domingo, 28 de septiembre de 2014

Matrimonio a la Italiana




Hoy finaliza en la Cineteca Nacional la breve pero sustanciosa retrospectiva de Sophia Loren, que estuvo en nuestro país -Carlos Slim de por medio- para celebrar sus primeros 80 años de edad. Además del huateque pagado por el hombre más rico del planeta, Slim le organizó a la Loren una exposición –con todo y el Oscar que ganó en 1962 por Dos Mujeres (De Sica, 1960)- y la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de México le otorgó un Ariel de Oro.
El caso es que la Cineteca no se podía quedar atrás y programó una retrospectiva que termina el día de hoy con la exhibición de Matrimonio a la Italiana (Matrimonio all’italiana, Italia-Francia, 1964), largometraje número 20 de Vittorio de Sica.
Realizado inmediatamente después de Ayer, Hoy y Mañana (1963) y con los mismos protagonistas (Marcello Mastroianni y la Loren), Matrimonio a la Italiana significó el regreso a los primeros planos del padre del neorrealismo italiano, Vittorio de Sica, quien a finales de los 50 había entrado en una suerte de bache creativo. 
Matrimonio a la Italiana está basado en la obra teatral de Eduardo de Filippo “Filumena Maturano”, que describe descarnadamente la relación entre un hombre acomodado y una prostituta a lo largo de 22 años. Convertida en la amante de planta, criada de confianza y administradora de los negocios de Don Domenico Surriano (Mastroianni), Filumena (Loren) ve frustradas todas sus esperanzas de aparecer como la señora de la casa, así que finge estar agonizando para obligar a su egoísta macho italiano a casarse con ella.
Ágilmente dirigida por de Sica, la cinta tiene muy poco de teatral. Los diálogos son chispeantes, Sofía y Marcello están en plena forma,  y un tono desbordado de farsa convierten a esta película en un ejemplo superior de la comedia italiana de los años 60: crítica, provocadora, amoral, colorida.
Los dos personajes son variantes apenas exageradas de los protagonistas de algún melodrama amoroso: Domenico es un conquistador, narcisista y ególatra; Filumena es la mujer noble y abnegada convertida luego en feroz fiera vengativa. Al final, en una especie de torcido e hipócrita final feliz, otra familia típica italiana se ha formado. Filumena puede llorar por vez primera: ahora sí ya es feliz de verdad.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Pídala Cantando/LXI



El lector habitual Saúl Baas Bolio me pidió rescatar lo que había escrito en su momento de Los Puentes de Madison (1995) y, contra todo pronóstico, encontré el texto. Se trata de una crítica publicada hace casi 20 años, escrita con, acaso, demasiado entusiasmo. O acaso no: el entusiasmo es justo el que merece esa obra mayor de Eastwood.


A estas alturas del juego, llamarse sorprendido por la nueva película dirigida por Clint Eastwood es arriesgarse a quedar instalado en el más rancio lugar común. Creo que nadie puede ya asombrarse realmente por la calidad del cine de Eastwood; creo que ya nadie -ni los que hasta hace poco eran más escépticos- puede negar la estatura creativa del ex-Harry "el sucio" convertido en uno de los más importantes y atípicos cineastas americanos de su generación. Con todo, la película número 18 dirigida por Eastwood y número 50 actuada (más bien habitada) por él mismo se presta a provocar el más desbordado entusiasmo.
Los Puentes de Madison (The Bridges of Madison County, EU, 1995) nos presenta la historia de un Breve Encuentro (Lean, 1945) amoroso entre Francesca, una madurona y todavía guapa ama de casa perdida en el pequeño condado de Madison, Iowa, y Robert Kincaid, un serio y espigado fotógrafo free-lance, que ha llegado a ese mismo condado de Madison para tomar unas fotos de sus famosos y bellísimos puentes de madera para un número especial de la revista National Geographic.
Me niego a seguir contando más. Como los grandes melodramas amorosos a lo David Lean (Breve Encuentro, Los Amigos Apasionados/1949), la película número 18 dirigida por Clint Eastwood puede parecer una basura cursilona contada literalmente. Y no lo es. Acaso Los Puentes de Madison sea inevitablemente cursi. Pero dista mucho de ser una basura.
A contracorriente del Hollywood actual, Eastwood dirige y actúa la cinta con un indeclinable impulso clásico. Su narración está basada en la eficacia y nunca en el efecto; su fuerza actoral descansa en su sola presencia. Más aún: Eastwood no sólo ha adquirido oficio a lo largo de los años. Ha adquirido la auténtica sabiduría de los grandes maestros del cine. De esta forma, sabe que su propia aparición como icono fílmico debe estar custodiada por un sólido grupo actores. Así fue en Los Imperdonables (1992) al rodearse de Gene Hackman, Morgan Freeman y Richard Harris; así fue en Un Mundo Perfecto (1993) al lograr una espléndida interpretación de Kevin Costner; así es en Los Puentes de Madison, en donde Meryl Streep logra su mejor papel en años (por lo menos desde Fuera de África/1985).
La química entre Streep y Eastwood es uno de los dos pilares en los que sostiene la película. Las pláticas iniciales, los diálogos alrededor de la pequeña mesa familiar de Francesca, las primeras caricias y las propias escenas de amor entre los dos, serían impensables sin la risa de Streep, sin los largos pasos cansados de Eastwood, sin las miradas que se cruzan a lo largo de la cinta.
El otro pilar es, por supuesto, el estilo narrativo de Eastwood. En un género -el melodrama amoroso- tan presto a caer en el exceso y la cursilería, Eastwood sabe mantener el equilibrio gracias a varios momentos de buen humor (adaptación y diálogos de Richard LaGravenese, el autor del guión de Pescador de Ilusiones/Gilliam/1992) y a la sobriedad que el cineasta le imprime a la película.
Eastwood sabe lo que hace: es fiel al género, como buen cineasta clásico que es, pero sabe cómo trascenderlo. Una escena destinada a convertirse en antológica subraya el talento narrativo del exalcalde de Carmel: Francesca ve de lejos, bajo una torrencial lluvia, a Robert Kincaid, el hombre de sus sueños, con quien compartió los mejores cuatro días de su vida. Kincaid camina rumbo a ella, empapado de agua. Si Kincaid/Eastwood está llorando, no lo sabemos. La lluvia cubre las lágrimas del hombre pero expresa, sin lugar a dudas, las lágrimas de la película. Extraordinario momento fílmico. Esa lluvia representa no sólo las lágrimas de Francesca o de Kincaid; también, qué carajos, las lágrimas de nosotros.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Filosofía Natural del Amor



