lunes, 30 de septiembre de 2013

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLIII




Seis años después y seguimos aquí. Y como no hay mejor manera de festejar el fin de un sexenio -aunque sea el de un blog- que trabajando, va mi revisión de la cartelera de este fin de semana:


Depositarios (México, 2009), de Rodrigo Ordóñez. Estamos en México, en el año dos-mil-veintitantos, en una suerte de futuro alternativo. Sucede que en los años setenta del siglo XX, aquí mismo en México, se dio el nacimiento de la tecnología de los "depositarios" del título. Así pues, en este mundo alternativo de marras, las parejas que pueden darse el lujo de pagarlo, tienen un embarazo doble: la mujer pare a su hijo y, al mismo tiempo, a un gemelo "depositario" al que se le transmitirán todos los problemas mentales y psicológicos del "original", mientras éste se la pasa feliz de la vida, cual diputado en día de quincena. Por supuesto, también el "depositario" servirá de refaccionaria biológica si el "original" necesita un órgano interno, un ojo, un cachete o nomás quiere cambiarse las uñas. 
Como podrá ver, la premisa es derivativa a más no poder (a ver, especialistas en literatura y cine de ciencia ficción, ¿qué libros y/o películas les recuerda esta historia?). Sin duda la cinta del debutante Ordólez alterna momentos penosos con escenas muy bien logradas y el resultado final en la balanza tiende a ser negativo, pero cuando vi esta película, en Guadalajara 2010, nunca pensé en abandonar la sala ni por un momento. Por lo menos eso es lo que leo en mis notas, escritas hace tres años. 

Miradas Múltiples (La Máquina Loca) (Francia-México, 2012), de Emilio Maillé. Se trata de un formidable documental sobre Gabriel Figueroa que sobrepasa, por mucho, la mera apología del legendario cinefotógrafo del "Indio" Fernández, Buñuel, Huston, Ford y compañía. Estamos ante una serie de entrevistas/reflexiones de una veintena de los más grandes directores de fotografía del momento, que hablan de Figueroa y de su estilo, pero también de la cinefotografía en general, de lo que era hacer cine antes y hacer cine ahora, de la democratización (¿o vulgarización?) del cine, y de otros temas similares, todo ello enmarcado en fragmentos claves de varias películas fotografiadas por Figueroa. Una película para cinéfilos. Mi crítica, en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. 

Elysium (Ídem, EU, 2013), de Neill Blomkamp. Después de la extraordinaria Sector 9 (2009), el sudafricano Blomkamp ha aterrizado en Hollywood con esta súper-producción distópica muy en deuda con el cine de ciencia-ficción americano liberal/izquierdoso de los años 70. Espero volver a ella en los próximos días. 

jueves, 26 de septiembre de 2013

El cliché que yo ya vi/CXVII



El lector habitual Saúl Baas Bolio propone el siguiente cliché:

El regaderazo que quita todo el pecado del mundo: No falta la clásica escena de remordimiento/arrepentimiento en la regadera, cuando un personaje ha hecho algo malo. Es decir, después de que mata a alguien, se roba una lana, engaña a su pareja, etcétera, el o la protagonista llega a su casa, se mete a la regadera y lava todas sus culpas. Me acordé de este cliché hace poco, después de ver Revolutionary Road (Mendes, 2008), cuando DiCaprio, después de hacer el amor con su secretaria, llega a su casa directamente a la regadera, con el fin de lavar toda su culpa.

martes, 24 de septiembre de 2013

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLII



No Se Aceptan Devoluciones (México, 2013), de Eugenio Derbez. A estas alturas del juego, el éxito económico y de posicionamiento de Eugenio Derbez es irrebatible. Por desgracia, lo ha obtenido con un producto que, por lo menos desde mi perspectiva, no aguanta ni el palomazo de fin de semana. Eso sí: la atracción que provoca Derbez entre fans y detractores es impresionante. Mi crítica, publicada el sábado pasado aquí mismo, se convirtió en el texto más leído en los seis años de la historia del blog... ¡en solo dos días! La crítica, acá.

Lovelace (Ídem, EU, 2013), de Rob Epstein y Jeffrey Friedman. El joven e incisivo Abraham Sánchez (@Buster_Chaplin) escribió en twitter sobre esta película: "Michael Douglas diría que es más mala que el cunnilingus. Chata tanto como retrato de la era porno como de la violencia doméstica". No puedo agregar más. Mi crítica, en el Primera Fila del viernes pasado de Reforma.

