido de las cintas anteriores para que ponga en paz a un nuevo dinosaurio genéticamente modificado, el Indominus Rex, que anda suelto, destruyendo todo, de muy mal humor y comiéndose a los turistas de pasada.
Más allá del resultado de esa pelea, que a esas alturas del juego no me podía interesar menos, lo cierto es que la aparición de ese viejo conocido me pareció uno de los mejores momentos del filme, no tanto por el factor sorpresa, sino porque para mí significó la cereza del pastel cinefílico: el homenaje perfecto de un cineasta (casi) debutante (Trevorrow) al admirado e insuperable clásico viviente (Spielberg). Sí, es cierto, el nuevo "Mundo Jurásico" tendrá dinosaurios "más grandes y con más dientes", pero nunca serán como el primero, como ese terrible lagarto original, ese carismático monstruo rugiente, ese Tiburón (1975) terrestre y prehistórico, que Spielberg nos presentará hace 22 años. El final de Mundo Jurásico es el momento en el que Trevorrow se quita el sombrero para saludar a Spielberg con una reverencia nunca exenta de buen humor.
Al final de cuentas, la historia de Mundo Jurásico es un mero excipiente para lo mejor -¿o lo único?- que puede que ofrecer la película: no el desfiles de nuevos animales prehistóricos -"Nadie se impresiona ya con los dinosaurios", se afirma al inicio del filme-, sino ese regocijante juego referencial en el que lo mismo se homenajea al primer Parque Jurásico (la camiseta vintage que lleva uno de los empleados, la conmovedora agonía del primer dinosaurio spielbergiano visto en pantalla, el emocionante desenlace ya descrito), que pone en evidencia de manera juguetona el sexismo de este tipo de cintas a través de la entaconada Miss Howard, que se burla del lenguaje de los parques gringos de entretenimiento (los anuncios por altavoz en el que le piden amablemente a los clientes que busquen refugio antes de que llegue una banda de pterodáctilos a comérselos), que de los eufemismos típicamente corporativos ("tenemos un  problema de contención", en lugar de decir que se soltaron los dinosaurios y van a empezar a comerse a todos los cristianos que puedan).
Eso sí, al final de cuentas, la cinta no muestra otras ambiciones y termina siendo simplemente lo que es: un buen palomazo de fin de semana, mucho mejor que la olvidada y olvidable tercera parte, pero también por abajo del nivel de las dos primeras dirigidas por Spielberg. Mundo Jurásico no es, pues, más que una pieza de entretenimiento menor pero, por lo menos cuando uno está frente a la pantalla, francamente irresistible. Gente de la Marvel, tomen nota, por favor. 

lunes, 15 de junio de 2015

Durango 2015/II



El Festival de Nuevo Cine Mexicano de Durango 2015 terminó ayer y la ganadora (casi) absoluta fue Me Quedo Contigo (México, 2014), opera prima de Artemio Narro, de la cual escribí largo y tendido por aquí cuando se presentó en el FICUNAM 2015. De hecho, la cinta de Artemio no solo ganó el Premio de la Crítica, otorgado y deliberado públicamente por Fernanda Solórzano, Erick Estrada y un servidor, sino que también fue nombrada Mejor Película por el jurado oficial.

Por su parte, el Jurado Joven premió a la también notable Filosofía Natural del Amor (Hiriart, 2014) -mi crítica por acá- y el Premio del Público –además de una Mención Especial de parte del jurado- fue para el documental sobre la carismática transgénero Morgana, Made in Bangkok (Florencio, 2014). El Mejor Cortometraje fue, finalmente, la historia de amor y crecimiento Trémulo (2014), del cineasta, productor y todo-terreno Roberto Fiesco.

PS. La deliberación pública entre Fernanda, Erick y yo fue grabada para un podcast de una hora y está acá.