Con su segundo largometraje, Filosofía Natural del Amor (México, 2014), Sebastián Hiriart confirma que los logros de su opera prima A Tiro de Piedra (2010) no fueron de chiripa. Estamos ante un meritorio filme que se mueve entre la ilustración documental-ensayística y la narración dramática convencional. Así, un modo de producción -el documental erótico/psicológico/naturalista- comenta otro -las cuatro ficciones que van avanzando a lo largo de la cinta-, mientras cada segmento nuevo -sea documental, sea de ficción- complementa el anterior.
Manuel (Manuel Castro Rosas), un solitario trabajador de las prensas de Excélsior con 36 años de edad, entabla una curiosa amistad -y acaso algo más- con una jovencita secundariana que apenas tiene 16 años; una pareja de novios extranjeros (Sae Bluff y Jacca Jordan) viaja de mochilazo limpio a algún remoto lugar de la geografía tropical, entre mar, manglares y bichos; un taxista chilango (espléndido Jorge Zárate) visita un antro de mala muerte en donde hace migas con cierto travesti; Vicente (el ubicuo Gabino Rodríguez) se topa con una amiga de la adolescencia en Ciudad Universitaria con quien, acaso, tiene algo importante qué compartir. 
 Mientras estas cuatro historias se van desarrollando, cada una de ellas centrada en ciertos aspectos del amor erótico -la represión sexual en el caso del taxista, el amor puro en la historia de Manuel, la violencia en el segmento universitario, las dinámicas animales entre macho y hembra en la sección selvática-, la narración es interrumpida por imágenes documentales de insectos socializando o copulando y, también, por una decena de testimonios -¿reales?, ¿actuados?: da lo mismo- en los que diferentes parejas confiesan sus broncas, sus frustraciones, sus alegrías o sus manías frente a la cámara, entre los apuntes chistosones de cierta comedia romántica ya casi clásica (Cuando Harry Encontró a Sally/Reiner/1989) y los duros interrogatorios emocionales de la obra maestra Maridos y Esposas (Allen, 1992).
Más allá de que dos de las historias están directamente conectadas -el taxista es papá de la muchachita que está noviando con el treintañero Manuel-, Hiriart logra enlazar las distintas vetas de la película a través de una fluida puesta en imágenes -fotografía del propio Hiriart, Pedro González Rubio y Jerónimo García Naranjo- en la que vemos cómo la mirada de un personaje parece dirigirse hacia el espacio de la otra historia o en la que cierto movimiento de cámara inicia en un segmento y continúa en el otro. Así pues, los peligros del amor erótico -ah, qué difícil es resistirse a esos peligros- son ilustrados de distinta manera, visual y reflexivamente, entre imágenes de bichos varios, confesiones gozosas/patéticas, historias bien ejecutadas y hasta un cameo clave de Hugo Hiriart, el orgullo de su nepotismo del joven director. O, más bien, al revés volteado.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLV



Pues con la pena pero este fin de semana no vi nada de la cartelera comercial ni cultural. Lo único que podía haber resultado interesante -las recientes cintas de Spike Lee o Atom Egoyan- llegaron con tal retraso y arrastrando tan mala crítica que mejor las dejaré para cuando aparezcan en la televisión. En cuanto a Cantinflas, escribí de ella en el Primera Fila de hace dos semanas y repito lo que anoté: la película es un desastre y el envío a competir por el Oscar da pena ajena. 

sábado, 20 de septiembre de 2014

Un Día Especial



A propósito del homenaje que le ha organizado nuestro país -bueno, en realidad Carlos Slim- a Sophia Loren, se ha programado en la Cineteca Nacional Un Día Especial (Una giornata particolare, Italia-Canadá, 77), la película número 13 del veterano maestro italiano Etore Scola (Sucios, Feos y Malos/1976, Pasión de Amor/1981, La Noche de Varennes/1982, Splendor/1988). Ganadora en su momento del Globo de Oro y del César francés a la Mejor Película Extranjera y nominada a dos Oscares (Mejor Película Extranjera y Mejor Actor para Mastroianni), Un Día Especial es una absorbente alegoría histórico-política ambientada en 1938, el día que Adolf Hitler visitó a la Italia fascista de Musolini.
En ese día “tan especial”, la perpetuamente cansada ama de casa Antonietta (prodigiosa Sophia Loren) conoce casualmente a un vecino que vive en el apartamento de enfrente de su piso, el locutor de radio homosexual Gabriel (Marcelo Mastroianni). Durante más de hora y media, la elegante y funcional cámara de Pasqualino De Santis no hace otra cosa que tomar a estos dos personajes en los interiores de sus respectivos departamentos y en los estrechos exteriores de sus edificios, acercándonos a sus rostros, sus cuerpos, sus pensamientos, sus temores, sus deseos. La cámara de De Santis se mueve con seguridad entre los dos, sin estorbar y sin llamar la atención, como un testigo que se encuentra de casualidad por ahí.
El filme propone una clara lectura alegórica. Gabriel es un atormentado homosexual que ha sido despedido de su trabajo y que está a punto de ser deportado por sus tendencias “depravadas”. Antonietta, en contraste, es una sencilla ama de casa que no tiene más universo que su enorme familia (seis hijos y su machista marido “camisa negra”) y su álbum con decenas de fotos del Duce. Por supuesto, a través del efímero contacto con el “antifascista” y “antipatriota” Gabriel, Antonietta cambiará y empezará a ver el mundo de otra manera, aunque este cambio sólo se vea reflejado en la secreta lectura de “Los 3 Mosqueteros”.
Además de la ya mencionada cámara de De Santis y el inteligente guión del mismo Scola (escrito con la ayuda de Ruggero Maccari y Maurizio Constanza), el filme se sostiene, sobre todo, gracias al “rapport” de sus dos estrellas/actores. Es que es todo un espectáculo ver a Loren y Mastroianni transmitir una enorme variedad de emociones a través de gestos nimios como una sonrisa, una inflexión en la voz, un ceño fruncido, una mirada desviada, una carcajada liberadora. Imposible dejar de ver la pantalla cuando están en ella dos de las más grandes figuras fílmicas del siglo XX. 

lunes, 15 de septiembre de 2014

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLIV



Las Historias que Contamos (Stories We Tell, Canadá, 2012), de Sarah Polley. Shame-on-me... No vi esta cinta el año pasado cuando se presentó en Ambulante 2013. Estrenada modestamente en el circuito cultural -entiéndase Cineteca Nacional-, se trata de una de las cintas del año. Mi crítica, por acá.

Líbranos del Mal (Deliver Us from Evil, EU, 2014), de Scott Derrickson. Un churrito de horror que se redime, a ratos, por su elección musical. Parece que el chamuco gusta de The Doors. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

Cantinflas (México, 2014), de Sebastián del Amo. En realidad, el estreno oficial de la cinta enviada por la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas al Oscar 2015 (pero, ¿en qué estaban pensando nuestros señores académicos, diosito santo?) es hasta el próximo jueves, pero mañana, en el mero día de la patria, habrá pre-estreno nacional del segundo largometraje bio-cinematográfico de Sebastián del Amo, después de su simpática opera prima El Fantástico Mundo de Juan Orol (2012). 
Cantinflas, por desgracia, ni siquiera se merece el adjetivo de "simpática" porque, si exceptuamos los minutos iniciales, el filme es un desastre. Eso sí, la actuación de Óscar Jaenada merece un aplauso de pie. Es más, de una vez denle el Ariel 2015, ya que anda por estos lares promocionando la película. ¿Para qué lo hacen dar otra vuelta el año que viene? Mi crítica, en el Primera Fila del viernes pasado.

domingo, 14 de septiembre de 2014

MICGénero 2014... en un vistazo



La Muestra Internacional de Cine con Perspectiva de Género (MICGénero 2014) inició el pasado jueves en una decena de sedes en la Ciudad de México -y luego continuará en otras ciudades, al estilo de Ambulante o FICUNAM- con el estreno nacional de Party Girl (2014), ganadora de la Cámara de Oro en Cannes 2014. De mi parte, va una lista de lo que he visto del MIGGénero 2014 en orden de preferencia, con alguna que otra crítica incluida. Como siempre, la calificación positiva va de uno a cuatro asteriscos; la negativa, de una a dos cruces.

