martes, 16 de junio de 2009

Hoy en el 29 Foro.../VII


Tony Manero (Chile-Brasil, 2008), segundo largometraje de Pablo Larrain (opera prima Fuga/2006, que no he visto), es una de las películas más lúcidamente perturbadoras que he visto en los últimos años. Ubicada en el Santiago de Chile de fines de los años 70, retrata una sociedad amorcillada, adormecida y dócil por la influencia de la dictadura pinochetista aunque, también, igualmente capaz de la traición, la crueldad, el abuso, la mezquindad.

El Tony Manero del título no es el personaje que encarnara John Travolta en Fiebre del Sábado por la Noche (Badham, 1977) sino un obsesivo imitador entrado en años, Raúl Peralta Paredes O (el coguionista Alfredo Castro), que es el inexplicable centro de atención/devoción/autoridad en un restaurante de quinta regenteado por una vieja gorda llamada Wilma (Elsa Poblete). En ese mismo cuchitril, en el piso de arriba, vive el repelente tipejo que, a saber por qué, ha contagiado de su pasión por el baile disco travoltiano a todos los que atienden el restaurantín de marras: a su novia madura, Cony (Amparo Noguera); a la hija adolescente de ella, Pauli (Paola Lattus); y a un joven empleado del lugar, Goyo (Héctor Morales). Raúl no tiene ocupación alguna a no ser "el espectáculo", es decir, el hacer todo lo posible para montar una coreografía en donde él, "Tony Manero", junto con Cony, Pauli y Goyo, demuestre sus talentos dancísticos frente a los comensales del susodicho restaurante. La falta de dinero no será problema: no sobra plata en el Santiago pinochetista de fines de los setenta, pero es relativamente fácil conseguirla. Basta matar una anciana abandonada para robarle el televisor, basta asesinar a golpes a algún cacharrero para conseguir los ladrillos de cristal que hacen falta... En las paredes sucias y descarapeladas de esa deprimente ciudad derruída -Larrain filmó en los barrios viejos del centro de Santiago-, veremos, de pasada, alguna pinta subversiva ("Muera el asesino"), pero en el Chile de Tony Manero ser un criminal, un carroñero, un ladrón, significa el mejor modo de vivir, la mejor manera de asegurar la existencia. ¿No es así el General Pinochet, el de ojos claros, el que no es cualquier indio mapuche?

La realización de Larrain es adecuadamente sucia: seguimos los crímenes de "Tony Manero" a través de los encuadres descuidados de Sergio Armstrong, vemos los pringosos cuartuchos en los que viven todos los personajes (diseño de producción de Polin Garbizu) y paseamos por esas calles solitarias en donde cualquiera puede ser levantado/torturado/asesinado por la policía para luego, ya convertido en cadáver, ser despojado de lo único que le haya quedado de valor. En este universo cerrado del filme de Larrain ni siquiera el desfogue sexual le es permitido a sus personajes: impotente ante el cuerpo desnudo de su novia que ni a golpe de felación logra despertarlo, asqueado ante la gordura de su casateniente a la que apenas si puede manosear, patético frente a la anhelante adolescente Pauli que mejor se masturba con frenesí, "Tony Manero" y sus obsesiones representan lo más fallido, lo más enfermo, de una sociedad que, ante el horror, el abuso y el crimen, decide voltear hacia otra parte. Hacia donde están bailando Staying Alive, por ejemplo...

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