viernes, 18 de noviembre de 2011

Pídala cantando/XLIV





El buen lector Saúl Baas Bolio me pidió que rescatara mi crítica de la Guerra de los Mundos spielbergiana. Al revisar mis archivos, vi que escribí, hace más de seis años, dos textos. He aquí el copy-paste de los dos:


"La Guerra de los Mundos" (1898), de Herbert George Wells (1866-1946), es la desencantada crónica de la devastación (humana, social, moral, ecológica) provocada por la cruel colonización de una raza “superior” que nos ve como nosotros veríamos a un hato de animales comestibles. Lo interesante del seminal texto de Wells es que, de manera explícita, el narrador –un escritor y filósofo, alter ego del propio autor—nos recuerda que los seres humanos no tenemos autoridad moral para quejarnos de los invasores llegados del espacio: nosotros mismos hemos acabado con especies animales, hemos sometido a otras razas, hemos acabado con todo aquello que nos “estorba”. Así, publicada desde la capital del imperio victoriano, La Guerra de los Mundos se nos presenta como una feroz crítica apenas velada del detestable comportamiento de los colonizadores (¿el Imperio Británico?) con sus colonizados (en ese momento, una buena parte del mundo).
Cuando el jovencísimo Orson Welles retomó la historia para realizar la célebre adaptación radiofónica transmitida en Estados Unidos un 30 de octubre de 1938, el mundo era otro y lo que el “enfant terrible” Welles quería explotar era otra cosa. Ya no se trataba de criticar al insensato orgullo humano, sino poner en evidencia el clima de miedo en el que se vivía en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. La metáfora bélica/paranoica es aún más clara en la adaptación fílmica de 1953, La Guerra de los Mundos, dirigida por Byron Haskin bajo los auspicios del gran productor hollywoodense George Pal. Los marcianos llegan a California un aciago día y, sin decir agua va, destruyen todo lo que encuentran a su paso. La respuesta militar es inmediata e ineficaz: ni la temida bomba atómica –vista aquí como la última oportunidad para conservar el “american way of life”—detiene a estos terribles (y prácticamente invisibles) invasores. Tal vez La Guerra de los Mundos, versión 1953, no sea la mejor cinta del periodo de la “guerra fría”, pero sí es una de las obras que más claramente trasmite la cultura belicista de la época.
Y así llegamos a la esperada versión/revisión 2005 de La Guerra de los Mundos. Steven Spielberg ha declarado que no podía haber realizado esta cinta en un momento mejor. Tristemente, es cierto. En el enfermizo ambiente traumático post-11-de-septiembre en el que se vive en el Imperio del Norte, ¿qué mejor metáfora que toparse con unos implacables destructores que no siguen ninguna religión o ideología más que la de aplastar a todo aquellos que les “estorbe”? Estos sí tienen armas de destrucción masiva, estos sí desconocen qué son los derechos humanos, estos sí no tienen el mínimo remordimiento por arrasar todo lo que ven. 
Guerra de los Mundos (War of the Worlds, EU, 2005) revisitada es, antes que nada, una brillante adaptación de la misantrópica novela de H.G. Wells y, después de todo, cuando el polvo se ha asentado, una de las películas más redondas de su director, el eterno “golden-boy” hollywoodense Steven Spielberg. El capcioso guión retoma el espíritu científico/escéptico del texto de Wells y, aunque permanece fiel a algunas de las propuestas claves del libro (la forma en la que se alimentan los alienígenas, la hiedra roja que empieza a crecer junto con la invasión espacial, los trípodes y su impresionante rayo letal), también extrapola detalles apenas sugeridos por el escritor victoriano (la estremecedora secuencia de los humanos enjaulados y engullidos cuando hace hambrita) y fusiona con pertinencia varios personajes fundamentales del libro en uno solo (el artillero megalomaníaco y el sacerdote histérico llevan el nombre de un científico de la misma novela, Ogilvy, convertido aquí en un desequilibrado tipejo encarnado magistralmente por Tim Robbins).
Claro que este filme de Spielberg funciona en otros terrenos, por más admirable que haya resultado la adaptación fílmica firmada por Josh Friedman y Davied Koepp. Así, Guerra de los Mundos es otra exploración de la familia nuclear spielbergiana siempre en crisis –tema recurrente, si lo hay, en la obra del director de E.T. El Extraterrestre (1982)—y, por supuesto es, también, una espléndida cereza, otra más, colocada en el mítico pastel en que se ha convertido la carrera cinematográfica del poderoso señor Cruise.
La invasión de los extraterrestres –no específicamente marcianos—rompe brutalmente el egoísta modo de vida de cierto trabajador divorciado, Ray Ferrier (Tom Cruise), quien tiene que cuidar a sus dos hijos, el adolescente rebelde Robbie (Justin Chatwin) y la inquisitiva niña Rachel (Dakota Fanning), que son dejados a su resguardo el fin de semana por su exesposa ya embarazada de su nuevo marido ricachón. Desordenado, arrogante, irresponsable, incapaz de conectar con sus dos hijos, Ray tendrá que aprender a ser un auténtico padre en plena Guerra de los Mundos algo que, evidentemente, nunca lo ha sido.
¿Suena cursi, sensiblero? Créame: la manera en que plantea la historia Spielberg no da tiempo para estas ñoñeces. Ray tiene que tomar decisiones y hacerlo rápido, no sólo para salvar a sus hijos de los implacables alienígenas montados en sus descomunales trípodes, sino para evitar que otros miembros de la raza humana no pasen por encima de él y de sus crías. En plena guerra de exterminio Ray tiene varios frentes abiertos y, a ratos, parece que no podrá ganar en el más importante de todos: la confianza de Robbie y Rachel. En este sentido, no puedo pensar en otro actor más apto que Tom Cruise para encarnar a este insoportable tipo. Siempre ha habido algo tan atractivo como repulsivo en la personalidad fílmica de Mr. Cruise y él lo ha sabido explotar cada día de mejor manera: su Ray Ferrier es, acaso, el personaje más creíble y humano que ha hecho en toda su carrera.   
 Guerra de los Mundos es muy cruel (¿por qué nos muestra Spielberg varios segundos el rostro de una extra despavorida sólo para verla morir después por el rayo letal?: porque es un bárbaro), pero no deja de ser juguetona (el alien tomando la rueda de una bicicleta cual pariente gandalla del E.T.) y hasta se atreve al algún detalle sarcástico (el letrero de “Bienvenidos a Boston” con la ciudad completamente destruida). Estamos, pues, ante la película de alguien que sabe hacer cine para la industria hollywoodense, para su estrella todopoderosa, para sí mismo y, qué caray, hasta le alcanza para nosotros.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Esta es una de las películas que más he disfrutado con mi hijo de principio a fin, el tiene 10 años está a la mitad de los dos hijos del protagonista, y a veces mi hijo actúa como ellos, me abrazaba, me preguntaba,y se admiraba de varias escenas, y vi un Spielberg algo diferente, el lado cruel como usted señala con las tomas de las cenizas y la sangre.
Y disfruté mucho a el personaje de Tom, que ya tiene varios personajes memorables.
Saludos de la familia Baas.

Diezmartinez dijo...

Saludos, Saúl. Algo tiene Spielberg, en efecto, que es dificil de igualar: mucho de su cine se puede ver -¿se debe ver?- en familia. Parece un defecto pero no lo es. Para nada.