viernes, 12 de junio de 2015

Durango 2015/I




Desde el pasado miércoles 10 de junio inició el VII Festival de Nuevo Cine Mexicano de Durango y por allá andaremos este fin de semana, en la tierra de los alacranes, como parte del jurado de la crítica, al lado de mis estimados colegas Fernanda Solórzano y Erick Estrada.
Durango 2015 no es un festival de estrenos nacionales: los siete largometrajes y siete cortometrajes que están en competencia ya han sido presentados en otros festivales de este país –Guadalajara, Morelia, Riviera Maya, FICUNAM-, por lo que el programador/organizador en jefe, Christian Sida-Valenzuela, no tiene la presión de elegir material inédito sino, por el contrario, tiene la facilidad de escoger lo mejorcito del cine nacional que se ha presentado en los últimos doce meses. Eso evita que la programación, en general, esté exenta de filmes impresentables.
Eso sí, todo lo que se presenta en Durango sí es estreno en esa ciudad –y seguramente en buena parte del norte del país- y todas las funciones son gratuitas. Además, suele haber presentaciones de libros o revistas, diálogos con los cineastas, un taller de crítica de cine impartido por Erick Estrada y una auténtica innovación probada el año pasado: el premio de la crítica se otorga después de una deliberación pública.
En el 2014, Fernanda, Erick y yo discutimos durante poco más de una hora, públicamente, y decidimos darle el premio de la crítica a González (2014), de Christian Díaz Pardo. Esta vez la discusión, programada para el próximo domingo a las 11 horas y frente al público en general será sobre las siete películas en competencia: La Danza del Hipocampo, Filosofía Natural del Amor, Matria, Me QuedoContigo, Asteroide, Made in Bangkok y Los Muertos. A ver cómo nos va esta vez.

miércoles, 10 de junio de 2015

El cine que no vimos/LXII



En la entrevista contenida en el libro "Prohibido asomarse al interior" (Joaquín Mortiz/Planeta, 1986), Luis Buñuel le confesó a sus dos entrevistadores, José de la Colina y Tomás Pérez Turrent, que en cierta escena clave de Los Olvidados (1950), cuando el grupo de chamacos de la calle agrede al mendigo ciego Miguel Inclán en un solar baldío, quiso colocar en un edifico en construcción que se encontraba al fondo del encuadre, una orquesta sinfónica ensayando. Un capricho surrealista de Buñuel que, finalmente, no pudo llevar a cabo. La idea era destantear al espectador para que se preguntara, al momento de estar viendo la cinta, si lo que estaba al fondo del encuadre era realmente eso o se lo había imaginado.
Recordé la anécdota buñueliana al estar viendo The Duke of Burgundy (GB, 2014), tercer largometraje del ascendente cineasta británico avecindado en Hungría Peter Strickland (Katalina Varga/2009, Berberian Sound Studio: la Inquisición del Sonido/2012). En cierta escena de esta cinta, estamos en una conferencia sobre lepidópteros -vulgo: mariposas- a la que solo asisten un grupo de muy atentas mujeres que escuchan a la ponente, que también es mujer. La cámara se pasea entre las asistentes y, de repente, vemos al fondo del encuadre, el maniquí de una mujer colocado en una silla, como si fuera una espectadora más. No terminamos de preguntarnos si lo que vimos realmente era un maniquí, cuando la cámara nos muestra otro más, colocado en otra silla. A partir de ese momento, cada vez que volvemos a ese pequeño auditorio, no queda más remedio que buscar si Strickland no colocó por ahí otro maniquí sentado o alguna marigüanada más.
¿Homenaje a Buñuel, ya que hasta la conferencista se llama Doctora Viridiana? ¿O más bien referencia juguetona al cine baratón, descuidado y de sexploitation, del prolífico autor de culto Jesús "Jess" Franco, como han indicado otros? Da lo mismo: la escena de la conferencia queda en la memoria como uno de los varios juegos cinefílicos contenidos en este filme dirigido por el inclasificable Strickland, uno de los mejores cineastas británicos del nuevo siglo, al lado de Jonathan Glazer, Clio Barnard y Ben Wheatley -quien, por cierto, aparece como uno de los productores ejecutivos en The Duke of Burgundy.
Estamos en algún lugar de la campiña europea, acaso en los años 60's o 70's. Una joven mujer, Evelyn (Chiara D'Anna, actriz secundaria en Berberian Sound Studio), llega en bicicleta a la casa de la elegante Cynthia (Sidse Babett Knudsen, estrella de la teleserie danesa Borgen/2010-2013), quien le abre la puerta, la recibe con una mirada gélida y la saluda con un cortante "llegas tarde". Ya dentro, Cynthia le ordena de manera despótica que limpie el estudio ("espero que esta vez no tardes todo el día"), que recoja las hojas secas del patio, que lave a mano sus panties, que le dé masajes en los pies y cuando la silenciosa muchacha dice que, por fin, ha terminado toda su labor, Cynthia encuentra la forma de hacerle un megapancho: al encontrar una pantie sucia, la estricta patrona monta en cólera, toma de la mano a Evelyn, le advierte que se va a arrepentir por ser tan descuidada, se mete con ella al baño y... bueno, escuchamos que, en efecto, la castiga. O algo así.
No voy a agregar lo que sucede a continuación. Solo diré que después de esta larga secuencia inicial, la película se transforma en otra cosa. O, mejor dicho, revela su auténtica identidad: lo que habíamos visto hasta el momento no era exactamente lo que pensábamos. Más aún, cuando creemos que ya entendimos todo, nos damos cuenta que esta nueva visión es errónea o, por lo menos, incompleta, pues en la medida que avanza el filme, los personajes vuelven a cambiar de piel. 
Strickland ha realizado un fascinante juego cinematográfico y cinefílico: The Duke of Burgundy es, en primera instancia, un ingenioso e insidioso pastiche fílmico pero, también, una gran película por derecho propio. En The Duke of Burgundy se traslapan el Fassbinder de Las Amargas Lágrimas de Petra von Kant (Fassbinder, 1972), las referencias buñuelianas ya descritas, el homenaje al softcore porn europeo de los 60/70 y un regocijante humor paródico, que aparece en los mismos créditos iniciales -copia exacta del cine de los 60/70 con todo y la información de "lencería por" y "perfumes de"- hasta en los excéntricos créditos del final, que dan cuenta de un asesor en "excusados humanos", además de una larga lista en la que se anotan los distintos sonidos de las mariposas que escuchamos en la película, con todo y la identificación del nombre científico del animal, en qué sitio se grabó y hasta en qué fecha.
En todo caso, más allá del juego de referencias para cinéfilos/cinéfagos avanzados y más allá de todas las extravagancias que vemos y escuchamos, The Duke of Burgundy -el nombre de otra mariposa: lo tuve que googlear- se sostiene porque tanto Cynthia como Evelyn son personajes profundamente humanos. Al final, debo confesar que terminé viendo a estas dos mujeres con auténtica solidaridad y hasta, ¿por qué no admitirlo?, con una pizca de resignado auto-reconocimiento. Lo mejor que he visto en lo que va del año. 

