martes, 5 de noviembre de 2013

Gebo y la Sombra



Con Gebo y la Sombra (Gebo et l’ombre, Francia-Portugal, 2012), el centenario cineasta portugués Manoel de Oliveira consolida su posición como el venerable dinosaurio fílmico que es. No sólo por su edad –casi 105 primaveras- ni por los muchos años de trabajo a cuestas -82, para ser exactos-, sino por un tipo de puesta en imágenes que nos remite a los años 10 y 20 del siglo pasado, cuando se empezó a desarrollar el estilo que David Bordwell ha calificado como “la estética tableau”.
Es decir, estamos ante un cine que privilegia la toma estática, los escasos cambios en la posición de la cámara y los movimientos de los actores dentro de un calculadísimo y controladísimo encuadre. Gebo y la Sombra encaja a la perfección en la descripción anterior, aunque de Oliveira y su cinefotógrafo Renato Berta toman una posición aún más radical, pues los actores tampoco se mueven demasiado dentro del encuadre.
Estamos en algún barrio pobre de Portugal, en una temporada fría, húmeda y lluviosa. El anciano tenedor de libros Gebo (frágil y majestuoso Michael Lonsdale) le oculta a su mujer Doroteia (la aún bella Claudia Cardinale) que el hijo de ambos, Joao (Ricardo Trêpa), se ha convertido en un ladrón. Con los dos viejos vive la sufriente esposa de Joao, Sofía (Leonor Silveira), quien le urge a Gebo que le diga toda la verdad a Doroteia. El viejo no puede hacerlo porque piensa que eso significaría la muerte de su ilusionada esposa. Cuando termina el primer acto de este melodrama teatral, Joao hace su aparición, lo que provocará, a la postre, una tragedia mayor.
Escribí la palabra “acto” porque Gebo y la Sombra está basada en una obra teatral de Raúl Brandao y la adaptación, escrita por el propio cineasta, no oculta ese origen. Al contrario, lo subraya de forma radical. Así, la cámara permanece estática en una sola posición durante minutos enteros –hacia el desenlace, por ejemplo, hay una toma de Gebo y Sofia que se extiende más de diez minutos-, pero la cámara no se ubica frente a un lejano proscenio sino cerca de los actores, en justos planos medios, a través de los cuales podemos disfrutar de las interpretaciones de Lonsdale, Cardinale y la siempre bienvenida Jeanne Moreau.
¿Teatro filmado? Puede ser: pero se trata, en todo caso, de un teatro cercano e íntimo. Tanto, que uno tiembla, emocionado, cuando esos actores cambian su tono de voz. El efecto estremece: pareciera que están frente a nosotros, al alcance de la mano. 

2 comentarios:

Christian dijo...

¿Se parece al cine de Raul Ruiz no?

Ernesto Diezmartinez dijo...

Mmmm... Algo hay de ello. Solo que Ruiz es muy superior. O, bueno, superior a secas.