Pelo Malo (Venezuela, 2013), de Mariana Rondón: ***

Final Cut (Final Cut - Holgyem és uraim., Hungría, 2012), de György Pálfi: ***

Tom en el Granero (Tom à la Farme, Canadá-Francia, 2013), de Xavier Dolan: ***

Los Hámsters (México, 2013), de Gilberto González Penilla: ** 1/2

Quebranto (México, 2013), de Roberto Fiesco: ** 1/2

Somos lo Mejor (Suecia-Dinamarca, 2013), de Lukas Moodysson: ** 1/2

Gabrielle (Ídem, Canadá, 2013), de Louise Archambault: **

Los Años de Fierro (México, 2013), de Santiago Esteinou: **

Oasis (México, 2013, duración: 52 minutos), de Alejandro Cárdenas: **

La Tirisia (México, 2014), de Jorge Pérez Solano: * 3/4

Estocolmo (España, 2013), de Rodrigo Sorogoyen: * 3/4

Carmita (México, 2013), de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas: * 1/2

Seguir Viviendo (México, 2014), de Alejandra Sánchez: * 1/2

Purgatorio: un Viaje al Corazón de la Frontera (México-EU, 2013), de Rodrigo Reyes: *

Atempa: Sueños a Orillas del Río (México, 2013), de Edson Caballero Trujillo: *

Viento Aparte (México, 2014), de Alejandro Gerber Bicecci: *

Porcelana (México, 2013; duración: 12 minutos), de Betzabé García: *

sábado, 13 de septiembre de 2014

Las Historias que Contamos



Siempre me ha parecido que Sarah Polley tiene cara de ser inteligente. Sea en sus primeras apariciones juveniles en cintas de Atom Egoyan (Exótica/1994, Dulce Porvenir/1997) y David Cronenberg (eXistenZ/1999), en el buen melodrama feminista Mi Vida Sin Mi (Coixet, 2003) o en la única película decente que ha hecho el churrerro de Zack Snyder (El Amanecer de los Muertos/2004), hay algo en la personalidad de Polley que me ha llevado a pensar que la actriz canadiense es una mujer que siempre está reflexionando lo que va a hacer, pero que no tiene miedo a la hora de tomar decisiones. Piensa y actúa. 
Cuando Polley debutó como directora con el espléndido melodrama de la tercera edad Lejos de Ella (2006) -que le valió una nominación al Oscar a Mejor Guión Original- y a esto le siguió el sólido woman's film Triste Canción de Amor (2011), quedó confirmado que la actriz convertida en cineasta no solo parecía inteligente sino que lo es. Y que, por supuesto, también tiene mucho talento. Después de mi tardía revisión de su tercer largometraje, Las Historias que Contamos (Stories We Tell, Canadá, 2012), hay que agregarle una tercera característica. Es "una directora malvada", como le dice alguien en algún momento clave de la película. En efecto, Polley tiene algo de malvada. Como lo tienen, de hecho, muchos de los grandes creadores fílmicos.
Las Historias que Contamos inicia como un documental más o menos tradicional: Polley aparece dirigiendo a su anciano padre Michael, quien empieza a grabar en audio la voz en off narrativa del mismo filme que estamos viendo. Luego, vemos los preparativos que Polley y su equipo llevan a cabo para entrevistar a sus cuatro hermanos mayores. El tema es la propia familia Polley, de la cual Sarah es la hija menor.
Así, inicia esta suerte de relato y exorcismo familiar, centrado en los recuerdos de los cuatro hermanos de Polley, su viejo padre muy articulado y una colección de amigos y familiares, quienes van construyendo la historia matrimonial de Michael y Diane Polley. Él, un actor de origen británico de quien la joven Diane, también actriz, quedó prendida cuando lo vio interpretar en Toronto cierta obra teatral de Harold Pinter. El propio Michael, frente a cámara, reflexiona sobre ese flechazo amoroso: acaso Diane no se enamoró de él sino de enérgico y carismático personaje que encarnaba en la obra de teatro. Lo cierto es que, pasada la pasión, el matrimonio empezó a decaer hasta que ella se tomó un tiempo para viajar a Montreal y participar en una obra de teatro. Michael la sigue, el matrimonio vuelve a despegar y Diane, de 42 años, queda embarazada. Desesperada por la situación, decide abortar, siempre apoyada por el omnicomprensivo Michael, pero de último minuto desiste y decide tener al bebé. Así fue como nació Sarah Polley un 8 de enero de 1979.
Si usted cree que le estoy contando demasiado, despreocúpese. El nacimiento de Sarah Polley es apenas un hilito en la fascinante madeja de recuerdos y contradicciones que vamos atestiguando en la medida que avanza el filme. Como la madre falleció hace tiempo, cuando Polley tenía apenas 11 años de edad, la abierta personalidad, natural coquetería e indudable belleza de Diane Polley aparecen en películas caseras en Super 8 y como meros reflejos añorantes/críticos de quienes la trataron: su marido, sus amigos, sus hermanos, sus hijos. 
El sentido último de la cinta de Polley se va revelando hacia el final. Estamos muy lejos del ego-trip personal -la actriz/directora es un personaje secundario en una historia que vaya que le concierne-, sino de una seria exploración del amor, la pasión, la familia y el matrimonio. Y, luego, cuando menos lo esperamos, Polley ha agregado otra capa reflexiva más, pues Las Historias que Contamos trata también del cine mismo, del sentido que tiene una narración y de cómo la construimos. 
Hacia el desenlace de este notable filme, alguien puede llamarse a engaño y quejarse de que ha sido manipulado. En efecto, Polley nos ha manipulado de principio a fin. Pero eso es lo que hacen los buenos contadores de historias.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Amor de Mis Amores