El Río Solía Ser Hombre (Der Fluss war einst ein Mensch, Alemania, 2011), de Jan Zabeil. Un joven actor alemán (Alexander Fehling) viaja por algún lugar de África. Se pierde. Una slow-movie en la que pasan muchas cosas que vemos y otras tantas que no vemos. Espero tener tiempo para escribir más de ella en los próximos días.  

sábado, 21 de septiembre de 2013

No Se Aceptan Devoluciones





No Se Aceptan Devoluciones (México, 2013), primer largometraje como cineasta de Eugenio Derbez, representa un gran paso hacia adelante para el exitoso comediante televisivo y, al mismo tiempo, un claro estancamiento creativo y actoral. De todas formas, no hay que ser adivino para intuir que el balance terminará siendo para él más que positivo: con todo y las evidentes servidumbres contenidas en su opera prima, Derbez se ha apuntado un éxito económico y de posicionamiento personal irrebatible. Lástima que lo haya logrado con un producto tan mediocre.
La historia, escrita por Guillermo Ríos y Leticia López Margalli, es un recalentado de El Chico (Chaplin, 1921) y Kramer vs. Kramer (Benton, 1979). El baquetón Valentín Bravo (Derbez) “trabaja” de gigoló en Acapulco. Cierto día llega a su departamento Julie (Jessica Lindsey), un “amor eterno” que tuvo año y medio atrás y del cual Valentín ni se acordaba. Julie trae una bebé en brazos, le informa a Valentín que se trata de su hija, le pide diez dólares para pagar el taxi y desaparece en ese momento de su vida. Tratando de librarse de toda responsabilidad, Valentín carga con la chamaquita hacia Los Ángeles, en busca de la susodicha mala-madre. Por supuesto, no encuentra a Julie pero sí una redituable y muy peligrosa chamba de stunt-man. Pasan seis años y Maggie (Loreto Peralta) ha crecido para convertirse en una preciosa niña rubia bilingüe. La relación entre padre e hija es ejemplar, así que será el momento perfecto para que regrese a sus vidas Julie, quien le peleará la custodia de la niña al desesperado y monolingüe –solo habla español- Valentín.
La película, apuntaba, tiene varias servidumbres, algunas funcionales, otras no tanto. Servidumbre a la aparición de algún rostro televisivo –el de Sammy (Sammy Pérez)- nomás porque sí. Servidumbre a los innecesarios guiños a los colegas hollywoodenses de Derbez –una foto con Guillermo del Toro, una supuesta audición de Jesús Ochoa para participar en Gravedad (Cuarón, 2013)- que no agrega nada a la película. Servidumbre funcional al enorme público latino en Estados Unidos, que puede sentir como más suyo a un personaje que tercamente no quiere aprender inglés (“me choca el inglés: siempre lo reprobé en la escuela”). Servidumbre a los cameos chistosones del cine popular mexicano de los 70/80 (Hugo Stiglitz, Rosa Gloria Chagoyán). Servidumbre a una comicidad verbal que se pierde irremediablemente en la traducción (“Cuando Calienta el Sol” recitada por Valentín en el juicio, algún albur dicho por Maggie), pero que hace desternillarse de risa al respetable acostumbrado al estilo de Derbez. Servidumbre a una vuelta de tuerca final tan innecesaria como lacrimógena que, por lo menos desde mi perspectiva, resulta además moralmente inaceptable –aunque, debo aceptar, también dota de cierta lógica a mucho de lo que vemos a lo largo de la película. 
Hay otro problema, no menor: Derbez funciona bien en su personalidad cómica –la escena en la que trata de abrirse emocionalmente con su productor (Daniel Raymont) mientras al fondo unos enanos están haciendo unas rutinas es de verdad hilarante-, pero no alcanza a ser convincente en la medida que el melodrama avanza en el filme. Acaso porque el trabajo de cineasta y actor haya sido demasiado para Derbez o acaso porque simple y llanamente no es capaz de cumplir con otro tipo de registro, pero cuando se trata hacer llorar, Derbez puede provocar lo contrario: hacer reír. 
Por eso mismo, apunté al inicio que, con todo y su éxito irrebatible, No Se Aceptan Devoluciones es un paso atrás para Derbez, por lo menos como actor. Vea si no: En La Misma Luna (Riggen, 2007), Derbez resultaba, de lejos, mucho más convincente, acaso porque su personaje no tenía que conmover a nadie, sino comportarse como un hosco y malora inmigrante indocumentado que tenía que cargar contra su voluntad con el chamaco protagonista solovino (Adrián Alonso). Aquí, convertido en el centro no solo cómico sino dramático del filme, Derbez no logra sostenerse por completo.
Dicho lo anterior, Derbez no es tan incompetente como cineasta: al inicio hay unos enlaces bien realizados, las escenas que muestran el crecimiento de Maggie están bien ejecutadas, hay unos segmentos animados de Jorge de Jesús Pérez Alba genuinamente encantadores y, en general, el reparto funciona bastante bien, con la excepción ya mencionada del mismo protagonista que, al parecer, necesita un director mucho más exigente.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Sacro GRA