martes, 9 de junio de 2015

El cliché que yo ya vi/CXXX



En The Strain, el nuevo novio de mamá, además de ojete, ¡se hace vampiro!




Joel Meza propone:


¿Y cómo es él?: En las películas, el nuevo novio de la ex esposa del protagonista siempre es un hombre solvente pero antipático y, eventualmente, un desgraciado, como se podrá ver en la infaltable escena donde enseña el cobre. El objetivo es demostrar que las mujeres hollywoodenses no valen por sí mismas y solamente pueden ser felices junto al héroe. Véase el ejemplo más reciente en Terremoto: La Falla de San Andrés.

lunes, 8 de junio de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCI



Qué difícil es ser un dios (Trudno byt bogom, Rusia, 2013), de Aleksey German. El último y póstumo largometraje de Aleksey German (1938-2013), terminado por su esposa-guionista Svetlana Karmalita y su hijo Aleksey German Jr. es un incomprensible y apabullante delirio cinematográfico ubicado en un planeta distinto a la Tierra pero muy parecido a ella, aunque en otra época, pues sus habitantes viven en una suerte de lodosa, sucia y horrenda Edad Media.
Olvídese de la historia: nadie que ha visto la película le ha podido entender por completo, a menos que se haya leído la novela homónima de los hermanos Strugatskiy o, por lo menos, un resumen de ella. Baste señalar que estamos ante un inabarcable ejercicio visual de casi tres horas de duración, entre un Monty Python sin sentido del humor y la obra del Bosco o Brueghel. Dudo que pueda ver algo parecido en cine en este año... o en cualquier año.

Spy: una Espía Despistada (Spy, EU, 2015), de Paul Feig. La tercera colaboración entre el cineasta Feig y la comediante Melissa McCarthy -en vías de convertirse en una genuina estrella cómica- es una divertida parodia jamesbondesca con una agenda femenina/feminista que sale a colación entre una avalancha de gags físicos y one-liners. Mi crítica in extenso por acá.

Ciencias Naturales (Argentina-Francia, 2014), de Matías Lucchesi. La opera prima de Lucchesi, ganadora en Guadalajara 2014 del Mayahuel a Mejor Película Iberoamericana, a Mejor Guion -del propio Lucchesi en colaboración con Gonzalo Salaya- y a Mejor Actriz -compartido por las dos protagonistas- ha llegado finalmente al circuito cultural defeño un año después de su exhibición festivalera. 
En el interior de Córdoba, una terca niñita de 12 años, Lila (Paula Hertzog, la protagonista de la también notable El Premio/Marcovitch/2011), matriculada en un internado rural, decide escaparse de la escuela para ir en busca de su desconocido papá. La única pista que tiene es una plaquita que identifica el negocio que colocó una antena, pues aparentemente su padre se dedicaba a eso. Como la niña no entiende de razones, su maestra de ciencias naturales, Jimena (Paola Barrientos), la acompaña en su búsqueda.
Esta road-movie femenina es, también, una inteligente película de maduración y crecimiento infantil bien actuada por la dupla Hertzog-Barrientos. Aunque el guion de Lucchesi-Salaya parte de una premisa muy solemne -la búsqueda del padre, nada menos-, la dirección del cineasta debutante es sensible sin llegar nunca al chantaje sentimental ni a las ñoñerías. 