Amor de mis Amores (México, 2014), tercer largometraje –segundo de ficción- de Manolo Caro (No Sé Si Cortarme las Venas o Dejármelas Largas/2013, documental La Fabulosa y Patética Historia de un Montaje I Love Romeo y Julieta/2014 en codirección con Rodrigo Mendoza Walker) continúa en el mismo tenor e idéntico tono de su exitosa opera prima.
Es decir, nuevamente estamos en los terrenos cómico-dramáticos en el que una cuarteta de treinteañeros chilangos intercambia broncas, reclamos y pasiones, formando y disolviendo parejas, tríos y/o polígonos amorosos hasta que llega la última escena de la película.
En esta ocasión no es un edificio de departamentos en el que los personajes se cruzan y entrecruzan –en más de un sentido-, sino Madrid y la Ciudad de México. Dos parejas están a punto de casarse en menos de una semana, en un sábado inminente que, acaso, nunca llegará. Mejor dicho: el día sí llega; las dos bodas, ya veremos.
En la Ciudad de México, Lucía y Carlos (Sandra Echeverría y Juan Pablo Medina), con la boda a la vuelta de la esquina, se separan porque él viaja a Madrid a convencer a su amigo del alma Javier (Erick Elías) que asista a su boda. También en Madrid, la artista plástica Ana (Marimar Vega) se compra su vestido de novia, pues se casará ese mismo sábado en México con León (Sebastián Zurita), quien es atropellado en chilangolandia por Lucía. Ese accidente acercará a Lucía y León, lo que hará peligrar las dos ceremonias matrimoniales.
Caro tiene una sólida experiencia en el teatro y eso se nota en el manejo de sus actores. Si exceptuamos al tiesísimo Zurita, el resto del reparto interpreta con gusto y soltura a sus respectivos personajes, incluyendo a esa maravilla cómica en la que se ha convertido Mariana Treviño, quien encarna al transexual Shaila (antes Fernando), el paño de lágrimas y confidencias de la conflictuada Lucía, que no sabe si de plano debe cancelar la boda con el buenazo de su prometido, el omnicomprensivo Carlos.
Otro punto a favor del filme es su atractiva banda sonora, formada por melodías o covers de temas famosos estratégicamente colocados para lograr el mejor impacto posible. Así pues, si en No Sé Si Cortarme las Venas… Ludwika Paleta se reventaba, ya bien tequileada, el clásico de Juan Gabriel vía Lupita D’Alessio “Inocente Pobre Amiga”, esta vez Marimar Vega –siguiendo los pasos de tantas chicas Almodóvar, como Carmen Maura o Marisa Paredes-, sale a la calle después de cierta crisis amorosa para encontrarse con Astrid Hadad cantando otro clásico populachero mexicano, en este caso “Como Tu Mujer”, de Marco Antonio Solís.
También es imposible negar la fluidez visual de la cinta, la limpieza de su puesta en imágenes y hasta la elegancia de algunas tomas en las que los personajes comparten digitalmente el mismo encuadre. Pero -y aquí va el pero final y personalísimo- con todo y esas virtudes, debo confesar que no me pudo interesar menos lo que vi ni, mucho menos, el destino de los personajes. 
Caro es un director que tiene un innegable oficio pero, acaso, le hace falta dirigir otros guiones que no sean los suyos, historias diferentes y alejadas de estos ires y venires de unos  personajes que, al final de cuentas, no resultan ser lo suficientemente atractivos como para que sus cuitas queden en la memoria. O, bueno, en mi memoria, en todo caso. 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLIII




Filosofía Natural del Amor (México, 2013), de Sebastián Hiriart. Con su segundo largometraje, Hiriart reafirma que los logros de su opera prima, A Tiro de Piedra (2010), no fueron casualidad. Volveremos a esta película en los próximos días.