A decir de los reportes que leí mientras duró el Festival de Venecia 2013, fue una sorpresa que el tercer largometraje del multi-premiado especialista Gianfranco Rosi (El Sicario: Room 164, 2010) ganara el León de Oro. Como no he visto el resto de la competencia oficial, no puedo objetar la decisión del jurado, presidido por Bernardo Bertolucci. En todo caso, no resisto dejar caer la inevitable pregunta: ¿de verdad no había algo mejor? Y eso que, lo aclaro de una vez, Sacro GRA (Italia-Francia, 2013) no carece nunca de interés pero, por lo menos desde esta atalaya, sospecho que se podría haber elegido algo más logrado y propositivo.
La Sacro GRA del título -"la sagrada GRA", pues- es una suerte de periférico que rodea a la milenaria Roma, una carretera de más de 60 km que "encierra" la ciudad de los Césares. Durante dos años, Rosi filmó el ecosistema que rodea a la GRA, a la gente que habita alrededor de ella -ricos, pobres, clasemedieros, nobles venidos a menos, inmigrantes- y, luego de reunir más de 20 horas de grabación, él y su editor Jacopo Quadri condensaron todas estas vistas en una cinta que apenas pasa los 90 minutos.
Así pues, sin voz en off de ninguna especie, Rosi -él mismo maneja la cámara- nos muestra las vidas de un anacrónico pescador de anguilas que aún consigue su sustento del Río Tíber, un Príncipe que vive excéntricamente en su castillo que renta para fiestas y fotonovelas, un solitario entomólogo que está investigando una plaga que está asolando las palmas sembradas a lo largo de la GRA, un padre y una hija -gente de abolengo venida a menos- que sobreviven en un Pichonavit italiano, una familia de inmigrantes ecuatorianos que se van los fines de semana a reventarse una cumbia en alguna plaza romana, un cálido paramédico que habla con su mujer por Skype y visita a su anciana mamá enferma, un par de muchachas que bailan en el peor bar y table dance del condado, y hasta un grupo de prostitutas que cantan con enjundia "Piel Morena" de Talía -hasta donde llega Televisa, me cae- antes de agenciarse un cliente.
Estos retazos de vida no dejan nunca de ser interesantes, insisto, peor tampoco resultan particularmente notables, pues Rosi ha elegido un tono distanciado que evita profundizar más en las vidas de cada uno de estos personajes. Más bien, de estas personas. De cualquier forma, es una película que vale mucho la pena revisar. Un rostro de Roma que, por lo menos cinematográficamente hablando, no resulta muy familiar. Obliga que Ambulante 2014 la elija como parte de su selección.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

La Vida Después



Película mexicana. Opera prima dirigida por un egresado del CCC. ¿La historia?: dos hermanos tienen que lidiar con su mamá deprimida. "Ya la vi", dirá usted", se llama Las Lágrimas". Pues no, no es Las Lágrimas (Delgado Sánchez, 2012), presentada en Morelia 2012 y aún sin visos de ser exhibida comercialmente. Se trata de La Vida Después (México, 2013), opera prima de David Pablos que, a pesar de que maneja más o menos la misma premisa argumental, explora con otro tono, mucho más seco, mucho más duro, el mismo escenario de desamparo y confusión que se presenta en Las Lágrimas.
Estamos en Sonora, probablemente en Guaymas. Rodrigo (Rodrigo Azuela) cumple 18 años y su mamá perpetuamente deprimida Silvia (María Renée Prudencio) lo lleva a él y a su hermanito menor Samuel (Américo Hollander) a cenar en algún restaurantito. Unos días después, sin decir agua va a no ser un escueto mensaje ("Perdón. Tuve que irme. Mamá"), la mujer abandona la casa, dejando a los dos hijos al garete. Aparentemente, se fue a Nacozari (¿o Cananea?), a la casa familiar que los dos muchachos conocieron en su infancia. Con un puñado de pesos enviado por la propia Silvia, Rodrigo y Samuel deciden ir en busca de la madre. Es decir, deciden ir en busca de sí mismos. 
La cinta, escrita por el propio cineasta debutante y Gabriela Vidal, es una road-movie iniciática en la que los dos hermanos definirán, finalmente, quiénes son. Rodrigo, que comparte el mismo lunar de la madre, carga también la herencia de la destructiva inestabilidad familiar y no sólo la depresión de Silvia, sino la sombra del suicidio del abuelo, cuyo funeral vimos en el prólogo del filme. Samuel, el menor, más centrado, menos agresivo, aprenderá en el camino a crecer, es decir, a decir que no, a mentir para sostener la esperanza y, finalmente, a cortar por lo sano con ese lastre con el que ha vivido desde la infancia.
Los escenarios desérticos de Sonora, esos pueblos en donde azota la insoportable canícula, son bien aprovechados por la cámara de José de la Torre, mientras que el reparto no ofrece una sola nota discordante, incluyendo a los niños que interpretan a Rodrigo y Samuel en el prólogo del filme. En suma, una sólida opera prima en la que Pablos se nos muestra como un cineasta sensible e inteligente.

martes, 17 de septiembre de 2013

Pídala Cantando/LIX



A petición del asiduo lector Saúl Baas Bolio (@sabassbo en tuiter), rescato mi crítica de Revolutionary Road, tal como la publiqué hace unos cinco años. La cinta estuvo en mi lista de lo mejor del 2009:


