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viernes, 15 de febrero de 2013

Ambulante 2013/V



Dos cintas mexicanas documentales exhibidas en programa doble: el mediometraje de 45 minutos El Sueño de San Juan (México-Polonia, 2012), de Joaquín del Paso y Jan Pawel Trzaska, y el largometraje Elevador (México, 2012), opera prima documental del egresado del CCC Adrián Ortiz Maciel (corto pseudorulfiano Nebraska/2009).
De El Sueño de San Juan no hay mucho qué decir: en el pueblito mixteco de San Juan Ixtaltepec del título, Maurilio sueña con el fin del mundo; su esposa, también. Tienen razones para ser aprensivos: viven en una zona montañosa proclive a grandes deslaves y el gobierno no hace nada para ayudar a esta comunidad que (sobre)vive en el estado de Oaxaca, cuyo 75% de la población -nos informa una leyenda que aparece en el final- vive en la pobreza. También se nos dice que Oaxaca es el estado más corrupto del país, aunque la relación entre la corrupción y los deslaves no la veo tan clara. Con todo, Maurilio, su mujer y sus dos hijos siguen su vida lo mejor que pueden, esperando lo peor. El tema exigía una mirada menos tibia que la de Trzaska y del Paso, que no logran trascender la mera funcionalidad en su puesta en imágenes.
Mucho más logrado es Elevador, de Adrián Ortiz Maciel. Estamo en el Conjunto Urbano Presidente Miguel Alemán, construido por el arquitecto Mario Pani en pleno sexenio alemanista. Sesenta años después de su edificación, el citado multifamiliar, el más antiguo de América Latina, está habitado por ancianos burócratas jubilados y sus hijos o nietos, quienes heredaron esos departamentos de dos pisos que, en su momento, llegaron a ser un ejemplo del desarrollismo nacional de mediados del siglo pasado. El optimismo del noticiero de los años cincuenta que vemos al inicio ("Nace una ciudad") contrasta,  por supuesto, con las condiciones muy traqueteadas de los edificios y de sus habitantes el día de hoy.
De todas formas, Ortiz Maciel no está interesado en hacer una crítica de los sueños truncos del "milagro mexicano" sino en algo más simple y, al mismo tiempo, más valioso. Elevador se concentra en presentarnos un mosaico de la vida urbana clasemediera chilanga a través de los encuentros, las pláticas, las reflexiones, las confesiones, de nueve elevadoristas -y la gente a quien ellos sirven- que trabajan en el citado multifamiliar. Hay de todo: desde la jovencita que no terminó la prepa por estar embarazada, hasta la doña que se entretiene leyendo mientras sube y baja entre los pisos, pasando por el exempleado bancario convertido en escritor/dibujante/filósofo ("La libertad cuesta") o el encantador anciano que trabaja por las noches y que cuando hay poco tráfico en el elevador, se suelta moviendo el esqueleto a un ritmo que, a lo lejos, parece algún ritmo tropical.
La cámara de Hatuey Viveros -realizador de la meritoria cinta de ficción aún inédita Mi Universo en Minúsculas (2011)- permanece fija dentro del diminuto elevador -tampoco puede moverse mucho, la verdad sea dicha-, atestiguando pláticas, chismes y bromas entre los pasajeros y el elevadorista respectivo. A veces, la cámara, insólitamente, se coloca a ras de suelo y se nos muestra los pies y zapatos de las personas como única imagen dentro del encuadre, pero si hay pillow-shots a la Ozu, ¿por qué no puede haber feet-shots a la Viveros?