Un Toque de Pecado (Tian zhu Ding, China, 2013), de Zhang-ké Jia. De lo mejor que vi el año pasado. Mi crítica, in extenso, por acá.

En el Tornado (Into the Storm, EU, 2014), de Steven Quale. Un churro irredento que podría haberse beneficiado con la presencia de algunos tiburones en los tornados que asolan algún pueblito del medio-oeste americano. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado.

Amor de Mis Amores (México, 2014), de Manolo Caro. El tercer largometraje de Caro presume más o menos las mismas virtudes de su exitosa opera prima -No Sé Si Cortarme las Venas o Dejármelas Largas (2013)- pero, también, las mismas insuficiencias. Una crítica extensa mañana mismo en este blog.

Vic y Flo Vieron un Oso (Vic + Flo ont Vu un Ours, Canadá, 2013), de Denis Côté. El séptimo largometraje de  Côté es, seguramente, el más accesible que ha hecho hasta le momento, aunque el espectador no debe esperar demasiados convencionalismos ni una narración fílmica que deje cada elemento aclarado. 
Vic (Pierrette Robitaille) tiene 61 años y acaba de salir de prisión. Su delito nunca es conocido por los espectadores, aunque es de suponer que fue algo grave, pues la mujer fue sentenciada a cadena perpetua. Vic ha decidido vivir en el bosque, en una suerte de antiguo trapiche cuyo dueño es su anciano tío Emile (Geroges Molnar), quien ha quedado sin habla y en una silla de ruedas.En ese alejado sitio Vic empezará a recibir visitas: su joven amante iletrada Flo (Romane Bohringer), quien también acaba de salir de la cárcel después de una condena de 10 años; el joven y amable oficial policiaco Guillaume (Marc-André Grondin), quien es el encargado de vigilar que todo marche bien alrededor de la recién liberada bajo palabras; y una jovial mujer madura, Marina St. Jean (Marie Brassard), quien hace migas con Vic de inmediato, aunque luego sabremos que tiene otros intereses.
Côté va cambiando el registro del filme en la medida que este avanza: al inicio pareciera que estamos en una suerte de contemplativo melodrama femenino; después, hay algo de comedia excéntrica en la medida que vamos conociendo a Vic y a los demás personajes; al final, la cinta se adentra en los terrenos del thriller sólo para desembocar en un epílogo sobrenatural y amoroso. Un filme notable. 
 

lunes, 8 de septiembre de 2014

25 de 25 en 25: los resultados




Como anoté por acá hace un par de meses, me invitaron a formar parte de un grupo de críticos que elegirían las 25 mejores películas de los últimos 25 años en 25 países del centro y este europeo, una cinta por cada país. Yo elegí solamente quince títulos, de los cuales terminaron, en la lista final, ocho. Los resultados, a continuación, con algunas críticas: 


Albania: Amnistía (Buyar Alimani, 2011)



Armenia: Calendario (Atom Egoyan, 1993)




Azerbaiján: Yarasa (Ayaz Salayev, 1995)




Bielorrusia: En la Niebla (Sergey Loznitsa, 2012)




Bosnia y Herzegovina: Tierra de Nadie (Danis Tanović, 2001)




Bulgaria: Ave (Konstantin Bojanov, 2011)




Croacia: Fine mrtve djevojke (Dalibor Matanić, 2002)




República Checa: Kolya (Jan Svěrák, 1996)




Estonia: Puha tonu kiusamine (Veiko Õunpuu, 2009)




Georgia: Calle 13 Tzameti: El Club del Suicidio (Géla Babluani, 2005)




Hungría: Satantango (Béla Tarr, 1994)




Kazajastán: Tulpan (Sergei Dvortsevoy, 2008)




Kosovo: Kukumi (Isa Qosja, 2005)




Letonia: Mammu, es Tevi milu (Jānis Nords, 2013)




Lituania: Freedom (Sharunas Bartas, 2000)




Macedonia: Antes de la Lluvia (Milcho Manchevski, 1994)




Moldavia: La Limita de jos a cerului (Igor Cobileanski, 2013)




Montenegro: Mali ljubavni bog (Željko Sošić, 2011)




Polonia: La Doble Vida de Verónica (Krzysztof Kieślowski, 1991)




Rumania: La Muerte del Señor Lazarescu (Cristi Puiu, 2005)




Rusia: El Regreso (Andrey Zvyagintsev, 2003)




Serbia: Underground: Había una Vez un País (Emir Kusturica, 1995)




Eslovaquia: Moj pes Killer (Mira Fornay, 2013)




Eslovenia: Reservni deli (Damjan Kozole, 2003)