Por fin entendí para qué sirve Titanic (Cameron, 1997): si Leonardo DiCaprio y Kate Winslet no hubieran aparecido en esa interminable épica romántica, el cuarto largometraje de Sam Mendes, Sólo un Sueño (Revolutionary Road, EU-GB, 2008), no tendría tan provocadoras resonancias.
Hay mucho de perversión en el casting de Leo y Kate: once años después de que los dos se juraran amor eterno, helos aquí convertidos en los juveniles émulos de Elizabeth Taylor y Richard Burton de ¿Quién Teme a Virginia Woolf? (Nichols, 1966). Sólo que hay una diferencia: la volcánica pareja de Taylor y Burton formaban un matrimonio co-dependiente y, por lo mismo, estable. La pareja de Frank y April Wheeler (Leo y Kate) están mucho peor.
En algún momento, April quiso ser actriz pero fracasó. Frank trabaja, odiándose a sí mismo, en la misma corporación en la que envejeció su padre. Los dos son atractivos, admirados y hasta envidiados por quienes los conocen. Pero todo es una farsa: tienen siete años de casados, dos hijos y ya han tenido suficiente. ¿Su última tabla de salvación?: un escape hacia París. Los niños están chicos, ella trabajaría como secretaria y él podría encontrar su vocación. Por supuesto, la idea de April será, lo dice el título en español, sólo un sueño.
La producción es impecable –la ambientación de los Estados Unidos de los 50 llega al virtuosismo- y la cámara de Roger Deakins es tan eficaz como de costumbre, pero el peso mayor de este amargo filme matrimonial recae en la fluida dirección de Mendes, en el trabajo de sus dos actores centrales (¿ha estado mejor DiCaprio alguna otra vez?) y en la magnética interpretación de un extraordinario Michael Shannon, quien se roba la película en las dos escenas en las que aparece.
Shannon encarna a un agresivo esquizofrénico que es el único que puede ver de manera transparente todo “el vacío y la desesperanza” que se esconde tras la belleza de la pareja dizque perfecta. Y si la sangre se congela en las venas cuando uno ve a Leo y a Kate insultarse una y otra vez de la manera más retorcida posible, nadie puede estar preparado para el más cruel y preciso juicio sobre el infierno matrimonial de los Wheeler. Las palabras salen de la boca de Shannon y no debieron haberse pronunciado nunca. Demasiada crueldad. Demasiada verdad. 

domingo, 15 de septiembre de 2013

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLI



Aprendices Fuera de Línea (The Internship, EU, 2013), de Shawn Levy. Un laaaaaargo y tedioso comercial de Google. Probablemente se cuele a la lista de lo peor del año. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

El Niño que Huele a Pez (The Boy Who Smells Like a Fish, México-Canadá, 2013), de Analeine Cal y Mayor. Presentada en Guadalajara 2013 con el título de El Niño con Olor a Pez, la opera prima de la egresada del CCC Cal y Mayor es un remedo de comedia romántica y melodrama de crecimiento juvenil, centrado en un jovencito, Mica (Douglas Smith, el hijo mayor de la teleserie mormonesca Big Love), que sufre de trimeltilaminuria, una rara enfermedad congénita que consiste en el que paciente huele a pescado. Por supuesto, esto significa que es un solitario, incapaz de sostener una relación con alguien y, para rizar el rizo, vive en la casa-museo de una suerte de Elvis Presley mexicano, regenteada por su mamá (Ariadna Gil), quien tiene la muerte más ridícula y gratuita que me ha tocado ver en los últimos años, apenas comparable a la del chillón de Bane en el último Batman. Por fortuna para Mica, encuentra en la comprensiva Laura (guapa Zoe Kravitz) a su ansiada media naranja. 
Hacia el final de la película, aparece Gonzalo Vega en el papel del "legendario" cantante mexicano Guillermo Gairibai, aunque más que cantante pareciera que se trata de una suerte de ángel guardián que logra que Mica y Laura sean felices para siempre, con número acuático-musical a la Esther Williams (¡brincos dieran!) de por medio. De pena ajena. Usted disculpara el inevitable chiste: El Niño que Huele a Pez apesta. De seguro estará en mi lista de lo peor del año.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Cuéntamela otra vez/XXXI



