domingo, 10 de febrero de 2008

A los maestros con cariño.../XIII


"Maldito", dice el Capataz Iglesias... "volveré y te partiré en dos"...

¿Quién es el Maldito?, se pregunta el espectador. Corte a Iglesias haciendo antesala en el antiguo Palacio de Comunicaciones. Un ujier lo conduce al despacho del Ministro que en ese momento está diciendo a un grupo de personas una frase que en la vida real le hubiera valido un cese fulminante: "El desierto de Altar es un obstáculo infranqueable".

"El Maldito es el Secretario de Comunicaciones", piensa el espectador. Nada, el Sr. Secretario es una bellísima persona, como lo demuestran los tres o cuatro parlamentos siguientes. "El Maldito es Rodolfo Landa, que anda allí entre los presentes, muy sospechoso, nomás mirando, sin decir palabra". ¿Pero cómo iba a ser maldito el hermano del Secretario de Gobernación? Rodolfo Landa es el jefe de Ingenieros y el Madito es el desierto de Altar; pero esto lo sabe uno hasta pasada la mitad de la película...

Es decir, la película comienza con una frase ambigua. Una frase que hace suponer la existencia de una larga historia dramática, de un pasado no revelado y en la posibilidad de que se produzca una revelación o una venganza terrible. Nada de esto existe porque la película trata de cómo se hace un ferrocarril y cómo murieron unos ingenieros al trazarlo.

Esto es un detalle aparentemente sin importancia, pero característico de la actitud de los productores de ésta y de todas las películas mexicanas con pretensiones. Es un fruto de un complejo de inferioridad o de un delirio de persecución. Los productores están convencidos de que la historia que están contando no tiene interés, de que si la cuenta tal cual es, el público saldrá en estampida y de que la únic manera de evitar su estampida es engañarlo y darle esperanza de que va a recibir lo que le gusta: la historia de interés humano, con villanos y héroes, la trama complicada, la venganza terrible.

La película fue hecha en el desierto de Altar, pero aunque estuviera filmada en Marte, sería lo mismo. Habría un momento en el que el joven ingeniero entraría al despacho de su padre y le diría:

-No comprendo su actitud para con mi madre y conmigo: Dígame: ¿es que usted la engaña o es que ella lo ha engañado a usted?

Y en Marte, el padre se volvería en su sillón giratorio y le contestaría al hijo:

-Cállese la boca, no tiene usted derecho a juzgar a sus padres...

... El ritmo es completamente falso. El escenario es natural, pero la gente se muere como si estuviera en los Estudios Churubusco. Nadie ha caminado así en el desierto, ni ha gritado así en el desierto, ni ha pensado así en el desierto.


Fragmentos elegidos de la extensa y regocijante reseña de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) sobre Viento Negro (1964), de Servando González, publicada en la Revista de la Universidad de México, en mayo de 1966.

1 comentario:

Joel Meza dijo...

Justamente esos puntos son los que me molestan de esta película. ¿Qué diablos me importan las broncas de Fernando Luján con su papá? Como si tender un ferrocarril en el desierto no fuera suficiente.