Ucrania: Mi Felicidad (Sergey Loznitsa, 2010)

viernes, 5 de septiembre de 2014

Grand Prix FIPRESCI 2014



El día de hoy se dio a conocer el resultado de la votación para otorgar el Grand Prix FIPRESCI 2014. En esta ocasión votamos 542 miembros entre cuatro candidatos que habían sido elegidos en una votación previa en la que participamos 267 críticos, quienes nombramos un total de 86 filmes. En esa primera ronda teníamos que nombrar tres cintas estrenadas no antes de julio de 2013. Bajo ese criterio voté por Gravedad (Cuarón, 2013), Blue Jasmine (Allen, 2013) y Bajo la Piel (Glazer, 2013). 
Al final de cuentas, ninguna de mis tres elegidas en la primera ronda terminó entre las finalistas. La cuarteta final se formó con Boyhood (Linklater, 2014), Ida (Pawlikowski, 2013), El Gran Hotel Budapest (Anderson, 2013) y Kis Uykusu (Ceylan, 2014). Voté sin dudar un instante por El Gran Hotel Budapest que, de hecho, habría estado en mi lista inicial si hubiera podido agregar un filme más.
Los votos alcanzados por cada filme se repartieron de la siguiente manera: 166 por Boyhood, 124 por Kis Uykusu, 97 por Ida y 91 por El Gran Hotel Budapest (también hubo 64 votos en blanco). El Gran Premio FIPRESCI 2014 le será entregado a Richard Linklater en San Sebastián 2014.

martes, 2 de septiembre de 2014

Lucy



Hay un momento en Lucy (Ídem, Francia, 2014), décimo-sexto largometraje del veterano cineasta y productor galo internacionalizado Luc Besson, en el que la Lucy del título, con un displicente movimiento de sus manos, maneja a su antojo a sus violentos oponentes hasta dejarlos flotando en el aire, entre frustrados e indefensos. En otra escena, la sola mirada de Lucy hace callar al sobrecargo de un avión. Y al final, en la secuencia climática del filme, Lucy termina dejándonos un mensaje de alcances quasi-divinos: “estoy en todas partes”.
Por supuesto, como la tal Lucy es encarnada por Scarlett Johansson, la descripción de sus poderes –que los hombres caen a sus pies o flotan ante ella, que se quedan sin habla, que sienten su presencia en todos lados- es más o menos lo que provocaría la mera presencia de Miss Johansson en la vida real, sin súper-poderes de por medio.
Besson nunca ha sido un cineasta sutil pero eso no significa que no tenga claridad en lo que quiere hacer. Me refiero a que, más allá de alguna muy buena secuencia de acción  filmada en las calles de París, Lucy no es tanto una cinta de acción veraniega sino un desvergonzado y muy efectivo vehículo de lucimiento de Miss Johansson quien, por otra parte, puede presumir la más interesante filmografía hollywoodense del nuevo siglo entre las actrices de su generación: de “Black Widow” en la lucrativa saga de monitos de la Marvel a irresistible voz artificial pero intoxicante en Ella (Jonze, 2013) a misterioso extraterrestre cazador/recolector de seres humanos en Bajo la Piel (Glazer, 2013) a parangón de las más altas posibilidades de la humanidad en Lucy.
La película, escrita por el propio Besson, no es más que un mero excipiente para lucir a  Miss Johansson, lo que ofrece no pocas ventajas –la cinta solo está interesada en darle oportunidades a su actriz/estrella para que aparezca en minifalda, eche bala a diestra y siniestra, ponga pose de implacable depredadora frente a los matones que la persiguen o aparezca inesperadamente conmovedora en cierto monólogo filmado en close up- pero también bastantes desventajas, como el simple hecho de que, a ratos, la historia no tiene sentido y el hilo argumental cambia caprichosamente sin explicación alguna.
La Lucy del título, una guapa muchacha que vive temporalmente en Taipei, es obligada por su ojete novio a llevar a cabo un trato que resulta ser letal. Tiene que entregar al violento gánster coreano Mr. Jang (Min-Sik Choi, en su primer papel importante en Occidente) un maletín que contiene una poderosa droga sintética –la CPH4- que luego será colocada, operación quirúrgica de por medio, en el abdomen de ella con el fin de que lleve ese paquete a los Estados Unidos. El problema es que uno de los malandrines de Mr. Jang patea en el estómago a Lucy, el CPH4 se libera dentro del cuerpo de ella y eso provoca que, gracias a la droga, la muchacha empiece a usar el 90% restante del cerebro que, supuestamente, ningún ser humano usa en realidad. O sea: díganle sí a las drogas.
En la primera parte de la cinta, antes de que Miss Johansson se convierta en Súper-Lucy, la cinta alterna el escenario de Taipei con una conferencia magistral dictada por un sabio profesor avejentado (Morgan Freeman, ¿quién más?), quien nos va dando trozos de información clave sobre los límites de la inteligencia humana, las reglas de la evolución y el mal uso que le damos a nuestro cerebro.
A esta narración paralela más que obvia hay que sumarle chambonas ilustraciones sobre la relación entre víctima y depredador que parecen salidas de un documental de National Graphic o de alguna obra mayor de Alain Resnais (Mi Tío de América/1980), además de un desenlace que se mueve del homenaje a la parodia, entre lo mejor de Kubrick y lo peor de Malick.
Al final, me queda claro que Besson ya no supo qué hacer con su película ni, mucho menos, con Miss Johansson. No le pidamos peras al olmo: Besson no es Sofía Coppola, Woody Allen, Spike Jonze o Jonathan Glazer pero, de todas formas, sí hace mejor cine –o, vaya, por lo menos, más interesante- que la gente de la Marvel.  ¿Besson para dirigir a Miss Johansson en la futura película de “Black Widow”? Nah: los ñoños de la Marvel nunca se atreverían. Ellos se lo pierden. Y, por desgracia, todos nosotros también. 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLII



H2Omx (México, 2013), de José Cohen y Lorenzo Hagerman. Estamos ante una muy bien informada cinta documental que nos presenta el ¿irresolube? problema del agua en la ciudad de México. Sin voz narrativa alguna, pero sí con innumerables testimonios en off de diversos especialistas, investigadores, activistas y funcionarios, Cohen y Hagerman nos muestran el callejón sin salida que es llevarle agua a la zona metropolitana de la Ciudad de México, en donde viven 22 millones de personas. 
El problema, por cierto, es más o menos parejo: es cierto que los más ricos acaso no tienen que esperar la pipa del mes como sucede con cierta doñita que vive en Tlalpan, pero también vemos a un gerente de un restaurante de la Condesa que asegura tener broncas similares con el suministro del agua. Y lo peor, que atestiguamos al final: las aguas negras y contaminadas con metales pesados que salen del DF llegan a Hidalgo, en donde son usadas para el riego de las verduras que se comen los capitalinos. Algún agricultor lo dice con todas las letras: "de la ciudad nos mandan caca y nosotros les regresamos alimentos". Esos alimentos están contaminados con cantidades criminales de cromo, plomo, estaño, antimonio, cobalto, arsénico, cadmio y el resto de la tabla periódica, y las mediciones no son cualquier cosa: los metales pesados -que han provocado, por ejemplo, una alta incidencia de cáncer en las zonas rurales de Hidalgo- sobrepasan hasta en nueve veces -es el caso del plomo- las cantidades mínimas permitidas. 
Los datos, las imágenes, los testimonios, que presentan Cohen y Hagerman son abrumadores y pareciera que no queda más remedio que la desesperanza o, de plano, la extinción. Pero, por supuesto, esto no es así: desde el inicio del documental, vemos a dos jóvenes, el ingeniero Antonio Capella y el diseñador Enrique Lomnitz, quienes con un entusiasmo hasta sospechoso llegan a Xochimilco a instalar un sistema de recolección de lluvia que puede solucionar el problema del agua de una comunidad entera. 
Claro, el trabajo de estos dos activistas -eso sí, muy prácticos, ¿habrán leído a Gabriel Zaid?- es solo una gota -ya sé, la metáfora es chambona- que se puede perder en ese océano de problemas que es la Ciudad de México. Pero son este tipo de acciones, pequeñas pero concretas, las que pueden ir solucionando broncas de este tipo. El valor de este documental dirigido por Cohen y Hagerman es que que no solo muestra todos estos problemas, sino prueba que la solución a ellos es posible. El valor de H2Omx es, pues, muy didáctico, en el mejor sentido del término.

Lucy (Francia, 2014), de Luc Besson. Como mañana pienso publicar un largo texto aquí mismo, solo adelantaré que se trata, más allá de sus virtudes e insuficiencias, acaso el definitivo vehículo de lucimiento de Scarlett Johansson como estrella fílmica global.

El Círculo Roto (The Broken Circle Breakdown, Bélgica-Holanda, 2012), de Felix van Groeningen. Esta cinta, nominada al Oscar 2014 a Mejor Película en Idioma Extranjero, es un intenso melodrama sobre el amor, la vida en pareja, la paternidad/maternidad, la enfermedad, la muerte y hasta el último/íntimo sentido de la vida, todo ello acompañado por una irresistible banda sonora bluegrass. Con todo, creo que hacia el final la historia se le sale de madre al director van Groeningen y cierta vuelta de tuerca en el desenlace termina por minar buena parte de lo que hemos visto. Igual, vale la pena revisarla por su pareja de actores protagónicos (Veerle Baetens y Johan Heldenberg), por la fragmentada pero eficaz puesta en imágenes e, insisto, por esa banda sonora repleta de clásicos del bluegrass o de canciones de T Bone Burnett y otros compositores por el estilo. 

Decisión Final (Draft Day, EU, 2014), de Ivan Reitman. Una suerte de Moneyball (Miller, 2011) en el mundo del futbol americano con un perfecto Kevin Costner en un papel hecho a la medida. Mi crítica, en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.