Ante el estreno Juego de Niños (México-EU, 2012), remake de la cinta de culto ¿Quién Puede Matar a un Niño? (España, 1976), me di a la tarea de revisar la película española que está, en su versión completa, en youtube. La cinta es el segundo largometraje del uruguayo Narciso Ibáñez Serrador, quien antes y después de este filme presume una prolífica y larga carrera en la televisión española, especialmente en la teleserie de horror "Historias para no dormir". 
¿Quién Puede Matar a un Niño? conserva intacta la fuerza de su provocación, contenida en la pregunta que le da título al filme. Una pareja británica, Tom y Evelyn (Lewis Fiander y Prunella Ransome), pasa sus vacaciones en Benahavis, muy cerca de la costa española del Mediterráneo. Como el pueblo es muy ruidoso -una fiesta está en pleno apogeo-, Tom decide llevar a su mujer, con seis meses de embarazo, a la ficticia Isla Almanzora, que se encuentra a cuatro horas de la costa. Cuando Tom y Evelyn llegan a la isla de marras, no ven a nadie, a no ser a unos niños jugando en el muelle. Los dos avanzan al centro de Almanzora sin encontrar un solo adulto: nadie en el bar abandonado, nadie en la tienda, nadie en las calles, nadie bajo el ardiente sol. Solo uno que otro niño que se asoma por ahí o por allá. Incluso una niña, muy amigable, llega y acaricia la prominente panza de Evelyn. Por supuesto, muy pronto nos daremos cuenta que esa niña y todos los demás escuincles no tienen nada de amistosos.
Ibáñez Serrador no da explicación alguna de por qué los chamacos se han convertido en pequeños, sonrientes e implacables zombis asesinos de adultos. Como en Los Pájaros (Hitchcock, 1963) o La Noche de los Muertos Vivientes (Romero, 1968), la amenaza aparece y actúa, así, sin más. Un prólogo con imágenes documentales sobre las masacres de niños sucedidas en la Alemania nazi, en la guerra civil india, en la Guerra de Corea o en Vietnam, más las hambrunas en Biafra, nos interpela directamente, recordándonos que cuando hay guerra o hambre, los que más sufren son, precisamente, los niños. ¿Es por eso que se han transformado en asesinos?
Ibañez Serrador dirige con eficacia, alternando eficaces encuadres elípticos -el asesinato de un anciano a bastonazos que no vemos- con imágenes de violencia gráfica -la piñata humana que golpean los maléficos chamacos-, y así va avanzando la cinta hacia el oscuro desenlace, cuando se nos presenta, bajo otra perspectiva, a este matrimonio que tiene ya dos hijos y que está esperando el tercero. Si es que llega...



El remake firmado por un tal Makinov -dizque un misterioso encapuchado cineasta de origen bielorruso; otros dicen que se trata en realidad de Gerardo Naranjo- no es tan fallido como había esperado. En todo caso, es francamente redundante. 
No hay un solo rubro en el que esta película de 2012 -filmada en la isla Holbox, en la Riviera Maya, con niños nacidos en el lugar- sea mejor que la de 1976. Por supuesto, hay más violencia gráfica -con mutilaciones y decapitaciones incluidas-, pero esto no hace más eficaz al filme, con todo y que sus dos actores gringos (Vinessa Shaw y Ebos Moss Bachrach) y el siempre visible Daniel Giménez Cacho le echen todos los kilos a su chamba. Ojalá el tal Makinov hubiera seguido ese ejemplo, porque el final es particularmente torpe en su ejecución.  

martes, 10 de septiembre de 2013

Hacia Madrid - ¡El Brillo Ardiente!



Hacía Madrid - ¡El Brillo Ardiente! (Vers Madrid – The Burning Bright (Scene from the Class Struggle and the Revolution), Francia, 2012), cuarto largometraje documental del especialista Sylvain George, se estrenó en México en el pasado FICUNAM 2013 y está exhibiéndose en distintas plazas del país, en el ciclo del FICUNAM en gira.
Estamos ante una vibrante crónica del “Movimiento de los Indignados” (también conocido como 15-M) que explotó en mayo del 2011 en Madrid, en la emblemática Puerta del Sol, que fue tomada espontáneamente por una multitud de jóvenes que protestaban por el desempleo rampante, la corrupción, el hostigamiento a los indocumentados, el racismo, la sordera de los gobernantes de todos los colores, más lo que se acumule en la semana, pues, ¿se le puede reprochar a esta generación que salga a la calle a luchar por sus derechos después de lo que hemos visto cómo ha gobernado “el 1%” en España, Estados Unidos, México y puntos intermedios?
Grabada en blanco y negro en formato académico 4:3 –con algún viraje al color en los momentos de violencia que se desataron cuando sucedió el desalojo en la Puerta del Sol-, George sigue los discursos a micrófono abierto que se sucedían en la manifestación, toma algún debate sobre la importancia de la educación religiosa y/o de las religiones, entrevista a un veinteañero que confiesa que aún vive con sus padres porque no puede conseguir chamba, no pierde una palabra sobre una discusión sobre la pertinencia de usar la palabra “mestizo” en una declaración o sobre la diferencia entre los significados de caridad y solidaridad, además de observar la rutina de un inmigrante indocumentado del Magreb que sobrevive como puede en esa España en crisis, en  esa España ardiente.
No pueden faltar –estamos viendo un plantón universitario y juvenil, no hay que olvidarlo- algún baile flamenco organizado por ahí, la lectura de algún poema por allá, una canción de protesta entonada por acá y hartas consignas que podrán resultar cansinas pero también irrefutables (“¡Que no, que no, que no nos representan!, ¡Que no, que no, que no nos representan!”).
El mejor momento del filme es un hilarante performance en la que aparece un tipo disfrazado de la Condesa Esperanza Aguirre, Presidenta de la Comunidad de Madrid en ese momento –renunciaría por motivos de salud en 2012-, exPresidenta del Senado y prominente política del aún gobernante Partido Popular, quien pasea, encadenado, por la Puerta del Sol, a un indigente que agradece, con lágrimas en los ojos, que lo haya sacado a conocer el Metro. “Esperanza” se pelea con la gente, presume sus joyas, amenaza con llamar a los “maderos” y regaña a toda esa bola de desocupados que no tienen nada mejor que hacer que estar ahí protestando. El performance da dolorosamente en el clavo porque la “Condesa Esperanza” parece, la pura , jodida y triste verdad. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