Estocolmo (España, 2013), de Rodrigo Sorogoyen. Lo que inicia como un buen ejercicio linklateriano (especialmente de Antes del Amanecer/1995) termina autosaboteándose con un innecesario desenlace tremendista. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. 


sábado, 6 de junio de 2015

Spy: Una Espía Despistada



Hay una escena clave en Spy: Una Espía Despistada (Spy, EU, 2014), en la que la eficaz pero tímida agente de inteligencia de la CIA Susan Cooper (Melissa McCarthy) es interrogada por su implacable jefa, Elaine Croker (Allison Janney perfecta). En el diálogo, Croker quiere saber por qué, a pesar de que Susan obtuvo las mejores calificaciones en su examen, a pesar de que sabe disparar como el que más, a pesar de que es capaz de partirle su mandarina a gajos a cualquier malandrín que se le ponga enfrente, a pesar de que, en pocas palabras, pudo haber optado por ser una agente de campo de la CIA, se ha quedado detrás de un escritorio y frente a una computadora. La respuesta de Cooper es simple: ella cree que sirve mejor en la oficina, como apoyo de inteligencia del carismático agente secreto Bradley Fine (Jude Law, cual 007 del tipo Roger Moore). Cuando Croker escucha a Cooper justificar que ha detenido su propia carrera por un hombre, la vicepresidenta de la CIA solo musita, exasperada: "¡mujeres!".
Spy, sexto largometraje del especialista en comedias femeninas Paul Feig y tercera colaboración del cineasta con la comediante Melissa McCarthy, es la película más claramente feminista del director de Damas en Guerra (2011) y Chicas Armadas y Peligrosas (2013). A lo largo de los 120 minutos de la cinta y entre inspirados momentos de comicidad escatológica, slapstick bien ejecutado, diálogos violentos y monólogos casi montypythonescos (los de un autoparódico Jason Statham), no faltan apuntes como el descrito en el primer párrafo, en los que queda claro que una mujer puede brillar sin estar detrás de un hombre (como la Cooper de McCarthy) o es capaz de heredar y liderar la maléfica organización paterna sin perder su sex-appeal (la villana búlgara interpretada por Rose Byrne), siempre y cuando tenga la confianza necesaria para hacerlo.
Por lo mismo, más allá de que el guión de Spy, escrito por el propio cineasta, no sea más que una simple parodia jamesbondesca, la cinta no se muestra tan interesada en ridiculizar los convencionalismos del cine de espionaje como en desarrollar la relación de amistad/rivalidad entre Cooper, la analista transformada en espía, y Rayna, la guapa súper-villana encarnada por Miss Byrne. De hecho, si exceptuamos los monólogos de un hilarante Jason Statham como el bravucón y machista espía renegado que no cree que Cooper pueda cumplir con su deber, los mejores gags de la cinta están construidos alrededor de McCarthy (el rolling gag de sus identidades secretas, su enfrentamiento con un matón a quien termina eliminando, su transformación en abusiva guarura malhablada) y de la relación de ella con la malvada Rayna (las one-liners que se recetan son divertidísimas). 
Al final y como debe de ser, Feig guarda la mejor despedida posible entre su heroína y su villana, un intercambio de insultos por el que es evidente que las dos mujeres se estiman mucho más de lo que creen. Y que, por cierto, no necesitan de bules para nadar. O sea, no necesitan de nosotros, los hombres. O, bueno, sí nos necesitan para una cosa, como queda claro en el desenlace. Menos mal. 

viernes, 5 de junio de 2015

Rodriguezómetro



Hace un par de años, en pleno FICUNAM, vi la entrevista televisiva que Roger Koza le hizo a Jorge Ayala Blanco en la cual, ante la pregunta del programador argentino de con qué cineastas debería iniciar cualquiera que quisiera saber algo de la época del oro del cine mexicano, Ayala Blanco respondió, muy wellesianamente: "Debe iniciar viendo el cine de tres directores: Ismael Rodríguez, Ismael Rodríguez e Ismael Rodríguez". 
Evidentemente es una exageración de Ayala, aunque en esos años -la llamada Época de Oro, de 1936 a 1957- es probable que no haya otro director mexicano cuya obra sea más consistente e, incluso el día de hoy, más disfrutable -aunque, bueno, podemos llamar a un empate con Alejandro Galindo.
En todo caso, a petición de un lector en tuiter y a propósito del ciclo dedicado a Ismael Rodríguez en la Cineteca Nacional, va mi top-10 del cine de Don Ismael, en orden de preferencia:



2. Dos Tipos de Cuidado (1952)

3. Los Tres García (1946)

4. Vuelven los García (1946)

5. Nosotros los Pobres (1947)


7. A Toda Máquina (1951)

8. ¿Qué Te Ha Dado esa Mujer (1951)

9. La Oveja Negra (1949)

10. No Desearás la Mujer de Tu Hijo (1950)

Extra:


martes, 2 de junio de 2015

El cliché que yo ya vi/CXXIX



Joel Meza propone:


Curso para esquivar objetos cayendo marca ACME. En las películas, los malos siempre encuentran la manera de emular al Coyote (del Correcaminos) y terminar aplastados, al correr exactamente bajo la línea donde previsiblemente caerá un árbol, una columna, un edificio, o cualquier estructura gigantesca que se precipita al suelo. Véanse los ejemplos más recientes en Tomorrowland y en Terremoto: La Falla de San Andrés.

lunes, 1 de junio de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXC



El Juicio de Viviane Amsalem (Gett, Israel-Francia-Alemania, 2014), de Ronit y Schlomi Elkabetz. El tercer largometraje de los hermanos Elkabetz es un desesperante drama de juzgado que se desarrolla a lo largo de varios años en el interior de un juzgado civil-religioso, pues en Israel el divorcio lo deciden los rabinos. La protagonista y codirectora Ronit Elkabetz está espléndida atrás y frente a la cámara. De lo mejor que vi el año pasado, como lo anoté en su momento en esta lista. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado.

Moebius (Moebiuseu, Corea del Sur, 2013), de Ki-duk Kim. Después de ese horror cinematográfico que fue Arirang (2011), me había prometido no volver a ver otra cinta de Kim, a menos que me pagaran por hacerlo. Falté a mi promesa y ahí te voy. Como en el caso de Arirang, no terminé de verla. Eso me pasa por no ser hombre de palabra. 

Caníbal (España-Rumania-Rusia-Francia, 2013), de Manuel Martín Cuenca. Vista hace año y medio en La Habana 2013, ha llegado a las salas de la ciudad de México el más reciente largometraje de Manuel Martín Cuenca, cuya carrera es prácticamente inédita en este lado del charco. Ante de la visita de este filme, acaso habría que ir a revisar sus anteriores películas. 
Carlos (mesurado Antonio de la Torre) es el mejor sastre de Granada. Un tipo solitario, silencioso, profesional. En algún momento alguien le dice que es de “los tíos que les gusta ver”. Y, en efecto, le gusta ver. O, mejor dicho, estudiar a su presa. Luego, cazarla. Y después, comérsela. En efecto, Carlos es el caníbal del título a quien vemos, en la secuencia inicia, ejecutar con precisión su modus operandi.
No hay una sola escena de violencia gráfica en el filme –todo sucede fuera de cuadro o en los intersticios narrativos- pero tampoco es necesario: basta ver cómo guisa sus filetitos de cristiano que engulle con toda parsimonia, acompañado de una buena copa de vino tinto, para sentirnos un poco mal.
La rutina perfecta de Carlos se rompe cuando se involucra con una vecina rumana y “masajista” llamada Alexandra, y, después con su hermana Nina (las dos, bien interpretadas por la guapa Olimpia Melinte), por quien empieza a sentir algo nuevo para él. No es que no quiera comérsela. El problema es que también quiere algo más de ella. 
Recuerdo que vi esta película en el cine Riviera de La Habana, con un público cinéfilo isleño común y corriente –el público festivalero estaba rumbo a la ceremonia de inauguración, chismes a los que siempre evito ir-, lo que resultó un plus. Los habaneros comentaban a voz en cuello, gritaban asombrados, reían de manera nerviosa, le advertían a algún personaje que no fuera para allá, etcétera. Todo un espectáculo aparte.
A la distancia, no estoy seguro que me haya convencido del todo el desenlace, pero la cinta merece la revisión  –el nivel de suspenso creado llega a resultar insoportable- y en cuanto a su director, Manuel Martín Cuenca, no hay que perderlo de vista e, insisto, acaso habría que ver lo que ha hecho antes de esta película.