Grand Prix FIPRESCI 2013



Hace unos días la FIPRESCI (Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica) dio a conocer la cinta ganadora del Grand Prix 2013, que se entregará en la ceremonia de apertura del Festival de San Sebastián 2013. Participaron 245 miembros de la FIPRESCI, quienes votaron por un total de 166 películas. 91 de ellas, por cierto, recibieron voto único. Eso habla de la dispersión del gusto y, también, de la pluralidad de los votantes. 
A cada miembro de la FIPRESCI se le pidió mandar una lista de sus tres cintas preferidas estrenadas en los últimos doce meses, de julio de 2012 a julio de 2013. El primer filme recibió cinco puntos, el segundo cuatro, el tercero, tres. Yo no pude votar este año porque entré a FIPRESCI en agosto de 2013. Ya será para la próxima. 
Por lo pronto, aquí está la lista conformada por los votos de 245 colegas. El número a la derecha indica la puntuación obtenida por las 20 cintas más votadas. Como se verá, La Vie D'Adèle tuvo una victoria más que holgada sobre la cinta de Anderson:


1.— La Vie D'Adèle, de Abdellatif Kechiche:   252
2.— The Master, de Paul Thomas Anderson:  148
3.— La grande bellezza, de Paolo Sorrentino:   94
4.— Antes de la Medianoche, de Richard Linklater:   84
5.— Pozitia copilului, de Calin Peter Netzer:   81
6.— Tian zhu ding, de Jia Zhangke:   64
7.— Inside Llewyn Davis, de Ethan Coen y Joel Coen:   63
8.— En la Casa, de François Ozon:   53
9.—  Le passé, de Asghar Farhadi:   50
10.— Blancanieves, de Pablo Berger:   46
10.— Spring Breakers, de Harmony Korine:   46
12.— Leviatán, de Lucien Castaing-Taylor y Verena Paravel:  41
13.— Argo, de  Ben Affleck:   39
13.— Camille Claudel, 1915, de Bruno Dumont:   39
15.— Après mai, de Olivier Assayas:   37
16.— Deberás Amar, de Terrence Malick:   36
17.— The Act of Killing, Joshua Oppenheimer:   35
18.— Pieta, de Kim Ki-duk:   34
19.— La migliore offerta, de Giuseppe Tornatore:   30
20.— Gloria, de Sebastián Lelio:   29



domingo, 8 de septiembre de 2013

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCL



La Castración (México, 2011), de Iván Löwenberg. La opera prima de Löwenberg es un sencillo estudio de un personaje femenino en el límite de la represión/frustración sexual/existencial. Lourdes (Victoria Santaella, todo un descubrimiento) tiene 24 años y parece que su destino en esta vida es servir a alguien más: es asistente/secretaria en una empresa de casting, atiende a su papá inválido cuando éste quiere ir al baño, le cuida su bebé a una vecina cuando ella sale a darle vuelo a la hilacha y cuando regresa su mamá (Paloma Woolchir) al departamento -ella los abandonó hace tiempo por un affaire amoroso- la vida le aprieta las tuercas aún más porque, al parecer, Lourdes tendrá que hacerse cargo de su señora madre también. Por lo menos durante algún tiempo.
Todo esto parece bastante deprimente, pero no lo es tanto. Con todo y que no le faltan algunos problemitas menores, Löwenberg demuestra tener buena mano para crear algunas situaciones graciosas, el rapport cómico entre Santaella y Keyla Wood -quien encarna a su mejor amiga Victoria- funciona muy bien, y la señorita Santaella, con un rostro muy particular, termina apoderándose de la película con la mano en la cintura.

Lluvia de Luna (México, 2010), de Maryse Sistach. El más reciente largometraje de la señora Sistach, presentado en Guadalajara 2011, está centrado en una cantante que, luego de la trágica muerte de su hija, no puede volver a cantar. La Luna interviene para, mágicamente, devolverle a su hija. Lo único notable de esta película es la espléndida fotografía submarina de María José Secco. Y, por supuesto, la belleza de las jovencitas que aparecen en traje de baño durante todo el fime. En cuanto a la trama -escrita por la señora Sistach- y su ejecución, es tan fallida que prefiero autocensurarme. Es obvio que la película trata, oblicuamente, sobre la propia muerte de la hija de la directora, atropellada en 2003 ("en memoría de Pía", dice la dedicatoria que aparece al inicio y ese era el nombre de la desafortunada jovencita) y ya no diré más.

Juego de Niños (México, 2012), de Makinov. Había leído tantos juicios tan negativos de la opera prima del misterioso cineasta Makinov -¿es Gerardo Naranjo, como me han asegurado, jurado y perjurado dos colegas?- que, después de ver esta película de horror, debo confesar que no me pareció tan abismalmente fallida. En todo caso, sí resulta un remake innecesario de la muy perturbadora cult-movie ¿Quién Puede Matar a un Niño? (Ibañez Serrador, 1976).

Diente por Diente (México, 2011), de Miguel Bonilla. Kransky (Alfonso Borbolla) es el apocado editor de “Alarido”, un alarmesco tabloide de capa caída. Después de que unos anónimos cacos le vaciaran la casa y empujado por un  extrovertido e impertinente compañero de trabajo (Darío Ripoll), Kransky se agencia una matona. Cuando, en cierta noche, un par de vagos quieren quitarle unos pesos, Kransky saca chico pistolón y mata a uno de ellos. A partir de ese momento, “El Vengador Anónimo” –así se bautiza a sí mismo en el “Alarido” del día siguiente- empieza su labor de limpiar de lacras las calles de la ciudad de México. El problema es que se le pasa la mano y empieza a matar a cuanto homeless se encuentra en la noche.
La cinta inicia muy bien aunque muy pronto se le acaba el gas. En todo caso, aguanta el palomazo. El fallecido Carlos Cobos, efectivo como siempre, hace un cameo extendido como un pomposo policía, Vanessa Cianguerotti aparece muy guapa –y muy cómica- como una promiscua secretaria y Ripoll se roba cada escena en la que aparece. Pero Ximena Ayala está desperdiciada, la comicidad es muy esporádica y la realización, apenas funcional.

75 Habitantes, 20 Casas, 300 Vacas (Argentina, 2011), de Fernando Domínguez. La opera prima de Domínguez es una suerte de diario personal/profesional del pintor catalán radicado en Argentina Nicolás Rubió. Huyendo de la Guerra Civil, Rubió llegó con su familia al pequeño villorrio de Vielles, en Auvergne, Francia, con apenas 11 años de edad. Ahí pasó su última niñez y su primera juventud antes de cambiar su residencia e irse a vivir a Argentina. Cierto día, Rubió inicia un cuadro sobre la casa en la que vivió esos años claves de su vida y se da cuenta que se ha olvidado cuántas ventanas tenía. ¿Eran tres? ¿Cuatro? ¿Cinco?
A través de una exploración visual de sus cuadros y la voz en off narrativa/reflexiva del propio Rubió, Domínguez nos lleva de la mano por los recuerdos del artista y cómo se ha alimentado de ellos para crear una vasta obra figurativa -600 cuadros, nada menos- basados en ese pueblito de los años 30/40 que tenía 75 habitantes, 20 casas y 300 vacas. La fotografía de Natalia de la Vega se concentra en los cuadros que, en ocasiones, cobran cierta vida: se mueven los contornos de las figuras, parpadean los colores, se mueven los personajes. Los recuerdos están vivos. Un documental encantador.

César Debe Morir (Cesare Deve Morire, Italia, 2012), de Paolo y Vittorio Taviani. Gran cinta de los veteranos hermanos Taviani de la cual acabo de escribir por acá.  

¿Quién *&$%! son los Miller? (We're the Millers, EU, 2013), de Rawson Marshall Thurber. Una premisa que podría haber resultado por lo menos palomera se echa a perder por la incompetencia de Thurber para montar una sola escena genuinamente cómica que vaya más allá del más rutinario sitcom. Mi crítica  en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

viernes, 6 de septiembre de 2013

César Debe Morir



Qué gran guionista sigue siendo William Shakespeare. Y qué grandes adaptadores son los hermanos Paolo y Vittorio Taviani. César Debe Morir (Cesare debe morire, Italia, 2012), el más reciente largometraje de los cineastas toscanos, es una sencilla obra mayor en la que la palabra del poeta y dramaturgo isabelino, el amor por la representación teatral y la serena imaginación cinematográfica de los Taviani se funden en un filme profundamente humano que nos propone que la redención a través del arte no sólo es posible sino, incluso, necesaria, apremiante.
Estamos en Roma, en la prisión italiana de alta seguridad de Rebibbia. Desde años, el director teatral Favio Cavalli ha manejado un programa de recreación/rehabilitación de los peligrosos reos que ahí purgan su condena, montando con ellos diversas obras de teatro. En esta ocasión, la pieza elegida es el Julio César de Shakespeare y los Taviani están ahí con la cámara de Simone Zampagni para tomar todo el proceso: la elección de actores, el ensayo de los diálogos y, finalmente, la exitosa representación de la obra.
No estamos en un documental, aunque pudiera parecerlo. No importa: de todas formas, la cinta destila verdad. En específico, la verdad del arte. Todos los actores son, en efecto, prisioneros de Rebibbia –menos uno, que ya está libre-, todos ellos fueron condenados por crímenes atroces y todos ellos, sin excepción, interpretan con dedicación y entusiasmo el Julio César shakespeariano, en especial “César” (Giovanni Arcuri, condenado a 17 años por tráfico de drogas)  y su amado/traicionero “Bruto” (Salvatore Striano, condenado a cadena perpetua por asesinato, aunque luego indultado).
La obra, centrada en los temas del honor, la lealtad, la traición y el crimen, es ideal para que estos exmafiosos, narcotraficantes, ladrones y asesinos vean reflejadas sus propias vidas, tanto en las palabras del poeta inglés como en las sordas maquinaciones políticas de esa Roma tan lejana que, en realidad, resulta irónicamente contemporánea.
Apunté antes que esto no es un documental. En efecto, todo lo que vemos, de principio a fin, ha sido preparado con sumo cuidado, sea la riquísima puesta en imágenes -con todo y el viraje del blanco y negro al color en ciertos momentos del filme-, sea en el trabajo actoral sin tacha alguna, sea en esa mirada generosa por parte de los Taviani que nos hace pensar, aunque sea por un momento, que toda redención es posible. Puede que sea una utopía, pero queremos creerla. 

martes, 3 de septiembre de 2013

Hollywood: Hollywood Goes to War



El cuarto episodio de la teleserie documental Hollywood (GB, 1980), "Hollywood Goes to War", de Kevin Brownlow y David Gill, nos ubica de inmediato en 1914, al inicio de la Primera Guerra Mundial, una conflagración de la que Estados Unidos saldría beneficiada como potencia económica, política, bélica... y cinematográfica.
La narrativa de Brownlow y Gill, a través de la voz en off de James Mason y construida a través de las infaltables cabezas parlantes y los fragmentos de las películas de la época, nos muestra cómo el gobierno de Woodrow Wilson, quien ganó su re-elección prometiendo neutralidad en la Gran Guerra, cambió radicalmente en 1917, cuando pidió al Congreso el permiso para mandar tropas al otro lado del Atlántico, acompañado en sus esfuerzos por los estudios hollywoodenses y sus estrellas, como Charles Chaplin, Mary Pickford y Douglas Fairbanks, quienes se convirtieron en los mejores propagandistas del gobierno y en exitosos promotores de los bonos de guerra. 
Entre los dueños de los estudios, Carl Laemmle, de origen alemán y fundador de la Universal Pictures, destacó por su decidida participación del lado de su patria adoptiva, así como el actor austriaco -y luego director- Erich von Stroheim, quien se volvería tan famoso en sus papeles de villanesco oficial alemán, que Hollywood acuñó la afortunada frase con la que luego se le reconocería: "el hombre que amarás odiar". De hecho, Valerie von Stroheim, una de sus esposas, relata la conocida anécdota que cuando salía a la calle con su "maléfico" marido, no faltaba quien lo insultara o se saliera de algún restaurante, indignado, cuando él entraba a comer.
Como ha sido costumbre en la historia del cine bélico producido en Hollywood, las películas que se realizaron en esa época presentaban todas las posiciones posibles: desde la paranoia amenazante de The Battle Cry of Peace (Stuart Blackton y North, 1915) -que mostraban a Estados Unidos como una nación atacada y ocupada por tropas enemigas- hasta llamados a la paz y reconciliación global, como Civilización (Ince et al, 1916) o la celebérrima Intolerancia (Griffith, 1916), que resultó ser un fracaso económico descomunal para Griffith, pues cuando la película se estrenó, el público americano no estaba dispuesto a ver ningún sermón pacificista después que de los alemanes habían hundido el barco británico Lusitania, con más de un centenar de pérdidas humanas estadounidenses. La realidad y la propaganda belicista resultó ser mucho más efectiva. 
Después de terminada la Gran Guerra, Hollywood se tomó un tiempo para volver al campo de batalla, pero cuando lo hizo, produjo algunas de las películas más memorables del género: la amarga The Big Parade (K. Vidor, 1925) sobre el traumático Regreso sin Gloria (Ahsby, 1978), la farsa viril What Price Glory (Walsh, 1926) con Dolores del Río en papel estelar, la espectacular cinta de aviación Wings (Wellman, 1927) con todo y sus tomas aéreas de verdad y, por supuesto, la obra maestra Sin Novedad en el Frente (Milestone, 1930), realizada ya en versión tanto silente como sonora, que presume un final elíptico y poético ideado, según afirma el propio Lewis Milestone, por el cinefotógrafo Karl Freund, quien entró al quite para proponer esa toma final inolvidable, dolorosa, terrible.